El misterio de la taza azul Chapter 2
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Chapter 2

A finales de septiembre, Bellwood empezaba a cambiar de color con la discreción característica del otoño inglés.

Las hojas amarillas se acumulaban junto a los bordillos de High Street, los jardines comenzaban a perder parte de la exuberancia del verano y por las mañanas aparecía sobre los cristales una ligera humedad que desaparecía en cuanto el sol conseguía abrirse paso entre las nubes.

En las tiendas habían empezado a aparecer mantas de lana, tartas de manzana y pequeñas decoraciones otoñales, mientras de algunas chimeneas salía ya el humo que anunciaba que las noches comenzaban a ser más frías.

Eleanor Blake contemplaba aquel cambio desde las ventanas de The Bellwood Tea Room con una sensación de satisfacción que todavía le sorprendía.

Había pasado demasiados años en Londres rodeada de reuniones, manuscritos, teléfonos y personas que parecían considerar una catástrofe cualquier retraso de cinco minutos, y ahora encontraba un placer casi absurdo en observar cómo los habitantes de Bellwood podían dedicar una mañana entera a discutir sobre un coche mal aparcado o sobre la calidad de las manzanas de un determinado proveedor.

Había descubierto que la tranquilidad no significaba necesariamente que no ocurriera nada, sino que las cosas tenían tiempo para suceder.

El salón de té ocupaba una antigua casa de ladrillo rojizo situada en una esquina de High Street, no muy lejos de la iglesia.

Eleanor había conservado buena parte del aspecto que tenía cuando Rose lo regentaba: las ventanas de marco blanco, las cortinas de lino, las mesas redondas de madera oscura y las estanterías llenas de teteras antiguas que parecían haber pertenecido a varias generaciones de familias inglesas.

En uno de los rincones había incluso un pequeño reloj de pared que adelantaba cuatro minutos y que Eleanor había decidido no corregir porque, después de tantos años funcionando de aquella manera, hacerlo le habría parecido una especie de traición.

Entre los objetos que había heredado de Rose se encontraba una colección de tazas azules que Eleanor guardaba en un armario de cristal.

Eran siete piezas, o al menos eso creía en aquel momento, delicadas y ligeramente diferentes entre sí.

Algunas tenían pequeñas flores blancas, otras un borde dorado casi desaparecido y una mostraba una diminuta imperfección en el asa.

Rose había sentido una predilección especial por aquellas tazas, aunque nunca había explicado del todo el motivo.

—El señor Pritchard ha vuelto a aparcar delante de la puerta —anunció June Hart desde la cocina.

Eleanor, que estaba colocando unos bollos recién horneados en una bandeja, levantó la cabeza y miró hacia la calle.

—Quizá haya decidido que el espacio pertenece oficialmente a The Bellwood Tea Room.

—Eso explicaría por qué lo utiliza todos los días.

June dejó la cesta de pan sobre la mesa y se quitó la bufanda.

Tenía más de sesenta años, el cabello gris muy corto y unos ojos azules que parecían registrar cualquier detalle por insignificante que fuera.

Llevaba viviendo en Bellwood prácticamente toda su vida y conocía la historia de las familias del pueblo con una precisión que a Eleanor le resultaba a veces admirable y otras ligeramente preocupante.

Oficialmente se encargaba de la cocina, pero Eleanor había comprendido hacía tiempo que aquella descripción era insuficiente.

June también supervisaba los proveedores, controlaba las cuentas pequeñas, opinaba sobre los clientes difíciles y, cuando consideraba que Eleanor estaba tomando una decisión equivocada, se lo hacía saber con una claridad que no dejaba demasiado espacio para la discusión.

—No puedes seguir enfadándote con el señor Pritchard —dijo Eleanor.

—No estoy enfadada. Estoy observándolo.

—Eso es peor.

—Solo para él.

Eleanor sonrió mientras colocaba la bandeja en el mostrador.

Aquellas pequeñas conversaciones formaban parte de la rutina del salón de té y, después de la muerte de Arthur Pembroke unas semanas atrás, la normalidad se había convertido en algo especialmente valioso.

Arthur había sido un hombre difícil, orgulloso y poco dispuesto a reconocer que pudiera estar equivocado, pero había formado parte de Bellwood durante tantos años que su ausencia seguía siendo visible.

Eleanor todavía esperaba verlo alguna mañana sentado junto a la ventana con su periódico perfectamente doblado y aquella expresión de desaprobación permanente que parecía haber sido diseñada específicamente para juzgar la tarta de limón de los demás.

En su lugar, la silla permanecía vacía y sobre ella había una pequeña maceta de lavanda que Eleanor había colocado allí sin consultar a nadie.

La mañana transcurrió con la normalidad habitual.

La señora Wilkins llegó con su hermana, las dos maestras de la escuela ocuparon su mesa de siempre y el cartero pidió su Earl Grey y el periódico local.

Eleanor se movía entre las mesas con la familiaridad de quien ya conoce las costumbres de sus clientes y sabe quién quiere conversar, quién prefiere leer y quién necesita que le sirvan el segundo té antes de admitir que piensa quedarse una hora más.

Fue cerca del mediodía cuando reparó en una mujer que permanecía al otro lado de la calle frente a la iglesia.

Tendría unos sesenta años, quizá alguno más, y llevaba un abrigo gris oscuro, botas negras y un bolso de cuero marrón que parecía haberla acompañado durante mucho tiempo.

Su cabello completamente gris estaba recogido en la nuca y su rostro tenía una expresión difícil de interpretar.

No parecía una turista. No miraba los escaparates ni consultaba ningún mapa; observaba Bellwood con la concentración de alguien que está comprobando si un lugar de su memoria sigue siendo igual después de muchos años.

La mujer cruzó finalmente la calle y entró en el salón de té. Las campanillas de la puerta sonaron y Eleanor levantó la mirada.

—Buenos días. ¿Puedo ayudarla?

La mujer no respondió inmediatamente. Recorrió el interior con los ojos, deteniéndose en las mesas, en las fotografías antiguas de Bellwood y finalmente en el armario de porcelana. Después volvió a mirar a Eleanor.

—¿Es usted Eleanor Blake?

—Sí.

—Me llamo Clara Whitby.

El apellido no significó nada para Eleanor, aunque tuvo la impresión de que Clara esperaba que significara algo.

—Encantada de conocerla. ¿Le preparo una mesa?

—Sí, gracias.

Clara eligió una mesa junto a la ventana. Eleanor se acercó con la carta, pero la mujer apenas la miró.

—Quisiera té.

—Eso puedo solucionarlo fácilmente. ¿Alguna variedad en particular?

Clara levantó los ojos hacia ella.

—El que servía Rose.

Aquella respuesta hizo que Eleanor sonriera.

—Rose servía bastantes variedades.

—Entonces el que usted crea que habría elegido para mí.

—Eso es considerablemente más difícil.

Por primera vez Clara sonrió, aunque fue una sonrisa breve.

—Quizá por eso he venido.

Eleanor no supo si aquello era una broma.

Decidió servirle Earl Grey, lo llevó hasta su mesa y regresó al mostrador.

Desde allí pudo observar que Clara apenas tocaba la taza.

Su atención estaba concentrada en las fotografías antiguas que decoraban una pared.

Al cabo de unos minutos, la mujer abrió su bolso y sacó un sobre amarillento.

—¿Conocía bien a Rose? —preguntó Eleanor.

Clara sostuvo el sobre entre las manos.

—La conocí en 1991.

—Eso fue hace mucho tiempo.

—Sí.

—¿Y ha regresado ahora por alguna razón concreta?

Clara la miró durante unos segundos antes de responder.

—Estoy buscando algo que Rose conservó durante muchos años.

Eleanor se apoyó ligeramente en el mostrador.

—¿Qué clase de cosa?

Clara abrió el sobre y sacó una fotografía.

—Esto puede explicárselo mejor que yo.

Eleanor se acercó y examinó la imagen. La fotografía mostraba el salón de té en agosto de 1991.

El edificio era reconocible, aunque el letrero había cambiado y los árboles de High Street eran mucho más pequeños.

Delante de la fachada aparecía un grupo de personas.

Rose estaba en el centro, bastante más joven pero perfectamente reconocible.

También aparecían Margaret, Helen y June, aunque las tres parecían pertenecer a una época completamente distinta.

Clara señaló entonces a una joven situada junto a Rose.

—Soy yo.

Eleanor volvió a mirarla.

—No la habría reconocido.

—Yo tampoco me reconozco siempre.

Aquella observación hizo sonreír a Eleanor, pero la sonrisa desapareció cuando reparó en otra persona situada en el extremo de la fotografía.

Era un hombre joven parcialmente oculto detrás de una ventana.

No parecía formar parte del grupo y, a diferencia de los demás, no estaba mirando a Rose ni a la cámara de manera casual.

Parecía estar observando algo que sucedía fuera de la imagen.

—¿Quién es?

Clara bajó la mirada.

—Mi hermano.

—¿Cómo se llamaba?

—Martin.

Eleanor volvió a mirar la fotografía.

—¿Martin Whitby?

Clara levantó la cabeza inmediatamente.

—¿Cómo sabe su apellido?

—Lo acaba de decir usted.

Durante unos segundos ninguna de las dos habló. Clara pareció sorprendida por su propio lapsus y guardó lentamente la fotografía dentro del sobre.

—Rose conservó esta imagen durante mucho tiempo —dijo finalmente.

—¿Y qué más conservó?

La mirada de Clara volvió a dirigirse hacia el armario de porcelana.

—Una taza.

Eleanor siguió sus ojos.

—¿Una de las tazas azules?

—Sí.

—Hay varias.

—La que busco es una concreta.

—¿Qué tiene de especial?

Clara permaneció unos segundos en silencio.

—Rose sabía por qué debía esconderla.

La respuesta despertó inmediatamente la curiosidad de Eleanor.

—¿Esconder una taza?

—No parece muy sensato, ¿verdad?

—En Bellwood he aprendido que las cosas poco sensatas suelen ser las más interesantes.

Clara volvió a sonreír, pero esta vez la expresión desapareció rápidamente.

—Si encuentra esa taza, Eleanor, no se la entregue a nadie.

—¿Por qué?

Clara cerró el bolso.

—Porque algunas personas llevan treinta y cinco años esperando que nadie la encuentre.

Se levantó antes de que Eleanor pudiera formular otra pregunta. Al llegar a la puerta, se detuvo y miró una última vez hacia el armario de porcelana.

—¿Volverá? —preguntó Eleanor.

—Sí.

—¿Cuándo?

Clara abrió la puerta.

—Cuando esté segura de que puedo hacerlo.

Después salió a High Street.

Eleanor permaneció unos instantes observando cómo se alejaba. Cuando regresó al mostrador, encontró a June detrás de ella.

—¿Quién era? —preguntó June.

—Clara Whitby.

June no respondió.

—¿Te dice algo el nombre?

La mujer comenzó a ordenar unas cucharillas que no necesitaban ser ordenadas.

—No.

—June.

—¿Qué?

—Conoces ese nombre.

June dejó la última cucharilla en su sitio y miró hacia la puerta.

—Hace mucho tiempo que no escuchaba ese apellido.

Eleanor esperó.

—¿Qué ocurrió en 1991?

—Nada que importe ahora.

—Clara dice que busca una taza que Rose escondió.

Esta vez June sí la miró.

—¿Te ha dicho cuál?

—Una azul.

June volvió la cabeza hacia el armario.

—Entonces será mejor que no la encuentres.

Eleanor soltó una pequeña risa, aunque la expresión de June no tenía nada de humor.

—Eso es una manera bastante extraña de tranquilizarme.

—No intento tranquilizarte.

—¿Qué intentas hacer?

June tardó unos segundos en contestar.

—Evitar que cometas el mismo error que Rose.

—¿Qué error?

June negó lentamente con la cabeza.

—Déjalo, Eleanor.

Pero Eleanor conocía suficientemente bien a June para saber que aquella conversación no había terminado.

Esperó hasta el cierre del salón de té y, cuando la última cliente se marchó y la calle quedó tranquila, se acercó al armario de porcelana.

Encendió la lámpara que había sobre él y comenzó a sacar las tazas azules una por una.

Las examinó con cuidado, intentando recordar cuándo había visto cada pieza por última vez.

Una tenía flores blancas, otra un borde dorado desgastado, otra una pequeña marca en el asa.

Las colocó juntas sobre el mostrador y volvió a contarlas. Eran siete.

Eleanor permaneció un momento contemplándolas mientras intentaba recuperar de la memoria una imagen que no terminaba de encajar.

Estaba casi segura de que, cuando Rose le había enseñado la colección por primera vez, había ocho tazas.

Buscó en el armario, revisó las baldas inferiores y abrió el pequeño cajón donde guardaba las piezas que necesitaban reparación, pero no encontró ninguna otra.

La sensación de inquietud aumentó cuando recordó la manera en que Clara había mirado precisamente aquel armario y la reacción de June al escuchar el nombre de Martin Whitby.

Una taza desaparecida podía no significar absolutamente nada; una fotografía de 1991 tampoco tenía por qué esconder un secreto; incluso el silencio de June podía ser simplemente el resultado de una vieja historia que nadie quería recordar.

Pero las tres cosas juntas empezaban a parecer demasiado precisas para ser una coincidencia.

Eleanor volvió a colocar las siete tazas en el armario y cerró la puerta de cristal.

Durante unos segundos permaneció allí, observando su propio reflejo sobre la porcelana.

Había llegado a Bellwood pensando que el pasado era algo que pertenecía a otras personas, algo que podía respetarse sin necesidad de conocer todos sus detalles.

Rose le había enseñado, aunque quizá sin pretenderlo, que una casa podía guardar recuerdos durante décadas y que los objetos más insignificantes podían sobrevivir a quienes conocían su verdadera historia.

Aquella tarde, mientras apagaba las luces del salón de té, Eleanor comprendió que Clara Whitby no había regresado a Bellwood simplemente para visitar a una vieja amiga.

Había venido a buscar algo que Rose había escondido treinta y cinco años atrás, y el hecho de que una de las tazas ya no estuviera allí significaba que alguien, antes incluso de que Clara hubiera terminado su primera visita, podía haberse adelantado a ella.