22 #2
Cuando me encontré frente a ella me di cuenta de lo pequeña que era, pero también de la energía que escondía tras sus ojos penetrantes y su boca decidida, sombreada a los lados por un vello oscuro.
Se ajustó la capa blanca sobre la túnica negra y, aunque no hizo comentarios, tampoco se ahorró una mirada de desagrado a mi vestimenta masculina ni a la escasa ropa de mi acompañante.
En cuanto vio a Piero, se puso rígida como una estatua.
—Él se queda fuera —ordenó con la actitud de un general.
—Hermana, confío en su buen corazón —la aduló él—.
Le aseguro que nadie me verá y le prometo que me quedaré quieto en la sombra junto al portón esperando su regreso.
Yo también conozco a Antonia, desde que iba en pañales, pues soy un viejo amigo de su padre.
Sé que le estamos pidiendo mucho y nunca nos habríamos atrevido si no se tratara de una verdadera emergencia.
Sepa que con su gesto nos habrá salvado la vida...
y estoy seguro de que el Señor se lo recompensará.
Ella lo escrutó largamente, luego con un movimiento brusco lo invitó a entrar y cerró el portón detrás de él.
—Pero no se mueva de aquí —ordenó con el índice levantado.
Sin hacer más preguntas, la hermana nos condujo a la muchacha y a mí a una sala estrecha, con techo artesonado, y nos pidió que esperáramos allí.
El ambiente era austero y de una gran sencillez.
Los únicos muebles eran algunos bancos de madera oscura alineados a lo largo de los muros, un crucifijo colgado en uno de los dos lados más cortos y una Virgen con el Niño en el otro.
La muchacha se sentó, apoyada contra la pared. Tenía los ojos enrojecidos, el pelo desaliñado y sobre la mejilla derecha destacaba roja la herida que yo misma le había hecho.
De golpe comprendí que Piero y yo le debíamos la vida y, al darme cuenta de lo que le había hecho, una repentina sensación de malestar se apoderó de mí.
No tendría más de quince años, aunque su mirada era ya la desencantada de una mujer de treinta.
Por más que la vida de esclavitud que había vivido hasta entonces me pareciera espantosa, ella no había pedido ser liberada.
Y era igualmente cierto que yo no había actuado por altruismo.
Todas las justificaciones que se me ocurrían no podían borrar el hecho de que la había utilizado recurriendo a amenazas y a la violencia, quizá de un modo no muy distinto al que solían usar sus amos.
Me pregunté si ella no habría preferido seguir teniendo un techo donde cobijarse, comidas aseguradas y una especie de protección, en vez de encontrarse en medio de la calle sin un céntimo, condenada a tener que guardarse las espaldas quizá durante toda la vida. Pero ya era tarde para preguntárselo.
Me senté junto a ella.
—Ni siquiera sé cómo te llamas.
—Fiammetta.
De nuevo, silencio.
—Quiero agradecerte que nos hayas ayudado y pedirte perdón... por todo.
Ella no respondió.
Saqué del cinturón el monedero aún lleno de monedas y se lo puse en la mano. Luego me quité el broche con el que había fijado los pantalones a la camisa y también se lo di. A Lorenzo le contaría después que lo había perdido.
Se guardó todo en el escote, asegurando bien los lazos del corpiño.
—Esto no me salvará de la venganza del Emperador —se limitó a comentar a media voz.
Habría querido animarla, pero ya sabía que no había palabras capaces de mitigar el terror que inspiraba aquel personaje.
—Primero deberá encontrarte.
—Lo hará. Todos saben que no es posible huir de él.
Su resignación me dio rabia y me puse de pie.
—Parece que su nombre tiene el poder de oscurecer la razón de cualquiera... Ni que fuera una especie de demonio.
Sacudió la cabeza frunciendo el labio superior para manifestar su compasión.
—Tú no sabes nada. El Emperador es capaz de todo. Puede cubrir de oro a quien le es fiel y también desollar vivo o hacer que los perros devoren a quien lo traiciona. Sabe ser despiadado, pero también generoso. O al menos lo ha sido conmigo, la única vez que lo he visto.
Me incliné hacia ella, luchando por ocultar la impaciencia.
—Tú... ¿lo has visto? ¿Sabrías describírmelo?
Pareció sorprendida por mi pregunta.
—¿Piensas que muestra su rostro a cualquiera?
Si viene a la taberna, lo hace antes del alba, cuando los clientes ya se han ido y nosotras estamos todas encerradas en el desván.
A ninguna se le ocurre moverse, porque los castigos para quien transgrede son severos.
Pero una noche tenía la garganta reseca por la fiebre y estaba tan mal que me atreví a bajar a buscar agua, rezando para que nadie me viera.
Cuando la puerta se abrió, quise desaparecer y me escondí detrás de la barra, con la jarra aún en la mano.
Luego oí unos pasos decididos que venían hacia mí...
y me lo encontré delante. Una máscara de cuero le cubría la mitad del rostro y supe que era él.
Presa del pánico, comencé a llorar, temblando como una hoja de árbol.
Él entonces me levantó el mentón con un gesto amable.
Se llevó un dedo a los labios y sonrió. Me dio un florín de plata y luego bajó a la bodega.
Mientras tanto la hermana regresó con Antonia y con la que supuse que era la madre superiora, que nos escrutó con mucha atención. Estaba claro que encontrarme allí a aquella hora era lo último que Antonia esperaba, pero consiguió disimular perfectamente su sorpresa.