35
La oscuridad en la que me había precipitado tardó en disiparse y durante varios días permanecí hundida en la inconsciencia, completamente paralizada, porque hasta el más pequeño movimiento me causaba un dolor terrible.
A duras penas distinguía voces, luces y cuerpos que se movían por la estancia, completamente fundidos con las visiones incoherentes que traía la fiebre, me danzaban sin tregua delante de los ojos.
Sentía la presencia de Piero junto a mí, pero no sabía si era sólo una fantasía.
A veces me parecía también intuir sus caricias y a menudo lo oía dirigirme palabras que no conseguía comprender.
Más tarde, de repente, me encontré despierta, con la mente despejada.
Pasé revista a las vigas carcomidas del techo, al baúl bajo la ventana y a la cortina azul, que se movía delante de los postigos entreabiertos.
Todo parecía real y, al mismo tiempo, distante, aún entretejido de la materia de los sueños.
El aire que entraba era fresco y el olor del verano se había desvanecido.
Me pregunté durante cuánto tiempo había permanecido quieta en aquella cama.
Moví las manos con cautela y traté de levantar un poco los codos. El dolor no había desaparecido, pero al descubrir que aún podía moverme me entraron ganas de llorar.
Sabía que junto a la cama había alguien y esperaba que fuera Piero. Cuando decidí mover despacio la cabeza, me encontré en cambio las pupilas atentas de Costanza.
—¡Está despierta! —exclamó con una expresión gozosa que no recordaba haberle visto nunca. Me hizo una tímida caricia en la mano y llamó a grandes voces a Domenico, que llegó a la carrera.
Se inclinó ante mí para tocarme la frente y asintió satisfecho. Parecía particularmente conmovido. Para disimularlo, me dio la espalda y empezó a gruñir en dirección a Costanza, a quien ordenó que trajera un taburete y se marchara. Ella obedeció muy rápido y él se acomodó al lado de la cama.
—¿Cómo te sientes?
—Mejor.
Hubo un largo silencio en el que Domenico siguió agitándose en el asiento, mirándome a escondidas. Con un movimiento de la cabeza señaló el vendaje que me inmovilizaba los hombros.
—¿Aún te duele mucho?
—Un poco, pero ahora sé que pasará.
Sonreí para tranquilizarlo y él se movió, inseguro, buscando mi mano. Cuando sintió que se la apretaba, se acercó más, aclarándose ruidosamente la voz.
—He tenido miedo, Lavinia. Un miedo terrible a vivir de nuevo, por segunda vez, una pesadilla que aún no había sido capaz de olvidar.
—¿Por qué no me dijo la verdad?
En el momento mismo en que lo pregunté me di cuenta de que no me importaba saberlo.
Domenico empezó a acariciarme rítmicamente el dorso de la mano con el pulgar.
—Filippo era para mí como un hermano. No sabes cuántas veces hubiera querido hablar con él, pero no podía hacerlo.
El incendio en el que murieron tus padres costó muchas vidas.
Y tu padre quedó señalado para siempre como el único responsable de aquella tragedia.
Cuando vi a Andrea viniendo a mi encuentro, trastornado en medio de aquel infierno, sosteniéndote en brazos, sin sentido, supe que debíamos protegerte ante todo de tu nombre, convertido entonces en sinónimo del mal absoluto.
No podías seguir en Florencia, donde antes o después alguien acabaría por hacer preguntas.
Mi hermana se había quedado viuda un poco antes y acababa de perder una hija más o menos de tu edad.
Aquella misma noche Piero partió hacia Perusa, llevándote consigo.
Yo lo alcancé al día siguiente. Creíamos que estabas sola en el mundo. Si sólo hubiéramos imaginado...
Se detuvo, como si de pronto se hubiera asomado al borde de un abismo, asustado frente a la enormidad de las cosas no dichas.
—Espero que quieras perdonarme —añadió, inclinando la cabeza.
Con esfuerzo logré levantar un brazo y apoyarle la mano sobre la mejilla, hirsuta por la barba mal afeitada. No había nada que perdonar, pero no me parecía necesario decirlo. De todos modos, él lo entendió y cubrió mi mano con la suya.
—Angela siempre te quiso como si te hubiera dado a luz.
—Lo sé..., lo mismo es para mí. Y lo será siempre. Si he podido convertirme en quien soy es sólo gracias a ustedes. Ojalá mi hermano hubiera sido igual de afortunado.
Los ojos de Domenico se disolvieron en un pozo de tristeza.
Descubrir la verdad sobre Francesco, contemplar la enormidad del odio de aquel muchacho hacia él y los motivos que lo habían desencadenado fue un golpe durísimo.
Lo podía leer con letras claras en su rostro, que parecía repentinamente envejecido, y en el estremecimiento que había empezado a agitarle los labios con sólo oírlo mencionar.
Me arrepentí de haberlo hecho, porque tampoco yo sabía si estaba o no en condiciones de hablar de ello. Pero era demasiado tarde.
Con la voz vibrante, Domenico me preguntó si me sentía con ánimos para repetirle lo que me había dicho Francesco aquella noche.
Y lo hice, palabra por palabra, sin lágrimas y sin callarme nada, desde el momento en que Francesco se me había aparecido en la oscuridad delante del cuerpo de Lorenzo, hasta los últimos instantes, cuando me imploró que lo ayudara a morir.
—¡Por Dios...! —exclamó al final de mi relato. Se cubrió el rostro, moviendo la cabeza una y otra vez—. ¿Cómo podía yo imaginar? O quizá habría debido... Sólo sé que nunca me perdonaré haberte dejado sola frente a todo esto.
Le acaricié una rodilla.
—Piero se había dado cuenta, ¿verdad?
Él asintió.
—No sé exactamente cómo, pero creo que la primera sospecha le surgió al oír a Torregiani hablar de un testigo ocular.
Después de todo, por más que le pareciera increíble también a él, sólo había una persona junto a mí cada día, que había asistido a la muerte del banquero, que tenía la posibilidad de espiar cada uno de nuestros movimientos y también de sustraerme el recibo.
El hecho de no haber siquiera concebido una explicación como ésta debió desconcertarlo y acaso también en aquel momento esperaba en el fondo de su corazón estar equivocado.
Después de su encuentro con Torregiani, me preguntó de inmediato por Francesco y, al oírme responder que le había dado el día libre por un problema con su madre, lo vi ensombrecerse de golpe.
Pero no me dijo nada, sólo que debía marcharse enseguida.
Llegados al otro lado del Arno, cogió una habitación en una posada y me dejó allí esperándolo.
Cuando regresó, dijo saber quién nos perseguía.
Al oírle nombrar a Francesco le pregunté si estaba bromeando.
Él no se extendió en los detalles. Sólo me ofreció una breve explicación, añadiendo que cuanto creíamos saber del muchacho era una mentira.
Añadió que acababa de ir a las Rovinate, donde Francesco había dicho que vivía y que había llamado a todo el barrio puerta por puerta, descubriendo que nunca nadie había oído hablar de él ni de su madre.
Luego me dejó de nuevo y, de madrugada, salió para correr hasta aquí a buscarte... Pero tú ya te habías ido.
Me abandoné contra el cojín y cerré los ojos; me sentí repentinamente exhausta. Domenico cogió la mano que le había apoyado sobre la rodilla, se la llevó a los labios y luego me la puso sobre el pecho.
—Ahora, basta. He hecho que te fatigues demasiado. Descansa un poco y más tarde te mando a Costanza con un caldo caliente.
Lo retuve. Aún había algo que necesitaba saber.
—¿Cómo consiguieron que me soltaran? ¿Por qué Torregiani se decidió a decir la verdad?
Domenico respiró hondo.
—No fue sencillo. Debió intervenir el arzobispo Pierozzi. Su eminencia se dirigió personalmente a Santa María Nueva y convenció al rector para que firmara una declaración que te exoneraba de toda culpa.
El hecho de que Piero o él consiguieran que el arzobispo en persona se interesara por mi caso me pareció increíble y se lo dije.
Domenico abrió los brazos.
—De hecho, fue una idea de Médici. Apenas nos llegó la noticia de tu probable condena, Piero se dirigió a él. Te confieso que yo no tenía muchas esperanzas al respecto. Pero Piero dijo que podía ofrecerle a cambio algo que sin duda lo convencería.
Comenzaba a entender. Piero se había doblegado a la voluntad de Médici. Había incumplido todos sus principios, traicionando también la confianza de su mentor. Y lo había hecho para salvarme.
Sentí que las lágrimas me presionaban los ojos.
—¿Dónde está Piero? Quiero hablar con él. A veces he tenido la impresión de que estaba aquí e incluso cuando me he despertado pensaba...
—No te equivocabas. Has estado inconsciente durante más de una semana y durante todo ese tiempo él no se ha movido de tu lecho. Día y noche... hasta esta mañana.
Lo miré sin entender y él concluyó:
—Ayer al mediodía nos dijo que el peligro había pasado y que te recuperarías en pocas horas. Piero se quedó contigo otra noche más. Hace una hora vino para decirme que estabas a punto de despertarte. Luego partió hacia Urbino. Creo que tenía algún asunto que despachar allí antes de volver a Arezzo.
La conmoción y la desilusión se escribían con igual intensidad en mi rostro, pero no le aportaron a Domenico más de cuanto ya había entendido.
Me rozó la mejilla con el dorso del índice. Su gesto fue tierno y paternal.
—No te lo tomes a mal, Lavinia. Él es así.