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—Lavinia... Por muy inesperada que sea, su visita es siempre grata.
Luego inclinó respetuosamente la cabeza y la abadesa continuó:
—La hermana Emiliana nos ha contado que necesitáis asilo y me ha parecido entender que se trata de una emergencia.
Me incliné, cogiéndole la mano.
—Estamos en deuda con usted, madre. Perdone si nos hemos aprovechado, pero...
Ella se apartó y me interrumpió con ademán apresurado.
—Nuestra misión tendría poco sentido si no ayudáramos a quien llama a nuestra puerta. Estamos felices de acogerlas. Haré que les asignen una celda para que todas podamos volver a descansar.
Sus palabras contrastaban con sus gestos bruscos, pero evidentemente a la abadesa no le importaban mucho las formas.
—No será necesario, madre. Lo que le pido es que acoja a esta muchacha, al menos hasta que encuentre el modo de sacarla de Florencia. No le voy a contar sus penurias, pero le aseguro que, si se quedara en la ciudad, su vida correría grave peligro.
La abadesa examinó a Fiammetta de arriba abajo. Aunque las ropas de la muchacha dejaban pocas dudas sobre su ocupación, la cosa no pareció preocuparla. Reflexionó un instante, luego se dirigió a ella.
—La próxima semana dos de nuestras hermanas partirán hacia Prato. Tenemos localizada una sede y también allí echaremos la semilla de un nuevo Carmelo. Tú irás con ellas. Luego, una vez allí, serás libre de decidir si quedarte o proseguir tu camino.
Fiammetta murmuró un agradecimiento con la cabeza baja mientras la madre superiora dejaba la estancia. La hermana Emiliana la siguió, se llevó consigo a la muchacha y yo me quedé sola con Antonia.
Hubo un momento de incomodidad en que no supe qué decirle.
A pesar de la instintiva simpatía recíproca, nuestra relación era superficial y no justificaba, desde luego, que hubiera llegado a su convento en plena noche, vestida de hombre y en compañía de una prostituta, fingiendo una amistad que, en resumen, no había.
Esperaba que no me preguntara la razón, aunque tenía todo el derecho a hacerlo.
A cambio, se acercó a la Virgen con el Niño colgada en la pared y rozó con los dedos la aureola dorada, que parecía una joya repujada. Luego, con la máxima naturalidad, dijo:
—Mire qué maravilla. Aparte de mi padre, son pocos los que saben crear superficies tan hermosas. Ésta es precisamente una de las obras que quería mostrarle.
Examiné, admirada, cada detalle de aquella pintura, del rostro delicado de la Virgen a los pliegues de su vestido rojo, pasando por el manto azul que parecía caer hacia el observador con una espléndida intuición de la perspectiva, y el cuerpo perfectamente proporcionado del Niño, vestido sólo con el coral de la pasión.
El fondo estaba pintado con colores tenues y repleto de detalles decorativos, con un estilo que me recordaba el de algunas obras que había visto en el taller de Paolo Uccello.
Pero el cuadro no estaba firmado por él. Para ser precisos, no lo firmaba nadie.
—No me diga que... ¿es una obra suya?
Ella asintió, complacida de mi estupor.
—Si algún día viene a verme... en otras circunstancias, será un placer mostrarle la habitación donde trabajo y las obras con que deseo embellecer las paredes de este lugar sagrado.
La libertad y la consideración de las que disfrutaba Antonia entre aquellos muros eran un caso único y ella era plenamente consciente.
Estaba claro que renunciar al mundo era para ella un sacrificio del todo aceptable, comparado con la posibilidad de practicar sin límites su pasión.
Por un instante sentí una leve punzada de envidia, porque me di cuenta de que su amor por el arte era muy superior al mío.
La hermana Emiliana se asomó a la puerta y me invitó a seguirla. Le di las gracias de nuevo a Antonia, le prometí que volvería pronto y seguí a la monja hacia la salida.
Piero nos esperaba apoyado en el portón.
—Afuera todo está en silencio —dijo apenas nos vio—. Creo que podemos salir sin peligro. Gracias de nuevo, hermana. No olvidaremos su amabilidad.
Sor Emiliana hizo un gesto seco con la cabeza y abrió el cerrojo.
Apenas estuvimos al aire libre me di cuenta de que Piero caminaba fatigosamente, comprimiéndose la herida. Aunque la oscuridad y la túnica de la que había retirado la mano me permitieron ver muy poco, temí que pudiera ser más grave de cuanto quería mostrar.
—¿Está seguro de que puede...? Si hubiera hecho saber a las monjas que estaba herido, quizá...
—No —me interrumpió con brusquedad—. Ya le he dicho que no es nada serio. Ahora movámonos. Si quiere ayudarme, aceptaré su brazo.
Su tono, forzadamente controlado, no tenía nada de natural.
Antes de ofrecerle el apoyo que buscaba, extendí los dedos sobre su jubón.
Él se apartó de repente, pero no lo bastante aprisa como para comprobar que mis preocupaciones eran fundadas.
La sangre, lejos de detenerse, le había empapado totalmente las ropas.
Temí que, si continuaba a aquel ritmo, no conseguiríamos llegar a casa antes de que las fuerzas lo abandonaran.