Chapter 18
A la mañana siguiente, Reed llegó con una carpeta y dos cafés.
—Uno para ti.
Eleanor tomó el vaso.
—¿Has decidido sobornarme?
—No. He decidido evitar que investigues con el estómago vacío.
—Eso es prácticamente soborno.
—Entonces considéralo una inversión.
Eleanor sonrió.
—Tengo algo.
—Yo también.
—Tú primero.
Reed abrió la carpeta.
—La taza número ocho, la que encontramos en la habitación de Clara, no fue utilizada durante el té que tomó en el salón.
—¿Cómo lo sabes?
—Por los residuos.
—¿Y la número tres?
—Seguimos sin encontrarla.
Eleanor asintió.
—Entonces la taza que falta es la importante.
—Eso parece.
—¿Y el veneno?
—Lo estamos rastreando.
—¿Algo?
—Sí.
Eleanor levantó la mirada.
—¿Qué?
—La sustancia utilizada no estaba en el té originalmente.
—¿Cómo?
—Fue añadida después.
—¿Después de prepararlo?
—Sí.
Eleanor frunció el ceño.
—Entonces alguien manipuló la taza.
—Probablemente.
—¿Antes o después de que Clara bebiera?
Reed la miró.
—Ahí está el problema.
—¿Cuál?
—No podemos determinarlo con la taza equivocada.
Eleanor se quedó pensativa.
—Pero podemos determinarlo con la número tres.
—Si aparece.
—Tiene que aparecer.
—¿Por qué estás tan segura?
Eleanor miró hacia el aparador.
—Porque alguien se tomó muchas molestias para llevársela.
Reed dejó el café sobre la mesa.
—He estado pensando en la persona que estuvo en la mesa ocho.
—Yo también.
—Tenemos que identificarla.
—Sí.
—Y creo que podemos hacerlo.
Eleanor se inclinó hacia él.
—¿Cómo?
—He hablado con Margaret Ellis.
—¿Y?
—Recuerda algo.
—¿Qué?
—El hombre llevaba un reloj antiguo.
—Eso no ayuda demasiado.
—No.
—¿Entonces?
—Tenía grabadas unas iniciales.
—¿Cuáles?
Reed abrió una fotografía.
—R. V.
Eleanor sintió un pequeño sobresalto.
—Richard Vale.
—Eso parece.
—Entonces estuvo aquí.
—No podemos asegurarlo.
—Pero llevaba sus iniciales.
—Podría ser otra persona.
—¿Cuántas personas en Bellwood llevan las iniciales R. V. y están relacionadas con los Vale?
Reed sonrió ligeramente.
—Una.
—Richard.
—Sí.
Eleanor se levantó.
—Entonces fue él.
—No tan rápido.
—¿Por qué?
—Porque Richard Vale murió hace cuatro años.
Eleanor se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Murió en 2022.
—Entonces no podía estar aquí.
—Exactamente.
—¿Quién llevaba su reloj?
—No lo sabemos.
Eleanor volvió a sentarse.
—Alguien heredó sus cosas.
—Eso es lo que estoy investigando.
—¿Su hijo?
—No tuvo hijos.
—¿Su hermano?
—Robert murió antes que él.
—¿Entonces?
Reed sacó otro documento.
—Su sobrino.
Eleanor miró el nombre.
—Jonathan Vale.
—Sí.
—¿Está en Bellwood?
—No oficialmente.
—¿Qué significa eso?
—Que figura como residente en Londres.
—Pero puede estar aquí.
—Puede.
—¿Y quién es su madre?
Reed pasó una página.
Eleanor dejó de respirar durante un instante.
—Margaret Shaw.
—Exacto.
El silencio fue absoluto. June, que estaba colocando tazas en el aparador, dejó de moverse.
—Entonces ya tenemos a la familia completa —dijo.
Eleanor la miró.
—¿Lo sabías?
—No.
—¿Sabías que Margaret Shaw tenía un hijo?
—Sabía que tenía una hija.
Reed corrigió.
—Tenía una hija y un hijo.
June negó.
—Margaret solo hablaba de Evelyn.
Eleanor sintió que una nueva pieza acababa de aparecer.
—¿Por qué ocultaría a Jonathan?
—Quizá porque no quería que se supiera quién era su padre.
—¿Quién?
Reed señaló el documento.
—Richard Vale.
Eleanor volvió a mirar el nombre.
—Entonces Jonathan es hijo de Richard y Margaret Shaw.
—Sí.
—Y sobrino de Robert.
—Sí.
—Y heredó las pertenencias de Richard.
—Incluido el reloj.
—Y posiblemente documentos.
—Sí.
June se sentó lentamente.
—Dios mío.
Eleanor comprendió de repente por qué Margaret Shaw había trabajado para Edward Vale.
No había sido solamente una empleada. Había estado integrada en la familia de una forma mucho más profunda de lo que nadie había sabido.
Había tenido una relación con Richard, había tenido un hijo con él y había mantenido aquella relación oculta durante años.
Si Jonathan había heredado documentos, fotografías y objetos de su padre, también podía haber heredado una historia que la familia Vale había querido mantener enterrada.
Y si había descubierto que Martin había encontrado a Anna Bell, podía haber comprendido que la existencia de aquella heredera afectaba no solo a los intereses económicos de los Vale, sino también a su propia posición dentro de la familia.
—¿Dónde está Jonathan? —preguntó Eleanor.
Reed miró el teléfono.
—Hay una dirección.
—¿En Londres?
—No.
—¿Dónde?
—Bellwood.
Eleanor sintió un escalofrío.
—¿Qué dirección?
Reed respondió.
—La antigua casa de Richard Vale.
Nadie dijo nada. La misma casa. La misma habitación azul. La misma casa donde Eleanor había encontrado el cuaderno negro, las fotografías y el símbolo de la corona.
—Está viviendo allí —dijo Eleanor.
—Desde hace seis meses.
—¿Y nadie lo sabía?
—Parece que no.
—¿Por qué?
—Porque utiliza otro apellido.
Eleanor lo miró.
—¿Cuál?
Reed respondió lentamente.
—Jonathan Shaw.
June se levantó.
—Eso no puede ser casualidad.
Eleanor no respondió. Ya no parecía una casualidad.
Reed pidió que nadie fuera a la casa hasta que él pudiera organizarlo, pero Eleanor sabía que la investigación había alcanzado un punto en el que esperar significaba permitir que alguien tuviera tiempo para destruir pruebas.
Sin embargo, esta vez hizo caso. Se quedó en el salón de té con June y repasó todo lo que sabían.
Jonathan Shaw había regresado a Bellwood seis meses antes.
Su madre, Margaret Shaw, había muerto tres años atrás.
Su padre biológico, Richard Vale, había muerto cuatro años atrás.
Jonathan había heredado sus pertenencias.
Conocía la casa azul. Había podido acceder a los documentos de su padre.
Y, si realmente era el hombre que había estado sentado en la mesa ocho aquella tarde, había tenido una oportunidad perfecta para observar a Clara, averiguar qué buscaba y manipular la taza que ella había pedido.
Pero faltaba algo. El motivo para matar a Clara.
—¿Qué sabía Clara? —preguntó June.
—Demasiado.
—Eso no es suficiente.
—No.
—¿Qué podía saber que Jonathan no quisiera que supiera?
Eleanor volvió a mirar la carta.
—Quién mató a Martin.
June asintió.
—Y quizá quién era Anna.
—Sí.
—Pero Martin murió en 2007.
—Y Clara recibió una carta de él.
June se quedó callada.
—Si Jonathan tenía los documentos de Richard —continuó Eleanor— podía saber cómo reproducir la letra de Martin.
—Y enviarle la carta a Clara.
—Exactamente.
—Pero ¿por qué hacerla regresar?
—Para atraerla.
June frunció el ceño.
—¿A la taza?
—A la taza.
—Entonces sabía que existía.
—Sí.
—Y sabía que Rose la había escondido.
—Sí.
—¿Cómo?
Eleanor pensó en la casa de Richard, en el cuaderno negro y en las fotografías.
—Porque alguien había estado buscando allí antes que nosotros.
—¿Jonathan?
—Probablemente.
—¿Y si fue él quien dejó la segunda taza en la puerta?
Eleanor levantó la cabeza.
—La taza que dejó no era la número tres.
—Entonces quizá quería que creyéramos que lo era.
Eleanor se quedó quieta. Aquella frase le dio una idea.
—June.
—¿Sí?
—¿Cómo supiste que la taza que encontramos después era una de las antiguas?
—Porque la vi.
—¿Dónde?
June tardó en responder.
—En la habitación de Clara.
—¿Antes de que llegara la policía?
—Sí.
—¿Y cómo sabías que era la número ocho?
June la miró.
—Porque lo vi en la base.
Eleanor sintió un pequeño estremecimiento.
—Pero la taza estaba sobre la mesa.
—Sí.
—Y tú estabas al otro lado de la habitación.
June permaneció en silencio.
—June.
—No recuerdo.
—¿Qué no recuerdas?
—Cómo lo vi.
Eleanor se quedó mirándola.
—Porque la levantaste.
June no respondió.
—La levantaste antes de que llegara la policía.
—Eleanor...
—¿Por qué?
June bajó la mirada.
—Porque pensé que era importante.
—¿La tocaste?
—Sí.
—¿La lavaste?
—No.
—¿La moviste?
—Sí.
—¿Por qué?
June respiró profundamente.
—Porque Clara me pidió que lo hiciera.
Eleanor se quedó inmóvil.
—¿Cuándo?
—Antes de morir.
—¿Qué te pidió?
—Que si alguien preguntaba por la taza azul, dijera que no sabía nada.
—¿Y por qué?
—Porque sospechaba que alguien la estaba siguiendo.
—¿Quién?
June negó.
—No lo sé.
Eleanor comprendió entonces que Clara había preparado una segunda capa de protección.
Si moría, quería que la taza no estuviera donde el asesino esperaba encontrarla.
June la había movido. Pero eso significaba que la taza número ocho que apareció junto al cuerpo podía haber sido colocada allí después.
—¿Dónde dejaste la taza que Clara utilizó realmente?
June cerró los ojos.
—En la cocina.
—¿Y después?
—Cuando volví...
—¿Qué?
—Había desaparecido.
—¿Quién estaba en la cocina?
June tardó unos segundos.
—No lo sé.
Eleanor la miró fijamente.
—Sí lo sabes.
June negó.
—No.
—June.
—Vi a alguien.
—¿Quién?
—Un hombre.
—¿El de la mesa ocho?
June cerró los ojos.
—Sí.
Reed regresó en ese momento.
—Lo hemos encontrado.
Eleanor se volvió.
—¿Jonathan?
—Sí.
—¿Dónde?
—En la casa de Richard Vale.
—¿Está allí?
—Sí.
—¿Solo?
—No.
Eleanor sintió que algo se tensaba en su interior.
—¿Con quién?
Reed la miró.
—Con una mujer.
—¿Quién?
—Evelyn Shaw.
Eleanor se quedó inmóvil.
—La hermana de Jonathan.
—Sí.
—Entonces los dos hijos de Margaret Shaw están allí.
—Sí.
—¿Y qué están haciendo?
—Eso es precisamente lo que vamos a averiguar.
La casa de Richard Vale estaba silenciosa cuando llegaron.
El cielo se había despejado y una luz pálida de otoño caía sobre los árboles desnudos del jardín.
Reed entró primero. Eleanor permaneció detrás, junto a June, observando las ventanas.
La del piso superior, aquella que daba a la habitación azul, estaba entreabierta.
No había nadie visible. Reed hizo una señal y avanzaron.
La habitación azul estaba exactamente como Eleanor la recordaba. O casi. El armario había sido desplazado. El compartimento donde habían encontrado el cuaderno estaba vacío. Y sobre la mesa había una caja azul. Eleanor se detuvo.
—Es la caja de Martin.
Reed se acercó.
—No la toques.