Chapter 15
La mañana siguiente amaneció con una lluvia fina y persistente que había convertido High Street en una sucesión de paraguas oscuros, escaparates empañados y charcos en los que se reflejaban las fachadas de las casas.
Bellwood parecía haber decidido refugiarse de sí mismo.
Las pocas personas que caminaban por la calle lo hacían con el cuello del abrigo levantado y una expresión resignada, mientras desde la iglesia llegaba el sonido apagado de las campanas que anunciaban las diez.
En el salón de té, Eleanor había encendido las lámparas antes de tiempo y había colocado sobre cada mesa pequeños jarrones con ramas de espino que June había traído del jardín.
El aroma del té negro recién preparado se mezclaba con el de la mantequilla y la canela de los bollos que acababan de salir del horno, creando aquella sensación de normalidad que durante los últimos días se había vuelto casi una obligación.
Bellwood necesitaba que las cosas siguieran funcionando.
Necesitaba que alguien abriera las puertas, que alguien preguntara si los clientes querían leche o limón, que las cucharillas siguieran tintineando contra las porcelanas y que las personas pudieran hablar de la lluvia como si no hubiera una mujer muerta en una pensión del pueblo y como si treinta y cinco años de secretos no hubieran comenzado a resquebrajarse de repente.
June apareció desde la cocina con una bandeja.
—He decidido que hoy no vamos a hablar de asesinatos.
Eleanor levantó una ceja.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Hasta que alguien entre por esa puerta y mencione uno.
—Eso podría ocurrir en cinco minutos.
—Entonces tendremos cinco minutos de paz.
June dejó la bandeja sobre el mostrador y miró hacia las ventanas.
—Además, he hecho bollos.
—¿Eso es una estrategia de investigación?
—No. Es una estrategia de supervivencia.
Eleanor sonrió.
—Funciona bastante bien.
—Lo sé.
June tomó uno de los bollos y lo partió por la mitad.
—Pero hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
—Si Clara recibió esa carta, ¿por qué no se la enseñó a Reed?
Eleanor dejó la taza que tenía entre las manos.
—Porque no confiaba en la policía.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—¿O porque sospechaba de alguien relacionado con la policía?
Eleanor la miró.
—No empecemos con eso.
—No he dicho nada.
—Lo estabas pensando.
—Pensar no es delito.
—En Bellwood empieza a parecerlo.
June sonrió, pero desapareció enseguida.
—¿Qué vas a hacer?
—Reconstruir las últimas horas de Clara.
—¿Y cómo piensas hacerlo?
—Con todo lo que sepamos. A qué hora salió de la pensión, dónde estuvo, qué compró, con quién habló y, sobre todo, dónde tomó el último té.
June asintió lentamente.
—Entonces sí vamos a hablar de asesinatos.
—Mucho.
—Lo suponía.
A las once llegó Reed.
Traía el abrigo mojado y una expresión que Eleanor había aprendido a reconocer. Era la expresión que utilizaba cuando tenía información nueva pero todavía no sabía si aquella información simplificaría las cosas o las complicaría todavía más.
—He hablado con Margaret Ellis —dijo.
—¿La dueña de Rose Cottage?
—Sí.
—¿Y?
—Clara salió de la pensión aproximadamente a las cuatro y diez de la tarde.
—¿A dónde fue?
—Dijo que iba a tomar el té.
June resopló.
—Eso no reduce mucho las posibilidades en Bellwood.
—No —admitió Reed—. Pero Margaret recuerda algo más. Clara llevaba el bolso de cuero marrón y una carpeta.
—¿Qué carpeta?
—No lo sabe.
—¿Y volvió con ella?
—No.
Eleanor se quedó pensativa.
—Entonces la dejó en algún sitio.
—O alguien se la llevó.
—¿Qué contenía?
—No lo sabemos.
—¿La has encontrado?
—No.
Eleanor miró a June.
—Eso empieza a convertirse en una costumbre.
June cruzó los brazos.
—En este pueblo las cosas desaparecen con mucha facilidad.
Reed abrió una libreta.
—A las cuatro y veinte Clara fue vista entrando en la pastelería de la esquina.
—¿Cuánto tiempo estuvo?
—Diez minutos.
—¿Compró algo?
—Un pastel de limón.
June asintió con aprobación.
—Tenía buen gusto.
—A las cuatro y treinta y cinco —continuó Reed— salió de allí y caminó hacia High Street.
—¿Y después?
—A las cuatro y cuarenta y cinco entró aquí.
Eleanor sintió un pequeño sobresalto.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Quién la vio?
—Margaret.
—¿Margaret estaba aquí?
—Sentada en una de las mesas.
Eleanor intentó recordar aquella tarde.
—Yo estaba atendiendo a tres mesas.
—Y Clara se sentó en la mesa siete.
Eleanor miró hacia el fondo del salón.
La mesa siete estaba junto a la ventana, cerca del pequeño aparador donde durante años Rose había guardado las tazas que utilizaba para ocasiones especiales.
—¿Pidió algo?
—Té.
—¿Qué té?
—Earl Grey.
June intervino.
—No.
Eleanor la miró.
—¿No qué?
—Clara no pidió Earl Grey.
Reed abrió la libreta.
—Según Margaret, sí.
—Margaret se equivoca.
—¿Por qué?
June señaló la cocina.
—Porque yo preparé el té.
Eleanor volvió lentamente la cabeza.
—¿Qué preparaste?
—Assam.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Reed anotó algo.
—¿Por qué estás tan segura?
—Porque Clara pidió que fuera fuerte.
—¿Y la taza?
June se quedó callada. Eleanor sintió que la conversación cambiaba de naturaleza.
—June.
—Una taza azul.
Reed levantó la mirada.
—¿La misma?
June negó.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Porque yo dejé la taza sobre la mesa.
—¿Y después?
—Clara la cambió.
Eleanor sintió un escalofrío.
—¿Ella la cambió?
—No exactamente.
June respiró hondo.
—Cuando llevé el té, había una taza blanca sobre la mesa. Clara me pidió una taza azul.
—¿Por qué?
—Dijo que era importante.
—¿Y se la diste?
—Sí.
—¿Cuál?
—Una de las antiguas.
—¿La taza que desapareció?
June negó lentamente.
—No.
Eleanor sintió que el silencio se extendía por el salón.
—Entonces había dos tazas.
—Sí.
—Una blanca y una azul.
—Sí.
—¿Y qué ocurrió con la blanca?
June miró a Reed.
—La retiré.
—¿Cuándo?
—Poco después.
—¿Dónde la pusiste?
—En la cocina.
Reed se levantó.
—¿La conservas?
June abrió la boca.
—No.
—¿Por qué?
—Porque la lavé.
Eleanor sintió que algo no encajaba.
—¿La lavaste tú?
—Sí.
—¿Y la azul?
—Clara se la quedó delante.
—¿Se la llevó?
—No.
—Entonces ¿dónde estaba cuando murió?
June miró a Eleanor.
—Eso es lo extraño.
—¿Qué?
—Cuando Clara se marchó, dejó la taza azul sobre la mesa.
Reed se quedó inmóvil.
—¿Y quién la retiró?
June bajó la voz.
—Yo.
—¿Qué hiciste con ella?
—La llevé a la cocina.
—¿Y después?
—La lavé.
—¿Dónde está?
June tardó demasiado en responder.
—No lo sé.
Eleanor sintió un peso en el estómago.
—¿Cómo que no lo sabes?
—La dejé con las demás.
—¿Y desapareció?
—Sí.
Reed tomó aire.
—¿Cuándo te diste cuenta?
—Aquella noche.
—¿Y no dijiste nada?
June miró a Eleanor.
—Porque pensé que tú la habías guardado.
Eleanor negó lentamente.
—No.
—Entonces alguien se la llevó.
Reed cerró la libreta.
—Tenemos un problema.
—Tenemos varios —respondió Eleanor.
Reed la miró.
—Quiero saber quién estuvo aquí entre las cinco y las seis.
Eleanor comenzó a reconstruir la tarde.
Había una pareja de Manchester sentada junto a la ventana.
Una mujer con un sombrero verde había ocupado la mesa tres.
Dos estudiantes habían tomado chocolate caliente.
Thomas había aparecido poco antes de las cinco para recoger unos documentos.
June había estado entrando y saliendo de la cocina.
Margaret había permanecido aproximadamente veinte minutos.
Después había llegado un hombre que Eleanor no recordaba bien.
—Espera.
Reed levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Había alguien más.
—¿Quién?
—Un hombre.
—¿Cómo era?
—No lo sé.
—Eleanor.
—Lo siento. Llevaba un abrigo oscuro. Se sentó solo.
—¿A qué hora?
—Poco después de las cinco.
—¿Pidió algo?
—Té.
—¿Cuál?
Eleanor cerró los ojos.
—No lo recuerdo.
June habló desde la cocina.
—Pidió Assam.
Eleanor la miró.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo se lo preparé.
Reed volvió a escribir.
—¿Dónde se sentó?
—Mesa ocho.
Eleanor sintió un escalofrío.
La mesa ocho estaba justo al lado de la siete.
—¿Habló con Clara?
June negó.
—No delante de mí.
—¿Y cuando te fuiste?
—No lo sé.
Eleanor recordó entonces algo que había considerado irrelevante.
—Clara miró hacia él.
Reed levantó la cabeza.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Qué expresión tenía?
—Miedo.
June dejó caer una cucharilla. El sonido metálico resonó en la cocina.
—¿Y él?
Eleanor pensó.
—No la miraba.
—Eso es extraño.
—No tanto como parece.
—¿Por qué?
—Porque quizá ya la conocía.
Reed cerró la libreta.
—Vamos a reconstruir exactamente lo que ocurrió.
Durante la siguiente hora revisaron las mesas, los horarios y los testimonios disponibles.
Margaret recordó que Clara había abierto su carpeta varias veces.
Thomas dijo que la vio escribir algo en una servilleta.
La mujer del sombrero verde recordó que Clara había preguntado si alguien sabía quién era el propietario actual de la antigua propiedad de Richard Vale.
Uno de los estudiantes aseguró haber visto a una mujer con abrigo azul entrar en el salón de té alrededor de las cinco y veinte, pero no podía recordar si se había sentado o si simplemente había pasado por el fondo.
Y lo más extraño de todo fue que nadie podía recordar haber visto salir al hombre de la mesa ocho.
—¿Cuánto tiempo permaneció? —preguntó Eleanor.
June miró el reloj.
—Hasta las seis menos diez.
—¿Y Clara?
—Se fue a las cinco y cuarenta.
—Entonces él permaneció treinta minutos más.
Reed asintió.
—Pero no sabemos si estuvo aquí todo ese tiempo.
—¿Qué quieres decir?
—Pudo salir por la puerta trasera.
Eleanor lo miró.
—No tenemos puerta trasera.
—Sí tenemos.
—¿Desde cuándo?
June respondió desde la cocina.
—Desde 1987.
Eleanor la miró incrédula.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—Nunca preguntaste.
—June.
—¿Qué?
—¿Dónde está?
—Detrás de la despensa.
Reed se dirigió hacia allí. La puerta conducía a un pequeño callejón estrecho que comunicaba con una calle secundaria. Eleanor se quedó contemplándolo.
—Podría haber salido por aquí.
—Sí.
—Y volver.
—También.
Reed señaló el suelo. Había una pequeña marca de barro.
—Alguien pasó por aquí recientemente.
Eleanor se agachó.
—¿La misma suela?
—No puedo saberlo aquí.