Chapter 16
A la mañana siguiente, Eleanor llegó al salón de té antes que June y abrió las persianas mientras Bellwood despertaba lentamente bajo un cielo gris.
Había dormido poco. La teoría de las dos tazas había ocupado buena parte de la noche, pero cuanto más intentaba ordenar los acontecimientos, más preguntas aparecían.
No era suficiente demostrar que Clara había utilizado una taza azul y que después aquella taza había desaparecido.
Necesitaba averiguar qué había ocurrido exactamente entre el momento en que Clara pidió el té y el instante en que abandonó el salón.
Una taza podía cambiar de manos en cuestión de segundos.
Una persona podía levantarse, caminar hasta la cocina, dejar un plato, recoger otro, acercarse a una mesa y volver a su sitio sin que nadie lo considerara extraño.
En un salón de té, donde el movimiento constante formaba parte de la rutina, el crimen perfecto podía esconderse precisamente en la normalidad.
June entró por la puerta de la cocina con dos bolsas de pan.
—Tienes cara de haber pasado la noche discutiendo con una taza.
—La taza ganó.
—Siempre ganan las tazas. Son muy pacientes.
Eleanor tomó una de las bolsas.
—Necesito que recuerdes exactamente qué hiciste aquella tarde.
June dejó el pan sobre el mostrador.
—Ya te lo conté.
—Necesito que vuelvas a contármelo.
—¿Desde qué momento?
—Desde que Clara entró.
June suspiró.
—A las cuatro y cuarenta y cinco.
—¿Dónde estaba yo?
—Atendiendo la mesa cuatro.
—¿Y tú?
—En la cocina.
—¿Quién estaba sentado en la mesa ocho?
—El hombre del abrigo oscuro.
—¿Y Clara?
—En la siete.
—¿Qué llevaste primero?
—El té de Clara.
—¿En qué taza?
—En una blanca.
—¿Y cuándo pidió la azul?
—Después de que le dejara la bandeja.
—¿Qué dijo exactamente?
June cerró los ojos, tratando de recordar.
—Dijo: «¿Podría traerme una de las azules?».
—¿Nada más?
—Después preguntó si Rose todavía las guardaba.
Eleanor sintió un pequeño sobresalto.
—¿Eso fue todo?
—Sí.
—¿Qué hiciste?
—Fui a buscarla.
—¿Dónde?
—En el aparador.
—¿El de la cocina?
—Sí.
—¿Estaban las siete?
June dudó.
—Creo que sí.
—¿Crees?
—Eleanor, ha pasado tiempo.
—Lo sé.
—Pero recuerdo que había varias.
—¿Cuál elegiste?
—La que estaba delante.
Eleanor la miró.
—¿La reparada?
June se quedó inmóvil.
—No lo sé.
—June.
—Podría haber sido.
—¿Tenía la grieta?
—No recuerdo haberla visto.
Eleanor apoyó ambas manos sobre el mostrador.
—Entonces quizá no era esa.
—¿Y qué importancia tiene?
—Toda.
A las nueve llegó Reed. Traía un pequeño sobre transparente.
—Tenemos los primeros resultados de la taza.
Eleanor se acercó.
—¿Y?
—Había restos del veneno.
—Entonces sí era la taza de Clara.
Reed negó.
—No tan rápido.
Sacó unos documentos.
—Había restos de té, pero también encontramos algo que no esperábamos.
—¿Qué?
—La cantidad de veneno es muy pequeña.
Eleanor frunció el ceño.
—¿Suficiente para matar?
—No.
—Entonces...
—La taza que encontramos en la habitación de Clara contiene veneno, pero no una cantidad suficiente para explicar su muerte.
June dejó escapar el aire.
—Entonces teníamos razón.
Eleanor miró a Reed.
—Era la taza equivocada.
—Eso parece.
—¿Y la verdadera?
—No la tenemos.
—La que desapareció del salón de té.
—Sí.
Eleanor sintió una mezcla de satisfacción y temor.
—Entonces alguien la cambió.
—Eso es lo que creemos.
—¿Y la taza encontrada en la habitación?
—Alguien la colocó allí.
—¿Después de la muerte?
—Probablemente.
June se acercó.
—¿Y por qué dejar una taza con veneno?
Reed la miró.
—Para que pareciera evidente.
Eleanor terminó la frase.
—Para que nadie buscara la otra.
Reed asintió.
—Exactamente.
Durante unos segundos nadie habló. El reloj de la pared marcó las nueve y diez.
—Hay otra cosa —dijo Reed.
Eleanor levantó la cabeza.
—¿Qué?
—La taza encontrada en la habitación tenía una pequeña marca en la base.
—¿Qué clase de marca?
—Un número.
—¿Cuál?
—Ocho.
June palideció.
—No puede ser.
Eleanor la miró.
—¿Qué?
—Las tazas de Rose estaban numeradas.
—¿Todas?
—Sí.
—¿Y cuántas había?
June respondió casi en un susurro.
—Ocho.
Eleanor sintió un escalofrío.
—Pero tú dijiste que quedaban siete.
—Eso creía.
—Entonces la taza que encontramos es la número ocho.
—Sí.
—La desaparecida era otra.
June asintió.
—Probablemente.
Eleanor miró hacia el aparador.
—¿Y cuál falta?
June se acercó. Abrió la puerta. Una por una, fueron contando. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete.
—Falta la número tres —dijo June.
Eleanor la miró.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿La número tres?
—Sí.
—¿Qué tenía de especial?
June permaneció unos segundos mirando las tazas.
—Era la que Rose utilizaba cuando quería recordar algo.
—Eso no significa nada.
—En Rose, significaba mucho.
Eleanor tomó una de las tazas.
—¿Cómo se distinguían?
—Por una pequeña marca debajo del asa.
—¿Y la tres?
—Tenía una línea doble.
Reed abrió el sobre de las fotografías.
—Entonces necesitamos revisar las imágenes.
Eleanor extendió las fotografías de 1991 sobre la mesa. Una de ellas mostraba a Rose colocando una bandeja frente a varias personas. June se inclinó.
—Ahí.
—¿Qué?
—La tres.
Eleanor acercó la fotografía. Una taza azul aparecía en primer plano. Debajo del asa había dos pequeñas líneas.
—¿Quién la tenía?
June observó la imagen.
—Clara.
Eleanor sintió que algo encajaba.
—Entonces la taza que desapareció es la misma que Clara utilizó en 1991.
—Sí.
—Y la taza encontrada en su habitación era la número ocho.
—Sí.
—Entonces quien mató a Clara conocía las tazas.
Reed asintió.
—Y conocía la historia.
—No necesariamente.
—¿Por qué?
—Porque alguien podría haberle contado cuál era importante.
June se quedó mirando la fotografía.
—Rose nunca dejó que nadie bebiera de la número tres.
Eleanor la miró.
—Pero Clara sí.
—Una vez.
—En 1991.
—Sí.
—¿Por qué?
June tardó en responder.
—Porque Rose se la dio.
—¿Y después?
—La reparó.
—¿Por qué?
June tragó saliva.
—Porque Clara la rompió.
Eleanor recordó lo que Clara le había contado.
—Dijo que fue un accidente.
—Eso dijo.
—¿Lo fue?
June la miró.
—No lo sé.
Reed intervino.
—¿Qué pasó exactamente?
June se sentó.
—Clara estaba muy nerviosa aquel día. Rose le dio la taza y ella la dejó caer. Se rompió por un lado. Rose se enfadó mucho, pero no por la taza. Se enfadó porque Clara había intentado esconder algo dentro.
Eleanor sintió un escalofrío.
—¿Dentro de la taza?
June asintió.
—Una pequeña nota.
—¿De Martin?
—Sí.
—¿Qué decía?
—No lo sé.
—¿Rose la leyó?
—Sí.
—¿Y luego?
—La guardó.
—¿Dónde?
June señaló la taza número tres.
—Dentro.
Eleanor comprendió.
—La taza no era solo un escondite.
—No.
—Era un mensaje.
—Exactamente.
Reed tomó la fotografía.
—Entonces quien robó esta taza sabía que era importante.
Eleanor negó.
—O sabía que Clara sabía que era importante.
—Es una diferencia.
—Una enorme.
La investigación tomó entonces una dirección diferente.
Reed pidió revisar nuevamente las pertenencias de Clara, mientras Eleanor y June repasaban los días anteriores a su muerte.
Aparecieron pequeñas inconsistencias que antes habían parecido insignificantes.
Clara había preguntado por la habitación de Rose antes de hablar con Eleanor.
Había preguntado a Margaret si Rose había conservado cartas antiguas.
Había visitado la estación. Había pasado por la antigua propiedad de Richard Vale.
Y, sobre todo, había buscado la taza número tres mucho antes de pedirla aquella tarde en el salón de té.
No había sido una decisión improvisada. Había estado siguiendo una pista.
Al mediodía, Reed regresó con una nueva información.
—Encontramos esto en la habitación de Clara.
Colocó sobre la mesa una pequeña tarjeta. No tenía nombre, solo una dirección. Eleanor la reconoció inmediatamente.
—Es la antigua casa de Martin.
—Sí.
—¿Cuándo la recibió?
—La encontraron escondida dentro de un libro.
—¿Qué libro?
—Una edición antigua de un libro sobre genealogía.
Eleanor miró a June.
—Anna Bell.
June asintió.
—La heredera.
Reed continuó.
—En el interior del libro había otra cosa.
Sacó una hoja doblada. Era una copia de un certificado de nacimiento. El nombre estaba parcialmente oculto, pero la fecha era claramente visible: 1989.
—Evelyn Shaw —dijo Eleanor.
—No —respondió Reed.
—¿Entonces quién?
—Anna Bell.
Eleanor levantó la mirada.
—¿Tiene el apellido Bell?
—En el documento original aparece otro apellido.
—¿Cuál?
Reed tardó unos segundos.
—Vale.
June cerró los ojos.
—Dios mío.
Eleanor comprendió entonces la magnitud de aquello. Anna no era simplemente una hija ilegítima de Edward Vale. Era alguien cuya identidad había sido deliberadamente ocultada dentro de la propia familia. Y Martin había descubierto su existencia.
—¿Dónde está Anna ahora? —preguntó Eleanor.
—No lo sabemos.
—¿Y Clara?
—Probablemente sí.
—Entonces Clara sabía quién era.
—Sí.
—Y quizá alguien más.
Reed guardó silencio. Eleanor volvió a mirar la tarjeta. La dirección de Martin estaba escrita a mano. En el reverso había una frase: La persona que buscas no sabe que la estás buscando.
Eleanor pasó el dedo por la tinta.
—Esto no lo escribió Clara.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Clara escribía inclinando ligeramente las letras hacia la derecha.
Reed la observó.
—¿Y esta?
—Recta.
—No podemos basarnos solo en eso.
—No.
—Pero tampoco podemos ignorarlo.
Eleanor levantó la cabeza.
—No.
—¿Qué estás pensando?
—Que alguien está escribiendo por Clara.
—O escribiendo para Clara.
—¿Qué diferencia hay?
—Que en el segundo caso todavía puede estar vivo.
Eleanor guardó silencio.