Chapter 5 #2
Eleanor se levantó y fue hasta una de las estanterías donde conservaba antiguos álbumes de fotografías de Bellwood.
No sabía exactamente qué buscaba, pero había aprendido que en los pueblos pequeños las fotografías tenían una memoria mucho más fiable que las personas.
Buscó durante casi media hora hasta encontrar un álbum con una etiqueta escrita por Rose: Bellwood, 1989-1993 .
Se sentó de nuevo y comenzó a pasar las páginas.
Había fiestas, bodas, picnics, ferias, cumpleaños y fotografías delante de la iglesia.
Aparecía prácticamente todo el pueblo. En varias imágenes reconoció a Rose y a June.
En otras aparecía Margaret. Helen también estaba allí.
Pero Martin no aparecía en ninguna. Hasta que llegó a una fotografía tomada en septiembre de 1991.
Era una imagen borrosa del antiguo embarcadero.
Eleanor acercó la lupa. Había tres personas al fondo.
Una era Rose. La segunda era un hombre que parecía Martin. La tercera no podía identificarla.
Eleanor volvió a mirar la fotografía de agosto y después la del embarcadero. La postura del hombre era prácticamente idéntica. El mismo cabello oscuro, la misma chaqueta clara y la misma manera de mantener un hombro ligeramente inclinado. Martin había estado allí. Y alguien más había estado con él.
Eleanor pasó la página del álbum. La siguiente fotografía estaba fechada dos días después. El embarcadero aparecía vacío. En el reverso, con la letra de Rose, había una frase que hizo que Eleanor se quedara inmóvil.
No volver a hablar de esto.
La tinta estaba algo desvaída, pero las palabras eran perfectamente legibles.
Eleanor pasó el dedo por encima sin tocar realmente el papel.
Después volvió a mirar la fotografía de la taza azul que había hecho la noche anterior.
Recordó la pequeña reparación de la porcelana, las palabras de Clara y la insistencia de Rose en que aquella pieza no fuera utilizada con los clientes.
De pronto, la taza dejó de parecerle simplemente un escondite.
Podía haber sido un objeto que Rose había conservado porque contenía algo que no debía encontrarse.
En ese momento alguien llamó a la puerta del despacho.
Eleanor cerró rápidamente el álbum. Era Thomas Bell, un hombre de setenta años que vivía cerca de la plaza y que había conocido a Rose desde niño.
Entró sin esperar demasiada invitación, algo que en Bellwood se consideraba perfectamente aceptable cuando se tenía cierta edad.
—Me han dicho que la policía estuvo aquí.
—La policía estuvo aquí.
Thomas miró el escritorio.
—Han encontrado a la mujer muerta, ¿verdad?
—Sí.
—Una pena.
Eleanor lo observó.
—¿La conocías?
Thomas tardó demasiado en responder.
—La conocí hace muchos años.
—En 1991.
El hombre levantó la mirada.
—¿Quién te ha contado eso?
—La fotografía.
Thomas soltó un suspiro.
—Rose siempre debió destruirla.
Eleanor sintió que acababa de abrirse una puerta.
—¿Por qué?
Thomas miró hacia la ventana del despacho.
—Porque hay fotografías que no deberían sobrevivir a las personas que aparecen en ellas.
—¿Martin Whitby murió?
Thomas volvió a mirarla.
—No lo sé.
—¿Se marchó?
—Eso fue lo que dijeron.
—¿Quiénes?
Thomas no respondió.
Eleanor se puso de pie.
—Thomas, Clara Whitby ha sido asesinada.
El hombre bajó la cabeza.
—Lo sé.
—Y antes de morir buscaba una taza que Rose escondió durante treinta y cinco años.
Thomas cerró los ojos durante un instante.
—Entonces ya la ha encontrado alguien.
Eleanor sintió que la sangre se le enfriaba.
—¿Qué quieres decir?
Thomas abrió los ojos.
—Que si la taza ha vuelto, entonces el pasado también.
Antes de que Eleanor pudiera hacer otra pregunta, Thomas se marchó. Ella permaneció inmóvil junto al escritorio, escuchando sus pasos alejarse por el pasillo. Después abrió nuevamente el álbum y volvió a mirar la fotografía del embarcadero. Tres figuras. Rose. Martin. Una tercera persona.
Durante varios minutos intentó distinguir el rostro de aquella persona, pero la imagen era demasiado pequeña y la calidad demasiado mala.
Entonces recordó algo que Clara había dicho el primer día, una frase que en aquel momento había parecido una simple explicación sobre la fotografía: Hay personas que aparecen en una fotografía aunque nadie quiera recordarlas.
Eleanor cerró el álbum.
Cuando aquella noche bajó la persiana del salón de té, Bellwood estaba completamente oscuro.
Las luces de las casas se reflejaban sobre la calle mojada y la iglesia había quedado reducida a una silueta negra contra el cielo.
Eleanor comprobó dos veces que la puerta estuviera cerrada y subió al piso superior.
Antes de apagar las luces del despacho, sin embargo, regresó a la mesa y tomó la copia de la fotografía de 1991.
La observó una última vez, allí estaban Rose, Margaret, Helen, June, Clara y Martin.
Y detrás de todos ellos, casi oculto por la sombra de la ventana, había algo que Eleanor no había visto antes.
Una segunda silueta. No estaba segura de si era una persona o simplemente el reflejo de alguien situado fuera de la imagen.
Acercó el teléfono para ampliar aquella zona y, durante unos segundos, creyó distinguir el perfil de un hombre.
Entonces comprendió algo mucho peor. La fotografía no mostraba solamente a las personas que habían estado allí aquel verano. Mostraba a alguien que había querido asegurarse de que nadie olvidara que también estaba allí.