28
Una campana a lo lejos anunciaba los maitines, ritmando con sus repiques mis pasos nerviosos.
Podría haber continuado caminando durante horas adelante y atrás, sin conseguir calmarme en lo más mínimo.
Cada tanto alzaba la mirada hacia la habitación de Domenico, adonde Piero había entrado hacía rato, dejándome fuera sin una sola palabra.
¿Cómo podía tratarme así? La mísera explicación que me había ofrecido por la calle, lejos de aclarar la situación, no había hecho más que alimentar mis miedos, y él lo sabía.
Pero no añadió ni una palabra y se encerró de nuevo en su mutismo, ignorándome hasta que lo vi desaparecer tras la puerta de Domenico.
Esperé demasiado tiempo a que saliera y mi paciencia había superado ampliamente el límite, así que subí por la escalera con pasos decididos y, sin siquiera llamar, entré en el cuarto de mi tío.
El aire seguía estancado por los vapores nocturnos, porque ninguno de los dos se había preocupado de abrir los postigos.
Domenico estaba sentado sobre la cama en camisa, con los hombros encorvados, la venda descompuesta y las piernas desnudas que le colgaban sin tocar el suelo.
Las cejas tensas y arqueadas y la telaraña de arrugas sobre la frente le conferían el aspecto de quien acaba de ver un cadáver salir del sepulcro.
Piero, de pie junto a la ventana, dejó de hablar apenas me vio. Sólo a él le dirigí mi resentimiento.
—¿Qué sucede? ¿Por qué me tratan como a una extraña?
También yo estuve anoche consultando los registros, ¿recuerdan?
Sin mi ayuda ni siquiera habrían entrado allí.
Espero que no piensen que me voy a conformar con las pocas palabras que se han dignado a dirigirme.
Palabras absolutamente oscuras, que me han angustiado de muerte.
¿Qué hacen? Primero se refugian en un obstinado silencio y luego me cierran la puerta en la cara y me dejan abajo ahogándome en las peores conjeturas... Por Dios, ¿qué clase de hombres son?
—De la peor —respondió él sin vacilar—. Pensaba que ya lo había entendido.
Levanté la cabeza, furibunda, convencida de que me estaba tomando el pelo, pero en aquella mirada límpida que encontré no había ni rastro de ironía.
—Lo siento, Lavinia. A veces mi mente va tan rápido que me olvido de que soy el único que la puede seguir. No era mi intención ocultarle nada. Si he querido poner de inmediato a Domenico al corriente de cuanto hemos descubierto es porque se trata de algo que nos toca a ambos muy de cerca.
A pesar de que su actitud era muy distinta a la de mi tío, intuía que su turbación debía de ser parecida.
Mis ojos oscilaron del uno al otro y se detuvieron en Domenico. En la habitación hacía calor, pero no lo bastante como para explicar su piel empapada, como si acabara de salir del agua. La lámpara jugaba sobre su rostro céreo, dibujándole dos bolsas oscuras bajo los ojos.
Me senté a su lado y le cogí la mano antes de dirigirme a Piero.
—Los escucho...
Él se aclaró la voz.
—Ya le he hablado de las vicisitudes ligadas a los frescos de San Egidio y sabe también cómo la muerte de Filippo marcó profundamente nuestras vidas.
Empezó a caminar pegado a la pared, que recorrió dos veces antes de alcanzar de nuevo la ventana y detenerse frente a los postigos cerrados, dándome la espalda.
—Esta noche he entendido que el pasado ha vuelto a buscarnos y reclama una justicia que entonces fue pisoteada y que ha tomado el rostro de una venganza.
Su frase misteriosa me desorientó aún más. Miré de reojo a mi tío, que permanecía inmóvil, aparentemente ajeno a lo que salía a escena en aquella habitación.
Piero empujó los postigos, lo que dejó entrar una claridad incierta, de tonos lívidos, y se detuvo a observar la casa de enfrente, desde cuyas ventanas se asomaban banalísimas escenas de la vida cotidiana.
Habría querido apremiarlo, pero le di, en cambio, todo el tiempo del mundo, esperando a que estuviera listo para reanudar el discurso.
Después de una larga pausa, se giró otra vez.
—Yo no sé quién es el Emperador, ni qué tiene que ver con la historia de Filippo.
Pero he entendido que su objetivo es vengarlo.
Una venganza lenta y paciente, que avanza desde hace mucho tiempo.
Ha comenzado por los ocho jueces que firmaron la condena.
Los ha golpeado uno a uno, de formas diversas, planificándolo con cuidado y sin dejar huellas.
Ha esperado meses, incluso años, entre un delito y otro, de modo que nadie pudiera sospechar la conexión.
Antes de matarlos los ha torturado sistemáticamente.
Así ha podido conocer muchos detalles sobre las investigaciones y poco a poco ha descubierto los nombres de todos los implicados.
Piero daba, pues, por descontado que si hubiéramos continuado hojeando los registros también habríamos encontrado la noticia del homicidio de los otros seis jueces.
Me pregunté si acaso no se había precipitado un poco en sus conclusiones.
Después de todo, ninguno de los dos delitos con los que nos habíamos tropezado presentaba indicios que condujeran claramente al Emperador.
No teníamos más que sospechas y me resultaba difícil entender de dónde le provenía esa absoluta certeza.
—Su hipótesis se apoya en sólo dos casos, entre los que, por otra parte, no hay ninguna prueba de conexión. ¿Está seguro de que no se precipita en sus conclusiones?
En la calma de la que seguía haciendo gala, no se me escapó un estremecimiento de impaciencia, seguramente causado por mi resistencia a seguir su razonamiento.
—Le aseguro que no me importaría estar equivocado, pero en esos registros he visto también otra cosa.
Mientras usted buscaba noticias sobre el segundo homicidio, yo hojeaba las actas de los interrogatorios a los que fue sometido Filippo.
Entre esas páginas encontré algo que me ha quitado hasta las últimas dudas...
, algo que no conocía. La defensa de Filippo, en un primer momento, invocaba un atenuante al hurto cometido por él: actuar empujado por la acuciante necesidad de indemnizar los intereses exorbitantes conectados con un préstamo que le había sido concedido y que, con desprecio de las normas vigentes, tenía todas las características de la usura.
Pero al estar en riesgo la reputación de un estimado ciudadano, Filippo fue sometido a interrogatorio para verificar el fundamento de sus acusaciones.
Se dice que en el segundo tramo casi todos acaban confesando, pero Filippo resistió.
Así, para obtener su fin, sus verdugos debieron proseguir con una tercera tanda y luego una cuarta.
En este punto, él se derrumbó y se retractó de todo...
El ciudadano en cuestión, que salió limpio, era el banquero Peruzzi.
Al oír ese nombre cada pieza ocupó su lugar y el puzle me pareció clarísimo también a mí.
El banquero había sido, pues, castigado, y después de él también el camarlengo, culpable de haber denunciado el hurto y de avalar las mentiras de Torregiani.
No pude evitar preguntarme cómo el rector había sido perdonado hasta aquel momento.
Pero quizá el asesino había decidido dejarlo para el final porque reservaba para él un plan específico.
En todo el asunto sólo había una nota que desentonaba, que me golpeaba como un violento contrasentido. Una pregunta a la que no sabía dar respuesta y que Piero me leyó en el rostro aún antes de que la pronunciara.
—Si todo esto es verdad y a quien ha tramado esta venganza lo mueve la distorsionada convicción de hacer justicia a Filippo, ¿por qué la está tomando con vosotros?
En la estancia se hizo un silencio sepulcral, con la respiración apresurada e irregular de Domenico de fondo. Fue precisamente él quien lo rompió. Sin quitar la mano, que continuaba inerte sobre la mía, pronunció sus primeras palabras desde que había cruzado el umbral.
—Porque también nosotros somos culpables... y mucho más que los otros.
Se pasó el pulgar y el índice sobre los ojos como para borrar una sombra que debía de atormentarlo desde hacía mucho.
—Filippo era nuestro amigo y, sin embargo, le dimos la espalda. Si ha acabado así es sobre todo por culpa nuestra.
Tomé un sorbo de aire y miré a mi tío, incapaz de imaginar a qué se refería. Entre tanto, no me atrevía a hacer preguntas, pues me di cuenta de cuán agudo era el sufrimiento que encerraba su rostro. También Piero callaba, esperando que Domenico encontrase fuerza para poner voz a sus recuerdos.
Cuando se decidió a hacerlo, su tono era firme.
—Inmediatamente después del arresto de Filippo, Torregiani nos convocó, junto a nuestro colega Andrea de Castagno.
Aún recuerdo su cuarto, como si lo tuviera delante.
Carecía de ventanas, era despojado y escueto como él, amueblado sólo con un reclinatorio, un crucifijo de madera y un escritorio en una posición elevada, sobre el que se había preocupado de dejar abierta una copia de la Summa Theologiae de Tomás de Aquino.
Cuando lo vimos entrar, sus modos extrañamente afectados nos pusieron de inmediato en guardia.
Hizo traer unos taburetes, en los que nos invitó a tomar asiento, mientras que él subió el peldaño y se sentó en el escritorio, mirándonos de arriba abajo con la simulada benevolencia del inquisidor a la caza de informaciones.
Domenico me soltó la mano y se secó el sudor del cuello antes de continuar.