23
Cuando la luz reveló la gravedad de la hemorragia, por un momento mi vista pareció nublarse y debí buscar apoyo contra la mesa de la cocina.
No había sido sencillo llegar hasta allí. Piero seguía repitiendo que no me preocupara, pero yo sentía que a cada paso se apoyaba más pesadamente en mi brazo.
Por fortuna Francesco había seguido al pie de la letra mis indicaciones y se quedó todo aquel tiempo esperándome más allá del puente Carraia.
La tensión acumulada lo llevó a recibirme con una avalancha de reproches, tartamudeando hasta el punto de que me costaba entenderle.
Pero al ver a Piero herido se calmó de golpe.
Escuchó sin interrumpir el breve resumen de lo ocurrido y se apresuró a ofrecerle su apoyo.
Tanto Francesco como yo insistimos en llevarlo a un médico, pero él se negó, afirmando con decisión que se curaría mejor solo.
Sin embargo, nos costó bastante llegar a casa y, hasta antes de cruzar el umbral, tuve la impresión de que estaba a punto de perder el sentido.
Ahora, frente a sus ropas impregnadas de rojo y sus labios color verde tierra, me pareció una locura haberle hecho caso.
—¿Qué... qué quiere que haga? —pregunté, desorientada, buscando en la mirada de Francesco un consuelo que no podía ofrecerme.
Al verme tan confusa, Piero se recuperó por un instante e incluso llegó a esbozar una sonrisa.
—Ante todo, calmaos. Luego debéis ayudarme a detener la sangre, porque la posición de la herida no me permite hacerlo solo... Espero que sepáis coser.
Me sentí morir ante la mera idea de tener que coser su piel, pero asentí rápido y me dispuse a seguir sus instrucciones.
Piero se sentó sobre la mesa y pidió a Francesco que lo ayudara a quitarse el jubón y la camisa, cortando lo que quedaba de ésta.
Llené una jarra de agua y la vertí en una olla de cobre.
Luego, mientras revisaba todos los estantes en busca del vinagre, Francesco limpió con un paño la sangre de la herida.
El corte tenía al menos cuatro dedos de largo y, a pesar de que me parecía muy profundo, Piero dijo que no lo era.
Los bordes estaban limpios, aunque tan separados que dejaban ver en el centro al menos dos dedos de carne viva.
Me pidió que echara encima el vinagre y yo obedecí.
No lanzó ni un gemido, pero se sobresaltó con violencia.
Luego me hizo enhebrar un largo hilo de seda en la gruesa aguja que usaba para bordar.
Mientras la enjuagaba también en el vinagre, me pregunté si sería capaz de clavársela.
Recordé el elixir a base de amapola que Bernardo Torregiani había prescrito a Domenico para el dolor. Quedaba un poco y lo busqué para ofrecérselo a Piero. Él lo apartó sacudiendo la cabeza.
—Ánimo —me exhortó acercando con dos dedos los labios de la herida para facilitarme el trabajo—.
Intente mantenerse cerca del borde y meta la aguja lo más recta que pueda para reducir el orificio de entrada.
En cada punto corte y anude el hilo dos veces.
Francesco, tú continúa secando la sangre para que Lavinia pueda ver bien.
No tenía ni idea de por qué Piero conocía tantos detalles médicos, pero ya nada me sorprendía de él.
Me acerqué, esperando que mi mano no me traicionara con el mismo temblor que me sacudía por dentro.
Apoyé la punta y empujé mientras sentía que el sudor me humedecía la frente y el cuello.
Para mi sorpresa la aguja penetró muy fácilmente en la piel, más que en ciertas telas de lana gruesa.
La hendí profundamente, hasta encontrar la resistencia de las costillas, luego cambié de dirección y, comprimiendo el corte entre el pulgar y el índice de la otra mano, saqué la aguja, corté el hilo y lo cerré con un doble nudo.
El trabajo duró más de media hora y yo no dije una palabra en todo el tiempo. A cada tanto Piero sufría un leve estremecimiento, pero no movió un músculo. Al principio su voz rompía a veces el silencio para darme alguna instrucción. Luego calló también él.
Cuando hube anudado el último punto levanté la mirada y encontré sus ojos veteados de rojo y empañados como trozos de vidrio viejo. Le apoyé la palma de la mano sobre el rostro palidísimo.
—¿Todo bien?
Él asintió con una sonrisa tensa. Luego mandó a Francesco al taller a buscar un poco de verdín y de bálsamo de trementina. Me los hizo mezclar con un huevo entero y se lo puse sobre la herida antes de cerrarla con una venda de lino.
Francesco parecía al menos tan cansado como yo y al mirarlo me sentí un poco culpable por la noche que le había hecho pasar.
Al mismo tiempo, la certeza de poder contar siempre con su apoyo me reconfortaba y me llenaba de gratitud.
Él pareció advertir mis sentimientos y me rozó afectuosamente el brazo.
—He tenido miedo por ti, pero ahora estoy contento de haberte hecho caso.
Ofrecí a Piero apoyo para que bajara de la camilla.
—Gracias por todo, muchacho. Vete a descansar. Lo necesitas.
—Si no le molesta, me quedaría a dormir algunas horas en el taller. Creo que no tengo fuerzas para volver a casa. Lo haré más tarde, hacia el alba, para que mi madre no se alarme. ¿Sabe...?, sufre del corazón y sólo le quedo yo.
—¿Vives lejos de aquí?
—En el Borgo Pitiglioso, cerca del palacio Capponi. Hay un buen trecho para llegar. Pero sobre todo en las Rovinate, de noche, hay que caminar con los ojos bien abiertos. Y no sólo por los encuentros desagradables que se dan, sino también para no acabar en uno de los canales.
Apenas Francesco se hubo retirado, acompañé a Piero a su habitación. Dejé la vela sobre la mesa, delante de su cuadro, hice lo mejor que pude la cama, que aún mostraba los signos del reciente registro, y él se acostó. Con la idea de dejarlo descansar, me acerqué a la vela para apagarla.
Su voz me cogió por sorpresa.
—Déjela encendida.
Hice lo que me pidió y me dispuse a salir.
Él me detuvo de nuevo.
—Se lo ruego..., quédese.
Me senté al borde de la cama. Estuve un rato observando la llamita que danzaba inquieta sobre su cuadro, sin conseguir alterar la absoluta inmovilidad de aquella escena.
También Piero dirigió hacia allí la mirada y la agitación de las horas recién transcurridas pareció apagarse en aquel instante de quietud perfecta. No eran sólo el cansancio y el silencio. En aquella imagen pintada había algo que resonaba profundamente dentro de mí y me satisfacía.
Sentí la necesidad de dar voz a esa sensación.
—Ese cuadro es mucho más de lo que me ha explicado. La metáfora de la caída de Constantinopla, la diáspora de los sabios... Ésa es sólo una de sus caras, pero no la única ni la más importante.
Él se levantó con esfuerzo para sentarse. Lo ayudé, acomodando el cojín detrás de la espalda.
—Hay muchos modos de leer la misma imagen, a diversos niveles de profundidad. Nadie puede decir cuál es el principal, porque cambia continuamente, tocando diferentes fibras en cada ser humano y en cada circunstancia.
Había algo surreal en nuestro modo de estar sentados en la penumbra discutiendo de arte después de lo que habíamos vivido. Sin embargo, parecía que para Piero la cosa era del todo natural.
Entonces me sentí libre para seguir.
—Su obra transmite una especie de equilibrio, un sentimiento de perfección que da bienestar, pero que no parece venir del exterior. Tengo la impresión de que se encuentra más bien en alguna parte dentro de mí y la pintura me permite verlo, como si estuviera mirando un espejo.
Piero sonrió, moviendo su colgante entre los dedos.
—La que ha reconocido es la belleza de los números.
La obra de arte que respeta sus leyes resuena en nuestro espíritu, por el simple motivo de que tanto nuestra íntima naturaleza como la realidad a nuestro alrededor están organizadas según esos principios.
Si el artista, al dar forma a lo inexpresable, respeta las mismas reglas que organizan nuestra visión del mundo, obtiene una especie de transmutación alquímica.
Y lo que era sólo materia inanimada adquiere la capacidad de suscitar emociones, conmover, inspirar y transmitir verdades universales.
Se percató de que estaba mirando el colgante con el que continuaba jugando y lo levantó para mostrármelo mejor.
—Quizá ya habrá intuido que éste es otro modo de representar el universo y el ciclo de la vida... Podría detenerme a explicarle su significado, pero después de todo no es tan importante. Sólo se trata de un símbolo, nada más que un pálido reflejo de la esencia.
Era como si cada palabra de Piero me abriera breves rendijas de luz, que de inmediato se cerraban, como cuando se persigue un reflejo en el agua.
—¿Debe a Besarión su modo de ver el mundo, o acaso han sido las enseñanzas de ese maestro, Gemisto Pletón? ¿Algún día me hablará de él?
Piero vaciló antes de responder.
—Diría que se lo debo a ambos y, al mismo tiempo, a ninguno de los dos. Los maestros nos pueden proporcionar la llave, pero la puerta del conocimiento es preciso abrirla solos... No obstante, seré sincero al confiarle que éstos no son los temas sobre los que me gusta discutir.
—¿Por qué?
La llama arrojaba débiles resplandores sobre su rostro, que adoptó la misma máscara impasible que los personajes de su cuadro.
—Imagine que cultiva una flor en su jardín, una planta rara y delicadísima. ¿Qué pasaría si invitase a cientos de personas a verla? En poco tiempo, acabaría pisoteada.
Su metáfora no pudo ser más eficaz. No me sorprendió, entonces, que cambiara de inmediato de tema. Lo que no me esperaba, sin embargo, fue el toque de su mano sobre la mía.
—Aún no le he dado las gracias... Si no hubiera sido por usted estaría en aquel sótano, o quizá en el fondo del río.
Movió la cabeza, incrédulo.
—Todavía no consigo explicarme cómo lo ha conseguido.
Solté su mano y exhibí una amplia sonrisa mientras con un gesto me señalé las ropas de Domenico que aún llevaba puestas.
—Digamos que la necesidad ha estimulado mi ingenio.
Su carcajada naufragó enseguida en una mueca de dolor.
Apoyé los dedos sobre el vendaje, riendo a la vez.
—Así acabará por estropear mi trabajo.
Su mirada se volvió severa.
—¿Sabe que cometió una locura? Ha sido una irresponsable y no quiero pensar qué habría podido ocurrirle.
Era verdad. Había actuado de manera impulsiva y sin pensar en las consecuencias, pero lo volvería a hacer. Que por él estaba dispuesta a afrontar cualquier riesgo era una verdad con la que ya empezaba a convivir, pero no me parecía oportuno exteriorizarla. Así que desvié la conversación.
—Quizá ha llegado el momento de que me cuente si consiguió descubrir algo antes de acabar en aquella celda.
Él torció la boca, dubitativo.
—Le cuento cómo fue. Apenas entré me dirigí al tabernero y le pregunté si podía hablarle en privado de un asunto muy delicado.
Él me invitó a seguirlo por la puerta de atrás.
Tratando de hilar una historia creíble, le conté que había venido en nombre de una persona importante, de la que no podía hablar.
El señor en cuestión, del que le di a entender que era un religioso, buscaba un divertimento algo particular, para el que necesitaba un contexto absolutamente reservado y protegido.
Añadí que el interesado había oído hablar de un lugar con estos requisitos en los alrededores de Ognissanti, pero también estaba abierto a cualquier otra sugerencia.
Sin terminar de explicarle ya me había dado cuenta de que el tabernero no había creído una sola palabra.
Antes de que pudiera pensar algo más, alguien me golpeó en la cabeza.
Me espabilé en el suelo de la celda. Mientras cerraban la puerta, los oí decir que nadie debía tocarme hasta la noche, porque el Emperador quería ocuparse de mí personalmente.
—No entiendo la lógica de todo esto. ¿Cómo podían saber...?
—No lo sé. Por otra parte, hay pocas dudas de que me estaban esperando.
Sólo pensar en las implicaciones de lo que Piero estaba diciendo me aterrorizaba. Le conté cuanto había sabido de Fiammetta y luego concluí:
—Comienzo a creer que nos encontramos ante un ser con poderes sobrenaturales... Pero, además, ¿estamos seguros de que es él la persona que nos persigue?
Piero respondió en voz baja:
—Si antes podía haber aún alguna duda, ahora ya no. El hecho de que conociera nuestros movimientos significa que nos tiene vigilados. Por tanto, está claro que su objetivo somos precisamente nosotros.
Un hielo repentino pareció anular la tibieza del aire.
Pero guardé mis miedos en un rincón de la conciencia, porque me percaté de que Piero se había dejado caer sobre el cojín y había cerrado los ojos.
Su aspecto exhausto hizo que me arrepintiera de haberme quedado tanto tiempo y, al ver sus sienes perladas de sudor, temí que hubiera podido subirle la fiebre.
Apoyada sobre el codo, alargué el brazo para rozarle la frente.
Estaba húmeda, pero fría. Casi independiente de mi voluntad, mi mano se movió para acariciarle el pelo, recorriéndolo entero.
Me detuve con los dedos entre sus rizos mientras sentía que la sangre se aceleraba tan fuerte que me confundía la vista.
Él permaneció inmóvil, con los párpados y los labios cerrados, y yo debí luchar contra el impulso de inclinarme y besarlo.
Luego abrió los ojos y encontré el gris cambiante de su mirada. Después de un momento largo rompió el silencio.
—Hay algo que quisiera pedirle.
Asentí imperceptiblemente mientras seguía mirándolo, olvidándome casi de respirar.
—Debería hablar con su prometido y convencerlo de que nos ayude a consultar los papeles de la magistratura para tratar de saber si la justicia ha tenido alguna vez algo que ver con el Emperador. Me temo que ése es el único recurso que nos queda.
Lo odié por haber mencionado a Lorenzo en ese momento. Me aparté de golpe y me levanté para ganar rápido la salida.
—Lo haré —respondí cortante antes de marcharme—. En la primera ocasión que tenga.