El misterio de la pintora rebelde 33 #2
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33 #2

Se detuvo un instante para sacar el cuchillo del cinturón y me lo tendió.

—Visto que, de todos modos, has decidido asistir, podrías serme de ayuda.

Necesito una buena mano para grabarle sobre el pecho una estrella, como he hecho con su secuaz.

Así, cuando interroguen a los dos acusados, les preguntarán la razón de estos símbolos y saldrá a la luz la verdad sobre la estúpida hermandad en cuyo nombre han perpetrado su traición.

Rechacé bruscamente su mano, lo que hizo caer el arma al suelo. Luego busqué un modo de hablarle, moviéndome sobre el terreno insidioso de su locura.

—Tienes razón. Este hombre no merece piedad y un día deberá rendir cuenta de sus actos.

Si lo esperan las llamas del infierno, eso querrá decir que se ha hecho justicia.

Pero tú no puedes sustituir a Dios, como esos mismos jueces a los que has querido perseguir.

¿No comprendes que lo que estás haciendo carece de sentido?

No es posible cambiar el pasado. La venganza no devolverá la vida a tu padre y estoy segura de que ésta no es tu voluntad.

Francesco se puso rígido, examinándome con frialdad.

—Como ya te he dicho, era también tu padre.

Ante aquellas palabras un dolor se volvió a encender en el centro de mi pecho, pero no podía dejarme arrollar.

—Precisamente en nombre de él pido que te detengas.

Francesco hurgó mucho tiempo en mis ojos, en una búsqueda cuyo significado no entendía, pero que me hacía sentir desnuda e inerme. Luego me alejó, decidido.

—Vete de aquí. Es justo que continúe solo.

Me dio la espalda, alzó otra vez la maza y golpeó la otra rodilla de Torregiani, que lanzó un silencioso quejido mientras las lágrimas de dolor le bañaban el rostro. Con una sensación de vértigo recogí entonces el cuchillo del suelo y lo puse en mi garganta.

—Continúa así y encontrarán dos cadáveres aquí dentro.

Era un intento desesperado, y ni siquiera sabía si yo habría tenido el valor de hacerlo. Pero mi tono estaba tan lleno de angustia que vi una sombra de miedo atravesando el rostro de Francesco. Dejó caer la maza y vino despacio hacia mí, con las manos levantadas.

—Deja esa arma, Lavinia. No hagas tonterías.

Retrocedí, apretando firmemente la empuñadura y él avanzó todavía unos pasos.

No se percató de que Torregiani había empezado a zafarse como un poseso y consiguió arrancar el lazo que le había aflojado.

En un instante liberó también la otra muñeca y las pantorrillas, y tiró al suelo el trapo que le cerraba la boca.

Luego, arrastrándose sobre las piernas rotas con sorprendente velocidad, llegó hasta la puerta, que consiguió abrir antes de comenzar a pedir ayuda.

Sólo entonces Francesco comprendió lo que estaba sucediendo.

—¿Qué has hecho? —murmuró, como si hablara consigo mismo.

Corrió hacia la salida, pero se detuvo de inmediato, porque el rector ya había alcanzado el centro del claustro y algunas luces se habían encendido, reclamadas por sus gritos. Francesco atrancó entonces la salida desde el interior antes de volver hacia mí.

Sacudiendo la cabeza, me quitó el puñal de la mano y me obligó a seguirlo al ábside. Me tiró al suelo, justo debajo de los frescos y se sentó a mi lado.

—Lo siento —dijo en voz baja—, por no haber sabido encontrarte antes. Y por no haber conseguido contarte nada... de cómo éramos. Ahora todo caerá de nuevo en el olvido y tú nunca sabrás, nunca podrás recordar.

Alargó la mano hacia la mía, pero yo la retraje con horror, recordando la gélida indiferencia de su rostro mientras rompía los huesos de Torregiani.

En el exterior se oían gritos, a los que siguió un largo silencio. Nos quedamos el uno junto a la otra sin hablar durante un tiempo indefinido. Luego se oyeron una serie de golpes contra la puerta y una voz dio la orden de abrir en nombre de la ley.

Francesco buscó mi mirada.

—No nos queda mucho tiempo. No quiero acabar como nuestro padre.

No comprendí a qué se refería. Luego vi que levantaba el puñal.

—No es fácil hacerlo solo... Necesito tu ayuda.

En el azul de sus ojos se anegaba la palidez del rostro, sobre el que estaban escritos al mismo tiempo los sufrimientos padecidos, su ferocidad asesina y una infinita dulzura, de la que sabía que yo era el único objeto.

A punto de ceder, la madera de la puerta vibró por última vez, luego sonó como un gemido prolongado.

Francesco me cogió las manos y las cerró en torno al puñal, que apoyó a la altura de su corazón. Oprimida por la enormidad de lo que me estaba pidiendo, tuve la impresión de que el frío del acero atravesaría también mi pecho. Moví la cabeza, cegada por las lágrimas.

Él apretó con más fuerza las manos en torno a las mías y asintió despacio, sonriendo entre dientes.

—Adiós, pequeña Ginevra.

Mientras oía por primera vez el nombre que me había dado mi verdadera madre, Francesco hundió la hoja con un golpe nítido y de inmediato soltó el mango. Me cubrí la boca para sofocar el grito que me oprimía la garganta.

Él se venció hacia atrás, luego se aferró a mí. Me sostuvo por los brazos mientras se desplomaba despacio hasta posarme la cabeza en el regazo. Tuvo un último estremecimiento y por fin yació inmóvil.

Cuando los guardias irrumpieron me encontraron así, moviendo lentamente una mano que le acariciaba el pelo.

Apenas conseguía distinguir sus figuras, como si las mirara a través de un líquido oscuro, y también sus gritos eran poco más que un rumor lejano y confuso. Me pareció que decían que estaba arrestada, pero no respondí ni di ninguna señal de haber comprendido.

Luego alguien me agarró brutalmente y me arrastró lejos.