El misterio de la taza azul Chapter 8 #2
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Chapter 8 #2

—Había habitaciones para los trabajadores que tenían que quedarse durante la noche. La diecisiete llevaba años cerrada.

—¿Por qué?

—Porque Martin la utilizó.

Eleanor se quedó inmóvil.

—¿Para qué?

—Para esconderse.

—¿De quién?

June la miró.

—De la persona que lo estaba buscando.

La respuesta parecía sencilla, pero abrió más preguntas de las que cerraba.

Eleanor recordó la frase escrita en la libreta de Richard: Martin sabe demasiado .

Recordó también la nota de Rose, la fotografía rota y la taza azul.

De pronto comprendió que quizá todos aquellos objetos habían formado parte de un sistema de protección.

Rose había escondido una llave. Martin había utilizado una habitación secreta.

Clara había regresado para recuperar algo.

Y alguien, treinta y cinco años después, seguía intentando impedir que la historia saliera a la luz.

—¿Quién lo buscaba? —preguntó Eleanor.

June bajó la voz.

—Richard.

Eleanor sintió que el nombre volvía a ocupar su lugar en el centro de la historia.

—¿Richard quería matar a Martin?

—No lo sé.

—¿Entonces qué quería?

June permaneció en silencio.

—June.

—Quería los documentos.

Eleanor recordó la caja de la habitación azul.

—¿Qué documentos?

—Los que Martin había encontrado.

—¿Sobre qué?

June negó con la cabeza.

—Una herencia.

La palabra parecía demasiado sencilla para todo lo que había provocado.

—¿De quién?

June la miró.

—De una familia de Bellwood.

—¿Los Vale?

—No.

Eleanor esperó.

—Los Whitby.

Durante unos segundos ninguna de las dos habló.

Eleanor comprendió entonces que Martin no había estado huyendo simplemente de Richard Vale.

Había descubierto algo que podía afectar directamente a su propia familia, y Rose había ayudado a ocultarlo.

La taza azul, la habitación de la estación y la habitación azul de la casa de Richard comenzaban a parecer partes de una misma historia, una historia en la que los documentos podían ser más peligrosos que las personas que los buscaban.

—¿Por qué Clara quería la taza? —preguntó finalmente.

June negó lentamente con la cabeza.

—Porque dentro había algo que Martin necesitaba.

Eleanor sintió un escalofrío.

—¿Qué?

—No lo sé.

—¿Nunca miraste?

—No.

—¿Rose sí?

June bajó los ojos.

—Rose fue quien la escondió.

Eleanor recordó la pequeña reparación del borde, aquella línea casi invisible que había atravesado la porcelana.

De repente le pareció evidente que la grieta no era una simple reparación.

Quizá Rose había utilizado la propia rotura de la taza para crear un escondite.

Quizá Martin había entregado algo a Rose y ella había necesitado un lugar que nadie considerara importante.

Una taza. Un objeto cotidiano. Algo que podía permanecer durante décadas en un armario sin despertar sospechas. Eleanor volvió a mirar la llave.

—Voy a ir a la estación.

June negó con la cabeza.

—No.

—Tengo que hacerlo.

—No sola.

—¿Por qué?

June tardó unos segundos en contestar.

—Porque la habitación diecisiete no debería seguir teniendo nada dentro.

—¿Y si todavía lo tiene?

June levantó lentamente la mirada.

—Entonces alguien ha estado allí antes que tú.

Eleanor no respondió. La idea le resultaba demasiado inquietante para ignorarla.

Si la carta había sido enviada por alguien que conocía la habitación azul, si la taza había aparecido en la puerta de la casa de Richard y si alguien parecía saber qué estaba buscando, entonces no podía descartar que las habitaciones y los escondites de Rose estuvieran siendo revisados de nuevo.

Quizá la muerte de Clara no había sido el principio de la investigación, sino simplemente el momento en que una persona había decidido acelerar las cosas.

Aquella tarde Eleanor volvió a subir a la habitación de Rose para guardar la caja en un lugar seguro.

Colocó la llave, la fotografía y la nota dentro de un sobre y se dispuso a cerrar el pequeño compartimento cuando reparó en algo que no había visto antes.

En el fondo había una marca oscura sobre la madera, como si alguien hubiera colocado allí un objeto pesado durante mucho tiempo.

Eleanor pasó los dedos por encima y encontró una diminuta fibra azul atrapada en una esquina.

La retiró cuidadosamente. Era un hilo de tela, del mismo tono que el paño con el que había envuelto la taza azul.

Durante unos segundos se quedó mirando aquella pequeña fibra sin comprender su importancia, hasta que recordó algo que Reed le había dicho la primera noche: la habitación de Clara no había mostrado señales de haber sido forzada, pero alguien había entrado en ella.

Si la persona que había matado a Clara también había estado buscando la taza, quizá conocía los escondites de Rose mucho mejor de lo que Eleanor había imaginado.

Esa noche, antes de cerrar el salón de té, Eleanor recibió una llamada del inspector Reed.

Su voz sonaba más seria de lo habitual. Le explicó que los técnicos habían terminado de examinar la taza y que habían encontrado algo que quería mostrarle personalmente.

Eleanor le preguntó de qué se trataba, pero Reed evitó darle detalles por teléfono.

Solo le dijo que no era una huella ni un residuo relacionado directamente con el veneno, sino una pequeña modificación en la porcelana que podía tener importancia.

Cuando Eleanor preguntó si aquello podía estar relacionado con la reparación, Reed guardó silencio durante unos segundos antes de contestar que sí.

Después añadió que había encontrado también una referencia a una antigua propiedad de los Whitby en unos documentos vinculados a Richard Vale, y que esa propiedad había desaparecido de los registros familiares poco después de la desaparición de Martin.

Eleanor sintió que las piezas volvían a desplazarse delante de ella, como si alguien hubiera estado construyendo durante décadas un camino que ahora comenzaba a obligarla a seguirlo.

Colgó el teléfono y permaneció sola en el salón de té, con las luces cálidas reflejándose sobre la porcelana del escaparate y el viejo reloj avanzando cuatro minutos por delante del mundo.

Durante un instante pensó en Rose, en la manera paciente con la que había vivido entre aquellos objetos, como si supiera que algún día alguien necesitaría encontrar exactamente aquello que ella había escondido.

Pensó también en Clara, que había regresado convencida de que la taza podía conducirla hasta una verdad perdida, y en Martin, un hombre que había desaparecido del relato oficial de Bellwood pero que parecía seguir presente en cada una de las cosas que Rose había dejado atrás.

Eleanor comprendió entonces que la habitación diecisiete no era simplemente otro escondite y que la llave no era una pista más.

Era la prueba de que Martin había tenido que ocultarse de alguien, de que Rose había sabido dónde estaba y de que, treinta y cinco años después, alguien continuaba buscando aquello que él había escondido.

Y mientras Eleanor apagaba las luces del salón de té, comprendió que al día siguiente tendría que entrar en aquella habitación cerrada para averiguar qué había ocurrido realmente durante las horas en que Martin Whitby había desaparecido de Bellwood, porque quizá allí, entre las paredes de una antigua estación que nadie utilizaba ya, seguía esperando la única prueba capaz de explicar por qué Clara había regresado y por qué alguien había decidido matarla antes de que pudiera encontrarla.