26
Cuando volví a casa era ya casi el atardecer.
El aroma de jabalí estofado que aún aleteaba en la cocina me recordó que apenas había comido un poco de fruta y me di cuenta de que comenzaba a sentir las mordeduras del hambre.
Después de una breve búsqueda, constaté, sin embargo, que del plato sólo quedaban los huesos.
En ese momento entró Costanza dirigiéndome una mirada de reproche.
—Su tío quería esperarla, pero lo he convencido para que cenara sin usted. Aún está débil y debe recuperar las fuerzas —añadió a modo de excusa—. Si lo desea, de todos modos, ha sobrado un poco de sopa.
Abrí la tapa, eché una mirada en la olla, que sabía a menta y perejil, y vi que la mantequilla había cuajado, aprisionando los dos únicos trozos de ternera.
Hacía demasiado calor para encender de nuevo el fuego, así que me conformé con pescar la carne y ponerla sobre un trozo de pan seco con un poco de queso de oveja.
—¿Mi tío ha subido a su habitación? —pregunté, mordiéndolo todo como si se tratara de un manjar exquisito.
—Está en el taller con el señor Piero, Francesco y un huésped.
Resopló sonoramente su desaprobación.
—Ese tipo se ha presentado justo a la hora de la cena, así que no hemos podido evitar invitarlo a la mesa. Por eso se ha acabado el jabalí... ¡Alguna gente no sabe lo que es la educación!
No especificó de quien se trataba y yo no se lo pregunté viendo que estaba de un humor negrísimo. Sin embargo, sabía que la causa no era imputable a mi retraso, ni a aquella visita imprevista.
El hecho de que Domenico ya no tuviera necesidad de su continua asistencia la había devuelto de pronto a su rol marginal de siempre.
Y, aunque hubiera preferido estar muerta antes que admitirlo, tenía la impresión de que la alegría por la recuperada salud de mi tío era, con mucho, inferior al desconsuelo que le causaba no poder ya ocuparse de él.
Empezó a frotar con la cabeza baja algunas manchas de vino sobre la mesa, con tanta energía que habría podido lijarla. Cualquier cosa que le hubiera dicho no habría tenido otro efecto que ponerla más nerviosa, por lo cual acabé de comer deprisa y me dirigí hacia el taller.
La voz aguda de Alesso Baldovinetti me anunció aún antes de entrar quién era el incauto invitado que se había ganado la desaprobación de Costanza.
Tuve la tentación de subir directamente a mi cuarto porque sólo deseaba quitarme aquellas ropas de encima y estar sola, pero no podía hacerlo sin avisar a mi tío de mi regreso. Por tanto, me asomé a la puerta, pero con la intención de irme de inmediato.
Domenico, apoyado en el brazo de Francesco, estaba de pie delante de la Virgen con el Niño, ahora en un buen punto de factura.
Ambos miraban a Alesso, que, con la nariz a pocos dedos de la tabla, revisaba cada detalle.
Sus entusiastas comentarios los condimentaba con una serie de detalladísimas explicaciones sobre cómo obtener los mismos colores gracias a las recetas escritas en un cuaderno que tenía en la mano.
A algunos pasos de distancia, también Piero observaba la escena sin intervenir, limitándose a breves gestos afirmativos cada vez que Alesso lo interpelaba.
Cuando entré, todos se volvieron hacia mí, salvo él, y yo me alegré. A pesar del cuidado que había puesto en arreglarme el pelo y la ropa, temía que cualquiera pudiese leer claramente en mi rostro lo que había hecho, sobre todo Piero.
—¡A buenas horas! Nos preguntábamos dónde te habías metido —me espetó mi tío antes de que pudiera abrir la boca.
Fingí interesarme por una mosca que se había posado sobre mi brazo intentando esconder el apuro que amenazaba con ruborizarme el rostro.
—He tenido que esperar mucho... y, en todo caso, costó más de lo previsto.
La impaciencia de Domenico era palpable y sabía que sólo esperaba conocer el resultado de la misión. Hice un gesto afirmativo apenas perceptible. Él comprendió y le oí exhalar sonoramente el alivio.
La tensión del momento no debió de escapársele a Alesso, que se había callado de inmediato.
Por sus miradas curiosas comprendí también que le habría gustado mucho conocer el motivo.
Para no pedir explicaciones sin resultar entrometido, no le quedó más remedio que aligerar la atmósfera recurriendo a uno de sus enfoques extraños y probablemente menos espontáneos de cuanto yo hubiera nunca supuesto.
Vino a mi encuentro con pasos largos, recitando inspirado: «Nunca salió el sol tan hermoso, / cuando el cielo estaba más libre de niebla; / ni después de la lluvia vi el celeste arco / por el aire incoloro variar tanto». Se hundió en una reverencia y llevó mi mano a sus labios.
—Palabra, nunca os había visto tan radiante... Un digno colofón de esta fausta velada, que ya me ha regalado la presencia de dos queridos amigos.
Piero se volvió sólo por un instante. Tuve la impresión de que también desde aquella distancia podía percibir la marca que Lorenzo me había dejado en el cuello y que yo traté de ocultar con la trenza hacia delante.
Sofocando el malestar que sentía, respondí a los versos de Alesso con una sonrisa desenvuelta mientras me soltaba de su mano.
—Es una sorpresa encontrarlo aquí. ¿Qué lo trae con nosotros?
—Naturalmente el deseo de ver en persona a Domenico restablecido y de ofrecerle mi ayuda, si tuviera dificultades con el trabajo... Ya le conté que yo antes era como de la casa.
Mientras me acompañaba hacia el caballete, continué sonriendo para enmascarar el disgusto de no haber conseguido zafarme de él como me había propuesto.
Durante el momento de silencio que siguió, noté que Alesso continuaba mirando a su alrededor.
Lo hacía con breves ojeadas furtivas, muy repetidas y con extrema atención, como si quisiera imprimir en su memoria cada detalle de la estancia.
Al darse cuenta de que Piero lo estaba observando, le asestó un potente manotazo sobre el hombro y le acercó la cabeza, guiñando los ojos con malicia.
—Amigo mío, tengo que hacerte una confesión.
Cuando hace dos días me dijiste que Domenico había vuelto a pintar, no sabía si creerte.
No lo había vuelto a ver desde aquel día en Santa María Nueva y me parecía imposible que en tan poco tiempo...
En resumen, admito haber pensado que no eras sincero.
Me habían llegado algunos rumores malignos que insinuaban, ay, que el futuro de Domenico como artista... Bien, no me atrevo a repetirlo.
Su ostentosa contrición se diluyó en una expresión eufórica mientras levantaba brevemente la mirada al cielo.
—Pero debo pedirte excusas, porque ahora sé que aquel día decías la verdad y espero que también el Señor me perdone por no haber creído en su milagro.
Sin entender a dónde quería llegar, escruté tanto a Domenico como a Piero, pero ambos permanecieron impasibles.
Alesso continuó con renovado entusiasmo, inclinándose sobre el caballete y apuntando el índice huesudo hacia el color aún fresco de las ropas de la Virgen.
—Lo he entendido al ver el rosa de esta seda y la delicadeza de este encarnado.
¿Recuerdas cuánto me lo reprochabas, Domenico?
—Guiñó el ojo a mi tío—. Me repetiste hasta el agotamiento que los colores deben estar impregnados de luz y que para hacerlo es necesario partir de una base clara, mezclada con bastante albayalde, aumentando a cada pasada la concentración de pigmento hasta que sea puro y transparente en las últimas veladuras.
Me obligabas a rehacer el trabajo decenas de veces y nunca estabas satisfecho...
¡A la fuerza aprendí! Me llevó años, pero al fin he comprendido que sólo tú posees el secreto.
Por eso afirmo con toda certeza que tu ayudante no tiene nada que ver con esta obra.
Y que únicamente puede haber salido de tus manos.
Apretó los labios con satisfacción mientras Francesco y yo intercambiábamos una rápida mirada.
Domenico decidió que era tiempo de acabar aquella conversación.
—Querido Alesso, saber cuánto te interesa mi salud es un gran consuelo. Te agradezco que hayas pasado, pero espero que sepas perdonarme si ahora me retiro. Aún no me he recuperado del todo y me veo obligado a guardar mis fuerzas.
—Claro, debes descansar el máximo posible. Prometo regresar pronto a verte. De todos modos, yo también debo marcharme. Dentro de media hora en San Marcos comienza la misa en memoria del cardenal Capranica... No sé si os ha llegado la triste noticia.
—Lo he sabido hace poco —intervino Piero—.
De veras que es una trágica fatalidad que haya fallecido a sólo dos días del inicio del cónclave.
Por lo que he oído disfrutaba del apoyo de Milán y también del de los Médici, por tanto, tenía muchas probabilidades de que al final la elección hubiera recaído sobre él.
Alesso abrió los brazos con estudiada inocencia.
—Sabes que no entiendo de política y no conozco a fondo a los cardenales. Sólo sé que era un hombre santo y que ha acumulado infinitos méritos fundando un colegio para encaminar a jóvenes sin recursos hacia la carrera eclesiástica.
Luego, sin esperar la réplica de Piero, añadió:
—De todos modos, a pesar de esta inmensa pérdida, siempre tendremos al cardenal Barbo, al cardenal Orsini y, sobre todo, al cardenal Piccolomini.
Su amistad con nuestro ilustrísimo señor Cosme sólo podrá traer beneficios a nuestra ciudad.
Confío en que el Espíritu Santo sepa guiar la votación y nos ahorre otro papa extranjero. Francés... o peor.
Hizo una pausa, como si quisiera sondear la reacción de Piero, que no le dio ni la más mínima satisfacción y asintió, en cambio, a sus palabras. Inmediatamente después se despidió.
Apenas se hubo marchado, Domenico se pasó la mano por la frente.
—¡Demonios! Creía que no se iría nunca.
Luego se dirigió a Francesco con una falsa severidad, que en realidad traslucía complacencia.
—Ése será un imbécil, pero no se equivocaba. Según parece, mi taller puede perfectamente seguir adelante sin mí.
—Gracias, maestro... Pero no lo he hecho todo solo —se apresuró a especificar él, parpadeando en mi dirección—. Ayer Lavinia me ayudó durante todo el día y sin ella...
—Lo sé, lo sé —zanjó Domenico dejando su brazo para coger el mío y conducirme fuera de la habitación. Piero nos siguió en silencio mientras yo mantenía la mirada fija al frente, preguntándome durante cuánto tiempo continuaría siendo tan necia como para evitar la suya.
Domenico no esperó siquiera a llegar a la escalera y se inclinó hacia mí, con voz temblorosa de inquietud:
—Ahora dímelo todo. Quiero saber palabra por palabra qué te ha dicho Lorenzo.