32
—No me mires así —dijo Francesco con una ironía que me aterrorizó—. No soy un fantasma.
Mis labios vibraron sin que saliera ningún sonido.
—Adelante, Lavinia —me exhortó él, tendiéndome la mano—. ¿No pensarás que quiero hacerte daño? Para eso ya estaba el gran bastardo tendido allí en el suelo... Pero ahora no debes tenerle miedo tampoco a él.
Lanzó una breve risita.
—Tú... tú estás muerto. Te he visto... ¿Qué...?
Él se secó el hilillo de sangre que le descendía por la comisura de la boca.
—Mi dulce amiga, no debes creer todo lo que ves.
Estaba muerto, sí. Y tendría que haber seguido así aún durante algún tiempo más, al menos hasta que te hubieras ido.
Sin embargo, no podía dejar que ese animal te pusiera de nuevo las manos encima, ¿no te parece?
Esto lo complica todo un poco, pero no tanto.
Incapaz de recuperarme, trataba desesperadamente de encontrar sentido a lo que seguía pareciéndome una obra de brujería.
—¿Cómo...? ¿Cómo has hecho?
Su sonrisa por un instante fue la que conocía.
—No ha sido tan difícil... Hay pociones que pueden ralentizar las funciones vitales.
Yo he tomado una a base de Stramonium . La sensación que deja no es nada agradable, pero he ingerido sólo la dosis necesaria para hacer creíble mi puesta en escena.
Por lo demás, han sido suficientes algunos morados, un poco de maquillaje y una buena interpretación...
Ahora movámonos. No quedan muchas horas hasta el alba y no puedo permitir que tu visita inesperada corra el riesgo de comprometer lo que debo hacer.
Como no me decidía a coger su mano, fue él quien agarró la mía.
Sin el más mínimo rastro de cojera, que evidentemente siempre había simulado, Francesco caminaba tan rápido que me obligaba casi a correr mientras seguíamos el camino de vuelta hasta la morgue.
La dejamos atrás y nos detuvimos delante de un acceso adyacente.
Francesco hizo correr el pestillo y la puerta se abrió, revelando un angosto almacén.
Me empujó al interior y me hizo sentar en el suelo.
—Te pido disculpas, pero debo encerrarte aquí durante un rato.
Aunque no conseguía entender lo que estaba ocurriendo, recuperé algo de lucidez y entendí que debía intentar retenerlo allí como fuera.
Cuando amagó con soltarme la mano yo me agarré de nuevo, obligándolo a acurrucarse frente a mí.
—¿Quién eres en verdad?
Él suspiró y yo proseguí:
—¿Trabajas para el Emperador? ¿Por qué ese hombre nos está persiguiendo? ¿Por qué busca venganza para una vieja historia ya enterrada?
La mirada de Francesco se convirtió en brasas.
—Aquella vieja historia, como la has llamado, fue un horrendo crimen, a causa del cual un inocente tuvo un final atroz, su memoria fue pisoteada y muchas otras vidas han sido destruidas por ello. Los responsables salieron indemnes y, si no se hubiera hecho justicia, aún seguirían impunes.
—Lo sé. Conozco el asunto. Pero por más injusto que sea, esto no justifica...
—¿No justifica? —me interrumpió, alzando la voz—.
¿Tú qué sabes? No viste lo que le hicieron a ese hombre, cómo lo humillaron y lo destrozaron luego, los esputos y los insultos con que lo cubrieron incluso después de que su cuerpo había sido ya martirizado, la multitud que gritaba su odio llenándose la boca contra el sacrilegio... Tú no estabas ese día.
El rencor que le había desencajado el rostro volvió de inmediato a calmarse, como el agua de un estanque cuando deja de estar agitada. Pero fue suficiente para que la verdad se abriera ante mí con toda su evidencia.
—Pero tú, en cambio, estabas —murmuré.
Francesco no respondió. Piero había dicho que la mujer y los hijos de Filippo habían muerto en el incendio. Me pareció evidente que se equivocaba.
—Era tu padre, ¿verdad?
Busqué su mirada y por un breve instante él me permitió asomarme a aquel antiguo sufrimiento. Pero un momento después su rostro se recompuso en una plana ausencia de sentimientos.
—También la mía fue una de las vidas destruidas por aquella tragedia.
Su tono neutro y distanciado acentuaba el sentido de irrealidad del que me sentía rehén.
—Mi padre era un artista, uno de los mejores de su tiempo, y yo nunca me cansaba de mirarlo pintar, pues sólo deseaba ser como él.
No consigo pensarlo sin el pincel en la mano y no tengo recuerdos de mi infancia fuera de su taller, donde pasaba las jornadas ayudándolo y donde él me descubría poco a poco sus secretos.
Luego fue arrestado y mi mundo se hizo pedazos.
Las medias frases susurradas que había conseguido entender hablaban de un hurto, de una pena terrible, incluso del corte de una mano.
No podía imaginar nada peor. Así, aquel día hui de casa y me encaminé hacia el palacio del Alcalde, para mirar a la cara la verdad que todos me ocultaban.
Quedé bloqueado por la multitud que presionaba en las calles circundantes, cerrando todos los accesos.
Aunque no conseguía ver nada, lo que oía no dejaba lugar a dudas: el chasquido del látigo y los gritos de mi padre, mezclados con las incitaciones de la gente.
Trastornado por el estado de exaltación del que todos parecían presa, los escuché contar aquellos golpes uno a uno.
Cuando llegaron a cien, hubo una pausa de silencio y yo creí que había terminado.
Me sentí aliviado, porque mi padre era un hombre fuerte.
Lo habría superado, las heridas se habrían curado y él habría podido volver a pintar.
Esbozó una sonrisa sarcástica en la comisura de los labios.
—Pero aquel silencio era sólo de espera.
De golpe, todos se movieron y yo fui arrastrado a lo largo de la calle, algunos centenares de pies más adelante.
Sentía que algo iba a ocurrir y, en el desesperado intento de saber más, conseguí subir a la cornisa de una ventana.
Un instante después vi el hacha caer sobre la mano de mi padre.
La multitud explotó en una ovación, pero no lo bastante fuerte como para silenciar su alarido.
Francesco se pasó una mano sobre los ojos, como para borrar aquella imagen.
—En aquel momento comprendí que su vida había terminado y pensé que también la mía.
Me quedé agarrado a la cornisa, sin fuerza ni voluntad, espectador impotente de la locura homicida que se estaba apoderando de la gente debajo de mí y que me era del todo incomprensible.
Un coro de voces enfurecidas animaba al verdugo exhortándolo a completar su trabajo, vomitaba insultos contra mi padre y, blandiendo mazas, palos y armas de todo tipo, pretendía a voz en grito que lo dejaran en sus manos para acabar con él.
Una risita amarga rompió su relato.
—¿Y yo qué hice? Muerto de miedo, me quedé inmóvil como una estatua porque no tenía dudas de que, si hubieran descubierto quién era, habrían acabado tomándola también conmigo.
Me estremecí de la cabeza a los pies, tan fuerte era el impulso de gritar mi odio y matarlos uno a uno.
Pero permanecí allí, maldiciendo mi cobardía con las mejillas en llamas por la vergüenza.
E incluso después de que todos se fueran persiguiendo a la carrera el carrito sobre el que yacía mi padre, durante un rato no fui capaz de moverme.
Ya estaba seguro de que él había muerto y no tenía el valor de volver a casa.
Cuando finalmente me decidí a hacerlo, lo que me encontré iba más allá de lo imaginable.
Un humo denso y negro invadía las calles en torno a nuestra vivienda y temí que la multitud le hubiera prendido fuego.
Corrí a más no poder, arriesgándome a ser arrollado por las manadas de personas que huían enloquecidas en direcciones opuestas.
Luego fue un infierno. El polvo del empedrado se había hecho negro y estaba diseminado de restos retorcidos y cuerpos quemados, algunos de los cuales aún gritaban.
Mi casa y las dos de al lado ardían desde el interior.
Lenguas de fuego habían tomado la madera y salían por las aberturas, subiendo hacia lo alto con estallidos repentinos, del todo indiferentes a los míseros cubos de agua que arrojaban contra el incendio.
De pronto me pareció ver a mi madre en una ventana del último piso.
Tenía en brazos a mi hermana más pequeña y parecía a punto de arrojarse.
Grité lo más fuerte que pude, pero ella no me oyó.
El humo me cegaba, me impedía respirar, y el calor era similar al de mil hornos, sin embargo, continué avanzando, hasta que una llamarada estalló y mi madre desapareció de mi vista.
Creo que me desmayé, porque cuando me recuperé alguien ya me había llevado lejos de allí.
Lo único que recuerdo es el sentimiento de rabia, ciega y absoluta, que me asaltó apenas me di cuenta de que aún estaba vivo.
En la lucha de los sentimientos contradictorios que se agitaba en mí, la pena por cuanto había vivido Francesco ganó por un instante al horror por lo que había sido capaz de hacer.
Antes de que pudiera impedírmelo, mis dedos le rozaron el pelo que el agua había pegado al rostro.
Él retrocedió ante aquel gesto inesperado.
—¿Por qué acudiste al Emperador? Entiendo que buscabas venganza, pero ¿por qué al lado de ese asesino sanguinario?
Por un momento calló, bamboleándose indeciso sobre los talones. Luego de golpe sonrió, como si estuviera frente a una niña.
—Habéis sido hábiles Piero y tú. Lo reconozco.
Habéis encontrado el rastro de un personaje invisible, un nombre del que pocos conocen la existencia y que, en todo caso, se cuidan muy mucho de pronunciar.
No estaba previsto que llegarais tan lejos, hasta su propia gente.
Habéis jugado con fuego y te confieso que he tenido miedo por ti.
Recordé la taberna del Halcón Blanco. Probablemente Francesco llevaba días espiándonos, para poder avisarlos con antelación de la visita de Piero. Y, desde luego, había encontrado el modo de ponerlos en guardia también sobre mí la noche en que me siguió allí dentro.