El misterio de la pintora rebelde 21 #2
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21 #2

A lo largo de los dos lados de la sala, cubiertos con baldosas en forma de rombo blancas y tierra de Siena, corrían dos filas de baldaquines.

Los de la derecha tenían, casi todos, las cortinas echadas y por los resquicios se entreveían unos cuerpos que se movían sobre los jergones.

El lado opuesto, en cambio, estaba ocupado por grandes tinajas, donde hombres y mujeres desnudos se bañaban, algunos con la intención de emparejarse, otros degustando manjares y jarros de vino.

La agitación que me recorría el cuerpo alteraba ligeramente mis percepciones y, mientras atravesaba aquel escenario surreal esforzándome por mantener la mirada baja, tenía la vaga sensación de caminar en un sueño.

La muchacha se frotó contra mí.

—¿Prefieres en el agua o en la cama?

Me aparté.

—Tenía en mente algo más privado.

Ella soltó una risita.

—Eres una persona reservada, o... Entiendo: ¡es la primera vez! No te preocupes. Yo me encargo.

Me cogió nuevamente de la mano y me llevó fuera de la sala hacia un corredor más pequeño del que asomaban cuatro puertas.

Al abrir la primera, nos encontramos ante las nalgas de un hombre con las calzas bajadas.

El joven rubio que estaba de rodillas delante de él, de aspecto un poco más andrógino, levantó la cabeza y nos fulminó con la mirada.

La muchacha se apresuró a cerrar, excusándose con un gesto.

La segunda estancia estaba vacía. Ella me atrajo al interior y cerró la puerta.

Mirándome con gesto insinuante, empezó a desatarse el corpiño del vestido, liberando unos senos blancos y puntiagudos de adolescente.

Con el índice me invitó a acercarme, pero yo no me moví.

La comedia estaba yendo demasiado lejos y no sabía cómo salir de ella.

Decidí dejar a un lado todas mis dudas.

—Has dicho que sabías algo del hombre que estoy buscando.

Ella resopló.

—Lo he dicho por decir. Pero ahora, ¿qué importa? ¿Acaso no te gusto?

—No estoy aquí para esto. Dime lo que sabes y te pagaré bien.

Ignorando mis palabras, ella se acercó más y amagó con desatarme el cinturón.

—Venga..., relájate. Verás como luego me lo agradecerás.

Pegué un salto hacia atrás, tan repentino que cayó al suelo mi sombrero. Sacudí la cabeza para intentar retenerlo y el resultado fue que liberé el pelo de los broches, que me cayó sobre la espalda.

La muchacha me miró como si tuviera delante a un espectro.

—Pero tú eres...

Comprendí que no tenía alternativas y actué por instinto, impulsada sólo por el miedo y la desesperación.

Antes de que se recuperara de la sorpresa, le tapé la boca con una mano mientras con la otra busqué frenéticamente el puñal bajo la ropa, lo agarré y se lo acerqué al rostro.

Me repugnaba lo que estaba haciendo, pero, para mi sorpresa, las palabras fluyeron solas de mi boca.

—Ahora quitaré la mano. Pero tú no gritarás y me dirás todo lo que quiero saber o te aseguro que quedará muy poco de tu bonita cara.

Al verme así, entre las manos, jadeante, con los ojos desencajados, me di cuenta de que estaba más asustada que ella.

La sangre me hinchaba las venas a un ritmo enloquecido, pero no podía permitir que se diera cuenta, entonces la inmovilicé sujetándola por el pelo y la apremié nuevamente, rozándole la mejilla con la punta del puñal.

—¡Adelante...!

—He visto a tu amigo esta tarde..., pero sólo de pasada. No sé qué le ha sucedido ni por qué. La estás tomando con la persona equivocada.

—Sé más precisa.

Empujé un poco más el cuchillo contra su piel suave y ella se estremeció.

—Cuando bajé estaba hablando con Masone, el tabernero.

Lo noté porque no todos los días aparecen clientes así.

Habría querido acercarme a él y esperé un poco.

Luego lo he visto seguir a Masone tras la puerta de la cocina.

Entretanto me ordenaron que volviera al trabajo, así que me busqué otro cliente.

—¿Lo has visto salir?

Ella vaciló, valorando las posibles consecuencias de su respuesta y yo le tiré un poco más fuerte del pelo. Si el tabernero era responsable de la desaparición de Piero, no había duda de que poco después subiría a buscarme.

—Te aconsejo que digas la verdad.

Mi tono quería ser amenazante.

—No —jadeó ella—. Ya no ha salido. Después de un rato Masone ha vuelto solo. Créeme, no sé nada más.

Las sacudidas que sentía en mis nervios amenazaban con vencer a la razón.

No sabía dónde comenzar a buscar a Piero y estaba paralizada por el terror de que pudiera ser demasiado tarde.

Eché una mirada a la puerta, esperando que de un momento a otro apareciera el gigante.

Me volvió a la mente la profecía de la aguadora y entonces me di cuenta de que estaba perdida.

Ni salvaría a Piero ni me salvaría yo y al día siguiente era muy probable que encontraran nuestros cuerpos en el Arno.

Sentí que la muchacha se estremecía y emitía un pequeño grito mientras una gota roja le coloreaba la mejilla. Sin darme cuenta, la había herido levemente con el puñal. Lo bajé de inmediato, decidida a dejarla marchar, pero ella no se dio cuenta.

—¡Para, te lo ruego! —imploró—. Creo que sé dónde está tu amigo.

Contuve el aliento, esperando que continuara.

—Desde la cocina se entra a un pasaje subterráneo que lleva a las bodegas. El amo utiliza los espacios de abajo para conservar el vino y otras mercancías que he visto descargar de noche, pero no sólo... Por algunos gritos que he oído, sé que a veces usan esos locales como prisión.

Me esforcé por mostrarme segura, manteniendo a raya la confusión.

—¿Crees que aún estará encerrado allí?

Ella asintió vagamente.

—He oído que Masone hablaba de un invitado al que había que cuidar con esmero. Alguien de quien el amo tenía la intención de ocuparse personalmente. Y no puede haberlo hecho aún, porque suele llegar cuando todos se han marchado.

Comencé a entrever una posibilidad, pero la muchacha debía seguir pensando que estaba a punto de hacerle daño. Apreté más fuerte, deslizando el puñal bajo su garganta.

—¿Puedes hacerme entrar ahí abajo?

—Creo que sí... y también sé cómo salir. Sin embargo debes jurar que me llevarás contigo, porque tu cuchillo no es nada al lado de lo que me harían si me quedara.

Se lo prometí. Luego, a pesar de que ya conocía la respuesta, quise hacerle una última pregunta.

—¿Quién es el dueño de este sitio?

Ella dudó, era evidente que no estaba acostumbrada a pronunciar ese nombre. Luego se decidió.

—De él sólo sé que se hace llamar Emperador.