El misterio de la pintora rebelde 32 #3
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—Ninguno de aquellos a los que he golpeado puede decirse inocente.

No lo eran los jueces, gente que sustituye a Dios para emitir sentencias que complazcan a los poderosos e inflige tormentos con el fin de conducir a su gusto la verdad.

No lo era, desde luego, el banquero Peruzzi, que se enriqueció durante años a expensas de las desgracias ajenas.

¿Y qué decir del camarlengo? Viscoso siervo del rector, perjuro y corrupto, además de pederasta.

Imagino que habrás entendido también tú qué hacía de noche en el Fosso Macinante.

Y luego Andrea del Castagno. Me ha enseñado mucho y de algún modo le estoy agradecido, como lo estoy también a Domenico.

Pero esto no le quita nada a su culpa, ni a la de Piero.

La traición a la amistad es el delito más grave, el que nunca conocerá el perdón.

—También Andrea del Castagno... ¿Has sido tú? Porque todos crecen que murió por la peste...

—Porque es así, en efecto... Sólo que la contrajo por los trapos infectados que le procuré yo.

Uno de los jueces, antes de morir, me dio los nombres de los artistas que habían trabajado con mi padre en los frescos de San Egidio, insinuando que podían saber algo del motivo que desencadenó el odio del rector.

Por eso me acerqué a Andrea. Tras crearme una nueva identidad, aproveché las enseñanzas de mi padre y le mostré lo que sabía hacer, luego le imploré que me aceptara en su taller.

Los halagos con los que lo colmé y la piedad que le inspiré presentándome como un pobre muchacho cojo enamorado del arte surtieron su efecto.

Así comenzó mi segunda vida como aprendiz.

Trabajaba mucho, aprendía deprisa y pronto me hice indispensable.

He tenido que esperar casi un año, pero finalmente se delató.

Con la complicidad de una borrachera, se le escaparon algunas palabras sobre una desagradable historia pasada que aún le turbaba la conciencia.

Para conocer todos los detalles tuve que esperar a la peste.

Atado a la cama, bajo la amenaza de aquellas prendas infectadas, se decidió a hablar.

Entonces lo supe todo de cómo él, Domenico y Piero habían dado la espalda a mi padre, marcando su suerte, y también descubrí el motivo, junto con muchos secretos de su hermandad.

Por el terror que le inspiraba el contagio, Andrea llegó a entregarme también una especie de medalla, que los adeptos usaban para comunicarse y reconocerse entre ellos.

Ante la idea de que iba a detener para siempre la mano a la que había visto trazar en la contrafachada de la catedral la efigie de Nicolás de Tolentino, admito que dudé, rozado por un gesto de compasión.

Pero no podía dejarme condicionar. Andrea merecía morir, del mismo modo que Domenico y Piero merecían vivir en su propia piel lo que suponía acabar en manos de un verdugo.

Se puso de pie y esa vez quedó claro que ya no conseguiría retenerlo.

—Pero ahora es el momento de Torregiani —quiso aún añadir—.

Todo el camino hecho me ha traído hasta aquí, a este placer tan esperado, que ya no puedo aplazar.

Después vendré a buscarte para llevarte a un lugar seguro, haré desaparecer el cuerpo de tu acompañante y volveré a pasar por muerto hasta el entierro.

Sólo entonces seremos libres de ir donde queramos y tú serás la emperatriz de mi reino.

Me cubrí el rostro con las manos, sintiendo que me hundía en un desconsuelo sin fin. Luego miré a Francesco, que ya estaba saliendo, para que leyera toda mi repulsión.

—Tendrás que matarme, ¿lo sabes? Si me llevas contigo te verás obligado a cuidar tus espaldas toda la vida. Porque si no pudiera entregarte al verdugo, antes o después puedes estar seguro de que yo misma ejecutaré la sentencia.

Él se mantuvo tranquilo y respondió sin descomponerse.

—Oh, no, tú no lo harás. Sobre eso no tengo dudas. Porque todo lo que he hecho ha sido también por ti.

Su seguridad inquietante acentuaba la conciencia de mi impotencia y me creí casi desaparecer frente a la enormidad de su locura. Algunas lágrimas de frustración se asomaron a mis ojos y Francesco se inclinó para secarlas, mirándome durante un instante lleno de ternura.

—De todas las ocasiones en las que habría querido decírtelo, ésta quizá sea la más infeliz.

Pero no tengo alternativa... Hay otra cosa que supe por Andrea.

Aquel día, delante de mi casa en llamas, estaba también él, junto a Domenico y Piero.

También ellos vieron a mi madre asomarse a aquella ventana.

Ella no tuvo tiempo de tirarse, pero, cuando los vio, les arrojó a su niña de dos años, a la que tenía en brazos...

, mi hermana. Aquella niña se salvó, pero nadie le dijo nunca la verdad, y ha crecido sin tener idea de sus verdaderos orígenes.

Hizo una pausa, atento a mi reacción. Pero yo seguía mirándolo sin entender.

Él me acarició, luego se levantó rápido hacia la puerta, como si no quisiera conocer el efecto de las palabras que estaba a punto de pronunciar.

Luego, antes de salir, me lanzó una mirada furtiva que traicionaba todo su temor.

—Aquella niña eras tú, Lavinia.

Después cerró la puerta a sus espaldas y me quedé sola.