El misterio de la taza azul Chapter 13
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Chapter 13

La mañana siguiente comenzó con una discusión sobre bollos de canela.

No era, pensó Eleanor, la clase de discusión que uno esperaba después de descubrir que una mujer podía haber desaparecido treinta y cinco años atrás junto con un hombre al que todo el pueblo creía muerto, que una familia poderosa había manipulado documentos y que una taza de porcelana escondía una nota capaz de poner en duda la versión oficial de una desaparición.

Sin embargo, Bellwood tenía aquella peculiar capacidad para continuar funcionando con absoluta normalidad incluso cuando debajo de la superficie se acumulaban secretos suficientes para llenar varias novelas.

A las nueve menos cuarto, Mrs. Patterson entró en el salón de té para quejarse de que los bollos de la semana anterior habían tenido demasiada canela, y a las nueve y diez Eleanor estaba explicándole que los de aquella mañana tenían exactamente la misma cantidad que los anteriores.

June, desde la cocina, intervino para declarar que aquello era imposible porque ella había reducido la canela, y durante cinco minutos las tres mujeres discutieron sobre proporciones, especias y tradiciones familiares como si no existieran asesinatos, habitaciones ocultas ni herencias desaparecidas.

Eleanor agradeció aquella pequeña normalidad más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Cuando Mrs. Patterson se marchó satisfecha después de comprar seis bollos para llevar, June apareció con las manos en los bolsillos del delantal.

—¿Ves?

—¿Qué?

—El mundo sigue girando.

Eleanor miró hacia la calle.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

—¿Que el mundo gire?

—Que todo el mundo parezca tan tranquilo.

June dejó sobre la mesa una taza de té.

—En Bellwood la gente ha tenido treinta y cinco años para acostumbrarse a guardar secretos.

—Yo llevo aquí mucho menos.

—Por eso todavía haces preguntas.

Eleanor levantó la taza.

—Y tú llevas treinta y cinco años evitando responderlas.

—Cada una tiene su momento.

—Ese momento ha llegado.

June la observó durante unos segundos.

—Sí.

La respuesta fue tan sencilla que Eleanor dejó la taza sobre el plato.

—¿Qué sabes?

—No tanto como crees.

—Pero más que ayer.

—Mucho más que ayer.

June se sentó frente a ella.

—Hay algo que tienes que entender antes de seguir buscando a la heredera.

—Te escucho.

—No todos los que mintieron lo hicieron por la misma razón.

—Eso ya lo sospechaba.

—Y algunos no mintieron para proteger a los Vale.

Eleanor permaneció en silencio.

—Mintieron para proteger a alguien.

—¿A Martin?

—A Martin, a Clara y a la mujer que salió de Bellwood aquella noche.

—La heredera.

June asintió.

—Quizá.

Eleanor frunció el ceño.

—¿Quizá?

—Nunca llegamos a saberlo con certeza.

—Pero Margaret acaba de decirme que la heredera desapareció.

—Eso creemos.

—¿Cómo puede haber dudas?

—Porque nadie conocía su nombre verdadero.

Eleanor sintió que aquella frase era más importante de lo que parecía.

—¿Qué quieres decir?

June bajó la voz.

—La mujer que Martin protegía no utilizaba su nombre.

—¿Por qué?

—Porque si utilizaba su nombre, los Vale podían encontrarla.

—¿Y cómo se llamaba?

—No lo sé.

Eleanor la miró fijamente.

—June.

—No lo sé.

—Pero Rose sí.

—Sí.

—¿Y Clara?

—Sí.

—¿Y Martin?

—Por supuesto.

Eleanor se levantó y caminó hacia el armario donde guardaba las fotografías.

—Entonces hay una persona que puede decirnos quién era.

June la observó.

—¿Quién?

—Clara.

—Está muerta.

Eleanor se volvió.

—Pero dejó algo.

—¿Qué?

—La carta.

June palideció.

—¿Qué carta?

—La que recibió de Martin.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—Entonces no tenemos nada.

—Tenemos una pensión.

June entendió inmediatamente.

—La habitación de Clara.

—Exacto.

Una hora después, Eleanor estaba frente a Rose Cottage con Reed y Margaret.

La pequeña pensión parecía más silenciosa que de costumbre.

Las ventanas de la planta superior permanecían cerradas y una maceta de geranios, ya algo mustios por el otoño, descansaba junto a la entrada.

Margaret llevaba las llaves en la mano y no dejaba de mirarlas.

—No me gusta esto —dijo.

—A mí tampoco —respondió Reed—. Por eso lo hacemos con cuidado.

—Clara no escondió nada.

—No sabemos eso.

Margaret abrió la puerta. La habitación conservaba todavía algunos rastros de la presencia de Clara.

Un abrigo gris colgaba detrás de la puerta, aunque la policía había retirado sus objetos personales más evidentes.

Sobre la mesilla quedaba una pequeña caja de madera vacía y, junto a la ventana, una taza blanca sin dibujo.

Eleanor recorrió la habitación con la mirada.

—¿Dónde guardaba sus cosas?

—En esa maleta.

Margaret señaló el armario.

—La policía ya la revisó.

—Entonces buscaremos lo que quizá no consideraron importante.

—¿Qué podría ser?

—Algo que para Clara fuera importante.

Eleanor abrió el armario.

La maleta había desaparecido.

—¿Dónde está?

Margaret palideció.

—La policía se la llevó.

Reed asintió.

—Está en custodia.

Eleanor se volvió hacia él.

—Entonces quiero saber qué había dentro.

—Lo sabremos.

—¿Y si falta algo?

Reed no respondió inmediatamente.

—Entonces tendremos otro problema.

Eleanor se acercó a la mesa. Había una pequeña mancha circular sobre la madera.

—Aquí había una taza.

Margaret miró.

—Sí.

—¿Qué taza?

—La que Clara utilizó la tarde de su muerte.

—La taza que intercambiaron.

Reed asintió.

—La policía se la llevó.

Eleanor se inclinó. Había algo debajo de la mesa. Un pequeño trozo de papel. Reed lo recogió con guantes. Era una parte de un sobre. Solo quedaban unas letras: BEL. Y debajo, una fecha: 1998. Eleanor sintió un escalofrío.

—La carta.

—Quizá —dijo Reed.

—La carta de Martin.

—Quizá.

—¿Cómo puede estar aquí si Clara la tenía?

Reed levantó la vista.

—Tal vez no la tenía.

Eleanor lo miró.

—¿Entonces?

—Tal vez alguien la puso aquí.

El pensamiento fue desagradable.

—¿Después de su muerte?

—Podría ser.

—Entonces alguien entró en esta habitación.

—Sí.

Margaret dio un paso atrás.

—¿Cuándo?

Reed miró la cerradura.

—No hay señales de entrada forzada.

—Eso significa que tenía una llave.

—O que Clara dejó entrar a esa persona.

Eleanor pensó en la fotografía desaparecida.

—¿Y si fue la misma persona que robó la fotografía?

Reed asintió lentamente.

—Es posible.

De regreso al salón de té, Eleanor extendió sobre la mesa todas las fotografías relacionadas con 1991.

Rose. Martin. Clara. Richard. Edward. La mujer desconocida.

La pequeña corona. La estación. El embarcadero.

Había llegado el momento de dejar de mirar cada pieza por separado. Había que mirar el conjunto.

—Todos tenían un motivo —dijo June.

Eleanor levantó la vista.

—¿Qué?

June señaló las fotografías.

—Todos.

—¿Margaret?

—Quería proteger a Rose.

—¿Helen?

—Tenía miedo de Edward Vale.

—¿Thomas?

June dudó.

—Thomas sabía dónde estaba Martin.

—¿Y tú?

—Yo sabía que Rose lo había ayudado.

—¿Clara?

—Quería encontrar a su hermano.

—¿Richard?

—Quería recuperar los documentos.

—¿Edward?

—Quería controlar la herencia.

Eleanor señaló la fotografía de la mujer desconocida.

—¿Y ella?

June permaneció callada.

—¿Qué motivo tenía?

—Sobrevivir.

Eleanor dejó la fotografía sobre la mesa.

—Eso no es un motivo. Es una necesidad.

—A veces son la misma cosa.

Reed llegó en ese momento.

—He conseguido algo.

Colocó un documento sobre la mesa.

—El informe completo de la remodelación de la estación.

Eleanor se inclinó.

—¿Qué buscamos?

—El origen de la habitación 17.

Reed señaló una anotación.

—Aquí.

Habitación auxiliar utilizada para alojamiento temporal de personal ferroviario y viajeros especiales.

—¿Viajeros especiales?

—Sí.

—¿Quiénes?

—No hay nombres.

Eleanor miró las fechas.

—Pero hay una lista.

Reed asintió.

—De huéspedes.

—¿1991?

—Sí.

—¿Martin?

—No aparece.

—¿Clara?

—Tampoco.

—Entonces ¿quién?

Reed pasó una página. Eleanor leyó. Había un nombre: Miss Anna Bell. Debajo aparecía una fecha de entrada: 11 de septiembre de 1991. Y una fecha de salida. 18 de septiembre de 1991.

—¿Anna Bell?

—Ese es el nombre.

—¿La heredera?

—No lo sabemos.

June se había quedado inmóvil. Eleanor la miró.

—¿La conoces?

June tardó en responder.

—No.

—June.

—No la conocí con ese nombre.

Eleanor sintió un pequeño vuelco.

—¿Con qué nombre?

June cerró los ojos.

—No lo sé.

—Eso no tiene sentido.

—Rose la llamó Annie.

Reed intervino.

—¿La viste?

June asintió.

—Sí.

—¿Dónde?

—En el salón de té.

—¿Con Martin?

—Sí.

—¿Cuándo?

—El 12 de septiembre.

Eleanor miró la nota encontrada en la taza: 12 de septiembre de 1991. Todo encajaba.

—Martin escribió la nota el día que estuvo con ella.

June asintió.

—Y Rose guardó la nota.

—Sí.

—¿Quién era realmente Annie?

June bajó la voz.

—Una mujer que no sabía que era rica.

Eleanor se quedó completamente quieta.

—¿Cómo?

—No sabía nada de la herencia.

—Entonces ¿por qué los Vale la buscaban?

—Porque ellos sí lo sabían.

—¿Cómo?

June miró a Reed.

—Porque Edward Vale había descubierto que su madre había dejado una parte de la fortuna a una hija que había nacido fuera del matrimonio.

Eleanor sintió que el rompecabezas adquiría por fin una forma.

—Anna Bell era esa hija.

—Sí.

—¿Y nadie se lo dijo?

—Edward quería que nunca lo supiera.

—¿Por qué?

—Porque si Anna reclamaba su herencia, Richard y Robert perderían una parte considerable de los bienes familiares.

—Entonces Martin descubrió su existencia.

—Sí.

—¿Y la trajo a Bellwood?

—No.

June negó lentamente con la cabeza.

—Ella vino porque recibió una carta.

—¿De quién?

—De Martin.

Eleanor sintió un escalofrío.

—Entonces Martin ya la conocía.

—Sí.

—¿Dónde?

—Fuera de Bellwood.

—¿Y por qué necesitaba protegerla?

—Porque alguien había intentado encontrarla.

Reed frunció el ceño.

—¿Edward Vale?

—No directamente.

—¿Richard?

—Tampoco.

—Entonces ¿quién?

June miró la fotografía de la mujer desconocida.

—La mujer de la corona.

Eleanor se inclinó.

—¿La que salió de la estación?

—Sí.

—¿Quién era?

June negó con la cabeza.

—Nunca supimos su nombre.

—Pero trabajaba para los Vale.

—Sí.

—¿Qué hacía?

—Encontraba personas.

Reed frunció el ceño.

—¿Una investigadora privada?

—Algo parecido.