Chapter 14 #2
Eleanor sintió que el pecho se le cerraba.
La siguiente frase estaba escrita con una letra más temblorosa.
La carta llevaba la firma de Martin. Eleanor dejó de leer durante unos segundos.
Después continuó. Sé que parece imposible.
Pero conozco perfectamente su letra. Y alguien que vive en Bellwood también la conoce.
Debajo aparecía una última frase: La persona que me envió la carta sabe quién es la heredera.
La carta terminaba ahí. No había firma. No hacía falta.
—Clara sabía que iba a morir —dijo Eleanor.
Reed permaneció callado.
—No necesariamente.
—Escribió esto dos días antes.
—Eso no significa que supiera cuándo moriría.
—Pero sabía que estaba en peligro.
—Sí.
Eleanor volvió a leerla.
—«No fue quien tú imaginas».
—¿Qué significa?
—Que sospechaba de alguien.
—¿De quién?
Eleanor levantó lentamente la mirada.
—Richard Vale.
Reed no respondió.
—Pero Clara dice que no fue quien la obligó a mentir.
—Entonces hay alguien más.
—Alguien que conoce la letra de Martin.
—Y que conoce a la heredera.
—Y que sabía que Clara estaba buscando la taza.
—Sí.
Eleanor dejó la carta sobre la mesa.
—¿Sabes qué es lo peor?
—¿Qué?
—Que Clara no estaba buscando la prueba de la herencia.
—¿No?
—No.
Eleanor señaló la frase.
—Estaba buscando a la persona que mató a Martin.
Reed la observó.
—Pero creíamos que Martin había muerto muchos años después.
—Eso es lo que todos creen.
—¿Y si no?
Eleanor sintió un frío repentino.
—¿Qué quieres decir?
—Si la carta estaba firmada por Martin, alguien pudo haberla falsificado.
—Sí.
—Pero Clara conocía su letra.
—Eso no demuestra nada.
—Entonces necesitamos encontrar documentos escritos por Martin después de 1998.
Eleanor levantó la cabeza.
—Y comparar la letra.
Reed asintió.
—Exactamente.
La noche cayó sobre Bellwood mientras ambos permanecían en el despacho revisando documentos.
June había cerrado hacía rato y el salón de té estaba vacío.
Eleanor escuchaba el sonido ocasional de un coche pasando por High Street y el golpeteo de la lluvia contra los cristales.
Había dejado la carta de Clara junto a la taza azul, y cuanto más las miraba juntas más evidente le parecía que una no podía entenderse sin la otra.
Clara había sabido que la taza contenía algo, pero había regresado buscando también una respuesta sobre Martin.
Había recibido una carta aparentemente escrita por él, había seguido sus indicaciones hasta Bellwood y había acabado muerta antes de poder explicar quién la había enviado.
Alguien había tenido acceso a sus pertenencias, había hecho desaparecer la fotografía y posteriormente había dejado la carta dirigida a Eleanor en un lugar donde la policía pudiera encontrarla.
Aquello no parecía una simple sucesión de acontecimientos.
Parecía una conversación mantenida a través de muertos y objetos, una conversación en la que alguien seguía enviando mensajes porque quería que Eleanor continuara buscando.
Eleanor abrió de nuevo la fotografía de 1991. La mujer desconocida seguía allí. El hombre de la corona también. Martin miraba hacia la puerta. Clara miraba hacia Martin. Y Rose miraba hacia la cámara.
Por primera vez Eleanor comprendió que Rose podía no haber sido una espectadora de aquella historia, sino su guardiana.
Había protegido a Martin, había protegido a Clara y había escondido la copia del documento, pero quizá había protegido también a la persona que había conseguido escapar de los Vale.
La pregunta ya no era solamente quién era la heredera, sino por qué Clara había esperado tantos años para regresar si conocía su existencia.
La respuesta podía estar en la carta que recibió antes de morir: alguien había conseguido reproducir la letra de Martin con suficiente precisión para convencerla, y eso significaba que aquella persona había tenido acceso a cartas, diarios o documentos que nadie debería haber poseído.
Alguien había estado reuniendo fragmentos de la vida de Martin durante décadas y ahora los estaba utilizando para manipular a las personas que conocían la verdad.
Entonces Eleanor reparó en una última cosa.
La carta de Clara estaba escrita en una hoja corriente, pero en la parte inferior había una pequeña marca casi invisible, una corona dibujada con tinta azul.
No era la misma que aparecía en los documentos de los Vale.
Era más pequeña, trazada a mano, como si quien la hubiera colocado allí quisiera indicar que aquella carta pertenecía a una colección.
Eleanor acercó la hoja a la lámpara y descubrió que debajo de la corona había una fecha escrita con lápiz: 1998.
La misma fecha en la que Martin había escrito a Rose diciendo que había encontrado a la heredera.
La misma fecha en la que, según los documentos que Reed había encontrado, Martin había comenzado a vivir en Kent bajo otra identidad.
Y entonces Eleanor comprendió lo que Clara había intentado advertirle: la mentira no había comenzado con su regreso a Bellwood, ni siquiera con la desaparición de Martin en 1991; había comenzado en 1998, cuando alguien había decidido utilizar la letra de un hombre que todavía estaba vivo para fabricar una historia destinada a quienes conocían su paradero.
Eleanor levantó lentamente la mirada hacia Reed.
—Tenemos que encontrar a Martin.
Reed no respondió inmediatamente.
—Creíamos que había muerto.
—Sí.
—Y Clara también lo creía.
—Eso dijo.
—Entonces ¿qué estás pensando?
Eleanor volvió a mirar la carta.
—Que quizá Clara mintió incluso aquí.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Porque alguien la obligó.
—¿Quién?
Eleanor observó la pequeña corona azul de la parte inferior del papel y sintió que una idea comenzaba a tomar forma, una idea tan inquietante que durante unos segundos no quiso pronunciarla.
Si la carta que Clara recibió llevaba la letra de Martin y si alguien había conseguido utilizarla para convencerla de regresar a Bellwood, entonces quizá aquella persona no necesitaba haber conocido a Martin en 1991.
Podía haber conocido a alguien que conservara sus documentos.
Podía haber heredado una caja. Podía haber recibido instrucciones.
Y si la caja azul que Clara buscaba había pertenecido a Martin y contenía algo que demostraba que había sobrevivido hasta después de 1998, entonces el asesino no estaba protegiendo únicamente una herencia antigua: estaba protegiendo una segunda desaparición, una desaparición que había ocurrido años después de la primera y que nadie en Bellwood había contado jamás.
Eleanor comprendió entonces por qué Clara había escrito aquella frase aparentemente contradictoria: «No regresé a Bellwood para encontrar a Martin.
Sé desde hace años que Martin murió.» Quizá no había querido decir que sabía que Martin estaba muerto.
Quizá había querido decir que sabía que alguien quería que ella creyera que Martin estaba muerto.
Y si aquella diferencia era la clave de todo, entonces la muerte de Clara podía haber sido solamente el último movimiento de una historia iniciada treinta y cinco años atrás.
Una historia en la que Martin había desaparecido dos veces, Rose había guardado una taza azul, una heredera había vivido bajo un nombre falso y una persona desconocida había dedicado décadas a asegurarse de que nadie pudiera reconstruir el camino que unía todos aquellos acontecimientos.
Eleanor miró por última vez la fotografía de 1991 y comprendió que ya no estaba buscando un fantasma del pasado.
Estaba buscando a alguien que, desde algún lugar, seguía utilizando el pasado para controlar el presente.