El misterio de la pintora rebelde 25 #2
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25 #2

—¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo?

¿No te parece que ya he afrontado bastantes riesgos por ti y por ese desdichado de tu tío?

Aún no estoy seguro de que el asunto de la denuncia anónima que he sustraído no volverá a salir a flote y ahora te presentas con esta otra idea brillante.

Pero si piensas que estoy dispuesto a que me llevéis a la ruina...

—Sé que te estoy pidiendo mucho. Y te juro que no lo haría si no fuera la única esperanza de llegar al fondo de un hecho que nos está envenenando la existencia.

Alguien quiere hacer daño a mi tío y, en consecuencia, también a mí.

Por fin hemos encontrado un indicio, un nombre que creemos que puede estar escrito en los documentos de los Ocho.

Si Piero pudiera consultarlos, tendríamos alguna posibilidad de descubrir algo más...

¿No entiendes que, si no conseguimos dejarla atrás, esta historia acabará separándonos definitivamente?

Vi que mi argumentación había hecho efecto, pero fue sólo un instante, porque de inmediato Lorenzo volvió a sacudir la cabeza.

—No —concluyó, categórico—. No es posible.

No puedo hacerlo. Y, además, nunca he oído hablar de ese Emperador.

¿Por qué se os ha metido en la cabeza encontrar algo en los registros?

Si queréis podéis presentar una denuncia formal.

La ley seguirá su curso y se harán todas las verificaciones.

Lo siento, no me convencerás de cometer esta locura.

Levanté las manos en señal de rendición.

—De acuerdo, no insisto. Llegados a este punto incluso podemos irnos. Ya le había dicho a Piero que no lo consentirías.

Él me incineró con la mirada, luego me tiró de un brazo.

—¿Así que ahora tienes prisa por marcharte?

Todo él se estremecía de rabia.

—No juegues conmigo, Lavinia. El vestido, el pelo y las carantoñas no me engañan.

Has venido sólo para obtener lo que querías.

Cuando el señor Piero da una orden, estás lista para cumplirla de inmediato.

Me parece que tú eres demasiado obediente con él, como con ningún otro.

Comienzo a pensar que no le sería difícil obtener de ti aquello que siempre me has negado...

Puede que el disgusto por sus insinuaciones, o aquel que sentía hacia mí misma por haberme aprovechado de él, o quizá el desconsuelo por no haber obtenido su ayuda exasperaron mi reacción. Mi mano se movió sola y le alcancé el rostro con una potente bofetada.

Me miró, incrédulo, totalmente descolocado por mi gesto.

Luego su respuesta no tardó en llegar y su bofetón fue tan fuerte que me hizo volver la cabeza y perder el equilibrio.

Me llevé la mano a la mejilla y bajé los ojos, confusa y desorientada por aquella explosión de violencia recíproca.

Un instante después estaba entre sus brazos.

—Perdóname, te lo ruego.

—No, soy yo quien tiene que pedirte disculpas. No debí venir.

Él me besó la frente y el pelo, manteniéndome apretada. Después de una larga pausa, se apartó un poco. Acarició la mejilla que había golpeado y que aún me quemaba.

—Estoy contento de que estés aquí, no obstante.

Tienes razón. Este asunto acabará por separarnos y no quiero que suceda.

Escúchame bien..., el jueves nos convocarán a todos a la Señoría para un consejo extraordinario y sé que durará toda la noche.

Puedes decirle a Piero que dejaré abierto el acceso de via de’ Covoni, el primero después de la esquina con via della Vigna Vecchia.

Desde allí debe subir la escalera hasta la segunda planta y entrar en el salón que da al patio.

Si cruza la puerta de su izquierda y luego gira de nuevo a la izquierda, llegará a otra gran habitación que hace esquina.

Ahí y en las dos pequeñas habitaciones adyacentes están archivados los registros.

La puerta habitualmente está cerrada, pero la encontrará abierta.

Si se atiene a este recorrido no verá a nadie.

En la segunda planta, además del archivo, hay sólo habitaciones y, como estaremos todos fuera, los sirvientes no tendrán motivo para subir.

Los guardias y los carceleros se ocupan exclusivamente de las celdas en los sótanos, de la Torre Volognana y del patio, y nunca he visto a uno en las plantas superiores.

Por tanto, no debería haber problemas. Espero que todo vaya bien y que de esto salga algo bueno.

Llena de gratitud, me estreché a él y busqué sus labios.

Mientras me besaba, sentí que sus dedos cogían el lazo del corpiño y tiraban de él ligeramente hasta que el nudo se desató.

Su mano se insinuó en el interior, deslizándose entre mis pechos, que se alzaban y bajaban al ritmo acelerado de mi respiración.

También él respiraba excitado, por la boca, como si le faltase el aire.

Una vena le latía en la sien y su mirada la obnubilaba un deseo que temía no poder contener.

—No sé si esta vez sabré detenerme.

Su voz vibró.

—Si he permanecido lejos todos estos días es porque temía este momento. Si quieres que nos vayamos, debes decirlo ahora.

Me quedé un instante quieta, indecisa y espantada. Luego me dije que era sólo cuestión de tiempo. Pronto sería propiedad de Lorenzo y entonces él tendría todo el derecho a pretender lo que ahora era libre de concederle por mi voluntad.

Mi silencio cargado de indecisión sonó como un asentimiento y él empezó a cubrirme el cuello y el pecho de besos y mordeduras, que temí que me dejaran marca.

Lo alejé tirándolo del pelo, pero en vez de detenerlo esto lo excitó aún más.

Me empujó con fuerza contra la madera del torcedor.

Intentando sostenerme golpeé la rueda central, que hizo medio giro.

Perdí el equilibrio y me encontré en el suelo, aplastada por su peso.

Lorenzo se llevó dos dedos a la boca y, sin que yo pudiera hacer nada por impedirlo, me levantó la falda y metió la mano entre mis muslos.

Cuando un dolor lacerante me atravesó el vientre ni siquiera puede gritar, porque sus labios cerraban los míos.

Con la respiración entrecortada, apenas conseguía sentir sus caricias, pero no podía hacer ningún movimiento.

Luego quitó la mano y, liberado en un instante de sus ropas, se puso nuevamente encima, forzándome con las rodillas a abrir las piernas.

Clavada en el suelo por su cuerpo, que parecía poseído por una locura temporal, me sentí impotente y vulnerable como nunca en mi vida.

Sólo deseaba que se detuviese, pero ahora ya no podía oponerme.

Entonces sentí que las lágrimas se asomaban a mis ojos y las dejé bajar sin detenerlas.

Lorenzo no se percató y, de todos modos, tampoco le habría importado, porque nada en aquel punto habría podido hacerlo desistir.

Respiré hondo, luego otra vez y otra más y lentamente me pareció que el nudo que me oprimía comenzaba a desatarse.

La mente tomó vuelo, pero no se posó lejos.

Como ya me había ocurrido, y contra mi propia voluntad, la imagen de Piero se superpuso a la de Lorenzo y de golpe fueron sus labios los que estaba besando, su piel la que sentía bajo los dedos y su cuerpo el que se movía dentro de mí.

Cerré los ojos y dejé fluir esas sensaciones, hasta que el dolor desapareció del todo, transformado en una especie de languidez y luego en un creciente placer.

Cuando al fin Lorenzo yació encima de mí, jadeante y empapado de sudor, me di cuenta de que tenía las uñas clavadas en su espalda.

Él se dejó caer a un lado y me cogió el rostro entre las manos.

—Lavinia mía, tú has nacido para el amor. Podría estar tan celoso como para matarme si no tuviera la absoluta certeza de que tu corazón latirá siempre y sólo por mí.