El misterio de la taza azul Chapter 12 #2
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Chapter 12 #2

—¿Qué mujer?

Helen negó con la cabeza.

—No lo sé.

—¿La heredera?

—No.

—Entonces ¿quién?

—Alguien que trabajaba para los Vale.

Reed se inclinó hacia delante.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque llevaba el mismo anillo.

Eleanor sintió un escalofrío.

—La corona.

Helen asintió.

—La corona.

Al salir de la biblioteca, Eleanor y Reed caminaron juntos bajo la lluvia.

—Ahora tenemos una versión diferente —dijo Eleanor.

—Tenemos una segunda versión.

—¿Y cuál es la verdadera?

—Todavía no lo sé.

—Pero sabemos que la oficial es falsa.

—Eso parece.

—Y sabemos que Martin se marchó acompañado.

—Según Helen.

—Y sabemos que Richard lo golpeó.

—Según Helen.

—Y sabemos que había una mujer relacionada con los Vale.

—Según Helen.

—Te estás volviendo muy prudente.

—Es mi trabajo.

Eleanor sonrió.

—Y el mío, aparentemente, complicártelo.

Reed se detuvo.

—Hay algo que no hemos considerado.

—¿Qué?

—Si Martin realmente abandonó Bellwood con aquella mujer, ¿por qué Rose mantuvo escondida la copia del documento?

Eleanor pensó unos segundos.

—Porque Martin nunca recuperó el original.

—¿Y si sí?

—Entonces la copia no tendría sentido.

—Exacto.

Eleanor miró hacia el otro lado de la calle.

—A menos que Rose no confiara en él.

Reed frunció el ceño.

—¿Por qué no iba a confiar?

—Porque quizá Martin no se marchó para protegerse.

—¿Qué quieres decir?

—Quizá se marchó para proteger a alguien.

Reed la observó.

—A Clara.

—O a la heredera.

—Entonces necesitamos saber quién era.

Eleanor asintió.

—Y dónde está ahora.

Regresaron al salón de té a última hora de la tarde.

June estaba cerrando la cocina y Margaret había pasado a dejar unas llaves.

Eleanor le contó lo que Helen había revelado.

Margaret permaneció en silencio durante todo el relato, pero cuando escuchó que Martin había abandonado Bellwood acompañado por una mujer, dejó lentamente las llaves sobre la mesa.

—Eso no es cierto.

Eleanor la miró.

—¿Qué parte?

—Martin no se fue con una mujer.

—Helen dice que sí.

—Helen no lo vio.

—¿Cómo lo sabes?

Margaret levantó la mirada.

—Porque la mujer que salió de la estación no era la misma que llegó.

Eleanor sintió un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Margaret respiró profundamente.

—Significa que aquella noche hubo dos mujeres.

June se quedó inmóvil.

—Margaret...

—Ya no podemos seguir mintiendo.

—Rose nos pidió...

—Rose está muerta.

—Eso no significa que su promesa haya muerto con ella.

Margaret negó con la cabeza.

—No fue una promesa. Fue miedo.

Eleanor observó a ambas.

—¿Qué ocurrió realmente aquella noche?

Margaret tardó unos segundos en contestar.

—Martin llegó a la estación con Rose.

—Eso ya lo sabemos.

—No.

Margaret la miró.

—Llegó con Rose y con Clara.

Eleanor sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Clara estaba allí?

—Sí.

—Entonces ¿por qué Clara dijo que no sabía dónde estaba Martin?

Margaret no respondió.

—¿Por qué lo denunció?

—Porque Rose se lo pidió.

—¿Qué?

—Rose necesitaba que Clara pareciera no saber nada.

Eleanor miró a June.

June tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Por qué?

Margaret bajó la voz.

—Porque si los Vale descubrían que Clara había ayudado a Martin a marcharse, también la perseguirían.

—Entonces Clara mintió durante treinta y cinco años.

—Sí.

—Y Rose también.

—Sí.

—¿Y Martin?

Margaret negó lentamente con la cabeza.

—Martin no fue el único que desapareció aquella noche.

Eleanor sintió que algo se cerraba dentro de ella.

—¿Quién más?

Margaret levantó los ojos.

—La heredera.

La palabra pareció alterar el aire del salón de té.

Durante unos segundos nadie habló. Eleanor miró a June, después a Margaret y finalmente a Reed, que acababa de entrar por la puerta trasera sin que ninguna de ellas lo hubiera advertido.

El inspector había escuchado las últimas palabras y permaneció junto a la entrada, completamente inmóvil.

—¿Quién era? —preguntó.

Margaret lo miró.

—No puedo decírtelo.

—Margaret —dijo Reed—, una mujer fue asesinada esta semana.

—Lo sé.

—Y si la persona que la mató estaba buscando a esa mujer, necesitamos saber su nombre.

Margaret bajó la mirada.

—El problema es que nadie sabe si la heredera está viva.

Eleanor comprendió entonces que la verdadera historia no consistía únicamente en descubrir quién había matado a Clara.

Durante treinta y cinco años, Bellwood había protegido una mentira mucho más grande: que Martin Whitby había desaparecido voluntariamente, que Clara no sabía dónde estaba, que Rose había guardado una simple taza por sentimentalismo y que una herencia perdida pertenecía legítimamente a la familia Vale.

Pero la segunda versión empezaba a mostrar una realidad diferente, mucho más peligrosa, en la que Martin había tenido una prueba, Rose había escondido una copia, Clara había fingido ignorancia para sobrevivir y una mujer cuya identidad seguía siendo desconocida había desaparecido exactamente la misma noche en que Martin abandonó Bellwood.

Si aquella mujer era realmente la heredera, entonces todo lo ocurrido después podía interpretarse de otra manera: Martin no había huido solamente para salvarse, sino para sacar de Bellwood a la única persona capaz de destruir el poder de los Vale, y Rose había conservado durante décadas la única copia de una prueba que podía demostrarlo.

Eleanor volvió a pensar en la fotografía de 1988, en el hombre sentado junto a la ventana y en aquella segunda taza con la corona.

Ahora comprendía que la fotografía no mostraba simplemente a Edward Vale observando el salón de té; mostraba a un hombre que ya estaba buscando algo años antes de que Martin Whitby apareciera en la historia.

Y mientras Eleanor repasaba mentalmente cada una de las piezas, comprendió que había otra contradicción que nadie había explicado todavía: si Martin había logrado abandonar Bellwood con la heredera, ¿por qué Clara había regresado treinta y cinco años después para buscar una taza que supuestamente contenía una copia del documento?

La respuesta solo podía significar que algo había ocurrido después de aquella noche, algo que Rose nunca contó y que Clara había descubierto demasiado tarde.

Quizá Martin había conseguido sacar a la mujer del pueblo, pero no había conseguido mantenerla a salvo; quizá el documento original había desaparecido; quizá la mujer había vivido durante décadas bajo otro nombre, sin saber siquiera que alguien la estaba buscando.

Y quizá Clara había recibido recientemente una prueba de que todo aquello seguía vivo, una carta que la había obligado a regresar a Bellwood y que alguien había considerado tan peligrosa que decidió matarla antes de permitir que pudiera revelar lo que sabía.

Eleanor miró la taza azul que Reed había devuelto temporalmente al salón de té.

La pequeña grieta reparada parecía ahora mucho más importante que antes.

Dentro había aparecido una nota de Martin, pero la nota no contenía el nombre de la heredera.

Solo decía que la historia de la estación era falsa, que Rose conocía la existencia de una segunda llave y que nadie debía confiar en el hombre de la corona.

La información parecía deliberadamente incompleta, como si Martin hubiera sabido que cualquier mensaje demasiado explícito podía poner en peligro a quien lo encontrara.

Eleanor comprendió entonces que Rose no había escondido aquella taza para conservar un recuerdo, ni siquiera para guardar un documento; la había convertido en una caja fuerte diminuta, una última garantía contra la posibilidad de que todos los demás escondites fueran descubiertos.

Y si la taza contenía solamente una copia, como Margaret había asegurado, entonces el documento original seguía en algún lugar fuera de Bellwood o en manos de alguien que había esperado treinta y cinco años para utilizarlo.

Cuando Eleanor cerró el salón de té aquella noche, no retiró la taza del escaparate.

La dejó allí, visible, exactamente como Rose había dejado tantas cosas durante décadas sin que nadie sospechara su verdadero significado.

Sin embargo, antes de apagar la última lámpara, Eleanor se acercó al cristal y observó su reflejo junto a la taza azul.

Durante un instante tuvo la extraña sensación de que alguien la observaba desde el otro lado de High Street, pero cuando levantó la vista solamente vio la calle mojada, las fachadas oscuras y las luces amarillas de las ventanas.

No había nadie. O, al menos, nadie que pudiera ver.

Eleanor regresó al despacho, abrió la libreta de Martin y escribió una última anotación debajo de la pequeña corona: «La heredera desapareció la misma noche que Martin.

Clara sabía la verdad. Rose protegió la prueba.

Alguien sigue buscando el original.» Después cerró la libreta y se quedó inmóvil, porque mientras escribía había recordado algo que hasta entonces había pasado por alto: la fotografía de 1991 mostraba a Martin junto a Rose, Clara y Richard Vale, pero al fondo, casi oculto por la ventana del salón, aparecía una segunda figura femenina que no había sabido identificar.

Ahora, al volver a mirar la imagen bajo la luz de la lámpara, Eleanor comprendió que aquella mujer no estaba allí por casualidad.

Llevaba un abrigo oscuro, sostenía una pequeña bolsa azul y miraba directamente hacia la cámara, como si supiera que algún día alguien encontraría aquella fotografía y necesitaría reconocerla.

Eleanor acercó la imagen hasta que pudo distinguir el detalle que había pasado inadvertido durante días: en el cuello de la mujer había un pequeño colgante de plata con la misma corona que aparecía en los documentos de los Vale, y en su mano izquierda llevaba una alianza que brillaba bajo la luz.

No era una mujer que estuviera escondiéndose de la fotografía; era una mujer que estaba esperando que alguien, treinta y cinco años después, comprendiera finalmente quién era.