El misterio de la pintora rebelde 34
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La celda era un agujero tórrido, fétido y oscuro, donde sólo tres personas ya estarían apretadas.

Éramos ocho las que nos hallábamos hacinadas allí.

Acurrucadas en la paja del suelo, sin poder extender los brazos siquiera, estábamos obligadas a una forzada intimidad, que acababa por dar lugar a inevitables estallidos de intolerancia.

Cuando me empujaron dentro, obligando a las otras a dejarme espacio, se levantaron murmullos de protesta y algún epíteto lanzado a media voz contra mí y el hombre de guardia, que fingió no oír.

Apenas se alejó, dos muchachas se abalanzaron una sobre la otra tirándose del pelo mutuamente, porque ninguna de las dos quería ponerse cerca del cubo usado como letrina.

Para que lo dejaran antes de que interviniese alguien, les dije que lo haría yo.

Me daba igual. Los acontecimientos de las últimas horas se me habían precipitado con la violencia de una crecida y un profundo estado de apatía había caído sobre mí.

No conseguía entender por qué me habían arrestado.

Nadie me había dirigido la palabra más que para gritarme órdenes, a las que había obedecido sin abrir la boca.

Me arrastraron fuera de la iglesia y después, en el breve tramo que llevaba a la cárcel, entre dos policías, me encadenaron como a una peligrosa forajida.

A pesar de que el sol aún no había salido, una extraña multitud se agolpaba a los lados de las calles del palacio del Alcalde que daban a la puerta Ghibellina.

Cuando vi acercarse a una decena de hombres a caballo, todos con los ojos bajos y los rostros tensos, escoltados por un convoy de soldados, me acordé de los conjurados que aquella misma mañana debían ser acompañados al exilio.

Una voz se había elevado, solitaria, rompiendo el silencio para gritarles palabras de aliento, pero había sido rápidamente silenciada antes de que los soldados pudieran reconocer su procedencia.

Luego, en un instante dispersaron a todos, y los guardias me forzaron a reanudar el camino, atrayendo las miradas de los paseantes.

Desde que entré en aquella celda me había refugiado en un obstinado mutismo, arrollada por las oleadas de angustia que hasta aquel momento había conseguido mantener a raya.

Toda mi vida había sido una mentira y sentía que ya no tenía ninguna certeza.

Todos mis recuerdos parecían desvanecerse, excepto las imágenes de la noche anterior, que pululaban en mi mente al ritmo de una pesadilla obsesiva.

Domenico, Piero, Lorenzo, el miedo, la oscuridad, el horror, la muerte, la locura.

Y, por encima de todo, el rostro multiforme e intangible de Francesco.

Odio y amor se daban batalla dentro de mí, y la repulsión que sentía ante el pensamiento de tener su misma sangre era inseparable del dolor que me atormentaba por haberlo perdido.

Las voces de mis compañeras de celda y las de los guardias fuera eran un rumor de fondo, que acompañaba a lo lejos mi solitaria lucha conmigo misma.

Inmóvil en mi rincón, apretada entre la pared y el cubo, dejaba correr las horas, rechazando la comida y cualquier otro contacto, hasta que se hizo el silencio y comprendí que debía de haber caído la noche.

Los cuerpos que me presionaban por todos lados, amontonados en el sueño, reclamaban espacio y yo me empequeñecí aún más.

De pronto, una muchacha tuvo un acceso de tos, tan potente y prolongado que la dejó agotada. La mujer que se sentaba a su lado se puso en pie y comenzó a chillar:

—Ésta tiene los pulmones podridos... ¡No aguanto más!

Las otras respondieron con miradas soñolientas y hostiles. Ella las escrutó y se dio cuenta de que tendría que llegar a las manos para conseguir otro sitio. Entonces apuntó con su dedo hacia mí.

—¡Eh, princesa! Me siento yo junto al cubo de la mierda. Si no quieres que te parta la cara, ven aquí de inmediato.

Sin discutir me levanté e hice lo que decía.

La muchacha junto a la que me coloqué, más o menos de mi edad, pareció satisfecha con el cambio.

Una débil sonrisa aclaró su rostro grisáceo y brillante de sudor antes de que se dejase ir de nuevo contra la pared.

Cuando su cabeza se deslizó sobre mi hombro, no la retiré.

La idea de poder aliviar, aunque fuera mínimamente, su malestar fue el primer sentimiento positivo que experimentaba desde hacía muchas horas.

Debía de haber amanecido hacía poco, cuando alguien abrió la puerta y dijo mi nombre. Me volvieron a poner las cadenas y dos soldados me escoltaron hasta el palacio del Alcalde.

Al patio le costaba sacarse de encima las sombras de la noche y una bruma ligera flotaba a un palmo del suelo, presionada hacia abajo por el aire ya caliente.

Me pareció más imponente y severo de como lo había entrevisto algunos días antes, desde la ventana del segundo piso.

Pero quizá era sólo porque ahora lo estaba mirando con los ojos de un prisionero.

Un guardián me escoltó más allá de la entrada, sobre el lado opuesto de la escalinata de la logia.

Pasamos por delante de una cancela, detrás de la cual una escalera descendía al sótano.

Desde allí me pareció oír unos gemidos que, de pronto, se transformaron en un grito tan agudo que me temblaron las venas.

Mi acompañante pareció no hacer caso y me condujo al primer piso; allí se detuvo delante de una puerta oscura cubierta de tachuelas metálicas.

Golpeó tres veces antes de abrir y empujarme dentro.

En aquella que parecía una pequeña sala de tribunal, detrás de un estrado se sentaban ocho hombres, vestidos con la púrpura de los juicios.

Cuando vi que uno de ellos era Balduccio Guidi, el estómago se me cerró de golpe.

Con la cabeza inclinada para ocultar mi turbación, esperé a que me dirigieran la palabra.

Lo hizo, sobre todo, el más anciano, que empezó pidiéndome que confirmara mi nombre. Luego me preguntó si era la sobrina del pintor Domenico da Venezia y yo lo confirmé.

—¿Sabe de qué está acusada?

—No, Excelencia.

La mirada de Balduccio Guidi me quemaba encima como un tizón ardiente.

—Entonces le informaré yo —continuó el anciano—. Está acusada de participar en los delitos contra el banquero Felice Peruzzi, Guglielmo da Prato, camarlengo de Santa María Nueva, y Lorenzo Guidi, además del intento de homicidio del rector padre Jacopo Torregiani. ¿Está dispuesta a confesarlo todo?

Un zumbido en el oído me confundió, al punto de que no estaba segura de haber entendido bien. El juez repitió la pregunta, poniendo el acento en el término confesar .

Me di cuenta de que mi vacilación podía ser interpretada como admisión de culpa y me apresuré a negar con fuerza.

—No... Claro que no. No tengo nada que ver con esos delitos. El rector podrá confirmarle que he hecho todo lo posible para detener al asesino y que gracias a mi ayuda ha conseguido escapar de él.

El juez se ajustó el sombrero.

—El padre Torregiani ha padecido un grave sufrimiento y no está en condiciones de testificar. Pero nos ha hecho llegar un escrito, en el que dice...

Acercó la lente a un folio con la intención de leerme las pocas líneas que estaban escritas, aunque luego cambió de idea y lo posó sobre la mesa.

—Dice haber oído claramente que usted tenía una estrecha relación de parentesco con el asesino. ¿Se atreve a negarlo?

—No, no lo niego, pero ya no...

Me interrumpió, impaciente.

—En resumen, ¿es o no la hermana de la mente diabólica que ha llevado a cabo estos crímenes con el fin de vengar a su padre, legítimamente castigado por la justicia hace dieciséis años?

—Sí, pero yo no sabía nada.

—¿Quiere decir que no sabía nada de los acontecimientos que llevaron a la muerte de ese hombre..., su padre?

—No, es decir..., sí. Conocía el caso, pero sólo ése.

Él mostró signos de intolerancia.

—Entonces, ¿sabía o no sabía? Se está contradiciendo. Y esto es típico de quien tiene algo que esconder.

Aquel juez estaba poniendo en mi boca cosas que no quería decir y me sentía cada vez más confusa. Pero quizá ése era precisamente su objetivo. Me impuse mantener la calma.

—Conocía cuanto le había ocurrido a ese hombre, pero le juro que no sabía que era su hija, como ignoraba que ese muchacho..., el asesino, era en realidad mi hermano. Lo descubrí la pasada noche.

Mi tono firme tuvo el efecto de hacer estallar la cólera de Balduccio Guidi.

—¡No tiene vergüenza! —atronó con voz alterada—. Desde que puso los ojos sobre mi hijo supe que sería su ruina, pero no imaginaba hasta qué punto.

—Le ruego que crea que no tengo responsabilidad alguna en la muerte de Lorenzo. Estoy inmensamente dolida por ello...

—¡Cállese! —me interrumpió, con el rostro congestionado por la rabia—.

No se atreva ni a nombrarlo. Tenga la decencia de dejarlo en paz al menos.

Le digo yo cómo fue, porque ahora lo veo todo claro.

Lo ha embrujado con sus artes diabólicas con el único objetivo de obtener su ayuda, forzándolo incluso a traicionar su juramento y a enfangar el cargo que ocupaba.

No me mire de ese modo. Me lo confesó todo antes de ir a verla la otra noche.

Estaba desesperado porque pensaba que sería incriminado.

Dijo que lo había hecho para ayudar a exonerar a su tío.

¿Cómo podía imaginar que era sólo un peón del delirante plan urdido por usted y su hermano?

Lo amenacé, lo exhorté a mantenerse lejos, aunque no sirvió de nada.

Su poder sobre él era mucho más fuerte que el mío.

Dios sabe qué pasó después, pero es seguro que debe de haber intuido finalmente la verdad. En ese momento decidió eliminarlo.

—¡No es verdad! No hay nada cierto en cuanto ha dicho. Yo nunca he mentido a Lorenzo, nunca le he...

—¡Basta!

Se puso de pie, trastornado, batiendo la palma de la mano sobre la mesa.

—Ya pensará la justicia en aclarar la verdad. Y cuando sea verificada, esté segura de que no escapará al justo castigo. Como le ocurrió al criminal de su padre.