El misterio de la pintora rebelde 30
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Mientras soltaba el vendaje del pecho de Piero, no dejaba de espiar su expresión absorta. Aparentemente interesado no más que en una grieta en la pared de enfrente, la leve y continua vibración de sus párpados revelaba una febril actividad del pensamiento, cuya dirección aún no lograba captar.

Desde que dejamos San Marcos a la carrera, su mente se había puesto a trabajar. Algo en las palabras del rector prendió en él una luz y había dado inicio a un recorrido lógico del que, como de costumbre, prefirió dejarme al margen.

—¿Piensa que está diciendo la verdad? —me había limitado a preguntar apenas alejados de la iglesia.

—Me temo que sí... En todo caso no podemos perder tiempo.

Una vez en casa, Piero había exhortado a Domenico a prepararse para salir. Luego me pidió que le llevara vendas limpias para ayudarlo a curarse la herida. Habitualmente de ello se ocupaba Francesco, pero aquella tarde no estaba.

Al verlo recoger sus cosas y embalar con cuidado su cuadro sentí arder sobre mi piel la inminencia de la separación, y me di cuenta de que corría el riesgo de perder a las dos personas que más quería.

Mis manos temblaban mientras, arrodillada a los pies de Piero, le lavaba la herida con vinagre y la apretaba con uno de los paños que habíamos dejado macerar en el agua de cocción de la col.

Rocé lo más delicadamente posible los bordes del corte, hinchados y enrojecidos, que parecían luchar por vencer la constricción de los puntos de sutura.

A pesar de mis cautelas, lo que estaba haciendo debía de causarle bastante dolor, pero su rostro no mostraba reacción alguna. Estaba tan concentrado que me parecía casi percibir el sonido de su ajetreo mental y habría jurado que en aquel momento hasta había olvidado mi presencia.

Pero no terminaba de aprender que la distracción de Piero era siempre sólo aparente. Mientras estaba por cerrar el vendaje, me detuvo.

—Ha olvidado la clara de huevo —dijo, sin desplazar los ojos del lugar invisible hacia el que los dirigía.

La sonrisa que se me escapó a mi pesar consiguió atenuar por un instante los sombríos sentimientos que me oprimían.

Sumergí la venda en la clara como me dijo, antes de aplicársela de nuevo y de fijarlo todo con una larga tira de lino que le hice pasar alrededor del pecho y sobre el hombro. Mientras acababa de anudarla, rompí el silencio.

—Ha entendido lo que esconde todo esto, ¿no es así?

Él vaciló un momento largo. Luego, con un gesto que no esperaba, me rozó el pelo con el dorso de la mano.

—Aún hay algo que quiero comprobar, pero esta vez no puedo llevarla conmigo.

Quizá esperaba mi protesta. Como no le repliqué, continuó:

—Pero, ante todo, hay que llevar a Domenico lejos de aquí porque, si Torregiani ha dicho la verdad, dentro de poco los guardias vendrán a buscarnos. Y comprenderá que una vez en la cárcel ya no tendremos ninguna posibilidad de exculparnos.

—¿A dónde irán?

—Es mejor que no lo sepa. Lo digo sobre todo por su seguridad.

Un nudo me cerró la garganta.

—Y yo... ¿qué hago?

—Usted se queda aquí. Enciérrese dentro y, venga quien venga, no abra a nadie.

Cuando lleguen los guardias, no oponga resistencia y deje que miren donde quieran.

Muéstrese intimidada y limítese a decir la pura verdad, o sea, que no sabe dónde estamos.

No tenga miedo, porque no la tocarán. Usted no está acusada de nada.

Asentí, reprimiendo las lágrimas que sentía cada vez más cerca.

—¿Cómo haré para tener noticias suyas?

Él me levantó la barbilla y se detuvo a mirarme. Aferrada a un estúpido juego mental, me dije que si me hubiera abrazado sólo un momento todo habría ido mejor. Pero no lo hizo.

—Encontraré un modo —se limitó a decir.

Se levantó y se volvió a vestir. En el alféizar abrió la jaula de las palomas, que tras un momento de incertidumbre volaron sobre el tejado de la casa de enfrente. Luego cogió el cuadro, cargó la bolsa sobre el hombro sano y se dirigió hacia la habitación de Domenico.

Permanecí mucho tiempo asomada a la ventana mirando el sol caer detrás de las casas y alargar las sombras, que al poco se fundieron entre sí tragándose la calle en una manta parda.

La campana de San Lorenzo ya había tocado a vísperas.

Debajo de mí la vida corría con los olores y los sonidos de siempre y yo me aferraba a ellos para sentirme menos sola.

También los improperios que el verderón en el rincón solía lanzar cada tarde contra sus ocho hijos me parecieron preferibles a la quietud irreal que se había precipitado sobre la casa desde que Piero y Domenico se habían marchado.

El bullicio de la calle subía lento y yo estuve escuchándolo todavía un rato, hasta que lo oí debilitarse al mismo ritmo que declinaba la luz.

Sólo desde la casa del tintorero, bajo la nuestra, llegaban aún claras y fuertes dos voces masculinas.

Hablaban de las sentencias que parecía que habían emitido recientemente contra los reos de la conjura.

Me asomé un poco más y conseguí ver el borde de una túnica de brocado púrpura.

Sin duda, un cliente importante, dado también el tono respetuoso con que el tintorero se dirigía a él.

El hombre estaba magnificando la clemencia de la corte, que había decidido no recurrir a la pena capital.

Para los responsables, además de para todos los sospechosos, el castigo era el exilio inmediato, y al alba serían escoltados más allá de los confines de la República.

La noticia me reanimó. En aquel momento la magistratura tenía que ocuparse de algo muy distinto a las denuncias del rector, y esto quizá les regalaba un tiempo precioso a Piero y Domenico.

Al escuchar luego que las puertas de la ciudad habían sido reabiertas, se encendió en mí una débil esperanza.

Aunque quizá eso significaba que no los volvería a ver, lo más importante era que consiguieran atravesarlas y ponerse a salvo.

El hombre de púrpura inclinó su cabeza calva, sobre la que llevaba calzado un estrecho sombrero redondo, y se encontró con mi mirada atenta. La suya hostil hizo que me retirara. Cerré los postigos y bajé a cerrar también las puerta y ventanas. Luego encendí una lámpara y me dirigí al taller.

Me senté delante de la Virgen con el Niño, preguntándome dónde estaba Francesco. Deseaba desesperadamente su presencia. Tenía que contarle lo ocurrido y escuchar sus consejos siempre equilibrados, segura de que sólo él conseguiría hacerme sentir mejor.

Pero en ese momento debí admitir que hasta me habría conformado con la muda presencia de Costanza e incluso con sus reproches. En cambio, todos parecían haber desaparecido y el sentimiento de vacío que me oprimía era similar al que había experimentado el día de la muerte de mi madre.

Apoyé la lámpara en la base del cuadro y encendí otro par de velas.

Sobre el fondo azul oscuro, a espaldas de la Virgen, Francesco había esbozado un rosal.

En busca de una tregua de mi malestar profundo, cogí el pincel más fino que encontré y me dispuse a confundirme entre las ramas de aquel enredo vegetal.

Para obtener el color deseado mezclé el azurita con los amarillos, el más claro y el más oscuro.

Añadí la yema de huevo, un poco de agua y algunas gotas de leche de higo, una sustancia que se obtenía de los esquejes de la planta para ralentizar el proceso de secado sin perder el poder cubriente de la témpera.

Una mezcla ideal para definir hasta el más mínimo detalle.

Las cerdas se deslizaban lentas sobre la superficie y necesité varias horas para modelar cada uno de los tallos y las nervaduras de las hojas, que reproduje con tal minuciosidad que parecían más reales que las reales.

A la espera del completo secado, después del cual podría añadir luces y sombras, decidí dedicarme a las flores, de las que ya había trazado los contornos de los pétalos, una parte con el blanco y otra con el rosa.

La fascinación del color había hecho una vez más su magia y logró vaciar mis pensamientos y calmar la mente.

Me había olvidado completamente de cenar y la idea de acostarme me aterrorizaba, consciente de que, apenas posado el pincel, la angustia me asaltaría de nuevo.

Así que decidí quedarme allí y que, después de las flores, retocaría el pelo de la Virgen y luego la decoración tachonada de piedras que le adornaba el escote del vestido.

No sólo había tarea para toda la noche, sino también para el día siguiente.

Luego confiaba en que llegaría Francesco y quizá lo vería todo bajo otra luz.

Unos golpes fuertes en la entrada casi me hicieron volcar el pigmento. Me quedé quieta, con los músculos listos para una fuga imposible.

Quizá fueran los guardias. Pero ¿por qué tan tarde?

Me acerqué cauta a la puerta, atenta a cualquier rumor. La madera sonó de nuevo, con ritmo aún más apremiante.

Reuní fuerzas y pregunté quién era.

—Soy yo. ¡Déjame entrar, pronto!

Al reconocer la voz de Lorenzo mi primer impulso fue abrir, pero me detuve, insegura, recordando la recomendación de Piero.

Él se impacientó.

—¿A qué demonios esperas? ¿Quieres que la ronda me sorprenda delante de tu puerta?

Fue la exasperada fisura en su voz la que me hizo decidir. Sin pensarlo más, giré la llave y abrí la puerta. Lorenzo irrumpió en la entrada. La mandíbula contraída le tensaba los labios, dibujando a los lados dos profundos surcos.

Apenas abrí la puerta me atropelló.

—Debes venir conmigo, enseguida. Los guardias están a punto de llegar.

He conseguido dejar el palacio antes que ellos, pero no creo que haya mucho tiempo.

No puedo permitir que te encuentren aquí.

Sólo Dios sabe qué te ocurriría... Tu tío es un asesino, Lavinia, y Piero también.

No sabes cuántas veces me he maldecido a mí mismo por haberme dejado convencer para ayudaros.

Ahora todo saldrá a la luz y también yo deberé pagar las consecuencias.

Me solté de su apretón.