Chapter 15 #2
—Pero podemos compararla con algo.
—¿Con qué?
Eleanor señaló la fotografía que Reed había dejado sobre la mesa.
—Con la fotografía.
Reed frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver?
—El hombre de 1991.
—¿Martin?
—No.
Eleanor señaló la parte inferior de la imagen.
—El hombre que está detrás de él.
Reed acercó la fotografía.
—No se le ven los zapatos.
—No.
—Entonces no podemos comparar.
—No hace falta.
Eleanor señaló el suelo de la fotografía. Había una pequeña mancha junto a la puerta.
—Mira.
Reed guardó silencio.
—¿Qué?
—El barro.
—Es imposible identificar una huella ahí.
—No estoy intentando identificarla.
—Entonces ¿qué?
—Estoy intentando recordar.
Eleanor volvió a mirar la imagen.
—La persona que aparece detrás de Martin estaba entrando por esa puerta.
—¿Y?
—La puerta trasera ya existía en 1991.
—Sí.
—Entonces quizá alguien entró aquella noche por allí.
Reed comprendió lo que estaba pensando.
—Y volvió a hacerlo ahora.
Eleanor asintió.
—La misma ruta.
—Eso no demuestra que sea la misma persona.
—No.
—Pero sí demuestra que alguien conoce la casa.
—Y conoce sus puertas.
Reed miró hacia la cocina.
—¿Quién tiene acceso?
June levantó la mano.
—Yo.
—¿Alguien más?
—Eleanor.
—¿Thomas?
June dudó.
—Tenía una llave antigua.
—¿Todavía?
—No lo sé.
Eleanor sintió que el salón de té se hacía de repente más pequeño.
—¿Y Rose?
June la miró.
—Rose tenía todas las llaves.
—Incluso después de cerrar por la noche.
—Sí.
Eleanor recordó entonces algo que había visto en la habitación de Rose. La llave que había encontrado en el compartimento oculto. La misma que había llevado hasta la habitación 17. Y comprendió que quizá no era la única llave que Rose había escondido.
—Necesito volver a revisar sus cosas.
Reed la observó.
—¿Por qué?
—Porque Clara pidió una taza azul.
—Eso ya lo sabemos.
—Y porque alguien se aseguró de que esa taza desapareciera.
—También lo sabemos.
—No.
Eleanor tomó la fotografía de 1991.
—Todavía no sabemos cuándo desapareció.
Reed la miró.
—¿Qué quieres decir?
—La taza estaba sobre la mesa cuando Clara se marchó.
—Sí.
—June la llevó a la cocina.
—Sí.
—Y después desapareció.
—Correcto.
—Pero si alguien quería matar a Clara utilizando esa taza, no necesitaba llevársela después.
Reed permaneció callado.
—Podría haberla utilizado antes.
Eleanor sintió que la idea se completaba.
—La taza que encontramos en su habitación quizá no era la taza con la que bebió.
—¿Entonces cuál era?
—La que desapareció del salón de té.
Reed negó lentamente.
—Pero la taza que encontramos tenía restos.
—¿Restos de té?
—Sí.
—¿Y veneno?
—Sí.
—Entonces alguien quería que creyéramos que Clara bebió de esa taza.
Reed se quedó pensativo.
—Y si la otra taza también tuvo veneno…
—Podríamos demostrarlo.
—Si la encontramos.
Eleanor miró hacia la puerta trasera.
—Y si quien se la llevó no la destruyó.
La tarde se había convertido en una oscuridad prematura cuando Eleanor subió finalmente al piso superior del salón de té.
El resto de la casa estaba en silencio y desde la calle llegaba el rumor amortiguado de los coches sobre el pavimento mojado.
Entró en la antigua habitación de Rose y comenzó a revisar los cajones uno por uno, no buscando algo concreto sino intentando comprender el sistema que Rose había utilizado durante años para esconder aquello que consideraba importante.
Había pequeños sobres, fotografías, recibos, cartas, recetas, notas de proveedores y viejos calendarios, pero también había cosas que parecían insignificantes hasta que se observaban con suficiente atención.
En el fondo de un cajón encontró una etiqueta arrancada de una caja de porcelana.
En otro, una pequeña llave sin cerradura.
Y dentro de un libro de recetas apareció una lista escrita por Rose en 1998, compuesta únicamente por nombres y fechas.
Uno de los nombres era Martin Whitby. Otro era Clara.
El tercero había sido tachado tantas veces que resultaba imposible leerlo.
Debajo, Rose había escrito una frase que hizo que Eleanor permaneciera inmóvil durante varios segundos: «No entregar la taza hasta que Clara comprenda quién está mintiendo».
Eleanor volvió a leerla lentamente. La frase no parecía escrita para ella, ni siquiera para alguien que algún día encontrara el libro por casualidad.
Parecía una instrucción que Rose había dejado para Clara.
Y eso significaba que la taza azul no había sido simplemente un escondite para un documento de Martin.
Había sido una pieza dentro de un acuerdo que Rose y Clara habían mantenido durante años.
Clara sabía que la taza existía, sabía que Rose la había reparado y sabía que algún día tendría que regresar para recuperarla, pero quizá nunca había sabido qué contenía realmente.
Eleanor entendió entonces por qué Clara había insistido en utilizar una taza azul durante aquella última tarde.
No era una superstición ni una nostalgia absurda.
Estaba siguiendo una instrucción que había recibido mucho tiempo atrás, posiblemente del propio Martin.
Y si había elegido precisamente aquella taza delante de todos, quizá quería comprobar quién reaccionaba al verla.
Tal vez no había sido ella quien estaba siendo observada aquella tarde.
Tal vez había ido al salón de té para observar a los demás.
Cuando Eleanor bajó de nuevo al salón, Reed estaba junto a la puerta trasera examinando el suelo.
June había apagado algunas de las luces y recogía las últimas tazas del día.
Durante unos segundos los tres permanecieron en silencio, como si ninguno quisiera ser el primero en formular la conclusión que comenzaba a resultar evidente.
Clara había llegado a Bellwood con una carta reciente, una fotografía antigua y una pregunta que no había querido compartir.
Había pedido una taza azul sabiendo que Rose había utilizado aquellas piezas para esconder secretos.
Había mirado con miedo a un hombre sentado en la mesa contigua.
Había salido del salón de té dejando una taza sobre la mesa y, poco después, aquella taza había desaparecido.
Horas más tarde, Clara había muerto. Todo indicaba que alguien había preparado cuidadosamente una escena destinada a convencer a la policía de que la víctima había bebido de una taza concreta, pero la verdadera taza podía haber desaparecido antes incluso de que Clara abandonara el establecimiento.
Eleanor comprendió que el asesinato no dependía solamente del veneno: dependía de la confusión.
Quien lo había cometido necesitaba que nadie pudiera responder a una pregunta muy sencilla: de qué taza había bebido Clara realmente.
Y entonces recordó al hombre de la mesa ocho.
Recordó su abrigo oscuro, su silencio, el hecho de que había pedido exactamente el mismo té que Clara y, sobre todo, que nadie había podido explicar cuándo había salido del salón de té.
Eleanor miró hacia la mesa vacía y tuvo la sensación de que todavía quedaba allí algo de aquella tarde, como si el lugar hubiera conservado la posición de las personas y el movimiento de las manos mucho después de que todos se hubieran marchado.
Si el hombre había salido por la puerta trasera, podía haber tenido acceso a la cocina.
Si había conocido a Clara, podía haber sabido qué taza iba a pedir.
Y si llevaba años relacionado con la historia de Martin, quizá también sabía que la taza azul no era una simple pieza de porcelana.
Eleanor comprendió que la pregunta ya no era quién había envenenado a Clara, sino quién había tenido la oportunidad de intercambiar las tazas sin que nadie lo advirtiera, y aquella diferencia podía ser suficiente para desmontar toda la escena del crimen.
Porque si la taza encontrada en la habitación de Clara era la taza equivocada, entonces alguien había cometido un error.
Y en Bellwood, como Eleanor ya había aprendido, los errores eran mucho más peligrosos que los secretos.