Chapter 8
Eleanor no tocó la taza azul. Permaneció unos segundos frente a ella, inmóvil en el umbral de la casa de Richard Vale, intentando decidir qué era más prudente: llamar inmediatamente al inspector Reed o recogerla y averiguar por sí misma si escondía algo.
La segunda posibilidad apenas llegó a convertirse en una verdadera opción.
Después de todo lo ocurrido con Clara, sabía perfectamente que ya no estaba ante una simple curiosidad histórica, y que cualquier objeto relacionado con aquel verano podía formar parte de una investigación criminal.
Retrocedió, sacó el teléfono y llamó a Reed.
Mientras esperaba que contestara, volvió a mirar la taza desde la distancia.
La pequeña grieta reparada era prácticamente idéntica a la que había visto en la pieza que la policía había examinado en el salón de té, pero había algo más que la inquietaba: aquella taza había aparecido en una casa que, oficialmente, llevaba años vacía, y alguien la había dejado justo en la puerta después de que ella encontrara la habitación azul.
Reed llegó veinte minutos después acompañado de un agente.
No hizo demasiadas preguntas al principio.
Se limitó a observar la taza, la puerta y después a Eleanor, en ese orden, como si intentara reconstruir los movimientos de una persona que no estaba allí.
Cuando finalmente le preguntó qué había ocurrido, Eleanor le contó todo, incluida la carta anónima, la habitación azul y la libreta que había encontrado.
Reed no la interrumpió hasta que mencionó la libreta de Martin Whitby.
—¿La tienes?
Eleanor asintió.
—En el bolso.
—No la abras.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
El inspector se agachó junto a la taza sin tocarla.
—¿La habías visto antes?
—Una igual.
—¿En el salón de té?
—Sí.
—¿La misma reparación?
—Prácticamente.
Reed miró al agente.
—Fotografías antes de mover nada.
Eleanor observó la escena con una sensación extraña.
Hasta hacía pocos días había sido una mujer que regentaba una casa de té y se preocupaba principalmente por las reservas de los sábados, los proveedores que llegaban tarde y los clientes que insistían en pedir leche de avena para un té que no la necesitaba.
Ahora estaba frente a una casa abandonada, junto a una taza que podía estar relacionada con un asesinato, mientras un inspector de policía fotografiaba una grieta de porcelana como si pudiera contener la respuesta a una desaparición ocurrida treinta y cinco años atrás.
Bellwood parecía haber cambiado de naturaleza sin que nadie le hubiera avisado.
—¿Qué había exactamente en la libreta? —preguntó Reed.
Eleanor se lo explicó.
—Hay algo más —añadió—. Una frase sobre una mujer relacionada con Rose.
Reed frunció el ceño.
—¿Qué mujer?
—No lo sé.
—¿Y la fotografía?
Eleanor se la entregó. Reed la estudió cuidadosamente.
—Esta es la fotografía que Clara llevaba.
—Una copia.
—¿Dónde la encontraste?
—En la habitación azul.
Reed la volvió.
Leyó la anotación del reverso y permaneció callado.
—¿Qué significa? —preguntó Eleanor.
—Todavía no lo sé.
—¿Crees que Richard Vale escribió esto?
—Es posible.
—¿Y crees que Richard está relacionado con la muerte de Clara?
Reed levantó la mirada.
—Creo que tenemos demasiadas coincidencias para seguir tratándolas como coincidencias.
Aquella noche Eleanor durmió poco. La imagen de la casa de Richard regresaba una y otra vez a su cabeza, pero lo que más le preocupaba no era la libreta ni siquiera la taza azul.
Era la habitación. Había algo en aquel espacio que le resultaba familiar, aunque sabía perfectamente que nunca había estado allí antes.
Quizá era el color de las paredes, quizá la forma de la ventana, o quizá simplemente la sensación de que aquel lugar había sido preparado para guardar algo que no debía encontrarse.
Rose había conocido aquella habitación. June había entrado allí en 1991.
Y alguien había conservado documentos relacionados con Martin durante décadas.
A la mañana siguiente, Eleanor decidió volver a la habitación de Rose.
No se lo dijo a June. No porque desconfiara de ella, sino porque había comenzado a comprender que cada vez que pronunciaba un nombre delante de June, la mujer recordaba algo que llevaba años intentando olvidar.
Eleanor no quería seguir obteniendo respuestas a medias.
Necesitaba encontrar algo por sí misma. La habitación de Rose estaba prácticamente igual que el día anterior.
La cama seguía cubierta con una colcha antigua, los libros permanecían alineados sobre la pequeña estantería y el armario conservaba aquel olor característico a madera vieja y lavanda.
Eleanor se acercó a la cómoda y volvió a examinar el cajón donde había encontrado la carpeta de Clara.
Esta vez no buscó documentos. Buscó irregularidades.
Revisó las molduras. Golpeó suavemente la madera.
Observó los paneles, pero no halló nada.
Después se apartó unos pasos y miró la habitación completa.
La cómoda estaba ligeramente separada de la pared.
Eleanor frunció el ceño. Recordó que Rose siempre había colocado aquel mueble exactamente en el mismo lugar.
De niña, cuando visitaba Bellwood, Eleanor había visto a su antigua propietaria limpiando detrás de él.
Lo recordaba porque Rose siempre decía que nadie podía considerar limpia una habitación si no limpiaba los lugares que no se veían.
Eleanor movió la cómoda. Pesaba más de lo que esperaba.
Detrás había una pequeña marca en el suelo.
Como si el mueble hubiera sido desplazado muchas veces.
La pared estaba cubierta con un papel pintado antiguo de pequeñas flores.
Eleanor pasó los dedos por una de las esquinas.
El papel se levantó. Debajo había madera.
Retiró con cuidado una parte del papel hasta descubrir un pequeño panel.
No había cerradura, solo una estrecha abertura.
Necesitó varios minutos para encontrar la forma de abrirlo.
Finalmente introdujo la punta de una regla metálica en el borde y empujó suavemente.
El panel cedió con un pequeño chasquido.
Dentro había un espacio estrecho y una caja.
Eleanor la sacó. Era una caja de madera oscura, mucho más pequeña que la que había encontrado en casa de Richard.
No tenía cerradura, pero sí una pequeña placa de latón en la tapa.
La abrió. Dentro había una llave. Una fotografía rota y una hoja doblada varias veces.
Reconoció inmediatamente la letra. Era de Rose.
La hoja estaba fechada en septiembre de 1991.
La abrió lentamente. La primera parte de la nota estaba escrita con una letra firme, pero las últimas líneas parecían haber sido redactadas con mucha más prisa: Clara no debe saberlo todavía.
Debajo aparecía una segunda frase: Martin dice que volverá cuando sea seguro.
Sintió que el corazón comenzaba a latirle más deprisa.
Siguió leyendo: Si ocurre algo, la llave queda aquí.
Y después, en una línea separada: Clara, Martin, Rose.
Eleanor volvió a mirar la llave. Era pequeña, antigua y de hierro oscuro.
No llevaba ninguna marca evidente, pero en el extremo tenía una diminuta etiqueta metálica con un número: 17.
Eleanor sostuvo la llave entre los dedos.
No sabía qué abría. Pero sabía que Rose había considerado suficientemente importante esconderla durante más de tres décadas.
La fotografía rota era más difícil de interpretar.
Solo conservaba una parte de la imagen. Se veía una esquina del salón de té, una ventana y el hombro de una persona.
Eleanor acercó la fotografía a la luz. Era Martin.
No tenía ninguna duda, pero había algo más.
En el extremo derecho aparecía parte de un segundo rostro. Un hombre.
Eleanor intentó unir mentalmente aquel fragmento con la fotografía que había encontrado en la casa de Richard.
Richard Vale. El parecido era evidente, sin embargo, había una diferencia.
El hombre de la fotografía rota parecía mucho más joven.
Eleanor dejó las piezas sobre la mesa y sintió que el misterio empezaba a adquirir una dimensión distinta.
Ya no se trataba solamente de descubrir qué había ocurrido con Martin.
Había una cadena de personas que parecían haber sabido algo: Rose, Clara, Martin, Richard y quizá Robert Vale.
Todos habían estado relacionados con algún secreto que había comenzado aquel verano y que había sobrevivido a varias décadas de silencio.
La llave era la única pista física que todavía podía conducirla a algún lugar. Eleanor la examinó de nuevo. El número 17 le resultaba familiar. No sabía por qué. Bajó las escaleras y encontró a June en la cocina.
—Necesito preguntarte algo.
June levantó la cabeza.
—Eso nunca suele acabar bien.
Eleanor dejó la llave sobre la mesa. June la miró. Durante un instante no respiró. Eleanor lo vio.
—La conoces.
—No.
—No te he preguntado si sabes de qué es. Te he preguntado si la conoces.
June se sentó.
—¿Dónde la has encontrado?
—En la habitación de Rose.
June permaneció en silencio.
—Había una nota.
—¿Qué decía?
—Que Martin volvería cuando fuera seguro.
June cerró los ojos.
—Entonces Rose cumplió su promesa.
—¿Qué promesa?
—No decir dónde estaba.
Eleanor se quedó mirándola.
—¿Martin volvió?
June abrió los ojos.
—Sí.
—¿Cuándo?
—En septiembre.
—¿De 1991?
—Sí.
—¿Y tú lo viste?
—No.
—Pero sabes que volvió.
—Rose me lo dijo.
—¿Dónde estuvo?
June negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Y la llave?
June miró nuevamente el pequeño objeto.
—Eso sí lo sé.
Eleanor se inclinó hacia delante.
—¿Qué abre?
June tardó unos segundos en responder.
—Una habitación.
—¿Dónde?
—En la antigua estación.
Eleanor sintió que la llave pesaba de repente mucho más de lo que parecía.
—¿La habitación diecisiete?
June asintió.