El misterio de la taza azul Chapter 4
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Chapter 4

La lluvia había continuado durante toda la noche y, cuando Eleanor llegó al salón de té a primera hora de la mañana, Bellwood parecía todavía medio dormido bajo una capa de nubes bajas y húmedas.

Las calles brillaban bajo la luz gris del amanecer, las ramas de los árboles goteaban sobre las aceras y frente a la iglesia se habían formado pequeños charcos que reflejaban las ventanas de las casas.

Eleanor llevaba la taza azul envuelta en un paño dentro de una caja de cartón que había dejado cuidadosamente sobre el asiento del coche.

No había querido dejarla en el salón de té durante la noche y tampoco se había atrevido a llevarla a casa.

Después de descubrir aquella reparación, la idea de guardarla en un lugar cualquiera le había parecido tan absurda como dejar un documento importante sobre una mesa de restaurante.

Había pasado parte de la noche preguntándose qué podía haber dentro de una taza de porcelana, y aunque su imaginación le había ofrecido posibilidades cada vez más disparatadas, desde una joya hasta una carta doblada de alguna antigua amante de Rose, ninguna explicación parecía justificar la inquietud que había visto en el rostro de Clara Whitby.

June ya estaba en la cocina cuando Eleanor entró. La encontró preparando café y cortando unas manzanas para una tarta, con la misma serenidad de siempre, como si la noche anterior no hubiera ocurrido absolutamente nada. Eleanor dejó el abrigo en el perchero y colocó la caja sobre una estantería.

—La he encontrado —dijo.

June dejó el cuchillo sobre la tabla.

—¿Qué?

—La taza.

Durante unos segundos June no hizo ningún movimiento. Después miró hacia la caja y volvió a mirar a Eleanor.

—¿Dónde estaba?

—En la puerta.

—¿Quién la dejó?

—No lo sé.

June se secó las manos con un paño y se acercó lentamente. Eleanor abrió la caja y retiró el paño que protegía la porcelana. June contempló la taza sin tocarla.

—Es la misma —dijo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque la recuerdo.

Eleanor levantó la mirada.

—¿La recuerdas de 1991?

June asintió.

—Rose la tenía entonces.

—Clara dijo que la rompió.

—Clara decía muchas cosas.

—¿Y tú?

June suspiró.

—Yo también.

Eleanor estuvo a punto de insistir cuando el sonido de la campanilla de la puerta principal anunció que había llegado el primer cliente.

La conversación quedó interrumpida y, durante la siguiente hora, ambas tuvieron que ocuparse del funcionamiento del salón de té.

Sin embargo, Eleanor notó que June evitaba acercarse a la taza y que cada vez que pasaba junto a la estantería donde estaba guardada la caja dirigía hacia ella una mirada rápida.

La normalidad de la mañana parecía cada vez más artificial.

A las nueve y cuarto, Clara no había aparecido.

A las nueve y media tampoco. Eleanor comenzó a pensar que quizá había decidido abandonar Bellwood.

La mujer había hablado de regresar, pero no había concretado cuándo, y después de la conversación del día anterior podía entenderse que quisiera mantenerse alejada del salón de té.

A las diez menos cuarto, sin embargo, entró en el establecimiento una mujer joven que Eleanor reconoció vagamente como la encargada de Rose Cottage, una pequeña pensión situada en la calle que bajaba hacia el río.

Se llamaba Margaret Ellis y había hablado con Eleanor en alguna ocasión, aunque nunca habían tenido una relación especialmente cercana.

Aquella mañana estaba pálida y llevaba el cabello recogido de cualquier manera, como si se hubiera vestido deprisa.

—Eleanor, necesito hablar contigo.

La forma en que lo dijo hizo que Eleanor dejara inmediatamente la bandeja que estaba preparando.

—¿Qué ha ocurrido?

Margaret miró alrededor para comprobar que no hubiera clientes demasiado cerca.

—Es Clara Whitby.

Eleanor sintió que el estómago se le encogía.

—¿Qué pasa con ella?

Margaret tragó saliva antes de responder.

—La he encontrado muerta.

Durante unos segundos el ruido del salón de té pareció alejarse. Eleanor miró a Margaret intentando encontrar en su expresión alguna señal de que se trataba de un malentendido, pero no había ninguna.

—¿Dónde?

—En su habitación.

—¿Cuándo?

—Esta mañana. Una de las huéspedes me dijo que no respondía. Fui a llamar a su puerta y la encontré en la cama.

June había escuchado la conversación desde la cocina y apareció inmediatamente.

—¿Está segura?

Margaret asintió.

—Sí.

—¿Has llamado a la policía?

—Ya están allí.

Eleanor miró instintivamente hacia la caja que contenía la taza azul.

La muerte de Clara, después de todo lo que había ocurrido el día anterior, no podía parecer una coincidencia.

Sin embargo, la parte racional de su mente le recordó que no sabía absolutamente nada sobre aquella mujer, que no conocía su vida, sus problemas ni las circunstancias de su regreso.

Podía haber sufrido una enfermedad, un accidente o cualquier otra desgracia que no tuviera relación alguna con Bellwood.

Aun así, cuando Margaret añadió que la policía quería hablar con Eleanor porque Clara había mencionado el salón de té la noche anterior, aquella explicación tranquilizadora dejó de resultar convincente.

El inspector Daniel Reed llegó poco después de las diez y media acompañado por otro agente.

Eleanor lo había conocido durante la investigación de la muerte de Arthur Pembroke y no necesitó explicarle demasiado para que comprendiera por qué la noticia la había alterado.

Reed era un hombre de unos cincuenta años, de aspecto tranquilo y modales contenidos, con el cabello oscuro empezando a mostrar canas en las sienes.

Tenía la costumbre de observar durante unos segundos antes de formular una pregunta, algo que Eleanor había aprendido a considerar más inquietante que cualquier interrogatorio agresivo.

—Señora Blake —dijo al entrar—. Lamento que tengamos que volver a encontrarnos en estas circunstancias.

—Yo también.

Reed miró a June y después a Margaret.

—¿Podemos hablar en privado?

Eleanor condujo al inspector hasta una mesa del fondo.

Durante los siguientes minutos respondió a sus preguntas sobre Clara: cuándo había llegado, qué había dicho, cuánto tiempo había permanecido en el salón de té y qué relación afirmaba tener con Rose.

Cuando mencionó la fotografía de 1991, Reed levantó ligeramente las cejas.

—¿La fotografía sigue aquí?

—No. Clara se la llevó.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿Y habló de una taza?

Eleanor dudó.

—Sí.

Reed la observó con atención.

—¿Qué taza?

—Una de las antiguas tazas azules de Rose.

—¿La que falta?

Eleanor sintió una pequeña incomodidad.

—¿Cómo sabe que falta una?

—Todavía no lo sé. Por eso se lo pregunto.

Eleanor decidió contarle lo ocurrido. Le explicó que había encontrado la taza la noche anterior, que Clara había hablado de ella y que la pieza presentaba una pequeña reparación. Reed escuchó sin interrumpirla y después pidió verla.

Eleanor llevó la caja hasta la mesa.

Cuando retiró el paño, Reed examinó la taza sin tocarla.

—¿Está segura de que es una de las piezas de Rose?

—Sí.

—¿Quién más sabía que la tenía?

Eleanor pensó en June.

—June.

El inspector miró hacia la cocina.

—¿Y Clara?

—Clara sabía que existía, pero no que la había recuperado.

Reed volvió a mirar la taza.

—Entonces quizá convenga que no la toque nadie hasta que podamos examinarla.

Eleanor asintió.

—¿Cree que Clara fue asesinada?

El inspector no respondió inmediatamente.

—Todavía no puedo afirmarlo. Pero hay circunstancias que nos hacen pensar que su muerte no fue natural.

La respuesta bastó para que Eleanor sintiera un frío repentino.

—¿Qué circunstancias?

—El médico que acudió a la pensión ha encontrado indicios compatibles con una intoxicación. El análisis determinará qué ocurrió exactamente.

June, que se había acercado discretamente durante la conversación, escuchó aquellas palabras y palideció.

—¿Veneno? —preguntó.

Reed asintió.

—Es una de las posibilidades.

Nadie habló durante unos segundos. Afuera, una furgoneta pasó lentamente por High Street y dejó una fina estela de agua sobre el asfalto.

Eleanor pensó en Clara sentada el día anterior junto a la ventana, sosteniendo una taza de té y mirando hacia la colección azul de Rose.

Recordó también la manera en que había insistido en utilizar una pieza concreta y la advertencia que le había hecho antes de marcharse.

Si Clara había sido envenenada, entonces alguien podía haber sabido lo que buscaba.

—Inspector —dijo Eleanor—, hay algo más.

Reed levantó la mirada.

—La fotografía.

—¿Qué ocurre con ella?

—Clara la llevaba consigo cuando vino ayer. Era una fotografía de 1991 en la que aparecían Rose, June, Margaret, Helen, Clara y un hombre llamado Martin Whitby.

Reed permaneció inmóvil.

—¿Martin Whitby?

—Su hermano.

—¿Y dónde está la fotografía ahora?

—No lo sé.

El inspector tomó lentamente su libreta.

—¿No estaba en la habitación?

—No.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Margaret.

Reed se volvió hacia la mujer, que había permanecido junto a la puerta.

—¿Encontró usted alguna fotografía?

Margaret negó con la cabeza.

—No.

—¿Está segura?

—Sí. La habitación estaba bastante ordenada. El bolso estaba sobre una silla y había algunas cosas encima de la mesa, pero no vi ninguna fotografía.

Eleanor observó el rostro de Reed. Por primera vez desde que había llegado, el inspector parecía verdaderamente preocupado.

—Entonces tenemos dos preguntas —dijo—. Quién tenía un motivo para matar a Clara Whitby y dónde está la fotografía que llevaba consigo.

Eleanor miró la caja de la taza azul. La porcelana permanecía silenciosa bajo el paño, completamente ajena a la muerte de la mujer que había ido a buscarla.

Sin embargo, cuanto más pensaba en lo ocurrido, más difícil le resultaba creer que aquellos acontecimientos fueran independientes.

Clara había llegado a Bellwood después de treinta y cinco años, había preguntado por Rose, había mostrado una fotografía antigua, había buscado una taza que aparentemente nadie debía encontrar y, menos de veinticuatro horas después, estaba muerta.

Ahora la fotografía había desaparecido y la taza había reaparecido misteriosamente en la puerta del salón de té.

Eleanor no sabía todavía qué significaba aquello, pero tenía la desagradable impresión de que alguien estaba intentando controlar qué partes del pasado podían ser encontradas y cuáles debían permanecer ocultas.

El inspector Reed cerró la libreta y se levantó.

—Necesito que me entregue la taza.

Eleanor dudó antes de empujar la caja hacia él.

—¿La devolverán?

—Cuando terminemos de examinarla.

June se acercó entonces al mostrador y habló por primera vez desde que había escuchado la palabra veneno .

—Inspector.

Reed se volvió.

—¿Sí?

—Si esa taza pertenece a Rose, quizá debería saber una cosa.

Eleanor miró a June.

—¿Qué cosa?

June mantuvo los ojos fijos en el inspector.

—Rose nunca permitió que nadie bebiera de ella.

Reed esperó una explicación.

—¿Por qué?

June bajó la mirada hacia la caja.

—Porque no era una taza para beber.

Eleanor sintió que aquella frase confirmaba algo que había sospechado la noche anterior, aunque todavía no sabía qué. Reed tomó la caja con cuidado y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y miró a Eleanor.

—No hable con nadie sobre la investigación.

Eleanor asintió.

—¿Y si alguien quiere hablar conmigo?

El inspector sostuvo su mirada durante unos segundos.

—Entonces escuche atentamente lo que tenga que decir. Pero no confíe demasiado rápido en nadie.

Cuando Reed salió, Eleanor permaneció junto al mostrador mientras June recogía las tazas del desayuno.

El salón de té seguía lleno de clientes que no conocían todavía la noticia y que continuaban hablando de sus asuntos cotidianos con la despreocupación habitual.

Una señora pidió otra porción de tarta de manzana, alguien preguntó si podían cambiar una mesa y el cartero, que acababa de entrar, se quejó de la lluvia.

Todo parecía exactamente igual que cualquier otra mañana en Bellwood, y sin embargo para Eleanor el lugar había cambiado.

La fotografía de 1991 había desaparecido, Clara Whitby estaba muerta y la taza azul que Rose había escondido durante décadas acababa de convertirse en una pieza de una investigación por asesinato.

Mientras observaba a June trabajar en silencio detrás del mostrador, Eleanor comprendió que ya no estaba intentando descubrir qué secreto había escondido Rose en aquella porcelana.

Ahora necesitaba averiguar quién había querido que Clara muriera antes de poder descubrirlo.