Chapter 5
La noticia de la muerte de Clara Whitby tardó menos de tres horas en recorrer Bellwood de una punta a otra.
A media mañana ya se comentaba en la panadería, en la oficina de correos, frente a la iglesia y, por supuesto, en el salón de té, aunque allí Eleanor procuraba que las conversaciones no fueran demasiado lejos.
No era difícil imaginar lo que estaba ocurriendo en el resto del pueblo.
Bellwood tenía aquella particularidad de los lugares pequeños en los que todo el mundo conocía los acontecimientos antes incluso de conocer los detalles, y donde una persona podía descubrir que había sido vista entrando en una tienda en la que jamás había estado simplemente porque alguien había confundido su abrigo con el de otra.
La muerte de Clara, sin embargo, tenía una cualidad distinta.
No era una anciana del pueblo que hubiera fallecido tranquilamente en su cama ni una visitante que hubiera sufrido un accidente.
Era una mujer que había llegado después de treinta y cinco años, había preguntado por Rose, había hablado de una taza azul y había aparecido muerta al día siguiente.
Incluso sin conocer la mitad de la historia, Bellwood tenía motivos suficientes para sentirse intrigado.
Eleanor intentó mantener abierto el salón de té durante toda la mañana, aunque le costaba concentrarse en el trabajo.
Había aprendido, desde la muerte de Arthur Pembroke, que un establecimiento como aquel no podía permitirse el lujo de cerrar cada vez que ocurría algo desagradable.
La gente acudía precisamente porque esperaba encontrar allí una sensación de normalidad, y la normalidad, comprendió Eleanor, no siempre consistía en que todo estuviera bien, sino en que alguien continuara sirviendo té aunque las cosas no lo estuvieran.
Preparó bollos, revisó las reservas para el almuerzo y discutió con un proveedor que había vuelto a enviarle una caja de té negro cuando había pedido Earl Grey, pero todo lo hacía mecánicamente.
De vez en cuando sus ojos se dirigían hacia el lugar donde había estado la caja con la taza azul, y cada vez recordaba que la policía se la había llevado para examinarla.
June, en cambio, parecía haber decidido que la mejor manera de enfrentarse a la situación era trabajar más deprisa de lo habitual.
Iba de una mesa a otra con una energía casi militar, retirando platos, rellenando teteras y reprendiendo a los clientes que dejaban los periódicos abiertos sobre las mesas como si estuvieran ocupando una sala de lectura pública.
Cuando una mujer llamada Mrs. Carter preguntó con fingida inocencia si era cierto que la visitante de Rose Cottage había muerto envenenada, June le respondió que el té de la casa no había matado a nadie en treinta años y que esperaba mantener aquella estadística durante otros treinta.
Eleanor tuvo que morderse el labio para no sonreír, aunque sabía que la broma escondía una preocupación mucho más profunda.
—No deberías bromear con eso —le dijo Eleanor cuando la mujer se marchó.
—Si no bromeo, tendré que gritar.
—Eso podría resultar incómodo para los clientes.
—Y además agotaría mi voz.
Eleanor la miró.
—¿Estás asustada?
June continuó colocando cucharillas en una bandeja.
—Estoy preocupada.
—No es lo mismo.
—A mi edad una aprende que las palabras son importantes.
—Eso no ha respondido a mi pregunta.
June levantó finalmente los ojos.
—Sí.
Fue una respuesta tan sencilla que Eleanor no supo qué añadir.
Poco después del mediodía, el inspector Reed regresó al salón de té.
Esta vez venía solo. Cerró la puerta tras de sí y permaneció unos segundos junto al recibidor, observando el local antes de acercarse a Eleanor.
Ella notó inmediatamente que algo había cambiado en su expresión.
No parecía más severo, pero sí más concentrado, como si hubiera pasado las últimas horas reuniendo piezas de un rompecabezas que todavía no encajaban.
—¿Puedo hablar contigo?
—Supongo que eso significa que no has venido a tomar el té.
—Hoy no.
—Qué decepción.
Una leve sonrisa apareció en el rostro de Reed.
—Quizá otro día.
Eleanor lo condujo hasta la mesa del fondo. June los observó desde la cocina, pero no se acercó. Reed sacó una carpeta del interior de su abrigo y la dejó sobre la mesa.
—Los primeros resultados confirman que Clara Whitby murió por envenenamiento.
Eleanor mantuvo las manos sobre la mesa.
—¿Qué veneno?
—Todavía no tenemos el informe completo.
—Entonces ¿cómo sabéis que fue envenenada?
—Porque la sustancia apareció en una de las bebidas que tomó.
Eleanor sintió un escalofrío.
—¿Té?
Reed asintió.
—Sí.
Durante unos segundos Eleanor pensó en la taza azul que Clara había pedido utilizar el día anterior. La recordó entre sus manos, la manera cuidadosa en que había acariciado el borde y la expresión casi nostálgica que había aparecido en su rostro.
—¿La taza?
—No lo sabemos todavía.
—Pero la taza azul estaba relacionada con ella.
—Eso parece.
Reed abrió la carpeta.
—Hay algo más. La habitación de Clara estaba cerrada cuando la encontraron. No había señales evidentes de que alguien hubiera entrado por la fuerza y no encontramos la fotografía.
—Entonces alguien se la llevó.
—Probablemente.
—¿Por qué?
—Esa es precisamente la pregunta.
Eleanor recordó las palabras de Clara: algunas personas han esperado treinta y cinco años para que nadie encuentre esa taza . Hasta aquel momento había interpretado la frase como una advertencia misteriosa, casi teatral. Ahora le parecía algo mucho más concreto.
—Creo que Clara sabía que estaba en peligro.
Reed no respondió.
—¿No lo crees?
—Creo que una persona que regresa a un pueblo después de treinta y cinco años para buscar algo que alguien ocultó puede tener muchos motivos para sentirse inquieta.
—Eso no es una respuesta.
—Es la respuesta que puedo darte ahora.
Eleanor se inclinó ligeramente hacia él.
—¿Quién era Martin Whitby?
La reacción del inspector fue mínima, pero suficiente para que Eleanor la percibiera.
—¿Por qué preguntas por él?
—Porque aparecía en la fotografía.
—¿Lo viste claramente?
—No al principio. Después sí.
—Descríbemelo.
Eleanor recordó la imagen.
—Un hombre joven. Quizá treinta años. Pelo oscuro. Estaba cerca de una ventana. Parecía estar intentando no aparecer en la fotografía.
Reed permaneció callado durante unos segundos.
—Martin Whitby era el hermano mayor de Clara.
—¿Y qué le ocurrió?
—Desapareció.
La palabra quedó suspendida entre ambos.
—¿Cuándo?
—En 1991.
Eleanor sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco.
—El mismo año de la fotografía.
—Sí.
—¿Qué significa desapareció? ¿Se marchó?
—Eso es lo que se creyó.
—¿Y ahora?
Reed cerró la carpeta.
—Ahora sabemos que la historia no está tan clara.
Eleanor se quedó mirándolo.
—¿Por qué no me dijiste esto antes?
—Porque no sabía que era relevante.
—Y ahora sí.
—Ahora una mujer que conocía a Martin ha aparecido muerta después de regresar al pueblo y buscar una taza que perteneció a Rose.
—Eso suena bastante relevante.
—Lo es.
Reed se levantó, pero antes de marcharse añadió algo.
—Quiero que pienses en todas las personas que aparecen en esa fotografía.
—Ya lo he hecho.
—Hazlo otra vez.
—¿Por qué?
—Porque alguien de esa fotografía sabía algo.
Eleanor no respondió.
—Y quizá todavía lo sabe.
Cuando el inspector salió, Eleanor permaneció sentada unos instantes. June apareció con dos tazas de café y dejó una delante de ella.
—He oído lo suficiente.
—¿Cuánto?
—Lo importante.
Eleanor levantó la mirada.
—Martin desapareció en 1991.
June no mostró sorpresa.
Eso fue precisamente lo que inquietó a Eleanor.
—Tú ya lo sabías.
June se sentó lentamente frente a ella.
—Todo el pueblo lo sabía.
—No me refiero a que supierais que desapareció. Me refiero a que sabías que había algo más.
June tomó la taza entre las manos.
—No todo lo que uno sabe es algo que pueda contar.
—¿Por qué?
—Porque algunas cosas pertenecen a otras personas.
—Martin está muerto, Clara está muerta y Rose también. ¿A quién pertenece ahora el secreto?
June levantó los ojos.
—Quizá a alguien que todavía vive.
Aquella respuesta hizo que Eleanor dejara de insistir.
No porque estuviera satisfecha, sino porque comprendió que June había llegado a un límite que no estaba dispuesta a cruzar.
Había conocido a Rose durante demasiados años y había vivido en Bellwood durante demasiado tiempo como para olvidar determinadas historias.
Eleanor comenzó a comprender que el problema no consistía en averiguar quién sabía la verdad, sino en descubrir cuánto de aquella verdad estaba dispuesto a reconocer cada uno.
Por la tarde, Eleanor sacó del cajón de su despacho una copia de la fotografía que había hecho antes de que Clara se marchara.
No era una reproducción perfecta, pero permitía distinguir las figuras.
La colocó sobre la mesa y la estudió con una lupa que había pertenecido a Arthur Pembroke.
La imagen mostraba la fachada del salón de té en agosto de 1991.
Rose aparecía sentada en una silla junto a la puerta, mucho más joven de lo que Eleanor la había conocido en sus últimos años.
A su lado estaban Margaret, Helen y June, todas sonrientes.
Clara aparecía un poco apartada del grupo, mirando hacia la cámara con una expresión que no era exactamente alegre.
Detrás de ellas, casi escondido entre la sombra de la ventana y el marco de la puerta, estaba Martin.
Eleanor amplió la imagen con el teléfono y observó su rostro.
Había algo extraño en él. No parecía estar evitando la fotografía.
Parecía estar mirando a alguien que se encontraba detrás de la persona que la estaba tomando.