Chapter 11
Reed regresó al salón de té a primera hora de la mañana con una pequeña caja metálica que colocó sobre la mesa del despacho de Eleanor.
No llevaba uniforme y había dejado el abrigo colgado junto a la puerta, como si aquella visita perteneciera más al territorio de una conversación privada que al de una investigación policial, aunque Eleanor sabía que la diferencia entre ambas cosas había desaparecido hacía varios días.
Sobre la mesa estaba la taza azul, todavía dentro de la bolsa de pruebas, y junto a ella descansaban las fotografías que habían encontrado la noche anterior.
Eleanor había pasado buena parte de la madrugada revisándolas, intentando encontrar al hombre del anillo con la corona en otras imágenes, pero cuanto más buscaba menos respuestas obtenía.
Había fotografías de Rose en el salón de té, fotografías de las fiestas del pueblo, de celebraciones en la iglesia, de veranos junto al río y de inviernos cubiertos de nieve, pero aquel hombre parecía existir únicamente en los márgenes, siempre lejos del centro de la imagen, como si hubiera aprendido a estar presente sin ser recordado.
—¿Has dormido? —preguntó Reed.
—Sí.
Reed levantó una ceja.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente.
—Eso no responde a la pregunta.
—Tres horas.
—Eso no es suficiente.
—Entonces la próxima vez intenta resolver un asesinato antes de medianoche.
Reed sonrió ligeramente.
—Estoy trabajando en ello.
Abrió la caja metálica.
—La taza no contenía veneno.
Eleanor sintió cierto alivio.
—Entonces Clara no murió por beber de ella.
—No directamente.
—¿Qué significa eso?
—Que la taza contiene algo.
Eleanor miró la porcelana.
—¿Un papel?
—Probablemente.
—¿Lo has visto?
—Todavía no.
Reed sacó una pequeña herramienta y examinó la reparación.
—La grieta fue sellada deliberadamente de una manera bastante inteligente. Rose utilizó un material que se endureció con los años y que quedó prácticamente integrado en la porcelana. Pero dejó una pequeña cavidad.
—¿Para qué?
—Para introducir algo.
—¿Y cómo sabemos que lo hizo Rose?
Reed levantó la mirada.
—No lo sabemos.
Eleanor recordó la fotografía de 1988.
—La taza ya existía entonces.
—Eso cambia bastante las cosas.
—Lo sé.
—¿Quién aparece en la fotografía?
Eleanor deslizó la imagen hacia él. Reed observó al hombre sentado junto a la ventana.
—¿Lo conoces?
—No.
—¿Y el símbolo?
—Tampoco.
—La corona.
—Sí.
Reed permaneció unos segundos en silencio.
—Richard Vale tenía documentos con esa marca.
—Y Martin aparece en una fotografía con una carpeta que también la lleva.
—Eso no significa necesariamente que exista una relación.
—Daniel.
—¿Sí?
—Estamos hablando de un hombre desaparecido, una mujer asesinada, una taza escondida durante treinta y cinco años y tres documentos con el mismo símbolo. Reed suspiró.
—En Bellwood todo parece relacionado.
—Porque probablemente lo está.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Reed volvió a concentrarse en la taza.
—Voy a abrirla.
Eleanor se quedó junto a la mesa.
El sonido de la herramienta raspando suavemente la reparación resultaba extrañamente desagradable.
No era un ruido fuerte, pero tenía algo íntimo, casi invasivo, como si estuvieran rompiendo una parte de la memoria de Rose.
Eleanor pensó en la mujer que había utilizado aquella taza décadas atrás, en las manos que habían sostenido la porcelana, en las conversaciones que quizá habían tenido lugar alrededor de ella y en todas las ocasiones en que Rose había decidido no contar la verdad.
La taza había permanecido allí mientras las personas envejecían, mientras algunos morían y otros abandonaban Bellwood, mientras las calles cambiaban y las casas se reformaban, conservando dentro de una diminuta cavidad algo que nadie había encontrado hasta entonces.
Era difícil no pensar que Rose había sabido que algún día alguien preguntaría.
La reparación cedió.
Reed detuvo el movimiento.
—Hay algo.
Eleanor se inclinó. En el interior de la grieta apareció una diminuta tira de papel enrollada.
—Dios mío.
—No lo toques.
—No pensaba hacerlo.
—Lo estabas pensando.
—Un poco.
Reed sacó unas pinzas. La tira de papel era tan pequeña que parecía imposible que hubiera permanecido allí durante décadas sin deteriorarse por completo.
Estaba protegida por una fina capa de material encerado.
Reed la extrajo con cuidado y la colocó sobre una superficie limpia.
Eleanor contuvo la respiración. Había palabras, muy pocas, pero palabras. Reed extendió el papel con unas pinzas.
—Está escrito a mano.
—¿De quién?
—Todavía no lo sé.
Eleanor acercó una lámpara. La tinta había perdido intensidad, pero seguía siendo legible. Había una fecha: 12 de septiembre de 1991. Debajo aparecía una frase: Si desaparezco, no creas la historia de la estación. Eleanor sintió que el aire se hacía más pesado.
—Es Martin.
—No podemos asegurarlo.
—Sí podemos.
—No.
—La habitación 17.
Reed levantó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
—La historia oficial decía que Martin se marchó voluntariamente desde la estación.
—Sí.
—Y la nota dice que no debemos creer la historia de la estación.
Reed volvió a leerla.
—Eso sí es interesante.
Había algo más. Una segunda línea, casi ilegible. Reed inclinó la lámpara.
—Hay otra frase.
—¿Qué dice?
—«Rose sabe dónde está la segunda llave».
Eleanor sintió un escalofrío.
—La llave que encontramos en la habitación de Rose.
—Puede ser.
—June dijo que abría la habitación 17.
—Entonces esta podría ser otra.
Reed examinó el borde inferior del papel.
—Hay una tercera línea.
Eleanor esperó.
—«No confiéis en el hombre de la corona».
Ninguno habló durante varios segundos. La frase parecía demasiado sencilla para todo lo que implicaba.
—El hombre de la fotografía —dijo Eleanor.
—Probablemente.
—Richard Vale.
—Quizá.
—¿Quién más llevaba esa marca?
—No lo sé.
Eleanor recordó el cuaderno.
—La carpeta de Martin tenía la corona.
—Sí.
—Entonces Martin estaba investigando al hombre de la corona.
—O trabajaba para él.
Eleanor negó inmediatamente.
—No.
—¿Por qué estás tan segura?
—Porque alguien que trabaja para una persona no suele escribir que no confíes en ella.
Reed la miró.
—Buen argumento.
Eleanor volvió a observar el pequeño papel.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—La fecha.
—¿Qué tiene?
—Es de septiembre.
—Sí.
—La nota que encontramos en la habitación de Rose también era de septiembre.
Reed permaneció quieto.
—¿Crees que están relacionadas?
—Creo que Rose recibió algo de Martin después de que desapareciera.
—Eso no es posible si realmente desapareció el día que consta en el informe.
—Entonces el informe está equivocado.
—O alguien quiso que lo estuviera.
Eleanor se quedó mirando a Reed. Aquella posibilidad empezaba a explicar demasiadas cosas.
La desaparición de Martin no había sido un acontecimiento aislado.
La historia oficial podía haber sido construida después.
La nota de la estación, la habitación 17, la fotografía, la taza, la corona, los documentos y la muerte de Clara parecían formar una misma línea que atravesaba tres décadas.
—Tenemos que encontrar la segunda llave —dijo Eleanor.
—Sí.
—¿Sabes dónde podría estar?
—No.
—Entonces habrá que preguntárselo a alguien.
Reed sonrió.
—Eso suele funcionar mejor que registrar casas.
—No he registrado una casa.
—Entraste en una.
—Estaba abierta.
—Eso no mejora tu situación.
Eleanor sonrió.
—¿A quién preguntamos?
—A Margaret.
—¿Por qué?
—Porque conocía a Rose mejor que casi nadie.
Margaret llegó al salón de té poco antes del mediodía. Llevaba un abrigo color crema y el rostro serio de quien ya sabía que no había sido llamada para tomar una taza de té. Eleanor cerró la puerta del despacho y colocó delante de ella la fotografía de 1988. Margaret la miró.
—¿Dónde has encontrado esto?
—Entre las cosas de Rose.
—No sabía que existía.
—¿Reconoces al hombre?
Margaret tardó en responder.
—No.
Eleanor observó sus ojos.
—Sí lo reconoces.
Margaret apartó la mirada.
—Era alguien que venía algunas veces.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Margaret.
—No sabía su nombre.
—¿Qué hacía?
—Se sentaba junto a la ventana.
—¿Solo?
—Normalmente.
—¿Hablaba con Rose?
—A veces.
—¿Y con Martin?
Margaret cerró los ojos un instante.
—Sí.
Eleanor se inclinó hacia delante.
—¿Quién era?
—Un abogado.
—¿Robert Vale?
—No.
Eleanor sintió un pequeño sobresalto.
—Entonces ¿quién?
Margaret miró la fotografía.
—Su padre.
El silencio que siguió fue absoluto.
—¿El padre de Robert y Richard Vale?
Margaret asintió.
—Se llamaba Edward Vale.
—Nunca había oído ese nombre.
—Porque Rose no quería que lo oyeras.
—¿Por qué?
Margaret respiró profundamente.
—Porque Edward Vale era un hombre muy poderoso en Bellwood.
—¿Qué significa poderoso?
—Significa que había personas que le debían favores.
—¿Políticos?
—No exactamente.
—¿Policías?
—Algunos.
Eleanor sintió que la investigación acababa de cambiar de dimensión.
—¿Qué tenía que ver con Martin?
Margaret negó lentamente con la cabeza.
—Eso tendrás que preguntárselo a June.
—¿June lo sabe?
—June sabe más de lo que admite.
—Eso parece ser una costumbre familiar en Bellwood.
Margaret no sonrió.
—En 1991, Edward Vale ya estaba enfermo. Pero seguía controlando muchas cosas.
—¿Y murió después?
—En 1993.
—¿Richard heredó algo?
—Mucho.
—¿Y Robert?
—Robert heredó los negocios legales.
Eleanor volvió a mirar el símbolo de la corona.
—¿Qué significaba?
Margaret dudó.
—Era una marca de la familia.
—¿Una marca?
—La utilizaban en documentos privados.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—Pero Rose sí.
Margaret bajó la voz.
—Rose decía que la corona significaba que alguien tenía derecho a algo.
—¿A qué?
—A una herencia.
Eleanor sintió que comprendía por fin una parte del rompecabezas.
—La herencia que Martin descubrió.
Margaret no respondió.
—¿Martin descubrió que alguien estaba intentando apropiarse de una herencia?
—Eso creo.
—¿De quién?
—De una mujer.
—¿Quién?
Margaret la miró.
—No lo sé.
—¿Rose lo sabía?
—Sí.
—¿Clara?
—Sí.
—¿Richard?
Margaret permaneció callada. Aquello fue suficiente.
—Richard lo sabía.
—Probablemente.