Chapter 17 #2
Eleanor regresó al aparador al caer la tarde.
Sacó las siete tazas restantes y las colocó sobre el mostrador.
Una al lado de otra parecían casi idénticas, pero ahora sabía que cada una tenía una historia.
Rose había convertido la porcelana en un archivo.
Había guardado dentro de una taza un mensaje de Martin, había marcado otra con una fecha, había escondido llaves y fotografías en lugares que nadie habría considerado importantes y había pasado años esperando que Clara comprendiera cuándo debía recuperar aquello que le pertenecía.
Eleanor sostuvo una de las tazas bajo la luz y observó la delicada pintura azul.
Pensó en Rose, en la forma en que había protegido a personas que quizá ni siquiera sabían cuánto les debía su supervivencia, y comprendió que la verdadera herencia de aquella historia no estaba formada únicamente por dinero o propiedades.
También existían herencias de miedo, silencios y lealtades que pasaban de una persona a otra hasta que nadie recordaba exactamente por qué había empezado a callar.
Cuando Reed se marchó, Eleanor permaneció sola en el salón de té.
Afuera, Bellwood había vuelto a encender sus luces y las ventanas de las casas reflejaban una noche húmeda y fría.
Sobre la mesa seguía la fotografía de 1991.
Eleanor la tomó y la examinó una vez más.
Ahora sabía que Martin había sobrevivido a aquella noche, que Rose había conseguido sacarlo del pueblo y que Clara había colaborado en la mentira destinada a protegerlo.
Pero también sabía que alguien había acompañado a Martin aquella noche y que aquella persona había amenazado a Clara.
La mujer del anillo seguía sin nombre. Margaret Shaw había sido identificada como una pieza del mecanismo de Edward Vale, pero la mujer de la fotografía podía ser otra persona, quizá alguien que trabajaba para ella, quizá alguien que había heredado la misión de perseguir a Martin cuando Edward ya no podía hacerlo.
Y si esa mujer había conocido a Martin después de 1991, entonces también podía haber conocido la existencia de Anna Bell y, por tanto, podía tener una razón para querer que Clara muriera antes de encontrar la taza número tres.
Eleanor colocó la fotografía junto a la carta de Clara y volvió a leerla.
La frase sobre la persona que seguía viviendo en Bellwood adquiría ahora un significado distinto.
Clara no había regresado para descubrir si Martin había muerto.
Lo sabía. Había regresado porque alguien le había dicho que la persona responsable de su desaparición seguía allí.
Pero si Martin había vivido hasta 2007, entonces la palabra «desaparición» podía referirse a algo diferente: no al momento en que abandonó Bellwood, sino al momento en que dejó de aparecer en los registros y en las vidas de quienes lo conocían.
La persona que había causado aquella segunda desaparición podía seguir viva.
Podía incluso haber estado observando a Clara durante años.
Eleanor pensó en la mujer del abrigo azul, en el anillo de corona, en la caja desaparecida de Margaret Shaw y en la carta que apareció después de la muerte de Clara.
Todos aquellos elementos tenían algo en común: alguien estaba intentando controlar qué versión de Martin llegaba hasta el presente.
Entonces Eleanor vio algo en la fotografía que antes no había advertido.
La mujer que estaba en la puerta no llevaba solamente un anillo.
En la otra mano sostenía un pequeño objeto rectangular, casi oculto por el borde de la puerta.
Eleanor amplió la imagen con el teléfono y sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
Era una caja pequeña, de color azul oscuro.
No podía asegurarlo por completo, pero la forma coincidía con la descripción que Judith Mercer había dado de la caja que Martin escondía bajo el suelo de su habitación.
Si aquella caja aparecía ya en la fotografía de 1991, significaba que no había llegado a Kent con Martin años después.
Había estado en Bellwood desde el principio.
Y si la mujer de la puerta la llevaba aquella noche, quizá Martin no había desaparecido llevándose los documentos: alguien se los había quitado antes de que pudiera marcharse.
Eleanor se acercó a la ventana con la fotografía entre las manos.
La calle estaba vacía, pero al otro lado, junto a la farola situada frente al salón de té, había una figura inmóvil bajo un paraguas oscuro.
No podía distinguirle el rostro. Permaneció allí apenas unos segundos y después comenzó a caminar lentamente hacia la esquina.
Eleanor no salió detrás de ella. Esta vez sabía que perseguir a alguien sin pensar podía ser exactamente lo que esa persona esperaba.
Volvió a mirar la fotografía y comprendió que la verdadera noche de 1991 no había terminado cuando Martin salió de la estación, ni cuando Rose consiguió ayudarlo a abandonar Bellwood, ni siquiera cuando Clara declaró su desaparición.
Aquella noche había dejado una deuda pendiente que había atravesado tres décadas y que ahora había regresado con una muerte.
La taza número tres no era solamente una prueba de que Martin había estado allí; podía ser la prueba de que alguien había tomado de él algo que nunca recuperó.
Y si la mujer de la fotografía había salido de la estación con aquella pequeña caja azul en la mano, entonces quizá Clara no había muerto intentando encontrar el pasado.
Había muerto porque alguien temía que Eleanor descubriera qué había dentro de aquella caja y, sobre todo, quién había tenido acceso a ella durante los treinta y cinco años siguientes.