22
La vela proyectaba su voluble arco sobre la bóveda rebajada del pasadizo, apenas más ancho que mis hombros.
Pegada a la espalda de la muchacha, me dejaba guiar por aquel recoveco, sin saber aún con certeza si su oferta de ayuda era un gesto de rendición dictado por el miedo o si, por el contrario, me estaba conduciendo a una trampa. En todo caso, no tenía alternativas.
Después de ocultar nuevamente el pelo bajo el sombrero, la había abrazado de modo que me creyeran un cliente y, mientras seguía amenazándola con el arma que tenía bajo las ropas, descendí con ella por la escalera que llevaba a la cocina.
La puerta de la bodega estaba precisamente allí, detrás de la mirada hostil y recelosa de dos corpulentas cocineras.
Con gran ingenio, la muchacha se rio, besándome el cuello, y les dijo que abrieran, pues Masone ordenaba subir de inmediato dos barricas de tinto.
Ante su indecisión, añadió en tono cortante que no dejaría de informar de a quién se debía el retraso.
Una de ellas obedeció, siempre mirándonos de reojo, y yo supe que poco después irían donde el tabernero para comprobarlo.
El pasillo, que habíamos seguido casi corriendo, desembocaba en un espacio más amplio. Aquí y allá había materiales de construcción y carretillas para el transporte, y delante del desfile de toneles que cubría las paredes se apilaban decenas de cajas.
La muchacha cogió de un gancho un gran aro metálico, del que colgaban llaves de distinta forma, y me abrió camino hacia otro pasadizo, a lo largo de cuyas paredes se alineaban algunas puertas.
Tras unos pocos pasos oí claramente algunas voces detrás de nosotros. Un escalofrío me recorrió la espalda frente a las pupilas dilatadas de la muchacha, que se apretó contra mí.
—Si nos alcanzan, prométeme que usarás el cuchillo conmigo antes que con ellos... No puedes imaginar lo que nos espera si nos cogen vivas.
Pensar con claridad se estaba haciendo imposible, no obstante, me negué a dejarme llevar por la angustia.
—De acuerdo, pero ahora, muévete. ¿Son éstas las mazmorras de las que me hablabas?
Asintió, yo traté de empujar una puerta tras otra y encontré todas abiertas salvo una, cerrada con un grueso pestillo.
Con las manos temblorosas, ella metió una llave, luego una segunda. El manojo cayó al suelo con un ruido metálico. Ante aquel sonido las voces detrás de nosotros se hicieron más agitadas y cada vez más cercanas.
La muchacha comenzó a llorar. Yo habría querido hacer lo mismo; en cambio me agaché a recoger las llaves y las probé una a una, hasta que el pestillo se abrió. Al verme entrar, Piero se puso de pie.
—¡Lavinia! —exclamó atónito, con un tono no carente de reproche. En su sien se veía sangre seca, pero estaba sano y salvo. De nuevo estuve a punto de estallar en lágrimas por el alivio. Solo conseguí articular unas pocas palabras.
—No hay tiempo..., están llegando. No sé cómo...
En aquel momento la gigantesca figura del tabernero llenó el vano de la puerta. Detrás de él, casi igual de imponente, despuntaba la figura de una de las cocineras.
La muchacha se pegó a la pared, apretando convulsamente la vela en una mano mientras con la otra se tapaba la boca.
Pasé el cuchillo a Piero. También Masone sacó el suyo, sin decir nada, y se abalanzó sobre él.
La cocinera permaneció firme en la entrada, lista para cerrar el camino a nuestra posible fuga.
Piero esquivó un primer golpe directo al vientre con un salto hacia atrás.
Con el cuchillo consiguió parar un segundo golpe bloqueando el brazo de Masone, que le cayó encima con todo su peso, arrastrándolo al suelo.
Rodaron ambos, pero Piero se levantó casi de inmediato y consiguió golpearle en el brazo.
La manga se le desgarró, tiñéndose de rojo, y el hombre soltó un gruñido furioso.
Con la pierna enganchó el tobillo de Piero, lo arrastró de nuevo al suelo y le inmovilizó el brazo.
Piero se echó a un lado, pero no lo bastante deprisa como para evitar que lo acuchillara en el pecho, debajo de la axila izquierda.
También sobre su camisa blanca se extendió una mancha de sangre.
Fui yo quien gritó en su lugar. Las venas del cuello y de las sienes parecían explotarme mientras constataba mi total impotencia en semejante trance.
Con consternación vi que Piero luchaba por levantarse y Masone lo detenía con una patada en la espalda mientras le asestaba un fuerte puñetazo.
Piero lo evitó rodando de lado y de un salto se puso de nuevo en pie.
Los brazos de los dos se cruzaron y chocaron los cuchillos.
Luego el posadero retrocedió para dar la puñalada decisiva, pero Piero interceptó su brazo con la mano izquierda.
Lo enganchó firmemente y tiró de él hacia sí, desequilibrando al hombre hacia delante hasta hacerlo acabar con todo su peso sobre el puñal, que se le hundió en el pecho hasta la empuñadura.
Cuando Piero extrajo el filo del puñal, Masone lo miró con estupor. Dio algunos pasos hacia atrás, tambaleándose, mientras continuaba asestando golpes al vacío. Luego un chorro de sangre la salió de la boca y cayó de bruces al suelo, frente a la entrada.
Corrí junto a Piero y le rocé la herida, mirándolo con los ojos desencajados.
—Nada grave —minimizó él, alejándome—. Ahora pensemos en cómo salir.
En aquel momento me di cuenta de que la cocinera había desaparecido. No pasaría mucho tiempo antes de que volviera con refuerzos.
La muchacha continuaba llorando apoyada en la pared y parecía incapaz de reaccionar. La sacudí enérgicamente.
—Has dicho que conocías el modo de salir de aquí.
Ella respondió con dificultad.
—Detrás de una de estas puertas hay un pasaje que sube a la plazoleta. Pero nos seguirán, no podemos hacerlo.
—Si nos quedamos aún será peor... ¡Llévanos hasta allí!
Le cogí la vela de la mano y la empujé con fuerza por el corredor. La cocinera no había perdido el tiempo y ya se oían a lo lejos los pasos de nuestros perseguidores. A juzgar por el bullicio, no debían de ser pocos.
La muchacha abrió la primera puerta a la derecha, que llevaba a un cuarto como el que acabábamos de dejar.
Pero sobre la pared del fondo había una abertura, cerrada con una puerta de doble cerrojo.
Pasé el manojo de llaves a Piero, que lo observó sólo un momento antes de volver a mirar las dos cerraduras.
Luego, sin vacilar, tomó una decisión. Como yo esperaba, era la correcta.
Cerramos la puerta con llave y entramos por un agujero que subía muy empinado, tan estrecho que nos obligaba a ir a gatas.
Apoyé la mano sobre algo blando, que se movió con rapidez.
Al darme cuenta de que era una rata, se me escapó un grito y la vela se me cayó de la mano.
Apenas tuve tiempo de ver huir al asustado animal antes de que la llama se apagara.
Al mismo tiempo, fuertes golpes resonaron detrás de nosotros.
—Vamos, moveos —nos exhortó Piero, que cerraba la fila.
Seguimos durante un buen tramo en la oscuridad más absoluta, hasta que choqué contra la que me pareció una puerta.
La palpé nerviosamente para localizar el cierre, pero bajo los dedos sólo sentía maderas y barras metálicas, nada semejante a un cerrojo.
Un peso pareció comprimirme el pecho y de golpe tuve la impresión de que las paredes iban a caerme encima.
—No sé cómo abrirla... No encuentro la cerradura... ¡Está demasiado oscuro!
Fue la muchacha la que me calmó con su mano en el hombro.
—La llave sólo sirve desde el exterior. Haz correr los dedos a lo largo del lado derecho y abajo, cerca del suelo, encontrarás un gancho. Tira de él hacia arriba y luego hacia ti.
Hice lo que me había indicado y poco después el aire de la noche me acarició el rostro. Luego, por un golpe seco a nuestras espaldas, comprendí que la puerta detrás de nosotros había sido derribada. Pronto los tendríamos encima.
La pequeña plaza a la que habíamos salido no ofrecía ningún escondite. El reflejo perlado de la luna reveló dos callejones que partían en direcciones opuestas, difuminándose a lo lejos en la oscuridad.
Piero miró a su alrededor, en busca de la calle más rápida para alcanzar el Arno. No obstante, sabía que el puente Carraia estaba aún lejos y que para llegar a él debíamos recorrer un tramo bastante expuesto a lo largo del río, donde habría sido fácil alcanzarnos.
En ese momento una idea asomó a mi mente. Quizá era una locura, pero me pareció el único camino posible.
—¿Allá abajo está el secadero de San Friano? —dije a la muchacha. Ante su gesto afirmativo, le pregunté si en los alrededores se encontraba el Carmelo de Santa María de los Ángeles.
—Está al final de aquel callejón —confirmó ella.
Sin necesidad de explicaciones, Piero comprendió al vuelo mi intención y no se opuso, quizá porque, aunque remota, también a él le pareció la única posibilidad.
Antes de que comenzara a tirar con fuerza de la campana del portón, objetó algo:
—Me temo que el nombre de Antonia no bastará para hacer que nos abran a estas horas, pero hay que intentarlo.
Seguimos golpeando y golpeando con insistencia sobre la madera, hasta que se entreabrió una mirilla que reveló una gruesa reja, tras la cual resonó una voz femenina.
Solté mi pelo, segura de que las monjas estarían más dispuestas a acoger a unas mujeres, y me acerqué.
—Le ruego que nos ayude, hermana. Alguien nos persigue y, si no nos dan asilo de inmediato, estamos perdidas. Apelamos a vuestra...
—¿Quién os persigue? —me interrumpió ella, dubitativa.
—No hay tiempo de explicarle. Espero que creáis en mi buena fe... Soy amiga de Antonia, una de vuestras conversas, la hija del pintor Paolo Uccello. Si nos dejáis entrar, podrá confirmároslo. Pero, por amor de Dios, ¡deprisa!
La hermana acercó la vela a la reja. Lo que leyó en mi rostro debió de convencerla, porque de inmediato oí chirriar las bisagras.