32 #2
Se lo dije, pero lo negó.
—Si lo hubiese hecho, apenas cruzado el umbral, habrías acabado en una celda, como le pasó a Piero. Aunque nadie te habría tocado un pelo sin mi permiso. No, aquella noche te dejé hacer, también porque pensaba que un pequeño susto te quitaría las ganas de correr más riesgos... Pero me equivoqué.
En las palabras de Francesco había algo que no cuadraba.
—¿Quién es para ti el Emperador? ¿Cómo es posible que ese criminal te permita dar órdenes en su casa? ¿Sois tan cercanos?
Las sombras en el rostro de Francesco mudaban velocísimas, impidiendo captar su expresión. Luego se decidió a responder.
—Quizá haya llegado el momento de llamar a las cosas por su nombre. Mira... el Emperador y yo no sólo estamos cerca. Para ser exactos, somos la misma persona.
Aquellas palabras fueron un golpe en la boca del estómago.
—¿Has hecho todo esto... solo?
—Digamos que sí... A veces también con la ayuda de mis hombres, ninguno de los cuales se ha permitido nunca hacer preguntas.
Luego concluyó:
—Ahora no tengo tiempo para contarte mi triste historia. Nos hemos alargado demasiado y yo aún tengo algo que hacer para cerrar definitivamente la partida. Basta con saber que de aquel niño aterrorizado y solo en el mundo al que ahora soy el paso ha sido bastante corto.
Hizo ademán de levantarse, pero lo retuve.
No podía permitir que se marchara. En ese momento su plan se me apareció en toda su perversa claridad.
Su presunta muerte, más allá de acusar a Piero y Domenico, le daba la libertad de moverse en el interior del hospital para sorprender a Torregiani y llevar a término su venganza.
También el último delito recaería sobre las espaldas de los dos acusados, pues sin duda ambos tenían móvil.
Decidí enfrentarlo directamente, con la esperanza de provocar su reacción.
—Has sido sólo tú el que ha tejido esta viscosa tela de araña, con el fin de apuñalar por la espalda al hombre que te acogió como un hijo.
Te has colado en nuestra casa como un reptil y te has servido del engaño y la mentira.
Sí, creo que tienes razón. Es cierto que te has convertido en un hombre que infunde terror, pero en realidad no te has alejado mucho de aquel niño que temblaba en la cornisa renegando de su padre como un cobarde.
Había metido el dedo en la llaga, allí donde sabía que podía hacer más daño.
Sus rasgos se estremecieron, al punto de contraerse.
Pero casi de inmediato volvieron a distenderse y, cuando me habló, el tono calmadísimo con el que leyó dentro de mí como un libro abierto me conmocionó mucho más que un estallido de ira.
—No pienses que no sé lo que tratas de hacer.
Intentas que me quede para saber más y acaso encontrar así un modo de detenerme.
Pero todo esto no es necesario, porque no tengo la intención de callarme nada y también porque no hay nada que puedas hacer para cambiar las cosas.
Lo quieras o no, en breve todo se llevará a cabo.
Me lancé contra él, con mi voz a punto de quebrarse.
—Eres sólo un loco que obtiene placer del sufrimiento ajeno... ¿Vas a torturarme también a mí como a los otros desgraciados que han caído entre tus manos?
Los párpados de Francesco se movieron rapidísimos, empujados por la sucesión de sus pensamientos.
Pareció a punto de decir algo significativo, pero lo reconsideró.
Fue hacia la puerta, para luego detenerse y volver nuevamente hacia mí, se arrodilló y me habló con un tono que tenía la clara intención de calmarme.
—Sabes perfectamente que nunca te haría daño.
Y no quiero dejarte así... Que yo soy un asesino está fuera de toda duda.
Pero nada es sin razón. En nuestras miserables vidas, muy poco se debe al azar.
¿No crees también que cada efecto es consecuencia de una causa precisa?
Me he preguntado muchas veces cuál fue la causa que marcó mi destino y que, en vez de dejarme morir de hambre en medio de la calle, quiso que acabase en manos de un hombre que me dio techo y comida.
Me lo he preguntado mil veces mientras pasaba la infancia mendigando para él, soportando sus azotes si no le traía bastante y las atenciones de sus clientes cuando se percató de que mi bonito rostro podía hacerle ganar más que algunas de sus muchachas.
Comencé a entenderlo sólo cuando me convertí en su mano derecha y tuve acceso a todos sus secretos.
Pero supe esperar hasta que me sentí lo bastante fuerte como para matarlo y ocupar su puesto...
, descubriendo así que era mucho mejor que él.
Tan bueno como para crear un imperio, hacerme respetar, infundir terror e inventarme una identidad en el límite de la leyenda.
Entonces me quedó claro que todos los acontecimientos de mi vida estaban conectados entre sí, inevitable consecuencia el uno del otro.
La causa de todo, la injusticia sufrida por mi padre, había abierto un círculo y yo tenía el deber de cerrarlo.
Me puso las manos sobre los hombros.
—El plan que concebí es un homenaje a su arte y lo he afrontado exactamente como un fresco.
He respetado los tiempos, como habría hecho con la cal del enlucido, que no basta cocer y cribar como corresponde, sino que debe reposar al menos un año antes de que esté lista para mezclar con la arena.
No obstante, también a esta última hay que prestarle atención.
Si no se lava suficientemente, un solo granito de sal o pirita acabaría por hinchar la superficie y estropear el trabajo.
Del mismo modo, quise proceder por fases, sin prisa y con una atención escrupulosa para no dejar nunca huellas.
Pero cuando llega el momento de extender el enlucido, es preciso hacerlo rápido y se necesita una precisión extrema para calibrar el secado teniendo en cuenta la humedad, la temperatura, la estación y la hora.
No debe quedar mojado demasiado tiempo, pero tampoco secarse demasiado deprisa y es preciso entender al vuelo cuándo está a punto para aumentar de inmediato la dilución de los pigmentos.
Así, también yo, apenas me di cuenta de que los registros de los magistrados os habían puesto en el camino correcto, tuve que acelerar los tiempos, yendo donde Torregiani antes de que lo hicierais vosotros.
Sabía que aquel idiota no os escucharía, pero no podía arriesgarme.
No ahora que estaba a un paso de concluir mi obra.
La delirante lucidez de Francesco superaba mi razón, amenazando con arrastrarme por los meandros de su mente trastornada.
Durante un momento su rigor científico, su vívida atención y su total control de las emociones me recordaron a Piero, pero rechacé con fuerza esa comparación.
La sola posibilidad de que la frontera entre genio y locura fuera tan lábil me causaba un oscuro malestar.
Retrocedí contra la pared para alejarme de Francesco, pero también de aquel pensamiento perturbador.
—¡Me horrorizas! ¿A cuántas personas has matado para vengarte de una? ¿Cuántas vidas inocentes has puesto sobre el plato de la balanza mientras concebías sobre el papel tu loco proyecto?
Sin inmutarse, abrió de par en par sus ojos celestes con sincero asombro.