El misterio de la taza azul Chapter 6
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Chapter 6

Durante los días siguientes a la muerte de Clara Whitby, Bellwood adquirió una forma peculiar de silencio.

No era el silencio que aparece después de una tragedia reciente, cuando las personas todavía no saben qué decir, sino uno mucho más antiguo, hecho de conversaciones interrumpidas, miradas que se desviaban y recuerdos que parecían haber sido cuidadosamente guardados durante demasiado tiempo.

En el salón de té, los clientes hablaban de Clara con una prudencia que Eleanor no había visto desde la muerte de Arthur Pembroke, pero había una diferencia evidente entre ambos acontecimientos.

Arthur había muerto después de una vida larga y conocida por todos, mientras que Clara había llegado al pueblo como alguien que pertenecía al pasado y había muerto antes de que nadie comprendiera realmente por qué había regresado.

La policía seguía investigando y el inspector Reed había dejado claro que no quería que Eleanor interfiriera, aunque tampoco parecía esperar que pudiera mantenerse completamente al margen.

La taza azul había regresado al salón de té dos días después, dentro de una caja transparente que Reed dejó personalmente sobre el mostrador.

No había explicado demasiado. Los análisis iniciales no habían encontrado restos suficientes de la sustancia utilizada para matar a Clara, pero tampoco habían descartado que la taza hubiera sido manipulada.

Eleanor la había colocado de nuevo en el armario, aunque ya no le parecía correcto que estuviera junto a las otras piezas de la vajilla.

La había envuelto en un paño limpio y la mantenía separada, como si fuera una reliquia cuya historia todavía no comprendía.

La pequeña línea de reparación seguía visible bajo la luz de la mañana, fina y delicada, casi invisible si uno no sabía que estaba allí.

Eleanor se preguntaba a menudo quién había reparado aquella taza treinta y cinco años atrás y, sobre todo, por qué había decidido conservarla Rose.

—La miras como si fuera a hablarte —comentó June una mañana mientras preparaba la masa de los bollos.

Eleanor levantó la cabeza.

—Estoy esperando que lo haga.

—Si empieza a hablar, yo me marcho.

—No te creo.

—Depende de lo que diga.

Eleanor sonrió, pero inmediatamente volvió a ponerse seria.

—Tenemos que hablar de 1991.

June dejó de remover la masa.

—Ya hemos hablado demasiado de ese año.

—No lo suficiente.

—Eso depende de a quién preguntes.

—Voy a preguntarte a ti.

June soltó el aire lentamente y se apoyó en la mesa.

—¿Qué quieres saber?

—Todo.

—Esa palabra siempre trae problemas.

—Entonces empecemos por algo sencillo. ¿Qué ocurrió aquel verano?

June permaneció unos segundos en silencio.

Afuera, una pareja cruzaba High Street bajo un paraguas demasiado pequeño para ambos.

El reloj de la pared marcaba las once y cuatro, como llevaba años haciéndolo, y desde la cocina llegaba el aroma de las manzanas que Eleanor había puesto a hornear.

Era una mañana completamente normal, pero June parecía haber regresado mentalmente a un lugar que estaba muy lejos de allí.

—Fue un verano caluroso —dijo finalmente.

Eleanor la miró con incredulidad.

—June.

—Me has pedido que empiece por algo sencillo.

—No estoy buscando información meteorológica.

—Pues deberías. Hacía mucho calor y la gente estaba de mal humor.

—¿Y Martin?

June bajó la mirada.

—Martin llegó a Bellwood en mayo.

—¿Vivía aquí?

—No exactamente. Su familia tenía una casa cerca del río. Clara vino con él unas semanas después.

—¿Y Rose?

—Rose conocía a Clara desde antes.

—Eso ya lo sabía.

—No sabes cuánto.

Eleanor esperó.

—Clara se quedó en casa de Rose durante varias semanas —continuó June—.

Decía que estaba allí porque necesitaba tranquilidad para terminar unos estudios, aunque nadie creyó realmente esa explicación.

Clara y Rose pasaban mucho tiempo juntas.

Cocinaban, hablaban, caminaban por el pueblo.

Parecían amigas íntimas, pero había momentos en que uno tenía la impresión de que Rose estaba vigilándola.

—¿Vigilándola?

—Protegiéndola, quizá.

—¿De quién?

June negó con la cabeza.

—Eso nunca lo supe.

—¿Y Martin?

—Martin era diferente.

—¿Cómo?

—Más reservado. Más desconfiado. No le gustaba que la gente preguntara por sus asuntos y tenía la costumbre de desaparecer durante horas.

—¿A dónde iba?

—Al embarcadero.

Eleanor recordó inmediatamente la fotografía.

—La imagen que encontré en el álbum.

June asintió.

—Rose no quería que se hicieran fotografías aquel día.

Eleanor sintió que acababa de escuchar algo importante.

—¿Por qué?

—Porque Martin había discutido con alguien.

—¿Con quién?

June se pasó una mano por el cabello.

—No lo sé.

—June, por favor.

—Eleanor, si hubiera sabido quién era, probablemente te lo habría dicho hace años. Pero yo no estaba allí cuando comenzó la discusión.

—¿Cuándo llegaste?

—Después.

—¿Qué viste?

June miró hacia la puerta de la cocina antes de responder.

—Vi a Martin sentado en uno de los bancos del embarcadero. Tenía sangre en el labio.

Eleanor permaneció inmóvil.

—¿Estaba herido?

—No parecía grave.

—¿Y quién estaba con él?

—Nadie.

—En la fotografía aparece alguien.

—Ya te he dicho que no sé quién era.

—Pero sabes que había alguien.

June la miró directamente.

—Sí.

La respuesta hizo que Eleanor sintiera una presión incómoda en el pecho.

—¿Y qué pasó después?

—Rose llegó.

—¿Y?

—Hablaron. Martin quería marcharse.

—¿De Bellwood?

—Eso creo.

—¿Rose intentó detenerlo?

—No.

June hizo una pausa.

—Le dijo que no volviera a confiar en determinadas personas.

—¿Qué personas?

—No lo sé.

Eleanor se levantó para preparar café. Necesitaba moverse.

Las piezas empezaban a acumularse sobre la mesa, pero todavía no formaban una imagen clara.

Martin había discutido con alguien, había resultado herido y había querido marcharse.

Rose había intentado advertirle de algo.

Clara había regresado treinta y cinco años después buscando una taza. Y ahora estaba muerta.

—¿Qué ocurrió el día que desapareció? —preguntó Eleanor.

June cerró los ojos durante un instante.

—No desapareció exactamente ese día.

Eleanor se volvió.

—¿Qué significa eso?

—Martin estuvo en Bellwood varias veces después de aquella noche.

—¿Lo viste?

—Una vez.

—¿Cuándo?

—Unos días después.

—¿Y por qué todo el mundo dice que desapareció?

June no respondió.

—June.

—Porque era más fácil.

—¿Más fácil que qué?

—Que contar la verdad.

Aquellas palabras quedaron flotando en el aire. Eleanor dejó lentamente la cafetera sobre la mesa.

—¿Qué verdad?

June negó con la cabeza.

—No me corresponde a mí.

—¿A quién corresponde?

—A Rose.

—Rose está muerta.

—Entonces quizá nunca la sabremos.

Eleanor pensó en la habitación de Rose, en el armario antiguo, en las cajas que todavía no había terminado de revisar y en la letra de su antigua propietaria escrita en cientos de papeles que aparentemente no significaban nada.

Durante años Rose había llevado una vida tranquila y sencilla, pero cada vez parecía más evidente que aquella tranquilidad escondía una enorme cantidad de cosas que había decidido no contar.

Aquella tarde Eleanor visitó a Margaret Ellis en Rose Cottage.

La pensión se encontraba a pocas calles del salón de té y conservaba todavía el aspecto acogedor que había tenido durante décadas.

Margaret había dejado de recibir huéspedes desde la muerte de Clara, aunque la policía ya le había permitido volver a utilizar la habitación.

Eleanor la encontró sentada junto a la ventana, cosiendo una pequeña funda para cojín.

—Sabía que vendrías —dijo Margaret sin levantar la vista.

—Eso me hace sentir incómoda.

—Debería.

Eleanor se sentó frente a ella.

—Necesito preguntarte por Martin Whitby.

La aguja se detuvo.

—No.

—No puedes responder antes de que haga la pregunta.

—Sí puedo.

—Lo acabas de demostrar.

Margaret sonrió ligeramente.

—Siempre has tenido la lengua de tu tía.

—No era mi tía.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué lo dices?

—Porque Rose habría hecho exactamente lo mismo que tú. Preguntar hasta que alguien se cansara.

—¿Funcionaba?

—Conmigo, no.

Eleanor se inclinó hacia delante.

—Clara estuvo aquí en 1991.

—Sí.

—Martin también.

—Sí.

—¿Qué ocurrió?

Margaret dejó la costura sobre su regazo.

—No ocurrió nada que pueda contarte.

—Clara murió hace unos días.

—Lo sé.

—Y antes de morir buscaba algo que Rose escondió.

Margaret levantó lentamente la mirada.

—¿La taza?

Eleanor sintió un escalofrío.

—¿Cómo sabes que era una taza?

Margaret no respondió inmediatamente.

—Porque Rose me habló de ella.

—¿Cuándo?

—En 1991.

—¿Qué te dijo?

—Que si algún día alguien venía preguntando por una taza azul, debía decir que no sabía de qué estaba hablando.

Eleanor se quedó mirándola.

—¿Y has seguido esa instrucción durante treinta y cinco años?

—Sí.

—Eso es mucho tiempo.

—Rose era muy convincente.

—¿Qué había en la taza?

Margaret frunció el ceño.

—Nunca lo supe.

—¿Rose tampoco te lo dijo?

—No.

—¿Entonces por qué tenías que protegerla?

—Porque Rose me pidió que lo hiciera.

—Eso no es suficiente.

—Para mí sí.

Eleanor se levantó, frustrada.

—Todos estáis protegiendo a Rose incluso después de muerta.

Margaret la miró con una expresión triste.

—No protegemos a Rose.

—¿Entonces qué protegéis?

Margaret tardó unos segundos en responder.

—A los vivos.

Eleanor sintió que aquella frase era mucho más importante de lo que parecía. Antes de marcharse, Margaret añadió algo.

—Hay otra persona a la que deberías preguntar.

—¿Quién?

—Helen Carter.

—¿Por qué ella?

—Porque fue la última persona que vio a Martin antes de que todo cambiara.

Eleanor se detuvo junto a la puerta.

—¿La última persona?

Margaret asintió.

—Eso es lo que Rose creía.

El nombre de Helen ya aparecía en la fotografía.

Era una de las mujeres que estaban junto a Rose aquel agosto de 1991, y hasta aquel momento Eleanor había pensado en ella simplemente como otra vecina de Bellwood.

Ahora comprendía que cada rostro de aquella imagen podía esconder una historia diferente.

Helen vivía en una pequeña casa situada al otro lado de la plaza.

Eleanor la encontró regando unas plantas que parecían haber sobrevivido milagrosamente al otoño.

Era una mujer de cabello blanco, espalda todavía recta y una expresión que transmitía la sensación de que llevaba muchos años observando a las personas antes de decidir si merecían su confianza.

—No quiero hablar de Martin —dijo Helen antes incluso de que Eleanor terminara de presentarse.

—Eso me han dicho todos.

—Entonces deberías aprender a escuchar.

—Estoy aprendiendo.

Helen dejó la regadera sobre el suelo.

—¿Qué quieres saber?

—La verdad.

La mujer soltó una pequeña risa.

—Nadie quiere la verdad, querida. La gente quiere una versión de los hechos que le permita dormir.

—Yo puedo dormir perfectamente.

—Eso dices ahora.

Eleanor le explicó lo ocurrido con Clara, la fotografía desaparecida y la taza azul. Helen escuchó sin interrumpir. Cuando Eleanor terminó, permaneció unos instantes mirando las plantas.

—Entonces Clara regresó.

—Sí.

—Sabía que lo haría algún día.

—¿Por qué?

—Porque nunca aceptó que Martin se hubiera ido.

Eleanor sintió que aquella frase confirmaba algo que llevaba varios días sospechando.

—Martin no se marchó.

Helen no respondió.

—¿Verdad?

—Martin se marchó de Bellwood.

—Eso no es lo mismo.

Helen la miró.

—No.

—¿Adónde fue?

—No lo sé.

—¿Lo viste después de 1991?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Una vez.

—¿Dónde?

Helen cerró la puerta del jardín antes de contestar.

—En la estación.

Eleanor sintió que algo encajaba.

—¿Iba a coger un tren?

—Sí.

—¿Estaba solo?

—No.

—¿Con quién?

Helen no respondió.

—Helen.

La mujer la miró fijamente.

—Con Rose.

Eleanor sintió un pequeño vacío en el estómago.

—¿Rose acompañó a Martin a la estación?

—Sí.

—Entonces Rose sabía que se marchaba.

—Por supuesto.

—¿Y por qué todo el mundo dice que desapareció?

Helen bajó la voz.

—Porque Martin no quería que nadie supiera adónde iba.

—¿Ni siquiera Clara?

—Especialmente Clara.

Eleanor se quedó callada.

—¿Por qué?

Helen negó con la cabeza.

—Eso tendrás que preguntárselo a alguien que conozca la historia completa.

—¿Quién?

Helen levantó la mirada hacia ella.

—Thomas Bell.

El mismo nombre.

Eleanor sintió que el misterio comenzaba a cerrarse alrededor de un pequeño grupo de personas que llevaban treinta y cinco años evitando hablar. Aquella noche, al regresar al salón de té, Eleanor encontró a June esperando en la cocina. Sobre la mesa había una caja de cartón antigua.

—¿Qué es eso?

—Algo que deberías ver.

June abrió la caja.

Dentro había varias fotografías, algunas cartas y pequeños objetos pertenecientes a Rose.

Eleanor comenzó a revisar el contenido hasta encontrar una imagen que le hizo detenerse.

Era una fotografía de agosto de 1991. Pero no era la misma.

En aquella aparecían Rose, Clara, Margaret, Helen y June delante del salón de té.

Martin no estaba. Eleanor levantó la mirada.

—¿De dónde ha salido?

—La tenía Rose.

—¿Por qué hay dos fotografías?

June señaló el reverso. Eleanor le dio la vuelta.

Había una anotación escrita a mano: La primera fotografía no muestra a todos.

Eleanor volvió lentamente la imagen. Entonces comprendió que había estado buscando a Martin en la fotografía equivocada.

La segunda fotografía mostraba exactamente el mismo lugar, tomada desde un ángulo ligeramente diferente.

Al fondo, junto a la ventana del salón de té, aparecía Martin.

Y junto a él había otra persona. Un hombre.

Eleanor acercó la fotografía a la lámpara.

—¿Quién es?

June permaneció en silencio.

—June, ¿quién es ese hombre?

La mujer no respondió inmediatamente. Cuando finalmente lo hizo, su voz había cambiado.

—Se llamaba Richard Vale.

Eleanor sintió que el nombre le resultaba familiar. No por aquella fotografía. Por otra historia mucho más reciente.

—¿Richard Vale? —preguntó.

June asintió.

—El hermano de Robert Vale.

Eleanor recordó entonces al abogado relacionado con el misterio anterior, al hombre cuya sombra todavía parecía extenderse sobre algunas de las historias más incómodas de Bellwood.

Miró de nuevo la fotografía y comprendió que el pasado que Clara había venido a desenterrar no era una historia aislada de una mujer llamada Rose, sino algo que podía estar conectado con personas que Eleanor creía haber conocido mucho mejor de lo que en realidad las conocía.

Y por primera vez desde que había encontrado aquella fotografía, Eleanor dejó de preguntarse quién era el hombre que aparecía junto a Martin.

Empezó a preguntarse qué había ocurrido entre los dos.