31
Arrastrada a la fuerza por las calles del centro, debía casi correr para seguir el ritmo de la marcha furibunda de Lorenzo, que atravesaba la oscuridad con la seguridad de un gato.
Por miedo a desencadenar de nuevo su violencia, ya no me atreví a abrir la boca ni para preguntarle a dónde me estaba llevando.
También él callaba, jadeando ruidosamente, no entendía si por su paso veloz o si por la rabia de la que parecía ser aún rehén.
Nos movíamos por caminos apartados, entre patios y estrechos pasajes que se abrían casi invisibles bajo los saledizos de los edificios, en un claro intento de evitar las rondas de barrio.
Como no sabía de quién podía fiarme, ni qué estaba ocurriendo en realidad, pensé que si las hubiéramos encontrado tampoco yo habría sabido cómo comportarme.
Dejamos a nuestra espalda el barrio de San Lorenzo y pasamos por detrás de la catedral, para entrar luego por via di san Gilio.
En aquel punto comprendí a dónde nos dirigíamos y traté de soltarme del apretón de Lorenzo, pero me di cuenta de que era demasiado firme.
A pesar de que no entendía ni lo más mínimo la razón, me pareció evidente que me llevaba a ver a Torregiani.
La fachada del hospital la iluminaban dos antorchas, que ardían a los lados del acceso principal.
Pero, para mi sorpresa, seguimos más adelante, doblamos en via della Pergola y nos detuvimos delante de una de las modestas viviendas que precedían al secadero.
Cuatro peldaños descendían bajo el nivel de la calle y conducían a una puerta.
Lorenzo miró rápidamente a su alrededor y con una complicada secuencia de movimientos hizo saltar el cerrojo, cuyo aspecto brillante contrastaba con las barras cubiertas de óxido que sostenían la madera. Cuando cerró la puerta a nuestras espaldas, se hizo la oscuridad más absoluta.
—¡Adelante! —me exhortó.
A ciegas, di algunos pasos y de inmediato me encontré con el vacío. Al sentir que me caía busqué inútilmente un asidero y, si él no me hubiera sujetado, sin duda habría rodado abajo por aquello que, demasiado tarde, intuí que era una escalera.
Lorenzo masculló una maldición. Luego me agarró la muñeca y subió delante de mí mientras yo hacía lo posible para no tropezar con aquellos empinados escalones, que parecían no acabar nunca.
Llegados al fondo me ordenó que no me moviera.
Se alejó algunos pasos y reapareció con una vela encendida en la mano.
Extrajo de debajo de una piedra una gran llave, con la que abrió una portezuela en arco.
No entendía cómo Lorenzo podía conocer aquel lugar, pero preferí no hacer preguntas.
Al final de un corredor angosto, cuyas paredes estaban recubiertas de manchas de humedad, atravesamos una serie de estancias en general despojadas, que acababan la una en la otra, separadas por estrechos túneles.
Pasamos por una amplia habitación coronada con bóvedas de crucero, sostenidas en el centro por un par de pilares de arenisca.
En las paredes se alineaban algunas grandes tinajas de piedra, del tipo de las que se usaban para el lavado de la lana, llenas de sábanas sucias, detritos y pilas de madera.
En el aire aleteaba un olor a moho, mezclado con un desagradable hedor vagamente dulzón.
Más allá de la puerta del fondo, otro breve corredor conducía a un espacio mucho más grande, protegido por una baja bóveda de cañón de ladrillo, que de inmediato pensé que era la cripta de la iglesia de San Egidio.
Desde allí, después de haber atravesado algunas pequeñas estancias comunicadas, llegamos a una entrada cerrada con un candado, cuya llave despuntaba, no obstante, de la cerradura.
Lorenzo la giró y el batiente chirrió sobre los goznes.
El tufo que había notado en los ambientes adyacentes aumentó de forma insoportable.
Recordaba a los carricoches de los carniceros abandonados al bochorno estival con su carga de vísceras, pero tenía algo distinto.
Me embistió como un puñetazo y, cuando me obligó a entrar, debí cubrirme la boca para dominar las náuseas.
No había duda de que aquél era el olor de la muerte.
La sala era bastante amplia y a lo largo de todo el techo se abrían pequeñas rejas de ventilación.
Dos hileras de cajas de madera, muchas de ellas sin tapa, seguían las paredes mayores, mientras que el centro estaba ocupado por cuatro estantes de mármol.
Encima de éstos se intuían las siluetas de cuerpos tendidos, cubiertos por telas manchadas de humores orgánicos.
La vela los proyectaba sobre las paredes agigantando las dimensiones, en una especie de macabro juego de sombras.
Me retraje instintivamente, pero Lorenzo me forzó a avanzar.
—Te lo ruego...
—¿No querrás echarte atrás precisamente ahora que estamos llegando? —ironizó él con la voz alterada.
Con el primer empujón tropecé, lo que hizo que chocara con el brazo de un cadáver que colgaba inerte de la mesa. Ante aquel tacto gélido me estremecí y aparté los ojos del rostro hinchado y negruzco que la sábana no conseguía ocultar del todo.
Mi sangre empezó a latir con violencia porque ya estaba claro el motivo por el que Lorenzo me había llevado allá abajo, y me aterrorizaba la idea de encontrarme junto a lo que quería mostrarme.
Una sábana mojada seguía el contorno del cuerpo tendido sobre el último banco a la derecha, pegado a él como una calza.
Dirigí a Lorenzo una mirada suplicante, que, sin embargo, no consiguió apartarlo de su propósito.
Me empujó brutalmente la cabeza hacia delante mientras con gesto decidido levantaba la tela.
—¿Ahora estás satisfecha? ¿O aún quieres tratarme de mentiroso? Mira bien. He aquí de qué son capaces las personas que te obstinas en proteger.
Grité al encontrarme ante el cuerpo de Francesco, recostado en una postura descompuesta, con la piel cubierta de moratones y marchita por su permanencia en el agua, la boca medio abierta por la que salía un hilo de sangre diluida y los ojos rodeados de oscuras ojeras, vueltos hacia lo alto mostrando sólo el blanco.
Presa de un conato de vómito, me apoyé en la mesa para inclinarme hacia delante y vaciar sobre el suelo empedrado el escaso contenido de mi estómago. Luego, sin levantarme, dejé fluir las lágrimas que sentía estallar en mi garganta.
Durante aquel largo tiempo me olvidé de Lorenzo, del Emperador, de Torregiani, pero también de Piero, de Domenico, de mí misma, y del peligro sin nombre que estaba a punto de destruirnos.
Aquel llanto era sólo por Francesco, por su muerte absurda, por su vida siempre al margen, por lo que me había dado sin pedir nunca nada, por el vacío que sentía perforándome por dentro al darme cuenta de que había perdido su amistad, pero también por la rabia que me devoraba ante el pensamiento de lo que le habían obligado a hacer.
La mano de Lorenzo me rozó el hombro y su voz se veteó de incertidumbre.
—No... no pensaba que ese muchacho significase tanto para ti.
En cuanto pude hablar, lo miré a través de las pestañas veladas.
—¿Han avisado a su familia? Creo que sólo tenía a su madre, una pobre mujer enferma del corazón... La noticia podría matarla.
Lorenzo frunció el ceño. La que le acababa de plantear no era evidentemente para él una cuestión prioritaria y consiguió hacerle perder otra vez los estribos.
—Quizá aún no lo hayas entendido bien —volvió a gritar—.
Lo han matado inmediatamente después de haber denunciado a tu tío y entre las manos apretaba la condenada cadena de Piero della Francesca.
Los guardias ya te estarán buscando y dentro de poco se percatarán también de mi ausencia.
No tengo la más mínima idea de qué hacer contigo ni de cómo salir del mar de mierda en el que nos estamos ahogando.
¿Y tú te preocupas de este... tullido y de su maldita madre?
Lo atravesé con una mirada feroz. El desprecio que sentía por él superaba con mucho al miedo a que me levantara de nuevo la mano.
—No lo dudes, lo he entendido muy bien. Y, aunque debí entenderlo hace tiempo, ahora sé también de qué pasta estás hecho.
Ya no te repetiré cómo están las cosas, porque está claro que la verdad no te interesa.
Sea cual sea la razón que te haya impulsado a venir a verme esta noche, debes saber que ha sido un gran error.
Vuélvete al palacio rápido y ponte a seguro antes de que te descubran.
Por lo que a mí se refiere, mi único deseo es no verte más.
Sabía lo que mis palabras desencadenarían, pero no me importaba.
Un relámpago cegó la mirada de Lorenzo. Amagó con responder, sin embargo, el ataque de ira que lo asaltó debió de paralizarle el habla.
Se lanzó entonces contra mí con la intención de golpearme.
Pero ya no estaba dispuesta a sufrir más, así que salté rápido hacia atrás.
Él se venció, perdiendo el equilibrio, y tuvo que apoyarse en un banco para no caer.
Aprovechando aquel momento, me lancé hacia la puerta y la cerré a mis espaldas con el cerrojo. Inmediatamente después el batiente comenzó a moverse por sus golpes.
—¡Lavinia! —lo oí rugir—. ¡Abre esta puerta o juro que salgo de aquí y te mato con mis propias manos!
Corrí fuera, tratando de orientarme lo mejor posible en la oscuridad total en la que estaba obligada a moverme, ya que la vela había quedado en manos de Lorenzo.
Choqué varias veces contra la pared hasta encontrar la puerta de la primera habitación y luego continué, deslizando los dedos sobre el enlucido, en busca de la abertura siguiente.
Avanzaba a tientas, perseguida por los gritos de Lorenzo, que pasaba alternativamente de las amenazas a los halagos, con la esperanza de convencerme para que le abriera.
Luego sólo hubo golpes furiosos con los que intentaba romper la puerta cuando se dio cuenta de que me había marchado.
Después, un estruendo tremendo me hizo comprender que había tenido éxito en su intento.
Algo duro chocó contra mis costillas y el borde biselado que sentí bajo los dedos me indicó que debía de encontrarme en la sala de los grandes tanques.
Aún estaba lejos de la salida y nunca conseguiría encontrarla a tiempo.
Me acurruqué entonces detrás de una de las tinajas, esperando que Lorenzo pasase sin percatarse de mí.
Su voz, entre tanto, seguía llamándome, acercándose rápidamente.
—¡Por el amor del cielo, detente! Juro que no te haré nada —lo oí gritar mientras tenía la impresión de que la oscuridad comenzaba a disolverse en el resplandor de su vela.
Con la espalda apretada contra las estrías de la piedra, casi dejé de respirar. Él pronunció mi nombre una última vez, con un tono que me pareció más preocupado que rabioso.
—Lavinia, te lo ruego, no...
Sus palabras se quebraron en un grito sofocado, seguido por un ruido sordo. La débil luz que había entrevisto vaciló antes de apagarse del todo.
Agucé el oído hacia aquel silencio repentino que me espantaba mucho más que los gritos de Lorenzo. De pronto, me pareció oír unos pasos que se alejaban, pero desaparecieron tan deprisa que pensé que sólo los había imaginado.
Intenté llamar en voz baja a Lorenzo: ninguna respuesta. Deseaba marcharme, pero no sabía cómo salir de aquel laberinto. Además, la idea de que se pudiera haber sentido mal o que se hubiera golpeado la cabeza al caer me retenía. A pesar de todo, no podía abandonarlo en aquellas condiciones.
Me armé de valor y avancé hacia la puerta más allá de la cual había entrevisto la luz.
Di algunos pasos, hasta que tropecé con un obstáculo en el suelo.
Alargué la mano y toqué la seda de las ropas de Lorenzo.
Seguí llamándolo, sacudiéndolo, pero él permaneció inmóvil.
Mis dedos buscaron su rostro, que me pareció extrañamente inerte.
Luego descendieron a lo largo de su pelo, hasta la base del cuello, mojado por un líquido pegajoso.
Con la mente alborotada, que no quería aceptar lo que ya había entendido, seguí deslizando la mano, hasta que, poco más abajo, encontré un objeto metálico, gélido y duro. Al advertir que se trataba de la empuñadura de un cuchillo, prorrumpí en un grito, soltándola de golpe.
Me quedé quieta, sacudida por un latido enloquecido, hasta que unos pasos resonaron de nuevo, esta vez sin dejar lugar a dudas. Paralizada por el terror, comprendí que no tenía escapatoria.
Tratando de vencer el asco, agarré la empuñadura del arma y tiré con fuerza de ella para sacarla de la espalda de Lorenzo. Me puse de pie y la apreté con ambas manos mientras un estremecimiento incontrolado me agitaba el cuerpo.
Aquellos pasos se hacían cada vez más cercanos y una débil luz oscilante se asomó a la estancia mientras seguía avanzando. Sólo cuando la tuve enfrente, su claridad iluminó los rasgos de la persona que la sostenía.
—Es mejor que me lo des a mí —dijo señalando el puñal.
Con la convicción de vivir una pesadilla de la que pronto me despertaría, obedecí mecánicamente, sin tratar de oponerme. La razón se negaba a creer lo que estaba viendo y se afanaba en busca de una explicación imposible que me salvara de la locura.
Abrí la boca para robar aire sin conseguirlo, como le ocurre a quien está a punto de ahogarse y como creía que le había ocurrido a Francesco, que en cambio estaba de pie frente a mí.
Pero su postura erguida y su mirada arrogante no tenían nada en común con la del muchacho que pensaba que había conocido.