25
Las torres de piedra de via Por Santa Maria se cernían con sus altas siluetas sobre el tráfico de los hombres, carros, mercancías y caballos, que corría como el cauce de un río a lo largo de una de las calles más animadas de la ciudad.
En las tiendas de los sederos, los damascos, tafetanes, rasos, terciopelos y brocados entretejidos de hilos de plata y de oro relucían como una carga preciosa bajo el sol de las primeras horas de la tarde.
La tienda de los Guidi era una de las más grandes de la calle y los negocios eran tan florecientes que hacía poco habían abierto una sucursal en la otra punta de la ciudad.
Antes de entrar, me detuve a arreglar los lazos del corpiño.
Me había vestido con particular cuidado, eligiendo una de las mejores prendas de mi modesto guardarropa, un traje índigo con el talle alto, marcado con un cinturón color azafrán, y las mangas azules, fijadas a los hombros y cortadas sobre la parte externa.
Entre sus abotonaduras y a lo largo del escote cuadrado se asomaban los pliegues de la camisa blanca.
Luego me había entrelazado el pelo con unas cintas de colores, recogiéndolo en una gruesa trenza que me caía hasta la mitad de la espalda.
La mirada que me había dirigido Francesco al verme descender por la escalera ataviada de aquel modo había sido más elocuente que un espejo.
Empujé la puerta de la tienda, acompañada por un sentimiento de inquietud.
A pesar del encargo de magistrado, Lorenzo no había dejado de ocuparse de sus negocios, pero no podía saber si a aquella hora lo encontraría allí ni cómo reaccionaría ante mi iniciativa de ir a buscarlo al trabajo.
Sobre todo, no tenía ningunas ganas de encontrar a su padre.
Mis temores tomaron cuerpo cuando me encontré ante el rostro seco y alargado de Balduccio Guidi, inclinado sobre el mostrador y discutiendo con un cliente. La puerta retumbó, lo que reclamó su atención, y su mirada altiva dictó sin medias tintas cuán contrariado estaba.
Siempre me había detestado. La idea de que su hijo hubiera elegido unirse a una persona de estatus inferior debía de serle tan insoportable que no se tomaba la molestia de esconderlo.
Le dirigí un saludo, al que apenas respondió. Devolvió de inmediato la atención a su cliente e, ignorándome por completo, me dejó en el umbral esperando durante un tiempo interminable. Sólo cuando hubo acompañado a su interlocutor a la salida y cerró la puerta se decidió a ocuparse de mí.
—Si viene aquí para ver a Lorenzo, le aviso de que no está.
La sonrisa cordial que opuse a su tono hostil me costó un enorme trabajo.
—¿Puedo preguntarle a qué hora estará de vuelta?
Él plegó hacia abajo la boca, casi le desaparecieron los labios.
—¿Cómo saberlo? Ha ido a hablar con los tintoreros. Puede tardar una hora o todo el día. No obstante, luego debe regresar a palacio, no creo que pueda dedicarle ningún tiempo.
Sin sucumbir al desaliento, traté de insistir.
—¿Le molesta si lo espero? Necesito hablarle, pero le aseguro que no tardaré mucho.
Con un suspiro exasperado, levantó el borde de unas cortinas a sus espaldas.
—Espere allí.
Un breve pasillo llevaba a una gran estancia sin ventanas, inmersa en la penumbra, donde una decena de trabajadoras jovencísimas estaban rodeadas por madejas de seda cruda.
Mientras dos de ellas las clasificaban, otras las envolvían en carretes con la ayuda de una bobina. Algunas más cogían los carretes y desenvolvían un tramo, fijando el extremo a un huso, cargado con una tortera.
Al fondo del local, delante de una gran chimenea que vomitaba un calor infernal, había otras cuatro muchachas, que introducían las madejas en sacos de trama ancha y las hervían en calderos de los que salía un fuerte olor a lejía.
Después de mezclar todo con un palo, las repescaban, las enjuagaban en otro recipiente y las tendían a secar.
Cuando entré, ninguna de ellas levantó la cabeza del trabajo y, durante todo el tiempo que estuve mirándolas, nadie habló.
Sólo la encargada, que parecía no tener ni doce años, después de un rato levantó hacia mí dos ojos demasiado grandes para su rostro menudo y se secó el sudor que le caía por el cuello.
Sumergió las manos en el agua apenas sacada del fuego y apretó las madejas varias veces antes de extraerlas y pasárselas a su compañera.
Noté que sus dedos eran violáceos, llenos de pequeños cortes.
—¿Debes por fuerza hacerlo con las manos? —le pregunté.
Miró a sus compañeras, dubitativa, luego se armó de valor y respondió con una pequeña reverencia.
—Sí, señora. Si no, no se quita la goma y el pegamento del gusano. Pero no hace daño —añadió, quizá para tranquilizarme—. Después de un rato no se siente nada.
La vi temblar y volver a bajar rápidamente la cabeza apenas se percató de que en la estancia había entrado Lorenzo.
A pesar de que enviaba regularmente a un sirviente para informarse sobre la salud de Domenico, después del último encuentro frente a mi casa no había dado señales de vida.
Constaté que su cuidado meticuloso en el vestir no disminuía ni siquiera cuando estaba trabajando.
Sobre las calzas con suelas bicolores llevaba un gabán corto color crema de borde irregular y un jubón verde oscuro acolchado.
Un sombrero de fieltro del mismo color estaba calado sobre el pelo perfectamente peinado.
Me miró con una mezcla de admiración y disgusto. Mi presencia debía de parecerle en exceso inapropiada.
—Mi padre me ha dicho que estabas aquí... ¿Por qué? ¿Ha ocurrido algo?
—No, nada grave. Necesito hablarte.
Sentía sobre nosotros las miradas furtivas de las muchachas, curiosas por aquella distracción. Él me encaminó hacia la tienda.
—Nos vemos más tarde —dijo a su padre, que le respondió con un gesto, frunciendo el ceño.
—¿Cómo se te ocurre presentarte de este modo? —me espetó apenas estuvimos fuera—. ¿Por qué quieres indisponerme con mi padre? Ya sabes cómo piensa.
—Te he dicho que tengo que pedirte algo —me enfadé—. ¿Cómo podría hacerlo si no te veo desde hace días?
—He estado ocupado —respondió él en el mismo tono agresivo—. De todos modos, mandé a Giuseppe cada día. Podías haber enviado un mensaje a través de él. En resumen, había mil maneras de evitar ponerme en ridículo. Pero, según parece, no te importa crearme problemas.
Con un notable esfuerzo refrené mi lengua. Si hubiera seguido indisponiéndolo, habría acabado por perjudicar el objetivo que me había fijado. Así que lo miré con toda la dulzura de la que era capaz.
—Perdóname, Lorenzo. Tienes razón. He sido una tonta... En verdad, tenía tantas ganas de verte que no he podido resistirme.
Detestaba lo que estaba haciendo, pero constaté el efecto inmediato. El rostro de Lorenzo se distendió, cambiando casi de color, mientras que sus labios se encorvaban complacidos.
—Has dicho bien, eres una tonta.
Me rodeó por los hombros.
—Y por suerte he pasado por la tienda antes de continuar mi camino, de otro modo, mi padre te habría dejado esperando de pie durante horas entre esas estúpidas curiosas.
Su desprecio por las muchachas me fastidió.
—Pero si desde que entré ni siquiera han levantado la cabeza...
Él dejó escapar una risita.
—Parecen unas santas, pero tienen la lengua larga.
—No son más que niñas y me parece que trabajan muy duro.
—¿Qué sabrás tú? Son las hermanas del Hospital de los Inocentes las que las mandan.
Ellas sí que las conocen. Y bien saben qué destino correrían si no las sostuviera el Arte.
Lo menos que pueden hacer es corresponder con un poco de trabajo.
Pero no me hagas perder el tiempo con ellas.
¿De verdad tenías algo que decirme... o era sólo una excusa? —preguntó con tono insinuante.
Lo animé, replicando con malicia:
—Ambas cosas..., pero no quiero hablarte de ello en medio de la calle. ¿Hay un sitio tranquilo al que podamos ir?
Lo pensó un momento.
—Te llevo de nuevo al taller. Hoy no hay nadie y yo quería pasar para ver la maquinaria terminada.
Mi padre se ha decidido a construir un torcedor.
Se lo vengo diciendo desde hace años, aunque él no quería entender que los tiempos han cambiado.
Pero, ahora que las exportaciones aumentan, se ha persuadido también él de que es el único modo de hacer frente a la competencia.
Nos ha costado una locura, pero confío en que pronto recuperaremos la inversión.
Piensa que para accionarlo se necesitan sólo dos personas y puede hacer el trabajo de cien operarias.
Cuando te lo enseñe, no podrás creer lo que ven tus ojos.
En el centro de una gran habitación llena de materiales y tablas de madera, la silueta circular del torcedor, semejante a una gigantesca jaula, hacía pensar en un monstruoso instrumento de tortura.
De seis brazos de ancho y un poco más alto, estaba compuesto por una intricada red de mecanismos, de los que sólo conseguía distinguir una rueda central, que probablemente lo accionaba todo, y varias hileras de husos dispuestos a lo largo del perímetro.
De camino, Lorenzo me había contado que en Bolonia había algunos tan altos como una casa de tres plantas, accionados por la fuerza del agua mediante un molino, pero que su funcionamiento era un secreto imposible de descifrar.
Sin embargo, me resultaba difícil imaginar algo aún más grande y complejo que aquello que tenía delante.
Mientras lo escrutaba, boquiabierta, Lorenzo, en cambio, me miraba a mí, encerrado en un sombrío silencio que continuaba desde cuando, apenas entramos allí dentro, le expuse el motivo que me llevaba hasta él.
También yo callaba, dejándole tiempo para que asimilara mi petición, pero la tensión que sentía en aumento no me permitía albergar esperanzas sobre su respuesta.
En efecto, poco después acabó explotando.