El misterio de la taza azul Chapter 16 #2
80%

Chapter 16 #2

Aquella tarde el salón de té estuvo más tranquilo de lo habitual.

La lluvia había regresado y apenas entraron clientes.

Eleanor aprovechó para limpiar el aparador donde Rose había guardado las tazas durante décadas.

Lo hizo lentamente, revisando cada pieza, buscando marcas, pequeñas grietas, cualquier detalle que pudiera pasar desapercibido.

La porcelana azul parecía idéntica a primera vista, pero cada taza tenía pequeñas diferencias.

Una presentaba una ligera decoloración en el borde.

Otra tenía una diminuta mancha bajo el asa.

La número cinco tenía una imperfección en la pintura que Rose había cubierto con una pequeña flor.

La número siete conservaba una línea casi invisible donde alguien había intentado borrar una inscripción.

Y la número tres, la que había desaparecido, era la única que no estaba allí.

Eleanor encontró entonces algo en el fondo del aparador. Una pequeña etiqueta de papel. La tomó. En ella aparecía escrito un número: 3. Debajo había una fecha: 17/09/1991. Y debajo de la fecha, una palabra: Clara.

Eleanor se quedó inmóvil. June se acercó.

—¿Qué es?

Eleanor le mostró la etiqueta.

—Rose la guardó.

—¿Qué significa?

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

Eleanor respiró lentamente.

—Creo que la taza número tres no fue la que Clara utilizó cuando rompió la taza en 1991.

June frunció el ceño.

—¿Entonces?

—Creo que Rose la marcó después.

—¿Por qué?

—Para recordar algo.

—¿Qué?

Eleanor volvió a mirar la fecha.

—El día que Martin desapareció.

Reed apareció en la puerta.

—He encontrado algo.

Eleanor levantó la vista.

—¿Qué?

—El registro del salón de té de septiembre de 1991.

—¿Existe?

—Un fragmento.

Le entregó una copia. Había nombres, horarios y pequeñas anotaciones de Rose. Eleanor recorrió la página con el dedo. Entonces encontró una línea: 17 de septiembre. Clara — 17:00. Martin — 17:15. Debajo había una anotación: Taza 3. Eleanor levantó la cabeza.

—Martin estuvo aquí.

—Sí.

—El día que desapareció.

—Sí.

—Y utilizó la taza número tres.

Reed asintió.

—Eso parece.

Eleanor miró a June.

—Entonces no era la taza de Clara.

—No.

—Era la de Martin.

El silencio que siguió fue largo.

—Y alguien se llevó precisamente esa taza —dijo Reed.

Eleanor sintió que la pieza encajaba de una manera que no le gustaba.

—No querían esconder la muerte de Clara.

—¿Qué quieres decir?

—Querían borrar algo mucho más antiguo.

Reed la observó.

—¿Qué?

—La última vez que Martin estuvo en Bellwood.

Eleanor volvió a mirar la etiqueta, la fecha y el número tres.

De repente comprendió que la taza que faltaba no era importante porque hubiera sido utilizada para envenenar a Clara, sino porque había estado presente en un momento que alguien llevaba treinta y cinco años intentando borrar.

La persona que la había robado conocía la historia de Martin, sabía que Rose había conservado aquella pieza y entendía que, si la taza aparecía en manos de la policía, podía establecerse una conexión entre el día de la desaparición y todo lo que había ocurrido después.

La taza equivocada colocada junto al cadáver era una distracción, una explicación sencilla para un asesinato que no tenía nada de sencillo.

Alguien había querido que Reed mirara el veneno y no la porcelana, que buscara la causa de la muerte y no la razón por la que una taza concreta había desaparecido del salón de té.

Pero Eleanor empezaba a comprender que la muerte de Clara y la desaparición de Martin podían estar separadas por treinta y cinco años y, al mismo tiempo, formar parte del mismo encubrimiento.

Cuando cerraron el salón aquella noche, Eleanor volvió a extender sobre la mesa las fotografías, la etiqueta, el registro de 1991 y la copia de la carta de Clara.

Durante mucho tiempo permaneció en silencio mientras Reed examinaba los documentos.

La pieza que faltaba era ahora mucho más peligrosa que antes.

No contenía necesariamente el secreto que buscaban, pero podía demostrar que Martin había estado en el salón de té el 17 de septiembre de 1991, después de que oficialmente hubiera desaparecido de la vida de Bellwood.

También podía demostrar que Rose había sabido exactamente cuándo y con quién había estado, y que había decidido conservar la prueba durante décadas.

Eleanor recordó entonces la frase escrita en la carta de Clara, aquella advertencia que había parecido referirse únicamente a su propia muerte: «No confíes completamente en la historia que te he contado yo».

Clara había mentido sobre su regreso, sobre Martin y sobre la razón por la que necesitaba la taza.

Pero quizá su mayor mentira no había sido una mentira destinada a protegerse.

Había sido una mentira destinada a proteger a otra persona.

Eleanor comprendió entonces que había una diferencia fundamental entre la taza encontrada en la habitación de Clara y la taza que había desaparecido del salón de té.

La primera contenía veneno, pero no suficiente para matar.

La segunda no había sido encontrada, pero había estado en manos de Martin la noche en que oficialmente dejó de existir para Bellwood.

Una había sido colocada para cerrar una investigación; la otra había sido retirada para impedir que empezara otra.

Y si alguien había conseguido encontrarla después de treinta y cinco años, también significaba que alguien conocía el sistema secreto de Rose, conocía la numeración de las piezas y sabía exactamente qué taza debía desaparecer.

Eleanor miró a Reed y comprendió que el asesino de Clara había cometido un error mucho más grave de lo que probablemente imaginaba: había dejado intactas las otras siete.

Había pensado que bastaba con llevarse la número tres, pero no había comprendido que Rose había dejado otra prueba, una pequeña etiqueta de papel escondida en el fondo del aparador, con una fecha y un nombre que podían demostrar que aquella taza había estado allí por una razón concreta.

Y entonces Eleanor volvió a leer el nombre escrito en la etiqueta.

Clara. No decía Martin. No decía Rose. Decía Clara.

Eso significaba que Rose no había marcado la taza para recordar dónde había estado Martin, sino para recordar quién debía recibirla cuando llegara el momento.

Eleanor sintió que un nuevo pensamiento comenzaba a abrirse paso entre todas las piezas: quizá Clara no había venido a Bellwood para recuperar una prueba que Rose hubiera guardado para ella.

Quizá había venido porque alguien le había dicho que Rose había dejado la taza preparada, esperando su regreso.

Y si aquello era cierto, entonces la persona que había enviado a Clara la carta conocía también aquella etiqueta, conocía el sistema de Rose y sabía que la taza número tres seguía existiendo.

Eleanor levantó lentamente la mirada hacia Reed mientras la lluvia golpeaba los cristales del salón vacío y comprendió que, después de treinta y cinco años, alguien había conseguido encontrar la taza antes que ellos.

Lo que todavía no sabían era si se la había llevado para destruir la última prueba de la desaparición de Martin o para asegurarse de que la verdad llegara, por fin, a la persona correcta.