33
Estuve mucho tiempo mirando la cera de la vela mientras se consumía lentamente. Tenía dentro de mí una oscuridad de sentimientos total tras la tempestad desencadenada por la revelación de Francesco.
Detrás de aquella puerta cerrada había gritado mi rechazo a la verdad que me acababan de lanzar a la cara. No estaba dispuesta a aceptarla. No podía ser más que otra de las mentiras concebidas por una mente enferma.
Sabía bien quién era yo, conocía a mi madre, la había amado y perdido.
Podía recordar su rostro como si lo tuviera delante, su olor, su sonrisa un poco distraída, que a veces creía revivir en los labios de Domenico.
El recuerdo de ella era un tesoro precioso y Francesco estaba intentando quitarme también aquello. ¿Con qué fin?
Volví a ver sus ojos bajos y temerosos, el estremecimiento de su voz, su caricia, su vacilación antes de pronunciar aquellas últimas palabras. No era la actitud de quien está mintiendo y yo lo sabía.
Mi conciencia había encontrado el camino mucho antes que mi mente, pero me dolía tanto que no podía permitirme recorrerlo.
Debía convencerme a mí misma de que no era cierto y lo grité de nuevo en voz alta.
Las paredes me devolvieron un eco alterado, que sonaba falso como los recuerdos de los que ya no estaba segura y las imágenes de mi infancia, que huían hacia atrás hasta precipitarse en un agujero negro.
Astillas de memoria revoloteaban en mi cabeza como fragmentos de espejo con reflejos distorsionados, en los que ya no reconocía nada.
Y un fuego me incendiaba las sienes, similar al que había visto tantas veces inflamar las cortinas de una casa desconocida, en una de las pesadillas recurrentes de mi infancia.
En un arranque de rabia volqué el candelabro que Francesco había dejado en el suelo.
Al ver la vela a punto de apagarse, me invadió una angustia indecible, segura de que si me hubiera quedado sola en la oscuridad, podría haberme vuelto loca.
La levanté entre los dedos con la garganta hinchada y la sostuve delante de mí, dejando que la cera me chorreara sobre la piel y las lágrimas me rayasen las mejillas.
Respiraba despacio, observando la llamita que vibraba al ritmo de mis sollozos.
El azul de la base, luego el amarillo cargado, por fin una blancura incandescente, que presionaba contra la oscuridad.
Me agarré a aquella ancla para detener la mente e impedir que despedazara lo poco que aún quedaba de mi identidad.
Permanecí allí, inmóvil, durante un tiempo que me pareció infinito, pero quizá sólo duró unos pocos instantes, hasta que ya no sentí nada.
Había encerrado mi dolor en una caja y la estaba mirando.
No podía abrirla de nuevo, no de una sola vez y no en aquel momento.
En el piadoso vacío que me obnubilaba los sentidos un único pensamiento emergía, tan poderoso e imperativo que silenciaba cualquier otra voz.
Debía encontrar un modo de detener a Francesco.
Como después de un largo sueño, recuperé la posesión de mi cuerpo.
Fui hacia la puerta y di algunos golpes, sin debilitar en lo más mínimo la resistencia del cerrojo.
Revisé palmo a palmo la pequeña habitación, en busca de un objeto con el que hacer palanca, pero estaba casi despojada; sólo había una gran caja de madera, de casi dos brazos de altura.
En el interior no encontré nada que pudiera servirme.
Estaba llena de piedras, trapos viejos y teas como las que cubrían los cadáveres en la estancia de al lado, aún impregnados del mismo olor a muerte.
El aroma era, no obstante, tan poderoso que hacía dudar de que proviniese sólo de aquellos pedazos de tela.
Acerqué la cara al estrecho espacio entre la caja y la pared.
El olor salía de allí. En alguna parte debía de haber una abertura que conducía a la estancia adyacente.
Quizá se trataba de un simple orificio, acaso cerrado por una reja, pero también existía la posibilidad de que fuera mi única vía de escape.
Metí una pierna detrás de la caja y me plegué apoyando la espalda en la pared para hacer palanca.
Perdí el equilibrio y caí de lado, desgarrándome el vestido.
No me rendí y volví a empezar, empujando cada vez más fuerte mientras la cabeza me daba vueltas y los músculos me quemaban por el esfuerzo, hasta que la caja se desplazó lo suficiente como para permitirme pasar detrás de ella con la vela en la mano.
Como esperaba, a cerca de un brazo de tierra, en la pared se abría una suerte de toma de aire. No había ninguna reja y, aunque el espacio era muy angosto, podía intentar pasar.
Sin dudar quité con la mano las numerosas telarañas y metí los pies.
La falda se me levantó y las asperezas de la piedra me arañaron los costados, pero cuando pasé comprendí que podía hacerlo.
Estreché los hombros, levantando un brazo y luego otro, y en poco tiempo me encontré de rodillas dentro de uno de los ataúdes vacíos alineados a lo largo de las paredes del depósito de cadáveres.
Recuperé la vela y corrí hacia la puerta, que había roto con sus empujones Lorenzo. Su recuerdo me dio una dolorosa punzada, que se hizo más intensa cuando, poco después, me tropecé con su cuerpo.
Trastornada por lo ocurrido en la última hora, ya no le había dedicado ni siquiera un pensamiento y también por eso sentía caer sobre mí un pesado e irracional sentimiento de culpa, con el que pronto debería ajustar cuentas.
Pero me esforcé por alejarlo. En ese momento tenía una sola misión, para la que quizá ya era demasiado tarde.
Francesco no podía, desde luego, haber salido por via della Pergola y entrado después en el hospital por el acceso principal, por tanto, debía de haber otro pasaje.
Me acordé de la estancia de los artistas, donde Bernardo Torregiani había escondido a Domenico.
Allí había una escalera que conducía a la superficie, directamente al claustro grande. Pero ¿cómo encontrarla?
Respiré hondo un par de veces y me obligué a razonar.
Poco antes, con Lorenzo, habíamos pasado por la cripta de San Egidio.
Volví allí a la carrera y miré a mi alrededor.
Si aquel espacio, como parecía, copiaba exactamente la planta de la iglesia, el claustro debía de encontrarse justo detrás del ábside.
Rogando que mis suposiciones fueran correctas, fui hacia la última puerta que daba en aquella dirección.
La atravesé y al poco me encontré en la sala que estaba buscando, con la escalera que subía al claustro.
Apenas salí al aire libre miré a mi alrededor, tratando de imaginar dónde estaría la estancia del rector.
Pensé de inmediato en la ventana del primer piso a la que lo había visto asomarse aquella primera noche y me encaminé por tanto hacia el claustro de la enfermería, tratando de avanzar pegada a los muros, al amparo de los pozos de sombra dibujados por las bóvedas.
Si alguien me descubría allí dentro a aquella hora no tendría la oportunidad ni el tiempo de explicarme y todo estaría perdido.
Al atravesar el pasaje en arco que conectaba los dos claustros, mientras bordeaba la iglesia, me detuve de golpe, atraída por un débil juego de luces detrás de las vidrieras de San Egidio. No duró más que un instante, pero fue suficiente para intuir que estaba dirigiéndome al sitio equivocado.
La idea de que Francesco había llevado a Torregiani a la iglesia se abrió camino en mí como la hipótesis más probable. En el fondo, era allí donde había comenzado todo.
Me desvié entonces hacia el acceso lateral del edificio y traté de empujar la puerta.
Opuso un poco de resistencia, pero me percaté de que oscilaba, como si estuviera mal cerrada.
Mirando a mi alrededor vi una pequeña azada, apoyada entre las hierbas del jardín botánico.
La empuñé con ambas manos y metí la parte metálica entre la puerta y la jamba, luego la sacudí repetidamente hasta que el perno se salió y el batiente se abrió.
La nave estaba silenciosa, pero una leve claridad llegaba desde detrás del altar. Vacilé, con todos los sentidos alerta, hasta que un murmullo sofocado me impulsó a asomarme sobre el ábside. La escena que me encontré enfrente consiguió paralizarme.
Con los bancos de la iglesia se había montado una estructura similar a un palco, sobre la que habían atado a Torregiani con las manos y los pies separados, formando una especie de cruz.
Su desnudez cándida y traslúcida como alabastro destacaba inerme bajo la luz del candelabro, justo debajo de las paredes pintadas al fresco, que se cernían sobre aquel cuerpo con sublime belleza.
Francesco estaba de pie frente a él mirando hacia las imágenes pintadas y apretando las manos en torno a una gran maza.
Apenas se percató de mi presencia, su expresión arrebatada se disolvió en el mayor disgusto.
Torregiani, con las pupilas anegadas de terror, comenzó a agitarse y él, sin siquiera mirarlo, le asestó un potente golpe en la espinilla. El grito del rector no fue más que un triste gorgoteo, sofocado por el trapo que le había metido en la boca.
Me paré delante de Francesco.
—¡Detente, te lo ruego!
Su mirada me atravesó como si estuviera hecha de aire y, con una maldición, se dirigió hacia la puerta que daba al claustro para cerrarla.
Yo aproveché para acercarme a Torregiani y aflojar los lazos que le ataban las muñecas. Pero tuve que dejarlo, porque Francesco llegó enseguida de vuelta.
—No te entrometas —me amenazó—. Este hombre ya ha sido condenado. Le he expuesto las acusaciones y he dictado la sentencia. Pena capital, a ejecutar mediante el suplicio de la rueda.
Se acercó a él y le golpeó con violencia la rodilla, haciéndole enarcar todo el cuerpo.
—Sabes cómo funciona, ¿no? Se parten uno a uno los huesos de los brazos y las piernas, antes de dar el golpe de gracia sobre el esternón. La duración depende del verdugo. Pero puede ser muy larga.