Chapter 9
La antigua estación de Bellwood llevaba más de diez años sin recibir un tren de pasajeros, pero Eleanor descubrió que el edificio seguía conservando una especie de vida propia.
El andén permanecía cubierto de hierba entre las grietas, las viejas señales habían perdido buena parte de su pintura y las ventanas de la sala de espera estaban empañadas por el polvo, pero el reloj situado sobre la entrada continuaba marcando las horas con una puntualidad que parecía casi ofensiva.
La estación había sido cerrada oficialmente después de que la línea perdiera importancia y el tráfico ferroviario se desviara hacia una ciudad cercana, aunque durante décadas había sido uno de los lugares más concurridos de Bellwood.
Allí se habían despedido soldados, se habían recibido familiares, se habían iniciado matrimonios y se habían terminado otros, y probablemente se habían contado más secretos que en la propia iglesia.
Eleanor llegó temprano, acompañada por June, y durante unos segundos ambas permanecieron dentro del coche observando el edificio.
—¿Estás segura de que quieres entrar? —preguntó June.
—No.
—Es la respuesta más sensata que has dado desde que empezó todo esto.
—Pero voy a entrar igualmente.
June suspiró.
—Eso sí es más propio de ti.
La puerta lateral de la estación estaba cerrada con una cadena, pero Reed había conseguido autorización para que pudieran acceder a la parte antigua del edificio.
Cuando llegaron, el inspector ya estaba allí.
Saludó a Eleanor y a June con un gesto breve y abrió la puerta con una llave que llevaba preparada.
—La habitación diecisiete está al final del pasillo —explicó—. Según los planos antiguos, era una de las habitaciones destinadas al personal de la estación.
—¿Y según los documentos actuales?
—No existe.
Eleanor lo miró.
—¿Cómo que no existe?
—En las reformas de los años noventa se modificó parte de esta planta. Oficialmente, las habitaciones fueron eliminadas.
June murmuró algo que Eleanor no alcanzó a entender.
—¿Qué has dicho?
—Que eso explica algunas cosas.
Reed la miró.
—¿Qué cosas?
June negó con la cabeza.
—Después.
Eleanor no insistió. Había aprendido que June tenía una manera particular de guardar información hasta que consideraba que había llegado el momento adecuado.
Siguieron avanzando por el pasillo. Las paredes conservaban restos de pintura verde y algunas puertas todavía llevaban placas metálicas con números.
El suelo crujía bajo sus pasos y, a medida que avanzaban, la luz del exterior desaparecía hasta convertirse en una línea gris bajo las ventanas.
La puerta de la habitación diecisiete estaba al final.
No tenía placa, solo un número casi borrado.
Eleanor sacó la llave que había encontrado en la habitación de Rose.
—¿Quieres hacerlo tú? —preguntó Reed.
Eleanor asintió. Introdujo la llave. Giró.
La cerradura cedió con una facilidad que la sorprendió.
La puerta se abrió lentamente. La habitación estaba vacía.
Al menos eso parecía. Había una cama de hierro sin colchón, una mesa pequeña, una silla y una ventana cubierta por una cortina gris.
No había cajas ni documentos ni objetos que pudieran explicar por qué Martin había utilizado aquel lugar.
Eleanor avanzó hasta la mesa y pasó los dedos por la superficie cubierta de polvo.
—Aquí no ha entrado nadie en años.
Reed señaló el suelo.
—Eso parece.
Eleanor observó la capa de polvo.
—¿Qué?
—Hay marcas.
Reed se agachó.
—Sí.
Las marcas eran recientes. No muy profundas, pero perfectamente visibles. Alguien había movido la cama.
—¿Cuándo? —preguntó Eleanor.
—No puedo saberlo todavía.
June permanecía junto a la puerta.
—Martin escondió algo aquí.
Reed se volvió hacia ella.
—¿Cómo lo sabes?
June señaló la pared.
—Porque esa no estaba así.
Eleanor se acercó. Detrás de la cama había una zona de la pared donde el papel estaba ligeramente levantado.
Reed examinó el borde y retiró con cuidado un pequeño fragmento.
Debajo apareció una cavidad. No era grande.
Pero había suficiente espacio para ocultar un sobre.
Reed lo sacó. Estaba vacío. Eleanor sintió una decepción inmediata.
—Alguien llegó antes.
Reed examinó el interior de la cavidad.
—Probablemente.
—¿La persona que mató a Clara?
—No puedo afirmar eso.
—Pero lo estás pensando.
Reed la miró.
—Estoy pensando que alguien sabía que esto estaba aquí.
June se acercó.
—Rose lo sabía.
—¿Y Martin?
—Por supuesto.
—¿Quién más?
June permaneció callada. Eleanor volvió a mirar la cavidad.
—Richard.
June no respondió.
—¿Richard sabía que Martin estaba aquí?
—No.
—¿Cómo estás tan segura?
—Porque si lo hubiera sabido, Martin no habría salido de esta habitación con vida.
El silencio que siguió fue mucho más pesado que cualquier respuesta. Reed examinó la puerta, las ventanas y después el suelo.
—Hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
—Si Martin utilizó esta habitación para esconderse, ¿por qué dejó una llave en casa de Rose?
Eleanor miró a June.
—Porque confiaba en ella.
—Eso explicaría la llave. No explica por qué la escondió.
June observó la habitación.
—Rose no quería que nadie supiera que Martin había vuelto.
—¿Ni siquiera Clara?
June negó con la cabeza.
—Especialmente Clara.
Eleanor volvió a sentir aquella misma incomodidad.
—¿Por qué?
June tardó en responder.
—Porque Clara quería encontrarlo.
—¿Para qué?
—Para llevarlo a casa.
Eleanor se quedó mirándola.
—¿Y Martin no quería volver?
—No.
—¿Por qué?
June bajó la voz.
—Porque sabía que volver significaba poner a Clara en peligro.
Aquella respuesta modificó de nuevo la historia.
Hasta entonces Eleanor había imaginado a Clara como una mujer que había regresado treinta y cinco años después para resolver el misterio de su hermano.
Ahora empezaba a comprender que quizá Clara había pasado toda su vida intentando localizarlo, mientras Martin había hecho todo lo posible para mantenerse lejos de ella.
La pregunta ya no era solamente qué había descubierto Martin en 1991, sino qué había sucedido entre los dos hermanos para que uno quisiera desaparecer y la otra dedicara décadas a encontrarlo.
—¿Martin estaba vivo cuando Clara se marchó de Bellwood? —preguntó Eleanor.
June asintió.
—Sí.
—¿Lo sabía Rose?
—Sí.
—¿Lo sabías tú?
June dudó.
—Lo suficiente.
—Eso no significa nada.
—Significa que sabía que Martin estaba vivo.
Eleanor se volvió hacia Reed.
—Entonces la historia oficial es falsa.
—La historia oficial dice que Martin abandonó Bellwood y no volvió.
—Pero volvió.
—Eso parece.
—Y Rose lo ayudó.
—Eso también parece.
Eleanor se quedó pensativa.
—¿Por qué nadie investigó esto?
Reed respondió con calma.
—Porque en 1991 una persona adulta podía marcharse de un pueblo sin que nadie considerara necesariamente que había ocurrido un delito.
—¿Y Clara?
—Clara denunció su desaparición.
Eleanor lo miró.
—¿Qué?
Reed abrió una carpeta.
—He encontrado una copia de la denuncia.
La colocó sobre la mesa. Eleanor la leyó. El nombre de Martin Whitby aparecía en la parte superior. Fecha: septiembre de 1991. Edad: treinta y un años. Descripción física. Último lugar donde fue visto. Y una observación escrita a mano: Posible abandono voluntario.
—¿Quién escribió esto?
—El agente que recibió la denuncia.
—¿Y por qué pensó que se había marchado voluntariamente?
Reed señaló una línea. Eleanor la leyó: Se encontró una nota indicando que el sujeto deseaba abandonar Bellwood.
—¿Dónde está la nota?
—No está.
—¿Cómo que no está?
—Solo aparece mencionada en la denuncia.
Eleanor sintió que aquello era demasiado conveniente.
—¿Y quién vio la nota?
—Clara.
—¿Clara?
Reed asintió.
—Fue ella quien aseguró que Martin había dejado una nota.
Eleanor levantó la cabeza.
—Pero si Clara quería encontrarlo, ¿por qué dijo a la policía que se había marchado voluntariamente?
Reed no respondió inmediatamente.
—Esa es una de las preguntas que ahora tenemos que hacernos.
June se había apartado hacia la ventana. Eleanor se acercó.
—¿Tú sabías esto?
—Sí.
—¿Clara mintió?
—No exactamente.
—¿Qué significa eso?
—Martin escribió la nota.
—Entonces sí se marchó voluntariamente.
—De Bellwood, sí.
—Pero no desapareció.
June negó con la cabeza.
—No.
Eleanor cerró los ojos durante un instante.
Todo empezaba a tener una lógica distinta.
Martin había abandonado Bellwood por voluntad propia, pero alguien lo había obligado a hacerlo.
Rose lo había ayudado a esconderse. Clara había sabido una parte de la historia, pero no toda.
Y Richard Vale había estado buscando algo que Martin tenía en su poder.
—¿Qué había encontrado Martin? —preguntó.
June no contestó. Reed tampoco. Eleanor comprendió que aquella era la pregunta que todos llevaban evitando desde el principio.
Regresaron al salón de té por la tarde. Eleanor dejó la llave sobre el escritorio y volvió a revisar la fotografía de 1991.
La había observado tantas veces que empezaba a reconocer detalles que antes no veía.
La ventana, el borde de la puerta, la posición de Rose y la sombra de Martin.
Después recordó la segunda fotografía y la anotación escrita en el reverso: La primera fotografía no muestra a todos.
Sacó una lupa. Había algo detrás de Martin.
No era Richard. Era una carpeta. Martin parecía sostenerla contra el cuerpo.
Eleanor amplió la imagen. En la esquina de la carpeta aparecía un símbolo.
Una pequeña corona dibujada a mano. Eleanor recordó inmediatamente los documentos que había visto en la habitación azul.
La misma marca aparecía en uno de ellos.
Abrió la libreta que había encontrado en casa de Richard y revisó las páginas.
La anotación Martin sabe demasiado estaba seguida de una fecha y de una referencia que hasta entonces no había entendido: 17 / R. La habitación diecisiete. Richard.
Eleanor empezó a sospechar que la habitación no había sido utilizada únicamente como escondite.
Tal vez había sido un lugar de intercambio, un punto de encuentro entre personas que necesitaban permanecer fuera de la vista.
Quizá Martin había llevado allí los documentos y después se los había entregado a Rose.
La taza azul podía haber sido el siguiente escondite.
Pero si era así, ¿por qué Clara había regresado treinta y cinco años después?
La respuesta llegó aquella misma noche. Eleanor estaba cerrando el salón de té cuando encontró un sobre bajo la puerta.
No había sello. No había dirección. Solo su nombre.
Dentro había una fotografía. No era de 1991.
Era reciente. Eleanor reconoció la fachada del salón de té.
La fotografía había sido tomada desde la acera de enfrente.
Se veía a Eleanor entrando por la puerta.
La imagen tenía fecha del día anterior. En el reverso aparecía una frase escrita con tinta negra: Deje de buscar a Martin Whitby.
Eleanor permaneció inmóvil en medio del salón de té, sujetando la fotografía con ambas manos.
La amenaza no era especialmente explícita, pero precisamente por eso resultaba más inquietante.
Quien la había enviado no necesitaba decirle qué podía ocurrirle si continuaba investigando; bastaba con demostrarle que sabía dónde estaba, cuándo salía del salón de té y cuánto tiempo llevaba siguiendo sus movimientos.
Eleanor volvió a mirar la fotografía y descubrió entonces un detalle que no había visto al principio: reflejada en la ventana del establecimiento, detrás de su propia figura, aparecía la silueta de una persona situada al otro lado de la calle.
No podía distinguir su rostro, pero llevaba un abrigo oscuro y parecía estar observándola mientras entraba en el edificio.
La fotografía había sido tomada desde una distancia considerable, lo que significaba que quien la había hecho había permanecido allí el tiempo suficiente para esperar el momento adecuado, y aquella conclusión resultaba mucho más perturbadora que la amenaza escrita en el reverso porque demostraba que el pasado de Martin Whitby no solo seguía vivo en los recuerdos de Bellwood, sino que alguien estaba dispuesto a vigilar a Eleanor en el presente para asegurarse de que ella no llegara demasiado lejos.
Eleanor guardó la fotografía dentro de la libreta de Martin y apagó la última luz del salón de té.
Sin embargo, antes de subir las escaleras se detuvo junto al armario donde guardaba las piezas azules de Rose y contempló durante unos segundos el espacio vacío que había dejado la taza que ahora estaba en manos de la policía.
Por primera vez comprendió que quizá había cometido un error al pensar que estaba siguiendo las pistas que Clara había dejado atrás.
Tal vez era exactamente al contrario: alguien había estado colocando las pistas delante de ella desde el principio, guiándola hacia la fotografía, hacia la casa de Richard, hacia la habitación azul y ahora hacia la habitación diecisiete, porque necesitaba que Eleanor encontrara algo que no podía ser encontrado directamente.
La cuestión era quién estaba conduciéndola y, sobre todo, qué esperaba que descubriera antes de detenerla, porque si la persona que había enviado aquella fotografía era también la responsable de la muerte de Clara, Eleanor ya no estaba simplemente investigando un crimen ocurrido treinta y cinco años atrás, sino entrando lentamente en una historia que alguien había mantenido enterrada durante décadas y que ahora parecía dispuesto a defender con el mismo silencio que había protegido a Bellwood desde aquel verano de 1991.