Chapter 12
A las seis y media de la mañana dejó de intentarlo.
Preparó café, abrió las cortinas de la cocina y contempló Bellwood bajo una lluvia fina.
Las farolas seguían encendidas y el pueblo parecía suspendido en ese momento extraño que precedía al amanecer, cuando las casas todavía están oscuras y las calles parecen pertenecer a nadie.
Eleanor pensó que quizá los secretos funcionaban de la misma manera: podían permanecer ocultos durante años porque nadie tenía motivos para buscarlos mientras todo parecía estar en orden.
Luego llegaba una persona con una fotografía vieja, una taza aparentemente insignificante o una pregunta incómoda, y de repente aquello que había permanecido enterrado comenzaba a salir a la superficie.
A las siete y cuarto llamó a Reed.
—Espero que tengas una buena razón —contestó él con voz somnolienta.
—Tengo dos.
—Eso nunca es tranquilizador.
—Necesito ver el informe original de la desaparición de Martin Whitby.
Hubo un silencio.
—¿Por qué?
—Porque creo que la versión que tenemos no es la original.
—¿En qué te basas?
—En la nota de la taza.
—Eleanor...
—Y en la habitación 17.
Reed guardó silencio otra vez.
—Ven al salón de té dentro de una hora.
—¿Eso significa que sí?
—Significa que quiero saber qué has descubierto antes de que intentes descubrir algo más por tu cuenta.
—Me parece razonable.
—Y Eleanor.
—¿Sí?
—No registres ninguna casa.
—No tenía pensado hacerlo.
—Eso es exactamente lo que dijiste la última vez.
Colgó antes de que pudiera responder.
A las ocho y media, Reed estaba sentado en el despacho con una carpeta gris sobre las rodillas.
No era la misma carpeta que Eleanor había visto anteriormente.
Aquella tenía el aspecto de haber permanecido olvidada durante años en un archivo poco frecuentado.
Las esquinas estaban gastadas y una pequeña etiqueta amarillenta indicaba simplemente: Whitby, Martin — 1991.
—Esto es una copia —dijo Reed.
—¿Del informe?
—Del informe que se conservó en el archivo municipal. El original policial está en otra parte.
—¿Dónde?
—Eso es lo que estoy intentando averiguar.
Eleanor se sentó frente a él. Reed abrió la carpeta.
—La primera denuncia fue presentada por Clara Whitby el 16 de septiembre de 1991.
—Eso ya lo sabíamos.
—Sí. Pero hay algo que no te enseñé.
Sacó una hoja.
—La denuncia original no dice que Martin quisiera abandonar Bellwood.
Eleanor sintió un pequeño sobresalto.
—¿Qué dice?
Reed le mostró el documento. La letra de Clara era irregular, nerviosa.
«Mi hermano no se ha marchado voluntariamente. Creo que alguien le ha hecho daño.»
Eleanor levantó la mirada.
—Eso contradice todo.
—Exactamente.
—¿Entonces de dónde salió la otra versión?
Reed sacó otra hoja.
—Tres días después apareció una declaración firmada.
—¿De Martin?
—Eso parece.
Eleanor leyó.
«Me marcho de Bellwood por voluntad propia. No quiero que mi hermana me siga ni que nadie intente encontrarme.»
—No es su letra.
Reed la miró.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque he visto las anotaciones de su cuaderno.
—Eso no basta.
—Entonces mira la firma.
Reed acercó el documento.
—¿Qué ves?
—La M.
—¿Qué pasa con ella?
—Martin hacía la primera curva mucho más alta.
Reed la observó.
—Tienes buen ojo.
—Trabajé muchos años con manuscritos.
—No es suficiente para demostrar una falsificación.
—Pero es suficiente para sospecharla.
—Sí.
Reed volvió a guardar la hoja.
—La declaración fue presentada por un abogado.
Eleanor supo la respuesta antes de que la pronunciara.
—Robert Vale.
—Sí.
El nombre quedó suspendido entre ambos.
—¿Y Edward Vale?
—No aparece oficialmente.
—Pero estaba relacionado con Robert.
—Era su padre.
—Y Richard era su otro hijo.
Reed asintió.
—Lo que significa que los tres podrían haber conocido la existencia de Martin.
—Eso ya es más difícil de demostrar.
—¿Richard tenía relación con la estación?
Reed abrió otra carpeta.
—No oficialmente.
—¿Y extraoficialmente?
—Hay algo curioso.
Sacó un documento municipal.
—La estación fue remodelada en 1992.
—¿Y?
—La habitación 17 desapareció de los planos.
—Eso ya lo sabemos.
—No. Lo interesante es quién pagó parte de las obras.
Eleanor miró el documento.
El nombre estaba allí.
Vale & Sons.
—La empresa de Edward Vale.
—Sí.
—Entonces pudieron modificar la estación.
—Sí.
—Y pudieron eliminar la habitación 17 de los planos.
—Sí.
—Y pudieron hacer desaparecer el expediente original.
Reed la interrumpió.
—Podemos decir que tenían acceso a los lugares y documentos. No podemos decir todavía que los manipularon.
—Entendido.
—¿Lo entiendes de verdad?
—Más o menos.
Reed sonrió.
—Me conformo.
Eleanor se levantó y caminó hacia la ventana.
La lluvia había aumentado y algunas personas corrían por la acera con paraguas.
En condiciones normales, aquella escena le habría resultado reconfortante.
Ahora todo le parecía sospechoso. Pensó en Clara entrando en la pensión, en la fotografía desaparecida, en la taza intercambiada y en la amenaza que había recibido.
La persona que estaba detrás de aquello conocía detalles que solamente podían proceder de alguien que hubiera tenido acceso a información antigua o de alguien que hubiera hablado con quienes todavía recordaban 1991.
Y había otra posibilidad que Eleanor encontraba todavía más inquietante: que el asesino no necesitara haber investigado nada porque ya formaba parte de aquella historia.
—¿Qué pasó con Martin después del 19 de septiembre? —preguntó.
—Según el expediente oficial, nada.
—Eso no puede ser.
—Por eso estamos aquí.
—June dijo que Rose recibió una carta suya años después.
—Sí.
—¿Podemos encontrarla?
—No si Clara se la llevó.
—Entonces busquemos otra cosa.
—¿Qué?
—La persona que entregó la carta.
Reed la miró.
—No sabemos que fuera entregada por una persona.
—Entonces busquemos quién sabía de ella.
—¿A quién?
—A Helen.
Reed frunció el ceño.
—¿Por qué Helen?
—Porque cada vez que mencionamos 1991, cambia de tema.
—Eso no es una prueba.
—No. Es una costumbre.
Encontraron a Helen en la pequeña biblioteca municipal.
Era una mujer de cabello blanco recogido y gafas de montura fina, y tenía aquella clase de expresión que hacía pensar que había pasado gran parte de su vida escuchando más de lo que decía.
Al ver a Eleanor y a Reed, cerró el libro que estaba leyendo.
—Supongo que habéis venido por Martin.
Eleanor no pudo evitar sorprenderse.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lleváis la misma cara desde hace una semana.
—¿Qué cara?
Helen sonrió.
—La de quienes han descubierto que el pueblo no es tan sencillo como parece.
Se sentaron junto a una ventana. Eleanor colocó sobre la mesa una copia de la fotografía de 1988. Helen la miró durante un largo rato.
—Edward Vale.
—Lo conocías.
—Todo el mundo lo conocía.
—Pero tú hablabas con él.
—A veces.
—¿Qué relación tenía con Rose?
—Ninguna que yo conociera.
—¿Y con Martin?
Helen respiró lentamente.
—Martin tenía información sobre los Vale.
—¿Qué información?
—Documentos.
—¿Sobre la herencia?
Helen la miró.
—Así que ya habéis llegado hasta ahí.
—Sí.
—Entonces sabéis más de lo que sabía yo.
—¿Quién era la heredera?
Helen bajó la mirada.
—No puedo decírtelo.
—¿Porque no lo sabes?
—Porque Rose me pidió que no lo dijera.
Eleanor se inclinó hacia ella.
—Rose está muerta.
Helen asintió.
—Lo sé.
—Clara también.
Helen cerró los ojos.
—También lo sé.
—Entonces ¿por qué sigues protegiendo un secreto que puede haber causado dos muertes?
Helen tardó en contestar.
—Porque hay secretos que no dejan de ser peligrosos porque pasen los años.
Eleanor sintió un escalofrío.
—¿Qué sabes de Martin?
—Que no desapareció.
—¿Qué?
—Se fue.
—No es lo mismo.
—No.
Helen miró hacia la calle.
—Pero tuvo que hacerlo.
—¿Quién lo perseguía?
—Los Vale.
—¿Edward?
—Al principio.
—¿Y después?
—Richard.
Eleanor intercambió una mirada con Reed.
—¿Por qué?
—Porque Martin tenía algo que Richard necesitaba.
—¿Los documentos?
—No.
—Entonces ¿qué?
Helen la miró directamente.
—Una prueba de que la herencia no pertenecía a los Vale.
Eleanor sintió que todo encajaba.
—¿Y dónde estaba esa prueba?
Helen negó con la cabeza.
—No lo sé.
—La taza.
Helen palideció. Aquella reacción fue suficiente.
—La taza azul —dijo Eleanor.
Helen no respondió.
—Martin escondió algo en ella.
—No.
—Entonces Rose.
Helen seguía callada.
—¿Quién la utilizó primero?
Helen levantó la mirada.
—No fue Martin.
—¿Quién?
—Rose.
—¿Para esconder qué?
Helen respiró profundamente.
—Una copia.
—¿De qué?
—Del documento original.
Eleanor sintió que el corazón se aceleraba.
—¿El documento que demostraba quién era la heredera?
Helen asintió.
—Rose tenía una copia.
—¿Y el original?
—Martin.
—¿Dónde?
Helen negó lentamente con la cabeza.
—Eso nunca lo supe.
Reed intervino.
—¿Quién sabía dónde estaba?
Helen lo miró.
—Clara.
Eleanor se quedó inmóvil.
—Entonces Clara sabía dónde estaba el original.
—Sí.
—¿Y por eso regresó?
—Probablemente.
—¿Quién más lo sabía?
Helen tardó demasiado en responder.
—Richard Vale.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Cómo?
—Porque lo escuché discutir con Martin.
Eleanor se inclinó.
—¿Cuándo?
—La noche antes de que desapareciera.
—¿Dónde?
—En el embarcadero.
Reed abrió su libreta.
—¿Qué dijeron?
Helen cerró los ojos.
—Martin le dijo que no pensaba entregarle los documentos.
—¿Y Richard?
—Le respondió que no eran suyos.
—¿Qué más?
—Martin dijo que no podía seguir escondiendo la verdad.
—¿Y entonces?
Helen tragó saliva.
—Richard lo golpeó.
El silencio se hizo pesado.
—¿Viste cómo?
—Sí.
—¿Martin estaba herido?
—Tenía sangre en la boca.
Eleanor recordó lo que June le había contado.
—Después Rose lo encontró.
Helen asintió.
—Sí.
—¿Y qué hizo?
—Lo ayudó a marcharse.
—¿A dónde?
—A la estación.
Reed levantó la cabeza.
—¿Estás diciendo que Rose llevó a Martin a la estación?
—Sí.
—¿A la habitación 17?
Helen dudó.
—Sí.
Eleanor sintió que el misterio volvía a cerrarse alrededor de aquella habitación.
—¿Y después?
—Martin se fue.
—¿Solo?
—No.
—¿Con quién?
Helen miró a Eleanor.
—Con una mujer.
La respuesta produjo un silencio inmediato.