Chapter 7
Eleanor permaneció varios minutos con la fotografía entre las manos, sin apartar los ojos del hombre que aparecía junto a Martin.
Había algo incómodo en contemplar una imagen tomada treinta y cinco años atrás y descubrir en ella un rostro que, de alguna manera, parecía pertenecer también al presente.
Richard Vale no era un desconocido absoluto para Eleanor.
Su apellido había aparecido recientemente en una investigación que había sacudido a Bellwood, y aunque Richard no había tenido una participación directa en aquellos acontecimientos, su familia había estado relacionada durante años con algunos de los asuntos más delicados del pueblo.
Robert Vale, su hermano, había sido un abogado respetado y temido a partes iguales, un hombre acostumbrado a conocer los secretos de los demás y a utilizarlos cuando le convenía.
Eleanor no sabía demasiado sobre Richard, salvo que había vivido gran parte de su vida fuera de Bellwood y que regresaba ocasionalmente para ocuparse de algunas propiedades familiares.
Ahora, sin embargo, su rostro aparecía en una fotografía junto a Martin Whitby, justo en el verano en que aquel hombre había desaparecido de la vida del pueblo.
—¿Cuándo murió? —preguntó Eleanor.
June no respondió inmediatamente.
—¿Richard?
—Sí.
—No ha muerto.
Eleanor levantó la mirada.
—¿Está vivo?
—Hasta donde yo sé.
—¿Y vive en Bellwood?
—No.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—June, cada vez que te hago una pregunta consigues que parezca que estoy preguntando por un fantasma.
—Hay personas que dejan de estar presentes mucho antes de morir.
Eleanor dejó la fotografía sobre la mesa.
—Necesito hablar con él.
—Eso puede ser difícil.
—¿Por qué?
—Porque quizá él no quiera hablar contigo.
—Eso ya parece una tradición familiar en este pueblo.
June sonrió ligeramente, pero la sonrisa desapareció enseguida.
—Hay algo que debes entender, Eleanor. Richard Vale no era simplemente un conocido de Martin. Tenían negocios.
—¿Qué clase de negocios?
—No lo sé.
—¿Y Robert?
—Robert sabía más.
Eleanor recordó las palabras de Margaret y Helen, las respuestas incompletas, las pausas y aquella curiosa manera de todos ellos de hablar de 1991 como si el año hubiera sido una habitación en la que todavía hubiera alguien encerrado.
Cuanto más preguntaba, más personas aparecían alrededor de Martin, pero nadie parecía dispuesto a colocar las piezas en su sitio.
Rose había sabido algo. Clara había regresado para descubrirlo.
Martin había intentado marcharse. Richard había estado con él. Y ahora Clara estaba muerta.
—¿Por qué Rose conservó estas fotografías? —preguntó.
June se encogió de hombros.
—Porque Rose nunca tiraba nada importante.
—Esto no es una receta vieja.
—No.
—¿Sabías que tenía esta fotografía?
—Sí.
Eleanor la miró fijamente.
—¿Y nunca pensaste en enseñármela?
—No sabía que la necesitabas.
—Una mujer ha muerto.
—Lo sé.
—Y posiblemente la han matado por algo que Rose escondió.
June bajó la mirada hacia las fotografías.
—Precisamente por eso me preocupa que empieces a buscar demasiado deprisa.
—No estoy buscando deprisa.
—Llevas cinco días haciendo preguntas.
—Porque nadie responde.
—Quizá porque algunas respuestas tienen consecuencias.
Eleanor no quiso discutir. Guardó las fotografías en la caja y la cerró cuidadosamente.
Sabía que June tenía razón en una cosa: estaba avanzando a ciegas.
No conocía todavía el motivo de la desaparición de Martin ni la relación exacta entre los hermanos Vale, y mucho menos sabía qué papel había desempeñado Rose.
Lo único que tenía era una sucesión de pequeños hechos que parecían apuntar todos hacia el mismo verano.
A la mañana siguiente, Eleanor decidió volver a revisar la antigua habitación de Rose.
No lo hizo porque esperara encontrar una respuesta inmediata, sino porque empezaba a comprender que la mujer había tenido la costumbre de esconder las cosas a plena vista.
Durante años había guardado fotografías dentro de álbumes que nadie abría, notas entre recetas y pequeños objetos dentro de cajas cuya finalidad aparente no tenía relación alguna con su contenido.
Eleanor comenzó por el armario, después revisó los cajones y finalmente se arrodilló junto a la cómoda.
Fue entonces cuando descubrió que uno de los cajones no cerraba completamente.
Lo sacó y encontró detrás una pequeña carpeta de cartón.
La carpeta estaba vacía. Eleanor frunció el ceño.
En la parte exterior, con la letra de Rose, aparecía escrito un solo nombre: Clara.
Eleanor permaneció inmóvil. Después abrió de nuevo la carpeta, aunque sabía que no encontraría nada.
Había un pequeño bolsillo interior. Dentro quedaba un fragmento de papel.
Era tan pequeño que podría haber pasado inadvertido.
Eleanor lo sacó con cuidado y lo colocó sobre la mesa.
Solo podían leerse unas palabras: No dejar que vuelva sola.
No había fecha. Tampoco firma. Pero Eleanor reconoció la letra. Era de Rose.
Bajó al salón de té con el papel entre los dedos. June estaba colocando tazas en una bandeja y levantó la cabeza al verla.
—¿Qué has encontrado?
Eleanor dejó el fragmento sobre la mesa.
June lo leyó.
No dijo nada.
—¿Era Clara?
June permaneció inmóvil.
—¿Rose sabía que iba a volver?
—No.
—Entonces ¿qué significa esto?
—Puede significar muchas cosas.
—No me hagas eso.
—¿Qué?
—Responderme como si fueras un abogado.
June suspiró.
—Clara estuvo muy unida a Rose.
—Eso ya lo sé.
—Más de lo que crees.
Eleanor esperó.
—Durante aquel verano, Clara no era una invitada cualquiera.
—¿Qué era?
June tardó en responder.
—Era una persona que necesitaba ayuda.
—¿De quién?
—De Martin.
Eleanor sintió que acababa de cambiar la dirección de la historia.
—¿Martin necesitaba ayuda?
—Los dos.
—¿Por qué?
June negó con la cabeza.
—No puedo.
—¿No puedes o no quieres?
—Ambas cosas.
Eleanor recogió el papel.
—Entonces tendré que encontrar a alguien que sí quiera.
—Ten cuidado.
—Siempre tengo cuidado.
—No. Tú eres curiosa. No es lo mismo.
Eleanor sonrió.
—A veces la curiosidad es la única forma de llegar a la verdad.
—Y a veces es la forma más rápida de encontrar problemas.
Aquella tarde llegó al salón de té una carta dirigida a Eleanor.
No llevaba remitente y había sido depositada directamente en el buzón de la puerta.
El sobre era grueso, de color crema, y su nombre estaba escrito con una letra desconocida.
Eleanor esperó hasta que todos los clientes se hubieron marchado antes de abrirlo.
Dentro había una sola hoja. No había saludo, solo una dirección.
Era la de una pequeña casa situada a las afueras de Bellwood.
Debajo aparecía una frase: Si quiere saber qué ocurrió con Martin Whitby, pregunte por la habitación azul.
Eleanor leyó la frase dos veces. No había ninguna firma.
—¿Qué haces?
Eleanor se volvió. June estaba detrás de ella.
—Ha llegado esto.
June tomó la carta. Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Conoces la dirección?
—No.
—Yo sí.
—¿De quién es la casa?
June dobló la carta.
—Era de Richard Vale.
Eleanor sintió que el nombre volvía a aparecer en el centro de todo.
—¿Era?
—Hace años que está vacía.
—¿Qué es la habitación azul?
June negó con la cabeza.
—No lo sé.
Eleanor supo por su expresión que estaba mintiendo.
—Sí lo sabes.
—Sé que Rose tenía miedo de aquella casa.
—¿Por qué?
—Porque una vez me pidió que nunca entrara allí.
—¿Entraste?
June guardó silencio.
—June.
—Una vez.
—¿Cuándo?
—En 1991.
Eleanor se acercó a ella.
—¿Qué viste?
June miró hacia las ventanas del salón de té.
—Una habitación pintada de azul.
Eleanor esperó.
—Y una caja.
—¿Qué había dentro?
—Documentos.
—¿Qué documentos?
—No tuve tiempo de leerlos.
—¿Quién estaba allí?
June tardó tanto en contestar que Eleanor supo la respuesta antes de escucharla.
—Richard Vale.
La noche había caído sobre Bellwood cuando Eleanor llegó a la casa situada a las afueras.
Era una construcción grande, demasiado grande para la zona, con paredes cubiertas de hiedra y ventanas altas que reflejaban el cielo oscuro.
Llevaba años abandonada, pero no tenía el aspecto de una casa completamente olvidada.
La hierba estaba demasiado recortada alrededor de la entrada y una de las contraventanas había sido reparada recientemente.
Eleanor aparcó el coche junto al camino y permaneció dentro unos segundos, preguntándose quién podía haberle enviado la carta y por qué quería que fuera allí.
La puerta principal no estaba cerrada. Aquello fue suficiente para hacerla dudar.
Sacó el teléfono y entró. El interior olía a madera húmeda y polvo.
Había muebles cubiertos con sábanas, cuadros retirados de las paredes y cajas apiladas en los rincones.
Eleanor avanzó lentamente por el pasillo hasta encontrar una escalera.
En la pared había fotografías familiares.
Reconoció inmediatamente a Robert Vale en una de ellas.
Era más joven, quizá treinta años, y aparecía junto a Richard.
Los dos hermanos se parecían mucho. Pero no tenían la misma expresión.
Robert sonreía. Richard no. Eleanor subió las escaleras.
En el piso superior encontró tres habitaciones.
La primera estaba vacía. La segunda contenía una cama cubierta con una sábana.
La tercera tenía la puerta cerrada. El pomo estaba pintado de azul.
Eleanor lo giró. La habitación estaba completamente vacía, salvo por una mesa pequeña junto a la ventana.
Sobre la mesa había una caja. Eleanor se acercó.
No la abrió inmediatamente. Había aprendido que en Bellwood las cajas cerradas rara vez contenían algo que una persona sensata quisiera encontrar.
Finalmente levantó la tapa. Dentro había fotografías, cartas, documentos y una pequeña libreta negra.
Eleanor tomó la libreta y la abrió. Las primeras páginas estaban llenas de números y anotaciones que no comprendía.
Después encontró una fecha: agosto de 1991.
Debajo aparecía un nombre: Martin Whitby.
Eleanor siguió leyendo. No había frases completas, solo anotaciones breves, como si alguien hubiera escrito aquello para recordar hechos que después debía explicar: Martin sabe demasiado.
Clara ha hablado con Rose. Rose no va a colaborar. Hay que recuperar los papeles.
Eleanor pasó la página. La siguiente estaba arrancada.
La siguiente también. Entonces escuchó un ruido abajo.
No fue fuerte. Solo el crujido de una tabla.
Eleanor cerró la libreta y la sostuvo contra el pecho.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, intentando escuchar.
Otro crujido. Esta vez más cerca. Alguien estaba subiendo las escaleras.
Apagó la luz del teléfono y retrocedió hasta la pared.
La puerta de la habitación permanecía abierta unos centímetros y desde allí podía ver una parte del pasillo.
Una sombra apareció lentamente al otro lado.
Eleanor contuvo la respiración. La persona se detuvo frente a la puerta.
Después siguió caminando. Los pasos se alejaron.
Eleanor esperó varios segundos antes de salir.
No sabía quién había entrado en la casa ni si la había visto.
Tampoco sabía si la carta había sido una trampa o una advertencia.
Guardó la libreta dentro de su bolso y volvió a mirar la caja.
Entre las fotografías había una que reconoció inmediatamente.
Era la fotografía de agosto de 1991. La misma que Clara había llevado consigo.
Pero aquella copia tenía algo diferente.
En el reverso aparecía una anotación que no había visto en ninguna de las otras: La mujer de Rose no sabe que Martin la vio.
Eleanor sintió que el significado de aquella frase se le escapaba.
¿Quién era la mujer de Rose? ¿Clara? ¿Otra persona?
Volvió a mirar la fotografía. Entonces comprendió que quizá había estado interpretándola mal desde el principio.
Todos los interrogantes que había construido alrededor de Martin partían de una idea equivocada: que aquel hombre era la figura central de la fotografía porque era quien había desaparecido.
Pero tal vez Martin no era el secreto que Rose había intentado ocultar.
Tal vez él era quien había descubierto el secreto de otra persona.
Eleanor guardó la fotografía junto a la libreta y salió de la habitación azul.
Cuando bajó las escaleras, la casa volvió a parecer completamente vacía.
Sin embargo, al llegar a la puerta principal encontró algo que no estaba allí cuando había entrado: sobre el suelo, junto al felpudo, había una taza. Era azul.
Eleanor no la tocó. La observó desde unos centímetros de distancia, sintiendo que el aire de la casa parecía haberse vuelto repentinamente más frío.
Era exactamente igual a las piezas que Rose había conservado durante décadas, con la misma porcelana antigua y el mismo borde ligeramente gastado, pero tenía una característica que la distinguía de las demás: una pequeña grieta reparada atravesaba el asa y continuaba hacia el borde de la taza.
Eleanor recordó inmediatamente la que había entregado a la policía y comprendió que no podía tratarse de una coincidencia.
Alguien había querido que encontrara aquella taza allí, en la casa de Richard Vale, precisamente después de que descubriera la habitación azul y leyera el nombre de Martin en aquella libreta.
Y mientras Eleanor permanecía frente a la puerta sin atreverse todavía a tocar el objeto, comprendió algo que le resultó mucho más inquietante que la propia presencia de la taza: quien había dejado aquella prueba sabía exactamente qué estaba buscando, sabía que había ido hasta allí y, sobre todo, llevaba suficiente tiempo siguiendo sus pasos como para haber llegado antes que ella al lugar donde Rose había escondido una parte de la verdad.