El misterio de la pintora rebelde 28 #2
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—Al principio nos aduló, afirmando que nuestros frescos, a pesar de que no compartiera algunas elecciones estilísticas, eran, de todos modos, de gran valor.

Señalando a Andrea, dio a entender que estaba dispuesto a concedernos también a nosotros, como ya había hecho con él, la posibilidad de modificar nuestra obra.

En definitiva, sólo se trataba de rehacer el último recuadro con los esponsales de la Virgen y, sobre todo, el rostro del sacerdote, en el que, añadió, eran demasiado reconocibles los rasgos de Jorge Gemisto Pletón.

Sin comprender aún a dónde quería ir a parar, le recordé que en aquel momento nuestra principal preocupación concernía a la suerte de Filippo y que aquél era el motivo por el que habíamos aceptado su invitación.

Él puso una especie de sonrisa y respondió que con un poco de paciencia llegaríamos a ello.

Pero inmediatamente después de haber mencionado a Pletón, Torregiani cambió de actitud.

Abandonada la máscara de la serenidad, se lanzó sin medias tintas contra aquel que no dudó en definir como un impío seguidor del paganismo.

Dijo que en el concilio él mismo lo había oído decir que el mundo entero, después de pocos años, acabaría incorporándose a una única religión, con una sola doctrina.

Y cuando alguien le preguntó si se trataba de la de Cristo o la de Mahoma, con sus propios oídos lo había escuchado decir que no sería ninguna de las dos, sino una similar a la de los paganos.

El objetivo del rector era intimidarnos.

Entonces, tras lanzar aquellas acusaciones, guardó un momento de silencio, observándonos, antes de asestar el golpe definitivo.

Nos dijo que sospechaba de la existencia de un plan, concebido por Pletón para difundir en nuestro mundo una cultura neopagana, con el preciso objetivo de destruir las bases mismas del cristianismo.

Demasiado viejo para llevarlo él mismo adelante, era probable que hubiera encargado a su discípulo Besarión crear una hermandad de adeptos para iniciarlos en enseñanzas secretas, inspiradas en cultos antiguos, similares a los que tenían lugar en la escuela de Mistrá.

No puedo olvidar su tono mientras definía como inaceptable la decisión del papa Eugenio IV de ofrecer a Besarión el capelo cardenalicio.

Sin duda debía de ser justo ése el aspecto de la cuestión que le quemaba más.

Domenico cruzó la mirada de Piero, que asintió imperceptiblemente. Luego se recuperó y volvió a mirarme.

—Sé que Piero te ha hablado de nuestras... reuniones y de cómo el cardenal Besarión acogió el legado de Pletón, convirtiéndose en vehículo de sus enseñanzas en Occidente.

Por el modo en que lo dijo, estaba claro que mi tío desaprobaba sin reservas la decisión de Piero de tenerme al tanto de todo, pero no hizo comentarios y yo no lo interrumpí, lo dejé continuar.

—Comprenderás entonces por qué, cuando Torregiani nos acusó a bocajarro tanto a nosotros como a Andrea de formar parte de la secta en cuestión, una descarga nerviosa me estremeció en el taburete.

Pasó un buen rato antes de que pudiera reflexionar y entender que aquellas afirmaciones no podían ser más que una moneda al aire.

Si Torregiani hubiera tenido la más mínima prueba de sus sospechas, no nos habría necesitado a nosotros.

Al mirar a Piero y Andrea, comprendí que también ellos habían intuido lo que nos iba a pedir y cuál era la moneda de cambio.

La confirmación no tardó en llegar. Sin medias tintas, Torregiani nos propuso ayudarlo a incriminar a Besarión.

Todo lo que debíamos hacer era comunicarle el lugar de esos encuentros, de modo que él pudiera informar a la curia y hacer estallar un escándalo que destruiría al cardenal.

Nuestros nombres no serían citados y, a cambio de nuestra ayuda, él retiraría la denuncia contra Filippo.

También se apresuró a informarnos de que, si no aceptábamos colaborar, no habría paz hasta que a nuestro colega le infligieran la más pesada de las condenas.

Sin dejar de sudar copiosamente, Domenico se secó también las sienes y respiró hondo antes de llegar al epílogo de la historia.

—Creo que, desde que puso la mirada sobre nuestros frescos, Torregiani esperaba un momento como aquél.

El hurto de Filippo debió de parecerle un don del cielo, una ocasión sin igual para obtener la plena confesión y confirmar sus sospechas.

Lo que no podía saber era que Filippo no tenía nada que ver con Besarión, ni con Pletón.

Ni siquiera había querido participar en el primer encuentro en casa de Médici.

En respuesta a mi invitación, soltó una de sus carcajadas y me expuso su convicción de que un vaso de vino, saboreado de la manera correcta, podía tocar el espíritu mejor que cualquier filosofía.

Me sentí mal pensando en las presiones físicas y morales que el rector habría ejercido sobre él para inducirlo a dar nuestros nombres y a contar lo poco que sabía.

Pero lo que me hacía sentir peor era la conciencia de estar obligados a firmar su condena, pues ni por un instante habríamos aceptado siquiera tomar en consideración lo que Torregiani nos estaba pidiendo.

Domenico parecía avergonzado, como si por primera vez tuviera miedo de mi juicio.

—Ahora comprenderás por qué está en el ánimo de quien ha decidido vengar a Filippo procurarnos su mismo fin... Y quizá hasta puedas pensar que nos lo hemos merecido.

Esas últimas palabras me decían que mi tío buscaba una absolución, que, sin embargo, me resultaba difícil de conceder sin reservas.

—No diga esas cosas —me limité a decir deprisa.

Si por un lado podía incluso compartir su decisión de no ceder al chantaje del rector, por el otro me tenía perpleja la resignación con que habían abandonado a Filippo a su suerte, sin intentar una mediación o recorrer otros caminos.

Interrumpiendo el flujo de mis pensamientos, Piero me espetó, seco:

—Si piensa que nuestra decisión fue tomada a la ligera, está equivocada.

Y también se equivoca si cree que no hicimos todo lo posible para evitar lo que siguió después.

Pero Torregiani estaba aún más decidido a mantener su promesa.

Tras nuestro rechazo, que fui yo quien le expresó sin medias tintas, su único objetivo fue hacérnoslo pagar.

Cada esfuerzo nuestro por contener el río de fango que empezó a arrojar encima de Filippo fue inútil, como lo fue también el último y desesperado intento de pedir la intercesión de Médici.

Estaba claro que Cosme no tenía ninguna intención de desafiar a Torregiani y tampoco de enfrentarse a la voluntad popular, la cual reclamaba a grandes voces justicia contra el ladrón sacrílego.

Pero cuando lo oí afirmar con tal ligereza que nuestro amigo ya era carne de cañón y que él no tenía intención de pillarse los dedos, me juré que nunca, pasara lo que pasara, querría tener nada que ver con él ni con Florencia.

Veía claramente que las heridas del pasado no habían sanado y reavivarlas suponía un dolor inútil. Lo que ahora importaba era sólo entender y analizar lúcidamente los hechos para encontrar un modo de enfrentarnos al peligro que nos estaba amenazando.

—¿Quién podía saber del intercambio que os había propuesto Torregiani? —pregunté tras un instante de reflexión—. Dudo que los juristas pudieran estar al tanto, por eso me pregunto a través de quién lo supo el Emperador.

Piero asintió con un gesto.

—Yo también me lo he preguntado. Y la respuesta que tengo restringe bastante las opciones. Dado que Andrea ya no está entre nosotros, no quedamos más que Domenico y yo. Aparte, obviamente, del rector.

Mi evidente perplejidad lo llevó a puntualizar:

—Aunque no tenga ganas, creo que en este punto ya no podemos evitar enfrentarnos a él.