Chapter 14
A las siete de la mañana llamó a Reed.
—¿Has dormido? —preguntó él.
—No.
—Empiezo a pensar que esa es tu respuesta habitual.
—He encontrado algo en la fotografía.
—Naturalmente.
—Una mano.
Hubo una pausa.
—¿Una mano?
—Con un anillo.
—¿La corona?
—Sí.
—Envíamela.
Eleanor hizo una fotografía con el teléfono y se la envió. Reed tardó unos minutos en responder.
—No puedo identificar a la persona solo por eso.
—Lo sé.
—Pero el anillo sí coincide con las imágenes de Edward Vale.
—¿Seguro?
—Muy probable.
Eleanor se sentó.
—Entonces Edward estaba allí.
—No necesariamente.
—Pero alguien llevaba su anillo.
—O uno igual.
—¿Cuántas personas tenían uno?
—No lo sabemos.
—Necesitamos saberlo.
—Lo estamos investigando.
—Y necesitamos saber quién era Margaret Shaw.
—También.
—Y quién es su hija.
—También.
—Y quién era Anna Bell.
—Eleanor.
—¿Sí?
—Respira.
Ella sonrió pese a sí misma.
—Estoy respirando.
—Bien. Porque dentro de diez minutos voy a estar en tu salón de té y quiero encontrarte allí, no registrando otra casa.
—No prometo nada.
—Yo sí.
Reed llegó acompañado de una carpeta. La colocó sobre la mesa y se sentó.
—Tenemos una identidad probable para Margaret Shaw.
—Eso ya me lo dijiste.
—Ahora tenemos algo más.
Abrió la carpeta.
—Margaret Shaw trabajó para Edward Vale entre 1984 y 1993. Oficialmente era secretaria.
—¿Y extraoficialmente?
—Hacía investigaciones privadas.
—¿Seguía personas?
—Sí.
—¿Buscaba a Anna Bell?
—Hay indicios de que sí.
Eleanor observó las fotografías.
—¿Y su hija?
—Evelyn Shaw.
—¿Dónde está?
—Vive fuera de Bellwood.
—¿Podemos hablar con ella?
—Ya lo he intentado.
—¿Y?
—No quiere hablar.
Eleanor soltó una pequeña risa.
—Qué sorpresa.
—Hay algo más.
Reed sacó una copia de un registro antiguo.
—Evelyn Shaw nació en 1989.
Eleanor lo miró.
—Tenía dos años en 1991.
—Sí.
—Entonces no pudo saber nada directamente.
—No.
—Pero pudo heredarlo.
—Exacto.
Eleanor volvió a mirar la fotografía.
—Necesitamos saber qué heredó.
—Eso puede ser más difícil.
—¿Por qué?
—Porque Margaret murió dejando muy pocas pertenencias personales.
—¿Y las demás?
—Desaparecieron.
—¿Desaparecieron?
—Según su hija, alguien entró en su casa después de su muerte.
Eleanor sintió un escalofrío.
—¿Cuándo?
—Dos días después del funeral.
—¿Qué robaron?
—Una caja.
—¿Qué había dentro?
—Evelyn no lo sabe.
—¿Y por qué cree que era importante?
Reed la miró.
—Porque su madre nunca permitía que nadie tocara esa caja.
Eleanor pensó en la taza azul.
—Otra caja fuerte.
—Posiblemente.
—O la misma historia repetida.
Reed cerró la carpeta.
—Ahora quiero hablar de Clara.
Eleanor permaneció quieta.
—¿Qué pasa con ella?
—He revisado sus movimientos durante las últimas semanas.
—¿Y?
—No vino directamente a Bellwood.
—¿Qué quieres decir?
—Estuvo tres días en Londres.
—Eso no es extraño.
—Después pasó dos días en una pequeña localidad de Kent.
—¿Por qué?
—No lo sabemos.
—¿Y luego?
—Bellwood.
Eleanor frunció el ceño.
—¿Con quién se reunió?
—Con nadie que podamos identificar.
—Entonces ¿por qué fue a Kent?
Reed sacó una fotografía.
Era la fachada de una pequeña casa.
—Esta dirección.
—¿Qué tiene?
—Perteneció a Martin Whitby.
Eleanor sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Martin vivió allí?
—Durante un tiempo.
—¿Cuándo?
—Entre 1998 y 2004.
—Entonces estaba vivo.
—Sí.
—Y Clara lo sabía.
—Probablemente.
—¿Y fue a buscar algo allí?
—La casa está vacía desde hace años.
—¿Entró?
—No lo sabemos.
—¿Hay cámaras?
—No.
Eleanor tomó la fotografía.
—¿Quién vive cerca?
—Una mujer llamada Judith Mercer.
—¿La conocía?
—Dice que recuerda a Martin.
—Quiero hablar con ella.
Reed suspiró.
—Sabía que dirías eso.
Dos horas después, Eleanor y Reed estaban en Kent. La casa era pequeña, de ladrillo claro y ventanas estrechas. No tenía nada particularmente llamativo. Un pequeño jardín delantero, una puerta azul y un seto demasiado alto para el tamaño de la parcela. Eleanor la observó desde la acera.
—No parece la casa de un hombre que escondía un secreto.
—Los secretos suelen tener casas bastante aburridas.
—Eso explica Bellwood.
Reed la miró.
—¿Quieres que entre yo primero?
—Sí.
—Bien.
—Pero quiero mirar alrededor.
—Naturalmente.
Judith Mercer vivía dos casas más abajo. Era una mujer de unos setenta años con cabello blanco y una memoria sorprendentemente precisa. Cuando Reed mencionó el nombre de Martin, lo reconoció inmediatamente.
—Era un hombre educado.
—¿Lo conoció?
—Vivía allí.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Seis años, aproximadamente.
Eleanor intervino.
—¿Venía alguien a visitarlo?
Judith la miró.
—Una mujer.
—¿Clara?
—No.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Cómo era?
—Rubia. Elegante. Siempre llevaba guantes.
Eleanor sintió un pequeño sobresalto.
—¿Tenía algún anillo?
Judith sonrió.
—Sí.
—¿Una corona?
La sonrisa desapareció.
—Sí.
Reed anotó algo.
—¿Cuándo venía?
—Una vez cada pocos meses.
—¿Y qué hacía?
—Hablaba con Martin.
—¿Entraba en la casa?
—Siempre.
—¿Sabe cómo se llamaba?
Judith negó con la cabeza.
—Pero recuerdo una cosa.
—¿Qué?
—Una vez discutieron.
—¿Sobre qué?
—Ella le dijo que no podía seguir escondiendo la verdad.
Eleanor sintió un frío en la espalda.
—¿Qué respondió Martin?
—Que la verdad no era lo peligroso.
—¿Qué era peligroso?
Judith tardó unos segundos.
—Que alguien supiera dónde estaba.
Eleanor y Reed se miraron.
—¿Cuándo fue esa discusión? —preguntó Reed.
—Hace muchos años.
—¿Puede situarla?
Judith pensó.
—Fue poco después de que naciera mi nieta.
—¿Qué año?
—2001.
Eleanor bajó la mirada. Martin estaba vivo en 2001. Y seguía ocultándose.
—¿Volvió aquella mujer?
—Sí.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta 2004.
—¿Qué ocurrió entonces?
Judith suspiró.
—Martin desapareció.
—¿Otra vez?
—Sí.
—¿Cómo?
—Una mañana la casa estaba vacía.
—¿Y sus cosas?
—Algunas seguían dentro.
—¿Cuáles?
—Libros. Ropa. Fotografías.
—¿Y qué faltaba?
Judith miró a Eleanor.
—Una caja azul.
Eleanor sintió que el corazón se le detenía un instante.
—¿Qué clase de caja?
—Pequeña.
—¿La vio alguna vez?
—Sí.
—¿Qué había dentro?
—No lo sé.
—¿Martin la escondía?
—Sí.
—¿Dónde?
Judith señaló la casa.
—Debajo del suelo de la habitación.
Eleanor miró hacia la ventana del piso superior.
—¿Y alguien la encontró?
—No lo sé.
—¿Clara?
—Nunca la vi allí.
—¿Y la mujer rubia?
Judith negó con la cabeza.
—Tampoco.
Eleanor sintió que algo no encajaba.
—¿Está segura?
—Completamente.
—Entonces ¿quién sabía de la caja?
Judith la miró directamente.
—Martin.
—¿Y alguien más?
La mujer permaneció callada.
—Judith.
—Una persona.
—¿Quién?
—La mujer que vino después.
Eleanor frunció el ceño.
—¿Qué mujer?
Judith respiró lentamente.
—Clara.
Eleanor se quedó inmóvil.
—¿Clara vino aquí?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Pocos días antes de que usted llegara.
Reed levantó la cabeza.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Qué buscaba?
—La caja.
Eleanor sintió un escalofrío.
—¿La encontró?
Judith negó lentamente.
—No.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque me preguntó dónde estaba.
—¿Y qué le dijo?
Judith miró hacia la ventana.
—Que Martin la había dejado en un lugar donde nadie miraría.
—¿Dónde?
—No lo sabía.
—¿Y entonces?
—Clara se fue.
—¿Sola?
Judith dudó.
—No.
Eleanor sintió que el aire se volvía pesado.
—¿Con quién?
—Con una mujer.
—¿La mujer rubia?
Judith negó.
—Otra.
—¿Cómo era?
—Más joven.
—¿La reconocería?
—Sí.
—¿La ha visto antes?
—No.
—¿Y después?
Judith miró a Eleanor.
—Después la vi en Bellwood.
Eleanor sintió que algo se cerraba alrededor de ella.
—¿Dónde?
—En el salón de té.
—¿Cuándo?
—La semana antes de que Clara muriera.
Eleanor permaneció en silencio.
—¿Quién era?
Judith negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Pero puede describirla?
—Sí.
—¿Cómo?
—Cabello oscuro. Un abrigo azul. Y llevaba un anillo.
Eleanor sintió que el cuerpo se le tensaba.
—¿Una corona?
Judith asintió.
—Una corona.
De regreso a Bellwood, Eleanor no habló durante casi todo el trayecto.
La información se acumulaba demasiado deprisa.
Clara había visitado la antigua casa de Martin pocos días antes de morir.
Había buscado una caja azul. Había ido acompañada por una mujer desconocida.
Esa mujer había aparecido después en Bellwood y llevaba un anillo con la corona.
La misma marca que aparecía en los documentos de Edward Vale, en la fotografía de 1988 y en la mano de la persona que parecía haber entrado en el salón de té en 1991.
Pero había algo todavía más inquietante.
Clara no había venido a Bellwood para investigar el pasado.
Había venido porque ya sabía parte de la verdad.
Aquella tarde Eleanor recibió una llamada de Reed.
—Tenemos novedades.
—¿Evelyn Shaw?
—No.
—¿La mujer del abrigo azul?
—Tampoco.
—Entonces dime.
—Hemos encontrado una carta.
Eleanor se incorporó.
—¿De quién?
—De Clara.
—¿Dónde?
—En una caja de seguridad.
—¿Qué dice?
—Está dirigida a ti.
Eleanor sintió un escalofrío.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Cuándo la escribió?
—Dos días antes de morir.
Reed hizo una pausa.
—Y hay algo más.
—¿Qué?
—La carta no estaba allí cuando registramos sus pertenencias por primera vez.
Eleanor sintió un frío repentino.
—Entonces alguien la dejó después.
—Eso parece.
—¿Qué dice?
—Te la llevaré.
Reed llegó veinte minutos después. La carta estaba dentro de un sobre blanco sin remitente. Eleanor reconoció la letra de Clara. Abrió el sobre con cuidado. Había una sola hoja: Eleanor, Si estás leyendo esto, significa que no he conseguido encontrar la taza.
Eleanor levantó la mirada y continuó leyendo: No confíes en la historia que te han contado sobre Martin. Tampoco confíes completamente en la historia que te he contado yo. Mentí porque alguien me obligó a hacerlo, pero no fue quien tú imaginas.
No regresé a Bellwood para encontrar a Martin. Sé desde hace años que Martin murió. Regresé porque recibí una carta que me hizo creer que la persona que causó su muerte seguía aquí.