El misterio de la pintora rebelde 27
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Las bisagras chirriaron mientras Piero empujaba la pesada puerta de madera. Más allá de aquel umbral estaba el palacio del Alcalde y atravesarla equivalía a un grave delito.

La importancia del paso que estábamos a punto de dar me cayó de repente sobre los hombros.

Si por cualquier motivo nos hubieran descubierto, nada ni nadie habría podido evitarnos la cárcel y, además, habría sido sencillo dar con el nombre de quien nos había ayudado.

Pero era tarde para reconsiderarlo, así que me adelanté a Piero hacia la oscuridad total de la escalera, guiada sólo por mis dedos, que recorrían la pared de piedra.

En la gran sala del segundo piso la oscuridad se atenuaba en la claridad opalina que se filtraba por las amplias ventanas trilobuladas.

A través de los círculos de vidrio plomado, eché un vistazo al patio.

Las teas que ardían en los rincones y a lo largo de la escalinata de la logia dibujaban sobre el empedrado las sombras del pozo y aquellas siniestras del cepo para las decapitaciones y la horca.

Al verlas recordé que en pocos días se emitirían las sentencias contra los responsables de la conjura denunciada por Luca Pitti, aún encerrados en alguna parte, allí abajo.

Dos centinelas armados atravesaron el patio y yo retrocedí rápidamente mientras el toque impaciente de Piero en el hombro me invitaba a continuar.

Como me había indicado Lorenzo nos dirigimos hacia la izquierda, hasta encontrar una puerta oscura sobre la cual se intuía un gran cerrojo. Lo hice correr con cautela y abrí el batiente.

Piero me siguió y bloqueó la cerradura desde el interior. Por lo menos, si alguien llegaba hasta allí, no nos cogería por sorpresa.

Convencer a Piero de que me llevara con él había sido una empresa ardua, aunque no tanto como había temido.

Recordarle que su herida le impedía moverse con rapidez y que con mi ayuda podría consultar el doble de registros en la mitad de tiempo no había sido suficiente.

Entonces había arriesgado, amenazándolo con no decirle ni qué acceso había dejado abierto Lorenzo, ni en qué habitación estaba el archivo.

Ambos sabíamos que no lo habría desafiado durante mucho tiempo, pero sorprendentemente él había cedido de inmediato y, en su aparente contrariedad, me había parecido percibir un guiño divertido.

Con la yesca de bolsillo Piero encendió la vela que habíamos traído con nosotros.

La luz nos reveló un espacio grande, de techo artesonado.

A lo largo de las paredes corrían hileras con decenas y decenas de rollos de papel y carpetas encuadernadas en pergamino.

Una mesa oscura, larguísima y estrecha, ocupaba el centro de la habitación.

Las dos salitas contiguas, mucho más pequeñas y sin ventanas, estaban también completamente cubiertas de estanterías.

Piero se dirigió hacia una repisa semivacía.

—Éstos deben de ser los más recientes. Comencemos por aquí.

Los últimos registros se remontaban dos meses atrás y concernían a la anterior magistratura. Los procedimientos en curso debían estar aún en fase de compilación y, considerada también la delicada situación del momento, estaba segura de que Lorenzo nunca habría permitido que los viéramos.

Mientras le sostenía la vela, Piero comenzó a hojear los volúmenes hacia atrás.

Cuanto más hacía correr los ojos sobre aquellas páginas, más me maravillaba del inmenso poder concentrado en las manos de los Ocho, que tenían autoridad judicial sobre todas las cuestiones administrativas y de orden público, políticas y criminales.

Al oírme poner voz a aquel pensamiento, Piero levantó brevemente la cabeza.

—Dice bien. Los Ocho tienen todos los derechos sobre los casos de su competencia, desde la recogida de las denuncias a la conducción de las investigaciones y a la facultad de establecer la entidad de las penas, aplicando obviamente la cárcel y la tortura.

Sus arbitrarias declaraciones de culpabilidad equivalen a sentencias, por lo que la ratificación del alcalde o del jefe del pueblo es un acto puramente simbólico.

Hizo una mueca sarcástica.

—Ahora comprenderá por qué durante años su nombramiento ha sido dirigido entre bastidores por el partido de los Médici. Una fachada de democracia hoy superada, dado que con las nuevas reformas de Luca Pitti los jueces serán elegidos directamente a dedo.

Piero calló, volviendo a hojear los registros, y yo lo imité con renovada concentración, con la esperanza de reducir al máximo nuestra permanencia entre aquellas paredes, que sentía que comenzaban a pesarme encima.

En absoluto silencio examinamos los documentos de todo el año en curso y del precedente, con los ojos atentos a nombres y lugares, para captar cualquier referencia que pudiera tener una mínima relación con el Emperador.

Pero después de casi dos horas aún no habíamos encontrado nada significativo.

Aquel hombre parecía no existir ni siquiera para la ley.

Era evidente que estaba en condiciones de moverse por fuera o por encima de ella, sin que nunca ningún reflejo de sus actividades ilícitas fuera siquiera rozado por las indagaciones.

Quizá la idea de introducirnos en el palacio no había sido nada más que una inútil locura. No obtendríamos nada, sólo la exposición a un riesgo que aumentaba a cada instante pasado allí dentro.

Propuse a Piero que nos marcháramos, pero me di cuenta de que no me estaba escuchando. Su dedo corría rápido sobre la densa grafía de una página.

—Dame más luz —me exhortó.

Acerqué la vela y me aproximé al folio, en busca de la información que había despertado su interés.

Los hechos allí expuestos concernían a un caso de homicidio de poco más de un año antes.

La víctima era un mercader, un tal Lapo Bartolini, estimado miembro del Arte de Calimala, que había prestado un honorable servicio entre los Ocho.

Según lo notificado, su cadáver con la cabeza cortada había sido encontrado por el guardián del estanque Santa Rosa.

Las articulaciones presentaban mutilaciones y quemaduras, como si antes de asesinarlo lo hubieran torturado.

Del homicidio había sido acusado un mendigo, al que encontraron en posesión de los zapatos de la víctima.

Arrestado y trasladado a la cárcel, primero había negado y luego confesado todo bajo tortura.

Después había sido colgado y expuesto en la ventana sobre via del Palagio.

Las manifiestas contradicciones en que había incurrido aquel desgraciado, reproducidas en las actas del interrogatorio, y el lugar donde hallaron el cadáver, a breve distancia del punto donde habían asesinado al camarlengo, podían efectivamente dejar lugar a dudas.

Pero había un rastro tan lábil que no justificaba la expresión de Piero, semejante a aquella del halcón que ha avistado una presa.

Sin duda, entre aquellas líneas debía de haber captado algo que se me había escapado, pero no se lo pregunté, porque en aquel momento no me habría respondido.

Me quitó la vela de la mano y comenzó a revisar los lomos de los volúmenes.

Se detuvo delante del estante con las listas nominativas de todos aquellos que habían prestado servicio en la magistratura de los Ocho.

Los hojeó velozmente hasta encontrar el año 1442 donde, entre los nombres de los magistrados en funciones en el último cuatrimestre, aparecía también el de Lapo Bartolini.

La mirada de Piero se perdió en la penumbra frente a él, como si pudiera percibir algo que a mí no me era dado ver.

—¿Qué significa todo esto? —lo apremié—. Me está dando miedo.

Se volvió, mirándome fijo durante un instante. Luego se movió y posó el volumen sobre la mesa delante de nosotros.

—Recuerde los nombres de esta lista. Vuelva a hojear los expedientes que estábamos mirando hace poco y compruebe si aparecen citados en alguna parte.

Él, mientras tanto, volvió al estante y empezó a examinar los viejos registros, en busca del relativo a 1442. Mientras se sumergía febrilmente en la lectura de aquellas páginas, yo hice lo que me había dicho y mi búsqueda no tardó en dar sus frutos.

Otro de los nombres de la lista estaba conectado con un caso de homicidio, ocurrido más de un año y medio antes.

La víctima era Antonio Corsini, octogenario miembro del Arte del Cambio, que había fallecido al precipitarse desde la última planta de su palacio.

También su cuerpo mostraba signos de maltrato, que según los investigadores le habían infligido los ladrones para sonsacarle el escondite del dinero.

Ni las indagaciones sobre el terreno, ni los interrogatorios a familiares y a la servidumbre habían obtenido ningún resultado concreto y el caso quedó sin culpable.

Leí en voz alta el resumen de aquellos acontecimientos, que Piero escuchó sin hacer comentarios. Cuando levanté la cabeza vi que sus labios estaban congelados en una mueca incrédula y sus ojos pegados al volumen que tenía en la mano. Lo cerró de golpe y lo volvió a poner en el estante.

—Basta con esto. Es más que suficiente.

—En nombre del cielo, ¿suficiente para qué?

Él no tuvo tiempo de responder, porque un ruido de chatarra nos advirtió de que alguien estaba intentando abrir la puerta.

Al leer el pánico en mis ojos, se llevó el índice a los labios y mostró la palma de la mano para invitarme a la calma. En un instante colocó los volúmenes y apagó la vela. Luego me llevó contra la pared y se desplazó al lado de la puerta, con el puñal en la mano.

El cerrojo rechinó otra vez y desde afuera se oyó una maldición.

—¿Qué demonios ha pasado? Aquí ha desaparecido la cadena y el mecanismo no corre. Será mejor que entremos a echar un vistazo.

—Déjalo. ¿No ves que está bloqueado? —dijo otra voz—. Se habrá atascado.

—¿Y si estuviera cerrado desde dentro? ¿Quieres decir que tendremos que tirar la puerta abajo?

—Cuánto celo... Se ve que eres nuevo aquí.

A una áspera risita le siguió el resoplido del otro.

—Bromea si quieres, pero estoy seguro de que esta mañana la cadena estaba en su sitio. Esa historia no me convence.

Fuertes golpes resonaron del otro lado de la puerta y me sobresalté.

—Si quieres romperte un hombro, hazlo. Pero yo me voy. No quiero que me castiguen por echar abajo la puerta del archivo sin una razón válida.

Hubo una pausa.

—Quizá no te equivoques. ¿Y si probáramos a desbloquearla con las herramientas?

—Me parece mejor. Yo, de todos modos, primero bajaré a informar. Algunas decisiones debe tomarlas quien manda.

Conseguí apenas oír tanto la respuesta afirmativa del otro como el sonido de sus pasos que se alejaban, tapados por el latido desenfrenado que me palpitaba en los oídos.

Piero esperó un momento antes de desbloquear la cerradura de la puerta. Sin el más mínimo ruido, atravesamos en dirección contraria las estancias hasta la escalera y bajamos a la carrera para alcanzar la salida.

Sólo cuando estuvimos suficientemente lejos del palacio aflojamos la marcha y yo volví a respirar con ritmo normal.

Un manto de nubes había robado a la luna su luz, condenando a las calles de la ciudad a la más densa oscuridad.

Junto a mí sentía el rostro sombrío e impenetrable de Piero como si pudiera verlo.

Del mismo modo, sabía que el silencio en que se había refugiado no sería fácil de socavar.

Sin embargo, esta vez no estaba dispuesta a respetar sus tiempos.

Él vaciló, buscando quizá un modo de eludir mi pregunta. Luego se decidió a concederme unas pocas palabras y su tono decía claramente que por el momento deberían bastarme.

—Por lo que he visto creo que el Emperador está persiguiendo una antigua venganza y no se detendrá hasta que no haya golpeado a todas las personas implicadas. Estoy casi seguro de que sólo faltan tres nombres en la lista. Dos de ellos somos Domenico y yo.