Chapter 10
A la mañana siguiente, Eleanor llegó al salón de té antes de que amaneciera por completo.
Había dormido poco y mal, no tanto por la amenaza que había recibido como por la sensación de que, por primera vez desde que había comenzado a investigar la muerte de Clara, alguien estaba intentando dirigir deliberadamente sus pasos.
La fotografía tomada desde la acera de enfrente seguía dentro de la libreta de Martin, y cada vez que Eleanor recordaba la figura reflejada en la ventana sentía la misma mezcla de irritación y cautela.
No quería admitir que tenía miedo, pero tampoco era una mujer lo bastante imprudente como para ignorar una amenaza después de que una persona hubiera muerto envenenada por acercarse a los mismos secretos que ella estaba investigando.
Abrió las cortinas, encendió las lámparas y dejó que la luz amarillenta llenara lentamente el salón, devolviendo al lugar su apariencia habitual de refugio tranquilo, aunque Eleanor ya sabía que aquella tranquilidad era solamente una superficie.
June llegó diez minutos después con una bolsa de pan fresco bajo el brazo. Dejó el abrigo en el perchero, colocó el pan sobre la mesa y observó a Eleanor sin decir nada durante unos segundos.
—Te han amenazado.
Eleanor levantó la cabeza.
—¿Cómo lo sabes?
—Tienes la misma cara que tenías cuando rompiste aquella tetera de porcelana de Rose y pensaste que nadie se había dado cuenta.
—Yo no rompí aquella tetera.
—Claro que sí.
—Se cayó.
—De tus manos.
Eleanor suspiró.
—He recibido una fotografía.
Se la enseñó. June la estudió con atención y después se la devolvió.
—Eso no me gusta.
—A mí tampoco.
—¿Qué vas a hacer?
—Seguir.
June negó lentamente con la cabeza.
—Sabía que dirías eso.
—Entonces podrías ahorrarte el discurso.
—No iba a darte un discurso.
—¿Qué ibas a hacer?
—Preparar té.
—Eso sí que es sensato.
June puso agua a hervir.
Durante unos minutos ninguna habló. El salón de té empezó a llenarse de los pequeños sonidos de cada mañana: el agua calentándose, los platos colocados sobre las mesas, la puerta de la cocina abriéndose y cerrándose y el ruido lejano de un vehículo de reparto en High Street.
Aquella normalidad tenía algo casi absurdo después de lo ocurrido, pero Eleanor se aferró a ella.
Necesitaba recordar que Bellwood seguía siendo un pueblo donde la gente discutía sobre la calidad de los bollos y no únicamente sobre asesinatos ocurridos treinta y cinco años atrás.
—Hay algo que no entiendo —dijo finalmente Eleanor.
—Eso es porque hay muchas cosas que no entiendes.
—Gracias.
—Para eso estoy.
Eleanor abrió la libreta de Martin.
—La taza.
June dejó la tetera sobre la mesa.
—¿Qué pasa con ella?
—¿Qué escondió Rose?
June la miró.
—No lo sé.
—Pero sabes que escondió algo.
—Sí.
—¿Y sabes por qué?
—Porque Rose me lo dijo.
—Entonces cuéntamelo.
June permaneció callada.
—No quiero que muera otra persona —añadió Eleanor.
Aquello cambió la expresión de June.
—Rose tenía una taza azul que no utilizaba con los clientes.
—Eso ya lo sé.
—No. No sabes por qué.
Eleanor esperó.
—Había ocho.
Eleanor sintió un pequeño sobresalto.
—¿Ocho?
—Sí.
—En el armario solo encontré siete.
—Porque una estaba escondida.
—¿La que tenemos?
June asintió.
—La que reparó Rose.
—¿Quién la rompió?
—Clara.
Eleanor recordó la conversación con la mujer antes de su muerte.
—Ella misma me dijo que la rompió.
—Porque era verdad.
—¿Y qué había dentro?
June negó con la cabeza.
—Nunca lo vi.
—Pero sabías que había algo.
—Lo sospechaba.
—¿Rose te lo dijo?
—No directamente.
—Entonces ¿cómo lo sabes?
June se sentó frente a ella.
—Porque una noche vi a Rose reparándola.
—¿En 1991?
—Sí.
—¿Qué tenía?
—Una grieta en el borde.
—Como la que vimos.
—Exactamente.
—¿Y qué hizo Rose?
—La reparó por dentro.
Eleanor frunció el ceño.
—¿Por dentro?
—Había una pequeña separación en la porcelana. No era algo que se pudiera ver fácilmente.
—¿La reparó para ocultar algo?
June la miró.
—Eso pensé.
—¿Y nunca preguntaste?
—No.
—¿Por qué?
—Porque aquella noche Rose estaba llorando.
Eleanor permaneció inmóvil.
—¿Rose?
—Sí.
—Nunca la vi llorar.
—Yo sí.
—¿Por qué?
June bajó la mirada.
—Porque acababa de recibir una carta.
—¿De quién?
—De Martin.
Eleanor sintió que la historia volvía a cerrarse sobre aquel hombre.
—¿Qué decía?
—No lo sé.
—¿Nunca la leíste?
—No.
—Pero viste la taza.
—Sí.
—¿Y Rose la escondió después?
June asintió.
—En el armario.
—¿Por qué no la tiró?
—Porque sabía que algún día alguien tendría que encontrarla.
Eleanor pensó en Clara.
—¿Clara sabía que existía?
—Sí.
—¿Cómo?
—Porque ella estuvo allí cuando Rose la escondió.
—Entonces Clara sabía más de lo que me dijo.
—Mucho más.
Eleanor se levantó.
—Necesito revisar las cosas de Rose.
—Ya las has revisado.
—No todas.
—¿Qué buscas?
—La carta.
—No la encontrarás.
—¿Por qué?
June la miró con tristeza.
—Porque Clara se la llevó.
Eleanor se detuvo.
—¿Clara?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Aquella misma noche.
La pieza que faltaba acababa de aparecer. Clara no había regresado a Bellwood únicamente para buscar la taza. Había regresado porque había recibido una carta de Martin. O porque alguien quería que creyera que la había recibido. Eleanor se sentó nuevamente.
—¿Qué decía la carta?
June negó con la cabeza.
—Nunca lo supe.
—Pero sabías que era de Martin.
—Rose me lo dijo.
—¿Y qué más?
June permaneció en silencio durante unos segundos.
—Que Martin estaba vivo.
Eleanor sintió un frío repentino.
—¿Cuándo?
—En 1991.
—Eso ya lo sé.
—No, Eleanor.
June levantó la mirada.
—Martin estaba vivo muchos años después.
La afirmación fue tan inesperada que Eleanor tardó varios segundos en comprenderla.
—¿Cuántos años?
—No lo sé.
—¿Rose lo sabía?
—Sí.
—¿Clara también?
—Sí.
—Entonces ¿por qué Clara regresó ahora?
June no respondió.
—Porque alguien le dijo que estaba muerto.
—No.
—Entonces porque alguien le dijo que estaba vivo.
June guardó silencio.
Eleanor comprendió que aquella era la respuesta.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Richard?
June negó con la cabeza.
—No creo.
—¿Por qué?
—Porque Richard quería encontrar a Martin, no traerlo de vuelta.
Eleanor volvió a mirar la taza azul.
—¿Qué había dentro?
June la miró.
—Nunca lo supe.
—Entonces tenemos que averiguarlo.
Aquella tarde Eleanor llevó la taza al despacho.
No la manipuló directamente. Había aprendido la lección después de que Reed se la llevara para analizarla, pero el inspector le había permitido conservarla una vez terminados los primeros exámenes.
La colocó sobre una toalla blanca y la observó con una lupa.
La reparación era tan delicada que resultaba difícil imaginar que hubiera sido realizada por alguien sin experiencia.
Rose había utilizado una sustancia oscura que con el paso de los años se había endurecido y adquirido un tono casi idéntico al de la porcelana.
Eleanor giró la taza lentamente. La grieta continuaba por debajo del borde.
Entonces vio algo. Una irregularidad. No en la porcelana.
En la reparación. Parecía una pequeña línea demasiado recta para ser accidental.
Eleanor tomó una aguja fina y la acercó.
No llegó a tocarla. Recordó las palabras de Reed: No abras nada .
Decidió esperar. En lugar de eso, fotografió la zona y envió la imagen al inspector.
La respuesta llegó diez minutos después: No la manipules.
Voy hacia allí. Eleanor sonrió con cansancio.
—Por fin alguien sensato.
June apareció en la puerta.
—¿Qué pasa?
—Reed viene.
—Eso significa que has encontrado algo.
—Creo que sí.
—¿Y qué?
—No lo sé todavía.
—Entonces no has encontrado nada.
Eleanor volvió a mirar la taza.
—He encontrado una pregunta.
—En este pueblo eso ya es bastante.
Reed llegó poco después y examinó la taza con una lupa profesional. No la tocó durante varios minutos.
—¿Lo ves? —preguntó Eleanor.
—Sí.
—¿Qué es?
—No estoy seguro.
—Eso parece convertirse en tu frase favorita.
—Porque es cierta.
Reed se puso unos guantes.
—La reparación no es completamente superficial.
—¿Qué significa eso?
—Que alguien pudo haber utilizado la grieta para introducir algo dentro de la taza.
Eleanor sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco.
—¿Un papel?
—Podría ser.
—¿Y se puede sacar?
—No sin abrir la reparación.
—Entonces hazlo.
Reed la miró.
—No aquí.
—¿Por qué?
—Porque si hay algo dentro, quiero asegurarme de que podamos conservarlo intacto.
Eleanor asintió.
—¿Crees que Clara murió por esto?
Reed guardó la taza en una bolsa especial.
—Creo que alguien estaba dispuesto a matar por algo relacionado con esto.
Aquella frase acompañó a Eleanor durante el resto de la tarde.
Cuando el salón de té quedó vacío, Eleanor se sentó junto al escaparate.
Había comenzado a oscurecer y las primeras luces de las casas se reflejaban en los cristales.
En una de las fotografías antiguas que Rose había dejado en el local aparecía la vajilla azul colocada sobre una mesa.
Eleanor la había visto cientos de veces sin prestar atención.
Ahora la observó con una concentración diferente. Había ocho tazas. No siete. Ocho.
La fotografía estaba fechada en 1988. Tres años antes de los acontecimientos que ahora investigaba. Eleanor amplió la imagen. Todas las tazas parecían iguales. Excepto una. La octava estaba colocada al fondo, separada de las demás y tenía una pequeña marca oscura en el asa.
Eleanor sintió un escalofrío, no era la reparación, era una marca anterior.
Buscó otra fotografía. En una imagen de 1989 aparecían siete tazas.
En otra de 1990, también siete. En 1991, siete.
La octava había desaparecido antes de que ocurriera todo.
Eleanor se quedó mirando las fotografías hasta comprender que la historia de la taza no había comenzado con Martin.
Había comenzado antes. Mucho antes. En ese momento entró June con una bandeja vacía.
—¿Qué haces?
—Mira esto.
June se acercó al escaparate. Observó las fotografías.
—Ya lo había visto.
Eleanor la miró.
—¿Lo sabías?
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque no sabía que significaba algo.
—¿Y ahora?
June permaneció unos segundos contemplando la fotografía.
—Ahora sí.
—¿Qué significa?
June no respondió. Eleanor esperó.
—Rose no escondió una taza —dijo finalmente June—. Escondió algo dentro de una taza.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
June negó lentamente con la cabeza.
—Lo que no sabes es que la taza llevaba años escondiendo secretos antes de que Martin apareciera.
Eleanor sintió que aquella frase abría una puerta hacia un pasado todavía más antiguo.
Rose había conservado aquella pieza mucho antes de 1991, lo que significaba que quizá Martin no había sido quien puso el secreto dentro de ella, sino la persona que descubrió para qué servía aquel escondite.
La taza podía haber pasado de unas manos a otras, de una generación a otra, guardando algo que alguien consideraba demasiado peligroso para dejar en un cajón.
Y si eso era cierto, la historia de Martin y Richard podía ser solamente un capítulo de una disputa mucho más antigua.
Eleanor volvió a mirar la fotografía de 1988 y reparó entonces en la persona que aparecía al fondo del salón de té.
No era Rose. No era June. Tampoco Margaret ni Helen.
Era un hombre que no había visto nunca, sentado junto a la ventana y leyendo un periódico.
La imagen era demasiado pequeña para distinguir su rostro, pero llevaba una chaqueta oscura y tenía una mano apoyada sobre la mesa, justo al lado de la octava taza.
Eleanor amplió la fotografía todo lo que pudo y entonces vio algo que le hizo contener la respiración: aquel hombre llevaba en el dedo un anillo con una pequeña corona grabada, exactamente el mismo símbolo que había visto en los documentos encontrados en la habitación azul de Richard y en la carpeta que Martin sostenía en la fotografía de 1991.
Ya no podía ser una coincidencia. Alguien había utilizado aquella marca durante años, y Rose había conservado fotografías suficientes para demostrar que el objeto que ahora podía estar relacionado con un asesinato había formado parte de una historia que precedía incluso a Martin Whitby.
Eleanor cerró lentamente el álbum, pero no apartó la mano de la cubierta.
Por primera vez comprendió que quizá había estado buscando el origen del misterio en el lugar equivocado.
Martin había encontrado algo, Richard había intentado recuperarlo, Rose había escondido una prueba y Clara había regresado para encontrarla, pero ninguno de ellos parecía haber creado aquella historia.
Todos habían entrado en ella cuando ya llevaba años desarrollándose.
La taza azul no era solamente un escondite; era una pieza que había sobrevivido a varias personas porque nadie había considerado peligroso conservarla a la vista.
Y mientras Eleanor observaba el escaparate vacío donde durante décadas habían reposado las pequeñas tazas azules de Rose, entendió que la verdadera pregunta ya no era qué había escondido Rose dentro de aquella porcelana, sino quién había decidido por primera vez que una taza podía convertirse en el lugar perfecto para guardar algo que no debía ser encontrado, porque si conseguía descubrir la respuesta quizá entendería también por qué Clara había sido asesinada treinta y cinco años después, por qué alguien seguía vigilando el salón de té y por qué la misma pequeña corona había aparecido una y otra vez junto a las personas que habían intentado mantener enterrado el pasado de Bellwood.