El misterio de la pintora rebelde 29
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Desde las ventanas en lo alto de la nave, un resplandor líquido se colaba a lo largo de las paredes pintadas al fresco desvaneciéndose hacia el suelo, donde las filas de bancos permanecían envueltas en una suave penumbra.

Los cuatro candelabros encendidos sobre el altar exaltaban las cálidas tonalidades doradas de una sacra conversación, que de inmediato atrajo mi mirada.

La congregación de santos agolpada a los dos lados de una delicada Virgen en el trono estaba dispuesta con tanto rigor que recordaba las columnas de un templo, pero una lánguida dulzura impregnaba toda la composición, disolviendo en luz y poesía toda rigidez.

Sabía que era la mano de fray Giovanni da Fiesole porque había oído varias veces a mi tío hablar de aquella tabla, y siempre con una pizca de amargura.

Domenico fue amigo del fraile pintor y lo admiraba mucho.

No obstante, en su tiempo debió de pesarle bastante perder el encargo de aquella pala de altar que había estado a un paso de adjudicarse.

Un día, paseando delante de la iglesia, me contó que el apoyo de Piero de Médici le había hecho albergar esperanzas, para luego descubrir que el hijo no tenía ninguna influencia sobre las decisiones de su padre.

Después de haber gastado una fortuna en reestructurar la iglesia y el convento de San Marcos, entre cuyos silencios él mismo amaba retirarse, Cosme no toleraba intromisiones en sus decisiones artísticas.

Y como antes para las paredes de las celdas, el refectorio y el claustro, también para la pala del altar mayor no había querido otra cosa que la enrarecida espiritualidad de las figuras de fray Giovanni.

Piero me trajo de vuelta al presente, invitándome a continuar sola hacia el altar delante del cual Torregiani estaba absorto en sus oraciones, con la cabeza inclinada y las manos entrelazadas en el pecho.

Luego se retiró hacia una zona de sombra, en el rincón más remoto de la nave.

Si ya el hecho de que yo me permitiera acercarme de aquel modo al rector suponía un fuerte riesgo, seguro que la presencia de Piero tendría un efecto rompedor, y acabaría por comprometerlo todo.

Me recogí el cabello bajo el velo, que dejé caer por delante para cubrirme la mitad del rostro. Luego me acerqué con paso ligero pero decidido hacia el hombre arrodillado sobre los peldaños, consciente de que sólo cogiéndolo por sorpresa tendría una remota esperanza de obligarlo a escucharme.

Tenía que dar las gracias una vez más a Bernardo Torregiani por sugerir aquella posibilidad.

Recordando su generosidad con Domenico, osé dirigirme a él de nuevo y el día anterior había ido a buscarlo para rogarle que intercediera ante su tío y lo convenciera de recibirme.

Su incómoda pero rotunda negativa confirmó, sin embargo, que era imposible.

Tenía las manos atadas, aunque entendí que habría querido ayudarme.

De hecho, tras una breve reflexión, se había apresurado a añadir que al día siguiente por la tarde el rector iría al convento de San Marcos con ocasión de la visita semanal del arzobispo y, como solía hacer, al término del encuentro se quedaría un buen rato en la iglesia para rezar en soledad.

Con los ojos fijos en la tonsura cándida del rector, que destacaba sobre una capa negra, me acerqué cautelosa hasta justo sus espaldas.

Luego me armé de valor y me arrodillé a su lado.

Al principio pareció no percatarse de mi presencia y pasó bastante tiempo antes de que levantase la cabeza y separara las manos, volviéndose hacia mí con extrema lentitud.

Era la primera vez que veía de cerca su rostro largo y enjuto, que parecía replicar la forma de la sutil nariz aquilina.

Al mirar de reojo su piel lunar, veteada de azul y lisa como la de un niño, vi que era imposible calcularle una edad.

Sobre aquella palidez las cejas blancas y ralas parecían desaparecer, al igual que las pupilas, que me hacían pensar en las bíforas vacías de ciertas iglesias en ruinas.

Un leve movimiento de sorpresa que le encrespó la frente cedió el paso a una mueca de vivo desagrado cuando se dio cuenta del hecho tan inesperado como inoportuno de que se encontraba delante de una mujer. Se quedó inmóvil, estirando apenas los labios sutilísimos.

—¿Y usted quién es?

Confusa a mi pesar por su actitud despreciativa, preferí evitar fatigosas presentaciones y decidí levantarme el velo.

Torregiani me había visto sólo un breve momento por la ventana de Santa María Nueva, pero la duda de que no fuera a reconocerme la barrió al instante la fuerza de su reacción.

Pegó un salto hacia atrás y se puso de pie.

—¿Cómo se atreve? —me gritó furioso—. ¿Con qué derecho profana la sacralidad de este lugar? ¿No le da vergüenza?

Yo también me levanté, e hice alarde de un tono humilde y sereno, que era exactamente lo contrario de lo que sentía.

—Le pido que me perdone, pero no había otro modo de acercarme a usted. Lo que tengo que decirle concierne a una cuestión de la máxima gravedad y a un peligro que está amenazando seriamente también a su persona.

El rector apretó los ojos hasta transformarlos en dos fisuras y todo su cuerpo pareció vibrar.

—Hasta ese punto... ¡La han mandado aquí, a la casa de Dios, para amenazarme!

—No, ¿qué dice? Ha entendido mal.

Alargué una mano con la intención de rozarle el borde blanco de la manga, pero él se retrajo con un movimiento de asco.

—Se lo ruego —insistí en voz baja—. Sólo le pido este favor. Permítame explicarme y le prometo que me iré de inmediato.

No fue, desde luego, mi apelación sincera la que lo convenció, sino la posibilidad vislumbrada de librarse de mí sin llamar la atención de los frailes del convento.

—Sólo un momento —murmuró.

—Cuanto tengo que decirle está relacionado con un viejo asunto —empecé sin perder tiempo— que no le resumo porque ya lo conoce. Hablo de la condena del pintor Filippo da Verona.

Al oír aquel nombre, Torregiani estuvo a punto de enfurecerse.

Pero yo no le di ocasión de interrumpirme y continué sin tomar aliento, poniéndolo al tanto de cuanto habíamos descubierto en los registros de la magistratura y concluyendo con la hipótesis de que todos esos delitos, incluido el del banquero Peruzzi y el del camarlengo, formaban parte del mismo plan.

No mencioné al Emperador y no le hablé de lo que habíamos descubierto en la Gora di Ognissanti y en la taberna del Halcón Blanco, pero concluí diciendo:

—Quienquiera que sea el asesino aún no ha terminado su venganza. De su lista únicamente faltan tres y, para no sucumbir, sólo les queda colaborar. A este respecto, hay algo que debo saber de ustedes...

El rector movió la cabeza con tanto vigor que hizo oscilar la capucha sobre los hombros. La mueca que le torció la boca quería imitar una carcajada. Dio algunos pasos hacia atrás para alejarse de mí.

—De todas las cosas absurdas que he oído nunca, ésta es, sin duda, la más fantasiosa... Sin embargo, me alegra que hayan llegado a tanto, porque significa que han agotado cualquier otro recurso.

Fui hacia él, pero levantó las palmas de las manos para detenerme.

—¡Basta! Ya he tolerado bastante. Dígale a su tío que el truco no ha funcionado y dígale también que esté listo para pagar sus fechorías. La justicia llamará a su puerta mucho antes de lo que imaginan.

Me dio la espalda y sus pasos resonaron sobre el suelo de terracota. Aún no había recorrido la mitad de la nave cuando Piero se plantó delante de él.

Al verlo, Torregiani se bloqueó. Ambos permanecieron inmóviles uno frente al otro, como dos felinos que se escrutan antes de la batalla, tan llenos de tensión que ni siquiera se percataron de que, entre tanto, me había acercado a ellos.

Fue el rector quien atacó primero.

—Imagino que fue usted quien envió a la muchacha. Domenico da Venezia es un alma perdida, pero su mente es demasiado limitada para idear una explicación tan retorcida. Por lo demás, según recuerdo, siempre fue usted quien dirigía las operaciones.

Habían pasado dieciséis años de su último encuentro y, sin embargo, la voz alterada del rector indicaba que su aversión había resistido la prueba del tiempo.

No obstante, me costaba entender el motivo de semejante acritud.

No podía deberse sólo a la negativa a colaborar con él.

De lo que ya se había vengado y había sido Filippo quien había pagado el precio más alto.

—Su oscurantismo continúa mutilando su intelecto —replicó Piero con una calma falsa como una moneda de madera—, al punto de que no le deja reconocer una mano tendida...

Lavinia ha dicho la verdad. Dios sabe que no lo quisiera, pero esta vez estamos en el mismo barco.

Y le aseguro que lo dejaría naufragar sin lamentos, si no fuera por que Domenico y yo acabaríamos en el fondo con usted.

El rector echó la cabeza hacia atrás, inclinándola ligeramente, en una actitud de desafío y, con la mano derecha, empezó a acariciar el rosario que llevaba en el cinturón.

Como si las palabras de Piero carecieran de cualquier interés para él, las ignoró aposta, tomando, en cambio, un aire complacido mientras cambiaba ostentosamente de tema.

—Imagino que aún no lo han informado, pero... su protector no lo ha conseguido tampoco esta vez.

Una arruga surcó la frente de Piero y el rector prosiguió, sin esconder su satisfacción.

—El arzobispo me acaba de comunicar que habemus papam . Desde hoy el cardenal Piccolomini es nuestro nuevo pontífice.

Piero ocultó a duras penas su disgusto por haber recibido la noticia de aquel modo y Torregiani, no del todo satisfecho con su triunfo, aumentó aún más la dosis.

—El Señor ha querido seguir protegiendo su Santa Casa. Gracias al cardenal Colonna, que en el último momento cambió su voto, nos ha ahorrado... un destino más ingrato.

Recuperado rápidamente el control, Piero exhibió una sonrisa burlona.

—Veo con placer que es mucho más sensato que antes. ¿Acaso los reveses de la vida le han bajado los humos?

Ante aquellas palabras sibilinas, la piel cándida del rector se le puso roja hasta el cogote y todo él pareció temblar por el esfuerzo de contención.

—Las falsedades con las que en su momento trataron de desacreditarme a los oídos del papa Eugenio IV, como ve, no han dejado secuelas y después de todos estos años sigo firme al frente del primer hospital de la ciudad.

Del mismo modo, mis convicciones no han cambiado en nada.

Considero siempre un infiel y un hereje a quien desconoce la primacía de Aristóteles para exaltar a ese charlatán vacuo e incoherente de Platón, cuya teología no es más que un revoltijo de impías supersticiones paganas.

Ésa es la raíz maligna que, al igual que las blasfemias de los epicúreos, ha alentado la corrupción moral que ha llevado a la exfoliación de la religión cristiana y ha abierto a los infieles las puertas de Constantinopla.

Y estoy siempre convencido de que la herejía debe ser extirpada por cualquier medio.

Sin descomponerse, Piero prosiguió con el mismo tono.

—Nunca pensé que habría cambiado de opinión, pero sí veo que ahora se cuida de no dar nombres.

Después de todo, aunque, como dice usted, ha vuelto a ocupar firmemente su puesto gracias a la clemencia papal, estoy convencido de que la suspensión a divinis que lo condenó en su tiempo, por más que fuera breve, aún debe de quemarle bastante.

Para quien suele erigirse en juez, no quiero ni imaginar la humillación que supuso, en cambio, someterse a juicio.

No dudaría en definirlo como una auténtica marca de infamia, para un hombre con su rigor moral.

Asistía con mudo estupor a las estocadas de aquel duelo verbal del que no podía comprender todo el significado y que no habría sido menos cruento si los dos hombres hubieran cruzado sus espadas hasta la muerte.

Los rasgos de Torregiani parecieron contraerse mientras, con la voz alterada por la cólera, se disponía a asestar el golpe definitivo a su adversario.

—La poderosa protección de la que disfruta lo hace arrogante más allá de toda medida, pero no bastará para salvarlo de las manos de la ley.

Al fin tengo la prueba que estaba buscando y el ridículo teatrillo al que acaba de someterme no hace más que confirmar su desesperación.

Domenico da Venezia es un asesino y usted lo ha encubierto.

Ahora estoy en condiciones de demostrarlo sin duda, y el día que los vea subir a ambos al patíbulo será el más feliz de mi vida.

El rector nos dio la espalda y se dirigió hacia la puerta que conducía al claustro.

Un rumor cercano al altar indicaba que alguien había entrado a la iglesia.

Con el rabillo del ojo vi el manto oscuro de un fraile desaparecer rápido hacia la sacristía.

Pensé que volvería poco después, y quizá no lo haría solo.

Al comprender que Piero ya no estaba dispuesto a humillarse más para que Torregiani lo escuchara, no pude evitar un último y desesperado intento.

—Le ruego que lo considere, padre. No permita que el rencor ofusque su juicio. Le juro por lo que más quiero y por su Dios mismo que cuanto le hemos dicho es la verdad. Está cometiendo un gravísimo error, del que pronto se arrepentirá.

Sentí la mano de Piero que me agarraba bruscamente del brazo.

—Ya basta, Lavinia. Vámonos de aquí.

Un estruendo desde la sacristía me avisó de que nuestro tiempo allí había terminado.

El rector se volvió sólo un instante para atravesarme con una mirada feroz, único signo de animosidad en su rostro, que volvía a ser como una máscara de cera.

Las palabras que me dirigió las dijo en voz alta, para que pudieran oírlas también los frailes que estaban entrando.

—No era necesario condenar su alma aún más con el perjurio: ya no puede hacer nada para detener a la justicia.

No sólo tengo las pruebas, sino también un testimonio, que ya ha confirmado ante los magistrados los delitos cometidos por su tío con la complicidad de este hombre.

No le queda más que resignarse, porque creo que ya han firmado la orden de detención.