Chapter 3
Eleanor intentó concentrarse en las tareas de cierre.
Recogió las últimas tazas, comprobó que las mesas estuvieran limpias, anotó en la libreta de pedidos la cantidad de leche que necesitarían al día siguiente y apagó las luces de la parte delantera del establecimiento.
Sin embargo, cada una de aquellas acciones estaba acompañada por el recuerdo de la fotografía.
Había algo en aquella imagen que no conseguía quitarse de la cabeza.
No era solamente la presencia de Martin Whitby, aunque el hombre resultaba extraño precisamente porque nadie parecía querer hablar de él.
Era también la propia fotografía, la manera en que todos los demás aparecían reunidos delante del salón de té mientras Martin permanecía apartado, medio oculto detrás de la ventana.
Eleanor había pasado años trabajando con fotografías y documentos en Londres y sabía reconocer cuándo una imagen contenía una historia que no estaba en lo que mostraba a primera vista.
Aquella fotografía no parecía una simple escena de verano.
Parecía el fragmento de algo que alguien había intentado olvidar.
Cuando June terminó de guardar las últimas bandejas, Eleanor decidió no dejar pasar la oportunidad.
—¿Quién era Martin Whitby?
June siguió limpiando la superficie de trabajo.
—Ya te he dicho que eso ocurrió hace mucho tiempo.
—No es una respuesta.
—Es la respuesta que tengo intención de darte.
—Entonces tendré que hacerte otra pregunta.
June levantó los ojos hacia ella y durante un instante pareció a punto de sonreír.
—Empiezo a entender por qué Rose confiaba tanto en ti.
—¿Porque soy insistente?
—Porque eres incapaz de dejar una cosa tranquila cuando sabes que no está bien.
Eleanor apoyó las manos sobre el mostrador.
—¿La taza azul tiene algo que ver con Martin?
La expresión de June cambió ligeramente.
No fue un gesto dramático ni una reacción evidente, sino algo mucho más pequeño: una pausa, una respiración algo más profunda y una mirada fugaz hacia el armario de cristal.
Eleanor había aprendido a reconocer aquellas señales porque June no era una mujer que mostrara fácilmente sus emociones.
—No lo sé —respondió finalmente.
—No te creo.
—Eso también me recuerda a Rose.
June cogió su abrigo.
—Vete a casa, Eleanor.
—¿Y la taza?
—Si hay una taza que falta, aparecerá.
—¿Y si alguien se la ha llevado?
June se detuvo junto a la puerta de la cocina y la miró con una expresión seria.
—Entonces espero que sepa lo que está haciendo.
No añadió nada más. Eleanor comprendió que no conseguiría más información aquella noche y decidió dejarlo estar, al menos hasta la mañana siguiente.
Cuando finalmente se quedó sola, comprobó de nuevo el armario de porcelana.
Las siete tazas azules seguían allí, alineadas sobre la balda.
Las observó durante un momento y tuvo la extraña impresión de que una de ellas no encajaba con las demás.
No porque fuera diferente, sino porque parecía ocupar un espacio que había sido preparado para otra cosa.
Recordó entonces algo que Rose le había dicho mucho tiempo atrás, cuando Eleanor todavía estaba aprendiendo las peculiaridades del salón de té.
Le había explicado que algunas piezas de la vajilla podían utilizarse y otras no, aunque nunca había aclarado cuáles pertenecían a cada grupo.
Eleanor había supuesto que se trataba de una de las muchas rarezas de una mujer que podía discutir durante diez minutos sobre la forma correcta de colocar una tetera.
A la mañana siguiente, cuando Eleanor llegó al salón de té, encontró a Clara Whitby esperándola en la puerta.
La mujer llevaba el mismo abrigo gris del día anterior y el mismo bolso de cuero. Parecía haber dormido poco. Tenía el rostro más pálido y sostenía las manos dentro de los bolsillos para protegerlas del frío.
—Ha llegado temprano —dijo Eleanor mientras abría la puerta.
—No sabía dónde más ir.
Eleanor se hizo a un lado para dejarla entrar.
—Eso no parece una buena razón para presentarse antes de que abra.
—Probablemente no lo sea.
Clara entró y se dirigió directamente hacia una de las mesas. Eleanor cerró la puerta y dejó el bolso detrás del mostrador.
—¿Quiere desayunar?
—No.
—¿Té?
Clara asintió.
—Pero esta vez quiero pedirle algo.
Eleanor esperó.
—Quiero utilizar una de las tazas azules de Rose.
La petición era tan concreta que Eleanor tardó unos segundos en contestar.
—No suelo utilizarlas.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabe?
Clara miró hacia el armario.
—Porque Rose me lo explicó.
Eleanor abrió el armario y sacó una de las tazas.
Era de porcelana azul pálida, decorada con pequeñas flores blancas y un borde dorado que apenas conservaba parte de su brillo original.
La colocó sobre la mesa y comenzó a preparar el té.
Mientras vertía el agua caliente, Clara observaba la taza con una atención que parecía excesiva para un objeto tan sencillo.
—¿Es esta?
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Cómo puede reconocerla después de treinta y cinco años?
Clara bajó la mirada hacia sus manos.
—Porque recuerdo haberla roto.
Eleanor se quedó inmóvil.
—¿Usted rompió una taza de Rose?
—Sí.
—¿Y qué ocurrió?
Clara tardó unos instantes en responder.
—Rose la reparó.
Eleanor miró la taza que tenía delante. Después volvió a mirar el armario.
—¿La que busca tiene una reparación?
Clara no respondió inmediatamente.
—Tenía una pequeña grieta.
Aquella información coincidía con algo que Eleanor recordaba vagamente.
Había una de las tazas azules que siempre le había parecido distinta.
La había visto años atrás entre las piezas de Rose, pero no podía recordar dónde había terminado.
Dejó la taza que tenía en la mano sobre la mesa y se acercó otra vez al armario.
Las contó lentamente. Siete. La sensación de inquietud que había experimentado la noche anterior regresó con mayor intensidad.
—Falta una.
Clara la observó.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Cuándo la vio por última vez?
Eleanor intentó recordar. No podía. Había utilizado algunas de las piezas durante los primeros meses después de hacerse cargo del establecimiento, pero las tazas azules habían permanecido casi siempre guardadas.
Rose había sido muy clara al respecto y Eleanor había respetado aquella preferencia sin darle demasiada importancia.
Ahora, sin embargo, la ausencia parecía demasiado conveniente.
—No lo sé —admitió.
Clara se levantó.
—Entonces alguien la ha encontrado.
—¿Quién?
—Eso es lo que necesito averiguar.
Eleanor quiso preguntarle qué relación tenía aquella taza con Martin, pero antes de poder hacerlo Clara sacó del bolso un pequeño papel doblado y se lo entregó. No era una carta, sino una dirección escrita a mano.
—¿Qué es esto?
—El lugar donde vivía mi hermano.
Eleanor levantó la vista.
—¿Martin vivía en Bellwood?
—En 1991.
—¿Y después?
Clara guardó silencio.
—No quiero hablar de eso aquí.
La frase dejó a Eleanor con más preguntas que respuestas, pero antes de que pudiera insistir Clara pidió algo que la sorprendió todavía más.
—¿Podría servirme el té en otra taza azul?
—Acabo de hacerlo.
—No esa.
—¿Por qué?
Clara la miró con una expresión que mezclaba cansancio y preocupación.
—Porque esa no es la taza que recuerdo.
Eleanor terminó sirviendo el té en otra de las piezas azules.
Clara bebió apenas unos sorbos y permaneció sentada durante varios minutos, mientras el salón de té empezaba a llenarse con los primeros clientes.
Poco antes de las diez se marchó, asegurando que regresaría más tarde.
Eleanor la vio alejarse desde la ventana y luego volvió a sus tareas, aunque la sensación de estar esperando algo no desapareció durante el resto de la mañana.
Fue al final de la jornada, cuando Eleanor estaba cerrando las cuentas, cuando descubrió que la ausencia de la taza ya no podía considerarse un simple error.
Había revisado dos veces el armario, había preguntado a June y había comprobado incluso las cajas donde guardaban las piezas que no utilizaban habitualmente.
La taza no estaba en ninguna parte. June aseguró que no había tocado la vajilla azul y Eleanor sabía que tampoco la había movido ella.
Las posibilidades empezaban a reducirse de una manera incómoda.
Alguien había sacado la taza del armario, y lo había hecho sin que Eleanor lo advirtiera.
—¿Podría habérsela llevado Clara? —preguntó Eleanor.
June continuó limpiando la cafetera.
—¿La viste tocarla?
—No.
—Entonces no lo sabemos.
—Pero sabía exactamente qué taza buscaba.
June dejó el paño sobre la encimera.
—Eleanor, escucha lo que te voy a decir. No conviertas esto en una historia antes de saber qué ocurrió.
—Trabajo mejor cuando hay una historia.
—Ese es precisamente el problema.
Eleanor sonrió, pero June no correspondió al gesto.
—Rose escondía cosas —dijo finalmente—. Algunas eran recuerdos, otras eran documentos y otras probablemente eran cosas que ella misma había olvidado que había escondido. No significa que todo tenga un significado.
—¿Y la taza?
June miró hacia el armario.
—Esa sí lo tiene.
Eleanor esperó una explicación, pero June volvió a coger el paño y siguió trabajando.
La conversación terminó allí, aunque ninguna de las dos parecía satisfecha.
Cuando June se marchó, Eleanor permaneció sola en el salón de té durante unos minutos.
Afuera, Bellwood estaba entrando lentamente en la noche.
Las luces de las casas se encendían una tras otra, las ventanas de la iglesia reflejaban el último resplandor del cielo y una ligera lluvia comenzaba a caer sobre High Street.
Eleanor apagó las luces principales y se acercó al armario una última vez.
La fotografía de 1991 seguía en su cabeza.
Rose, June, Margaret, Helen, Clara y aquel hombre que nadie parecía dispuesto a mencionar.
Ahora faltaba una taza que Clara había venido expresamente a buscar.
Eleanor no sabía todavía qué relación podía existir entre ambas cosas, pero empezaba a comprender que Rose había guardado aquella vajilla por una razón que no tenía nada que ver con el gusto por la porcelana.
Cerró el armario y se dispuso a marcharse cuando oyó un ruido muy leve procedente de la puerta principal.
Pensó que podía ser alguna rama golpeando el cristal por el viento, pero al acercarse encontró algo sobre el felpudo, protegido de la lluvia por el pequeño tejadillo de la entrada. Era la taza azul que faltaba.
Eleanor la recogió con cuidado y la llevó al interior.
Estaba fría y húmeda, pero intacta. Al girarla entre las manos descubrió una pequeña grieta que atravesaba la porcelana cerca de la base y que había sido reparada con una delicada línea casi imperceptible.
Recordó inmediatamente las palabras de Clara: Rose la reparó .
Eleanor examinó la grieta con mayor atención y entonces vio algo que no había advertido antes.
La reparación no parecía antigua; o, al menos, no del todo.
Había una pequeña marca reciente sobre la porcelana, apenas visible bajo la luz del salón.
Eleanor sostuvo la taza durante unos segundos sin saber qué hacer con ella.
Después recordó la advertencia de Clara y la frase de June, tan distinta pero extrañamente parecida: no se la entregues a nadie; esa taza sí tiene un significado.
Finalmente decidió guardarla en el armario, pero antes de hacerlo volvió a examinar la pequeña reparación y comprendió que había algo extraño en ella.
Rose había ocultado aquella grieta con muchísimo cuidado, como si hubiera querido asegurarse de que nadie reparara en ella.
Y, por primera vez, Eleanor se preguntó si quizá la taza no había sido reparada para volver a utilizarla, sino para ocultar algo que había quedado dentro. :::