El misterio de la pintora rebelde 30 #2
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—Déjame. Lo que quiera que hayas oído no es cierto. Es una maquinación, un plan diabólico que se está estrechando en torno a nosotros. Sería demasiado largo de explicar, pero...

—¡Basta de excusas! —explotó él—. Ya no quiero oír una sola palabra en defensa de esos dos. Comienzo a pensar que tú sabes más de lo que dices... Cuánto quisiera que no me hubieras hechizado el alma para poder dejarte a tu destino, que quizá mereces tanto como ellos.

Lo empujé.

—¡Vete! Nadie te ha pedido que vinieras.

A los guardias les diré todo lo que sé, o sea, nada.

Piero y Domenico se fueron sin decirme a dónde iban.

¿Qué pueden hacer? ¿Arrestarme? Que me lleven a la cárcel.

No obtendrán nada de mí, porque estoy diciendo la verdad.

En esta casa nadie tiene nada que ver con esos delitos.

En cuanto a ti, no te preocupes, me dejaría matar antes de confesar que me has ayudado. Tu carrera seguirá inmaculada.

Desfigurado por la rabia, avanzó hacia mí y por un momento pensé que me pegaría.

En cambio, empezó a golpear con el puño sobre la mesa varias veces, con tal fuerza que una tabla se partió.

La piel de su mano pasó de blanca a roja y se abrió en una telaraña de grietas similares a las de un terreno árido, del que exudaban pequeñas gotas rojas.

Enmudecí de golpe mientras él comenzaba a gritar.

—¡Por Dios! ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?

Podrían someterte a tortura y entonces sí que hablarías, rogarías poder contar lo que quisieran.

¿Y todo esto por qué? Para proteger a unos asesinos cobardes, que se han dado a la fuga tras cometer su último delito.

Pero no tienen ni la más mínima esperanza de escapar de la justicia.

Ya no, ahora que todos hemos oído el testimonio de ese desgraciado muchacho.

Mientras hablaba comencé a retroceder, hasta que mi espalda dio en la pared. Lorenzo, en cambio, continuaba avanzando. Con ambas manos me empujó contra ella. El sudor, que transpiraba abundantemente de su cuerpo, aleteaba en torno a él como una especie de vapor.

Lo miré con los ojos desencajados. Él tuvo un instante de incertidumbre, convencido de que había sido su reacción la que me había espantado de aquel modo. Pero no era ésa la causa de la turbación que sentía subir como una oleada candente desde el estómago alborotado.

Pasé bajo su brazo tenso para apartarme.

—¿De qué estás hablando? ¿Qué muchacho?

—Ese cojo y débil mental que frecuenta tu casa.

Vino al palacio esta mañana y pidió hablar con los magistrados.

Desde luego, no lo habríamos recibido si no lo hubiera acompañado el padre Torregiani, el rector de Santa María Nueva.

Ha dicho que quería liberar su conciencia, porque ya no podía vivir con el peso de trabajar para un asesino.

Nos ha contado también que tenía las pruebas que acusaban a Domenico da Venezia del asesinato del banquero Peruzzi.

Estaba espantado y no dejaba de lloriquear, pero el padre Torregiani lo animaba, repitiéndole que cuanto estaba haciendo limpiaría su alma de toda culpa.

Así, se decidió a mostrarnos el recibo de un préstamo.

Una gran suma que a tu tío le había prestado el banquero y que nunca le devolvió.

Torregiani ha confirmado que conocía ese préstamo y que había buscado ya el recibo, sin encontrarlo.

Entonces el muchacho ha explicado que Domenico lo había robado de la casa del banquero.

Le preguntamos por qué no había venido antes a denunciarlo y él ha comenzado a balbucear de manera lastimosa.

Repetía que no se había dado cuenta de lo que estaba ocurriendo hasta que un día vio a Domenico entrar en el estudio del banquero y ni siquiera entonces podía imaginar lo que tenía en mente cuando lo mandó a la botica a comprar una gran cantidad de naranja rejalgar, aunque en el fresco que estaban pintando aquel color aparecía muy poco.

Tampoco había sospechado nada, porque ni siquiera podía concebir que su maestro fuera capaz de semejante atrocidad.

Luego empezó a llorar a lágrima viva, diciendo que sólo cuando tuvo en la mano aquel recibo, escondido cuidadosamente en casa de Domenico, se vio obligado a mirar la realidad a la cara.

Respiré hondo, con tanta fuerza que me hizo daño al pecho.

Ni por un instante creí que Francesco haría aquello por iniciativa propia y un dolor profundo me asaltó pensando en los horrendos chantajes o las amenazas a los que habría recurrido el rector para obligarlo a semejante acto.

Debía verlo, tratar de entenderlo y hacerle saber que quería ayudarlo.

Era el único modo de salvarlos, tanto a él como a mi tío.

—¿Dónde está ahora el muchacho? Quiero hablarle yo también —exclamé, tratando de infundir autoridad a la poca voz que me quedaba.

Lorenzo vaciló, advirtiendo mi abatimiento. Luego respondió en voz baja:

—Lo siento, pero no es posible.

Agité las manos delante de él, exasperada.

—¿Por qué? ¿Quién lo impide? Imagino que será ese demonio de Torregiani.

Él me agarró por las muñecas y las sostuvo bien firmes mientras me restregaba en la cara, sin consideración, la cruda verdad.

—Torregiani no tiene nada que ver. Si ya no puedes hablar con ese muchacho es porque hace un par de horas su cadáver flotaba en el estanque Santa Rosa, delante de la casa del guardián.

Lo han matado como a un perro, a golpes, antes de ahogarlo en poco más que un charco de agua.

Pero él consiguió arrancarle un objeto a su asesino, que apretaba aún entre los dedos contraídos, en un último intento de aclarar su identidad.

Apenas lo vi, reconocí de inmediato aquel colgante...

Su rareza me impresionó desde la primera vez, en el cuello de Piero della Francesca.

Fue como si mi sangre se hubiera solidificado de golpe en hielo, paralizándome los sentidos y el intelecto.

Traté de hablar, sin conseguir articular más que un sonido entrecortado.

Intenté liberar las muñecas del agarrón de Lorenzo, pero él las apretaba cada vez más, quizá por miedo a que pudiera perder el sentido y me derrumbara en el suelo.

El fragor de aquella lucha tuvo un efecto liberador y sentí subir un grito a mi garganta, que solté con toda la rabia que me oprimía el cuerpo.

Lorenzo retrocedió un poco, sorprendido por aquella explosión repentina. Me soltó las manos y yo lo golpeé varias veces con los puños en el pecho.

—¡No es verdad! —grité—. No creo una sola palabra. Francesco no ha muerto y estoy segura de que Piero no le ha hecho daño. Alguien no quiere que hable con él. Y tú... también tú estás de acuerdo. ¿Quién te envía? ¿Quién te ha ordenado que me cuentes estas mentiras?

Frente a las acusaciones que le estaba echando a la cara, Lorenzo se puso rojo. Me agarró con firmeza el hombro con una mano y con la otra me abofeteó tan fuerte que me tiró al suelo. Me quedé aturdida durante un momento y sentí en la boca un sabor metálico.

—¡Maldita ingrata! —lo oí gritar, furioso—. ¿Así me lo agradeces? ¿Así me pagas por haber puesto en juego mi carrera y mi misma vida por ayudarte?

Amagué con levantarme, pero él me golpeó de nuevo, con mayor violencia. Luego, sujetándome por el pelo, me empujó hacia la puerta. Mientras la abría, le grité que me dejara. Pero él ya había perdido totalmente el control.

—¿Así que no crees mis palabras? Muy bien. Lo verás con tus propios ojos.

Me levantó en volandas y con una patada me echó fuera de casa.