Chapter 11 #2
—¿Y Edward Vale?
Margaret bajó los ojos.
—Edward fue quien comenzó todo.
Aquella tarde Eleanor caminó hasta la casa de June.
El cielo estaba gris y el aire olía a lluvia.
Bellwood parecía tranquilo, casi indiferente a la historia que Eleanor estaba reconstruyendo.
Una mujer paseaba un perro junto al parque, dos niños salían de la escuela y el propietario de la ferretería colocaba cajas en la acera.
Era difícil aceptar que detrás de aquellas fachadas tan familiares pudieran existir secretos capaces de sobrevivir durante décadas. June estaba en la cocina.
—Sabía que vendrías.
—¿Porque lo sabes todo?
—No. Porque Margaret te habrá contado que no quería hablar.
—Me ha contado que Edward Vale comenzó todo.
June dejó de cortar las zanahorias.
—Entonces ya sabes demasiado.
—Todavía no sé suficiente.
June se apoyó en la encimera.
—¿Qué quieres saber?
—Quién era la mujer cuya herencia estaba en juego.
June permaneció inmóvil.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque Rose me pidió que no lo dijera.
—Rose está muerta.
—Lo sé.
—Clara también.
June cerró los ojos.
—Lo sé.
—Y Martin quizá murió sin que nadie supiera la verdad.
June abrió los ojos.
—Martin no murió en Bellwood.
—Eso ya lo sé.
—Pero Rose recibió una carta suya años después.
—¿Cuándo?
—En 1998.
Eleanor sintió un estremecimiento.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Qué decía?
—Que había encontrado a la mujer.
—¿Qué mujer?
June no respondió.
—La heredera.
June asintió.
—¿Quién era?
—No lo sé.
Eleanor soltó una pequeña exhalación.
—June.
—No lo sé.
—Pero Rose sí.
—Sí.
—¿Y Clara?
—También.
—Entonces Clara no regresó para descubrir qué había pasado con Martin.
June negó lentamente con la cabeza.
—Regresó para descubrir qué había pasado con la heredera.
Eleanor sintió que las piezas comenzaban a cambiar de lugar.
—¿Y la taza?
June la miró.
—La taza contenía el nombre.
—¿El nombre de la heredera?
June asintió.
—Rose lo escondió porque era la única prueba de que Edward Vale había encontrado a aquella mujer antes que Martin.
Eleanor permaneció en silencio. De pronto entendió por qué la taza había sobrevivido tantos años, por qué Rose había reparado la grieta y por qué Clara había pedido precisamente aquella pieza.
No se trataba simplemente de una nota escondida en porcelana.
Era una prueba que podía demostrar que la historia oficial de una herencia había sido fabricada por personas con poder suficiente para hacer desaparecer documentos, alterar testimonios y convertir la desaparición de un hombre en una simple partida voluntaria.
Y si Martin había descubierto la verdad, entonces había comprendido que la única manera de mantenerse vivo era desaparecer; Rose había protegido su secreto porque sabía que cualquier documento relacionado con aquella mujer podía convertirse en una sentencia de muerte para quien lo poseyera.
Pero quedaba una pregunta que Eleanor no podía apartar de su cabeza: si Martin había encontrado a la heredera en 1998 y Rose había recibido una carta suya después, ¿por qué Clara había regresado a Bellwood en 2026 asegurando que buscaba algo que Rose había escondido treinta y cinco años atrás?
La respuesta podía estar en la carta que Clara se había llevado, en la fotografía que había desaparecido de su habitación y, sobre todo, en la segunda llave que todavía nadie había encontrado.
Eleanor comprendió que la taza azul no era el final de la historia sino una especie de mapa hacia aquello que Rose había decidido proteger hasta su muerte, y mientras regresaba lentamente hacia el salón de té bajo una lluvia fina que comenzaba a cubrir High Street, recordó las palabras de la pequeña nota extraída de la porcelana: «No confiéis en el hombre de la corona».
Durante décadas había creído que aquel símbolo pertenecía a Richard Vale, pero ahora sabía que se equivocaba, porque Richard había heredado la corona de su padre, y si Edward Vale había sido el primero en utilizarla, entonces el hombre que aparecía en la fotografía de 1988 no estaba simplemente sentado junto a una taza azul; estaba sentado junto a la prueba de un secreto que todavía podía destruir a una familia entera.
Aquella noche, cuando Eleanor cerró el salón de té y apagó las luces una por una, volvió al escaparate y observó durante unos segundos la vieja fotografía de 1988.
Había decidido no retirarla todavía. La imagen pertenecía a Rose y, de algún modo, también pertenecía a todo lo que estaba ocurriendo ahora.
La colocó bajo la lámpara y volvió a mirar al hombre de la ventana.
Esta vez no observó su rostro, sino sus manos.
La derecha descansaba sobre la mesa; la izquierda sostenía el periódico.
En el dedo anular llevaba el anillo de la pequeña corona.
Pero había algo más. Una sombra azul aparecía bajo su mano, demasiado pequeña para ser una taza completa y demasiado definida para ser un reflejo.
Eleanor acercó la fotografía a la luz y comprendió que aquello que había tomado por una mancha era en realidad una segunda pieza de porcelana, parcialmente oculta detrás del periódico.
El hombre no estaba junto a una taza. Estaba ocultando otra.
Y cuando Eleanor amplió la imagen hasta distinguir el pequeño dibujo que decoraba aquella segunda taza, sintió que todo el cansancio desaparecía de golpe, porque el motivo no era una flor, como el de la vajilla de Rose, sino una pequeña corona idéntica a la que aparecía en los documentos de Edward Vale; comprendió entonces que la taza azul que habían encontrado no era la única taza relacionada con aquel secreto y que, en algún lugar de Bellwood, probablemente detrás de una pared, dentro de una caja o en manos de alguien que llevaba treinta y cinco años esperando que nadie hiciera las preguntas correctas, existía otra taza que podía contener la pieza que faltaba para descubrir quién era realmente la heredera y, sobre todo, quién había decidido que aquella mujer debía desaparecer de la historia.