24
No más de tres horas después de haberme acostado, me despertaron unos golpes en la puerta. Al verme delante de Costanza, con el velo atravesado y las mejillas de un encendido color vino, temí que hubiera ocurrido algo.
—Venga rápido. Su tío pregunta por usted. Está muy agitado y quiere que vaya de inmediato.
Me puse la primera prenda que cayó entre mis manos y la seguí a la carrera.
Domenico estaba inclinado sobre el baúl, rebuscando entre sus ropas, que tiraba sobre el suelo de cualquier modo.
—¡Costanza! ¿Dónde demonios está mi camisa gris?
A mi llegada dejó por un instante la tarea.
—Al fin... ¿Se puede saber dónde te habías metido?
Estaba tan feliz de verlo de pie que, sin hacer caso a su reproche, corrí a su encuentro.
—¿Cómo se siente?
—Me siento bien —respondió él, torvo—. Aparte del continuo dolor de cabeza martilleante que no me deja nunca.
Lo cogí del brazo, empujándolo hacia la cama.
—No debe hacer esfuerzos. Descanse un poco más.
Él se soltó bruscamente, levantando la voz.
—¡Por Dios! ¿No te parece que ya descansé bastante?
Costanza se persignó rápidamente y él le lanzó una mirada encendida.
—He sido reducido a menos que un idiota durante... no sé ni siquiera cuántos días. Quiero saber qué ha pasado.
Amagó con quitarse el vendaje de la cabeza y Costanza corrió a impedírselo. Él la empujó con malos modos.
—¡Déjame, mujer! No puedo más ya con este acoso tuyo. Ahora, desaparece. Debo hablar con Lavinia.
Costanza agachó la cabeza y se apresuró a obedecer.
—¡Tío! —le reproché apenas salió ella—. No debe tratarla así. Costanza ha estado a su lado día y noche, sin comer ni dormir. Podría mostrarle un poco de reconocimiento.
Domenico me examinó, rabioso.
—No es asunto tuyo.
Se masajeó las sienes, entrecerrando los ojos y comprendí que aún debía de tener bastante dolor.
—¿Ha tomado las gotas hoy?
—No, y ya no las tomaré —soltó él—. Me atontan y quiero estar lúcido. ¿Quieres decirme qué ha pasado desde que perdí el sentido en ese maldito hospital?
No quería agitarlo más, pero tampoco podía tratarlo como a un niño con un montón de mentiras. Mientras vacilaba, sin saber bien qué hacer, Piero se asomó al umbral, al reclamo, probablemente, de aquel griterío. Al verlo, Domenico contrajo la boca en algo parecido a una sonrisa.
—Te has quedado... Temía que te hubieras ido.
Piero le apoyó las manos sobre los hombros.
—Aparte de que las puertas de la ciudad aún están cerradas, ¿crees que habría podido dejarte en este estado? ¿Quieres que te traiga un espejo?
Domenico le agarró los brazos y ambos estallaron en risas. Piero sintió un leve estremecimiento y Domenico se percató del vendaje que le asomaba detrás del cuello de la camisa.
—Me parece que tú no estás mucho mejor... ¿Qué demonios te ha pasado?
Busqué la mirada de Piero.
—Domenico quiere saber lo que ha pasado desde el día de su accidente, pero yo...
Mi tío desplazó la mirada de mí hacia él y viceversa.
—No se os ocurra ocultarme nada. Estoy en condiciones de soportarlo todo, salvo vuestras mentiras.
—De acuerdo. Quizá sea justo que sepas... —comenzó Piero antes de ponerlo al tanto de los últimos acontecimientos. No le ahorró nada, desde el poema infamante encontrado por Lorenzo hasta las vicisitudes del día anterior.
Domenico no lo interrumpió, pero su expresión aterrorizada y su rostro congestionado me hicieron dudar de que hubiera sido buena idea.
Al final permaneció inmóvil, escrutando una lejanía imaginaria, con el ojo derecho sacudido por un estremecimiento nervioso.
Su pecho se alzaba y se bajaba a un ritmo tal que temí que le diera un ataque. Lo sostuve por un codo.
—Venga, tío. Siéntese.
Me siguió como un autómata, dejándose guiar a la cama. Desde atrás empecé a masajearle los músculos de los hombros, tensos como un bloque de mármol.
Piero levantó las palmas de las manos.
—Ahora, cálmate. No sirve de nada dejarse llevar por el miedo. Encontraremos el modo de llegar al fondo de esta historia.
Quizá también se había arrepentido de haberle contado los hechos tan crudamente.
Domenico continuaba mirando la pared de enfrente, persiguiendo su propia visión.
—Oh, no. No creo que lo consigamos... Tú no sabes.
Piero se sentó en el otro extremo de la cama.
—¿Qué no sé, Domenico? ¿No crees que es hora de decírmelo?
Mi tío se ajustó el cuello de la camisa y tosió varias veces, como para tomarse su tiempo. Sabía qué debía contarnos y también lo sabía Piero, que, sin embargo, no hizo nada por facilitarle la tarea.
—No he sido... completamente sincero sobre el asunto del banquero —arrancó, inseguro—. Las acusaciones que el camarlengo echó en cara a Lavinia eran calumnias inducidas por el rector, tú también lo sabes bien. Pero hay algo sobre lo que ha dicho la verdad. El préstamo existe.
Me señaló con un gesto.
—Necesitaba reunir la dote de Lavinia. Intenté conseguirlo en todos los bancos de la ciudad, pero no estaba en condiciones de ofrecer suficientes garantías.
La casa no es mía y ahora trabajo tan poco que nadie ha aceptado concedérmelo.
Sabía que el banquero Peruzzi prestaba dinero incluso fuera del banco del hospital, así que me decidí a verlo.
Tuve el presentimiento de que me metería en problemas, pero era la única forma de reunir la suma en poco tiempo, de otro modo el padre de Lorenzo habría hecho naufragar el acuerdo.
Por desgracia, mis temores eran fundados.
A pesar de que la usura está prohibida por la Iglesia, a los desgraciados como yo Peruzzi les pedía un interés, cuidándose mucho de llamarlo con ese nombre.
Me dijo que firmara un documento, en el que me empeñaba por la suma pactada, más un «reembolso por gastos», cuya cantidad dejó en blanco, porque dependía de cuánto tardara en devolverle el préstamo.
Era cuestión de tomarlo o cogerlo y yo no tenía elección, así que acepté.
Pero un mes más tarde me pidió que devolviera la primera cuota y, cuando le dije que no estaba en condiciones de hacerlo, me comunicó que el importe había aumentado en un quinto.
Lo mismo ocurriría en cada vencimiento no respetado.
Le propuse pagarle con mi trabajo y él me habló del fresco que quería hacer en el salón, precisando que, en cualquier caso, alcanzaba sólo para tres cuotas.
Para el resto quería el dinero. No dejó de hacerme notar que el compromiso que había suscrito era una prueba suficiente para condenarme por incumplimiento, lo cual significaba, en la mejor de las hipótesis, la picota.
Pero él me aseguró que haría cualquier cosa para que en mi caso se recurriera a la flagelación pública.
Se detuvo cuando vio que Piero le lanzaba miradas furibundas.
—¡Eres un inconsciente! Sólo quiero saber por qué no pensaste en venir a mí.
Domenico sufrió un temblor nervioso.
—Sabía que lo dirías. Y por eso no te lo conté antes. ¿Es posible que no lo entiendas? Ya me has ayudado demasiadas veces. No puedo contar siempre contigo. Al menos en esta ocasión debía demostrarme a mí mismo que podía hacerlo por mis propios medios.
—¡Bonita demostración! —soltó Piero—. Acabar en manos de un usurero... Y ahora que has conjurado la vergüenza de pedir ayuda a un amigo, ¿tu honor está a salvo? ¡Al diablo, Domenico! Si es verdad que la edad trae sabiduría, en tu caso es al revés.
Por más que Piero tuviera razón, estaba exagerando. A Domenico se le veía ya bastante exhausto y no era momento de ensañarse.
Amagué con hacerlo callar, pero Domenico se me adelantó, lanzándose hacia él, rojo de rabia.
—¿Tú qué sabes? —gritó—. ¿Acaso tienes idea de lo que significa ser dejado de lado, luchar con uñas y dientes para conseguir un asqueroso trabajillo de tres al cuarto, ver que siempre te quitan de las manos los encargos más importantes y desconocer el motivo?
Claro que no. Porque tú tienes bien firme entre las manos el presente y el futuro, mientras que a mí me queda ya sólo el pasado.
Se llevó la mano a la frente, dolido por una punzada en la cabeza.
En el rostro de Piero se alternaron pena y decepción.
—Nunca me habías hablado en estos términos...
—Porque quiero tu amistad, no tu piedad —replicó Domenico, que luego continuó en tono más calmado—.
Me respetan, me llaman maestro, me convocan como experto para juzgar los trabajos ajenos, pero no me dan la posibilidad de demostrar que aún tengo mucho que decir.
¿Y esto por qué? Porque soy demasiado caro, porque no estoy de moda, porque ha pasado mi tiempo, o quizá también porque nunca me he buscado un protector.
En el fondo, los artistas somos como putas.
Pero ¿qué tiene de malo? ¿Cómo podría vivir Donatello como lo hace si los Médici no le pasaran una mensualidad?
Y si Cosme no estuviera de por medio, ni siquiera el Padre Eterno habría salvado de la excomunión a Filippo Lippi cuando, a despecho del hábito que lleva, dejó embarazada a una monja y la convirtió en su concubina.
La idea de emparentarme con los Guidi me parecía una buena ocasión, quizá la última posible para cambiar las cosas.
Por eso aquel préstamo se convertía entonces en una inversión y confiaba en no tener dificultades para devolverlo.
Otra punzada le contrajo el rostro. Se aferró a mi brazo hasta que se le pasó. Hice que apoyara la espalda en el cojín mientras le arreglaba el vendaje deshecho.
—Gracias —murmuró él rozándome la mano.
En aquel momento, me prometí que, si alguna vez podíamos dejar atrás aquel asunto, le pediría a Lorenzo que nos casáramos de inmediato. Era lo menos que podía hacer para ayudar a mi tío.
Piero fingió interesarse por los pliegues de la sábana antes de pronunciar la palabra que debía de resultarle menos familiar.
—Perdóname... No debí decirlo.
Domenico dejó correr sus excusas con un gesto, dando a entender que le había oído decir cosas peores.
El otro esbozó una sonrisa antes de concluir.
—Pero ahora quiero saber qué ha pasado con el recibo que firmaste.
—¿De verdad tengo que decírtelo?
—Lo has cogido tú, ¿cierto?
—¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Dejar que me siguiera estrangulando aquel sinvergüenza? Trabajaba en su casa y sabía dónde guardaba los documentos. ¿Cómo podía imaginar que un loco acabaría así con él?
—¿Y ahora dónde está?
—A buen recaudo, diría que en el sitio más seguro de la casa.
—¿Puedo verlo?
—Claro. Lavinia, ¿vas a buscarlo?
Se sacó la cruz del cuello y me la puso, explicándome el mecanismo de apertura del cajón secreto, que fingí desconocer. Bajé al entresuelo y lo abrí. En el interior estaba sólo la medalla, pero el recibo había desaparecido.
Registré febrilmente todos los rincones, abrí las otras puertas y extraje cada uno de los objetos antes de volver a inspeccionar el cajón.
No era posible. Yo misma había dejado aquel papel sólo unos pocos días antes y, dado que mi tío no se había levantado nunca, no tenía ningún sentido que no estuviera allí.
Luego me rendí a la evidencia, preguntándome cómo encontraría el valor de decírselo.
Cuando entré en la estancia, tenía encima las miradas de ambos.
—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó Domenico, impaciente.
Decidí saltarme los preámbulos.
—Tío..., el recibo no está.
Él me miró como si fuera un fantasma.
—¿Qué estás diciendo? ¿Has mirado bien?
Me empujó a un lado y, tambaleándose, se fue escaleras abajo. Piero lo siguió, pero yo no tuve el valor de hacerlo.
Cuando regresaron, Domenico estaba apoyado en el brazo de Piero, que me lanzó una mirada alusiva mientras lo volvía a acompañar a sentarse sobre la cama. Mi tío se cubrió el rostro con las manos y permaneció así mucho rato. Cuando levantó de nuevo la cabeza, nos mostró una expresión trastornada.
—Soy hombre muerto. Cuando quien ha sustraído ese papel lo use, y puedes estar seguro de que lo hará cuanto antes, nada podrá salvarme. Torregiani llevará adelante su campaña de odio y yo acabaré peor que Filippo... Pero quizá sea lo que merezco.
Me quedé mirándolo, paralizada por un sentimiento de impotencia.
Piero, en cambio, pasó al ataque, para intentar sacudirlo.
—Si has acabado de compadecerte, es el momento de usar el cerebro, siempre que ese cirujano te haya dejado lo suficiente.
A Domenico, a su pesar, se le escapó una sonrisa cansada, y Piero continuó:
—Claro que usará ese recibo, pero no de inmediato.
Si el asesinato del banquero tuviera como único objetivo tu condena, ya habrías sido ajusticiado.
En cambio, ha esperado, porque tiene otra cosa en mente.
No sé aún cómo, pero su plan me involucra también a mí y me ha atraído a Florencia con aquella falsa carta precisamente con este objetivo.
Quienquiera que sea, le interesa hacernos saber que para él no tenemos secretos y usa nuestros símbolos para firmar sus delitos, de modo que no hay dudas de que antes o después llegará a nosotros.
Domenico movió dos veces la palma de la mano hacia abajo para invitarlo a la prudencia. Luego hizo el gesto de despedirme, pero Piero lo detuvo.
—Lavinia lo sabe todo. Se lo he dicho yo. Me parece que no es de ella de quien debemos cuidarnos.
Domenico frunció el ceño, muy en desacuerdo, sin embargo, no objetó nada.
Piero continuó:
—Quien ha urdido todo esto se divierte espantándonos.
Nos controla, prevé nuestros movimientos, conoce nuestros desplazamientos.
Incluso puede entrar en tu casa y sacarte del cuello la llave de tu armario sin dejar huellas.
Quiere que sintamos que la cuerda nos aprieta lentamente, espera vernos ceder al pánico.
Sólo entonces se decidirá a dar el golpe final.
Pero nosotros no lo estaremos esperando.
Por ahora la única pista que tenemos es este absurdo personaje que se hace llamar Emperador, al que todos le profesan un temor reverencial.
No sé si actúa por su cuenta o si está a sueldo de algún otro.
Pero no hay duda de que el asesinato del camarlengo es obra suya y, aunque se me escape el porqué de esa muerte, la estrella de cinco puntas que le trazó en la frente era para nosotros.
Estoy convencido de que, llegando a él, tendremos en la mano la clave del asunto. Es la única esperanza que nos queda.
En aquel punto, me tocaba a mí. Lo que Piero me había pedido que hiciera era más urgente que nunca.
—Hoy mismo iré donde Lorenzo —anuncié—. Haré lo posible por convencerlo para dejarnos acceder a los registros de los Ocho. Si hay informaciones sobre el Emperador, allí las encontraremos.