El misterio de la pintora rebelde 34 #2
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Una tos seca rompió sus últimas palabras y lo obligó a sentarse de nuevo, presionándose una mano sobre el pecho. Lo miré, muda, mientras, con el rostro rojo y sin aliento, se desataba el primer botón del cuello.

El hombre a su lado le puso una mano para tomarle el pulso.

—Trate de calmarse, señor Guidi. Sabemos qué penoso es todo esto para usted. Si quiere reconsiderarlo, podemos proceder a otro nombramiento para el escaño que era de su hijo.

Guidi lo fulminó con la mirada y el otro se calló.

El juez anciano me dirigió otra vez la palabra, sólo para despedirme.

—Puede irse por ahora. Se quedará en una de nuestras celdas hasta que podamos hablar con el padre Torregiani. Si confirma su versión, quedará libre. De otro modo deberemos proceder a nuevas comprobaciones, hasta que se decida a confesar.

Sonó una campanilla y el guardia acudió rápido para conducirme fuera.

Mientras descendía las escaleras, atravesando la cancela que llevaba a los sótanos, sentía que mis piernas estaban a punto de ceder.

Cuando la puerta de la celda se cerró a mis espaldas, me senté en el rellano de madera y permanecí mucho tiempo mirando, en una imaginaria lejanía, la nada en la que sentía que me había precipitado.

Las últimas palabras que oí no dejaban lugar a dudas. Si Torregiani quisiera buscarme la ruina, mi destino estaría decidido. Lo que me esperaba era la tortura, después de la cual era más que segura una sentencia de condena.

El rector no me exculpó. Vino a anunciármelo personalmente el juez anciano, después de, según mis cálculos, unos tres días.

Cuando entró en la celda, donde hasta aquel momento había permanecido en total aislamiento, sin ningún contacto con el mundo exterior a excepción de las comidas que me pasaban por una ranura, apenas me fue posible levantarme del camastro donde estaba acostada.

De hecho, desde hacía varias horas había comenzado a sentirme mal.

Los temblores me sacudían el cuerpo, a pesar de que estaba empapada en sudor, y la cabeza me dolía en cada movimiento como si estuviera llena de piedras.

Me había subido la fiebre, seguramente contraída de la muchacha con la que había pasado la noche en prisión.

Escuché al juez comunicarme en tono neutro que el padre Torregiani se había negado a confirmar mi versión de los hechos.

Pronto me llamarían para interrogarme y emitir un veredicto definitivo.

Añadió que me aconsejaba confesar rápido, para ahorrarme inútiles sufrimientos y evitar indisponer aún más al tribunal.

Se fue deprisa, consciente de haber ido más allá de su deber al venir en persona a darme la noticia para que tuviera tiempo de reflexionar.

Cuando me quedé sola, el sombrío estruendo de la sangre en las orejas, más potente que la campana de la catedral, empezó a romper el silencio mientras en torno a los párpados un arco incandescente me incendiaba los nervios con un dolor que me sacudía el alma.

Me llevé las manos a la frente y las apreté contra las sienes.

Supe que estaba perdida y confusamente comprendí que aquello no me sorprendía.

Dentro de mí siempre había sabido que Torregiani no me iba a defender.

Sólo le importaba que alguien pagara por la ofensa que había sufrido.

Por mi cercanía con el responsable de su humillación y por haber asistido a ella, era culpable a sus ojos.

No tenía dudas, además, de que golpearme a mí le procuraba un placer particular, porque suponía la ocasión de vengarse de Domenico y de Piero, obligándolos, como ya había ocurrido con mi padre, a asistir impotentes a mi fin.

Me pregunté dónde estarían y deseé que estuvieran a salvo, aunque sabía que tampoco ellos podrían hacer nada por ayudarme.

Lamenté no haber dirigido también contra mí misma el puñal con el que le había ahorrado a Francesco lo que ahora estaba obligada a afrontar.

Me dejé caer sobre el suelo y permanecí allí, en una duermevela poblada de sombras. En los raros destellos de lucidez, entre una pesadilla y otra, rogaba que la fiebre me matara antes de que vinieran a buscarme.

Cuando la puerta volvió a abrirse, después de un tiempo que no sabría cuantificar ni en horas ni en días, me costó entender si los hombres que me llevaban eran reales o parte de mis alucinaciones.

La estancia a la que me condujeron estaba impregnada de un olor rancio tan agudo que me sacó durante un momento de mi sopor.

De los dos jueces que me estaban esperando, uno era Balduccio Guidi, quien me releyó todos los cargos y me preguntó si tenía la intención de confesar.

Una tercera persona, sentada en un escritorio, mojó varias veces la pluma en la tinta, tomando nota de todo cuanto se decía.

Conseguí pronunciar sólo unas pocas palabras:

—No, no soy culpable.

Ante una orden del segundo juez, un cuarto hombre, hasta aquel momento en sombras, vino hacia mí y me empujó hacia una especie de cabrestante, una estructura de madera con una gruesa rueda y una cuerda larga que pasaba a través de una polea fijada al techo y caía hasta el suelo, para terminar en un gancho.

Cuando supe qué instrumento era aquél, intenté apartarme, sin conseguirlo, de su potente agarre. Con repugnancia sentí contra los brazos los pelos de su pecho desnudo mientras me ataba las muñecas a la espalda y las fijaba al gancho de la cuerda.

Balduccio Guidi me preguntó de nuevo si estaba dispuesta a confesar. El terror me había quitado la voz, pero encontré fuerza para negar con la cabeza.

El hombre comenzó a girar la rueda y tiró de mis brazos hacia arriba, hasta que mi cuerpo se levantó del suelo. Un dolor difuso se irradió desde las junturas de mis hombros a los brazos, presionando el esternón hasta casi sofocarme. Me levantaron aún más y el dolor se hizo más intenso.

En aquel punto volvieron a pedirme que confesara, pero no respondí, también porque me resultaba imposible articular palabra o mover la cabeza.

Tomaron mi silencio como una negativa y, ante una señal de Guidi, la cuerda a la que estaba atada subió más, hacia la bóveda del techo. Luego, de golpe, me dejaron caer hasta pocos pies del suelo.

Fue como si me arrancaran los brazos del cuerpo y un hierro candente me traspasara los hombros, hasta atravesarme el corazón. Ni siquiera conseguí oír mi propio grito, porque una oscuridad repentina descendió hasta eclipsarme los sentidos, arrollados por la intensidad de aquel sufrimiento.

Un chorro de agua helada sobre la cara me obligó de nuevo a sentir aquel infierno de dolor. Aún seguía colgada y la cuerda iba subiendo, pero yo estaba convencida de que mis brazos se habían separado del busto y no conseguía entender por qué razón el cuerpo continuaba siguiéndolos.

El rostro de Balduccio Guidi, con su telaraña de arrugas, se movía gigantesco y desenfocado delante de mis ojos y yo deseaba sólo contentarlo, diciéndole lo que quería. En ese punto ya nada importaba, porque estaba segura de que no habría aguantado otro golpe como el que ya me habían dado.

Traté desesperadamente de asentir a su pregunta, pero supe que ya no era dueña de mis movimientos.

Cuando lo vi sacudir la cabeza y ordenar que levantaran aún más la cuerda, comprendí que la vida comenzaba a abandonarme.

Agradeciendo al cielo por haberme escuchado, me dispuse para aquel desgarro, segura de que sería el último.

Voces acaloradas y golpes contra la puerta me devolvieron por un instante a una realidad que ya veía empalidecer. El hombre que maniobraba la rueda dejó de girarla y yo quedé a media altura, rogando para mis adentros que nada pudiera retrasar el fin que anhelaba.

A través del espeso velo que distorsionaba mi visión aparecieron dos guardias, junto a otras personas entre las que me pareció reconocer el rostro de Piero.

Pero sólo podía ser mi imaginación. Luego oí también su voz, que instaba a los jueces a liberarme de inmediato porque Torregiani había confirmado mi inocencia.

Con un esfuerzo inmenso traté de abrir una rendija en el cascarón del dolor que me aprisionaba la mente y conseguí percibir los gritos en torno a mí, las acusaciones, las amenazas y las vibrantes protestas de Balduccio Guidi y, finalmente, su rendición frente al documento que le mostraron.

Un instante después yacía sobre el suelo, incapaz de moverme y hasta de respirar, mientras cada fibra de mi ser luchaba contra la nada que amenazaba con tragarme.

Fueron las palabras de Piero las que me retuvieron al borde de aquel precipicio, junto con sus manos, que me acariciaban despacio.

—Vamos, pequeña. Resiste... —continuaba repitiéndome mientras me levantaba entre los brazos—. Todo ha terminado. Te llevo a casa.