21
—¿Se puede saber qué te pasa, Lavinia?
Era al menos la quinta vez que el pincel se me caía de las manos y poco antes, al calentar el aceite de lino, había estado a un paso de prenderle fuego.
De aquel modo, más que una ayuda, corría el riesgo de ser un obstáculo al trabajo de Francesco.
Desde aquella mañana estaba encerrada en el taller con él para adelantar lo máximo posible la Virgen para el palacio Davanzati.
Piero no se había dejado ver durante buena parte de la jornada.
Luego, por la tarde, me había comunicado que saldría para ir a la taberna del Halcón Blanco.
Cuando le propuse acompañarlo abrió mucho los ojos y me preguntó si había perdido el juicio.
Sabía que tenía razón y comprendía que era inútil insistir.
Entonces volví donde Francesco, pero enseguida me di cuenta de que mi mente estaba en otra parte.
A medida que pasaban las horas, mi distracción había seguido aumentando, al mismo paso que mi inquietud.
Ahora que el sol se había puesto hacía rato y Piero no había regresado aún, comenzaba a temer seriamente que le hubiera sucedido algo.
Me agaché para recoger el trozo de vero con el que estaba trazando los pliegues de una túnica y, mientras lo limpiaba con el trapo, me dirigí a Francesco.
—Tengo que hablarte —empecé. Luego lo puse al corriente de todos los acontecimientos de los días precedentes y de mis temores por la suerte de Piero.
—¡Diablos! —murmuró al final, visiblemente turbado—. Si he entendido bien, tú piensas que detrás de lo ocurrido puede estar este criminal... Pero ¿por qué odia tanto a Domenico?
—No lo sé y no estoy ni siquiera segura de que sea la pista correcta. Pero ahora sólo importa saber qué le ha pasado a Piero.
—¿Y cómo piensas hacerlo? Ni siquiera sabemos dónde está esa taberna.
—Está en Borgo San Friano, cerca de la puerta. No debería ser difícil encontrarla.
Francesco sopesó brevemente la situación. Luego se decidió.
—Creo que sé dónde. Voy yo.
Dejó los instrumentos de trabajo y se dispuso a salir. Pero yo lo detuve.
—Ni lo sueñes. No quiero que corras este riesgo solo. ¿Qué haría si no volvieras tampoco tú? Yo también voy.
—¡No seas absurda, Lavinia! No tienes ni idea de lo que pasa en las tabernas; te aseguro que no son sitios donde una muchacha pueda poner el pie. Allí no sólo se vende vino...
—No soy tan ingenua como piensas. En cualquier caso, ya lo he decidido. Contigo o sin ti, iré de todos modos.
Francesco trató de disuadirme de todas las maneras, hasta que mi obstinación lo obligó a rendirse, a su pesar. Pero decidimos, no obstante, que sería conveniente que me disfrazara de hombre.
Para cubrir el pelo usé un sombrero grande de terciopelo pesado, que habría sido mucho más apreciable en invierno. Lo recogí con cuidado, de modo que no escapara ni un mechón, y luego me vendé el pecho para hacerlo menos evidente.
Buscando entre las ropas de Domenico encontré unos pantalones negros, que a juzgar por la talla debían de ser de hacía varios años.
De todos modos, me quedaban grandes, así que los estiré lo máximo posible, fijándolos a la cintura con el broche que me había regalado Lorenzo.
Completé el conjunto con una camisa blanca y una túnica verde sin mangas, que tuve que ceñir en el talle con un cinturón para reducir su amplitud.
Me calcé un par de botitas de fieltro altas hasta la pantorrilla, en las que puse algunos retazos de tela para que no se salieran al caminar.
En el cinturón colgué un monedero, que me cuidé de llenar con varias monedas, pensando en que quizá tendría que aflojar alguna lengua.
Debajo, oculté también el puñal que Domenico guardaba en un cajón del aparador, sin saber si sería capaz de usarlo.
Cuando me vio aparecer así vestida, la tensión de Francesco se atenuó con una sonrisa.
—Tampoco como muchacho estás nada mal... Esperemos que se lo crean.
Entre los ruinosos edificios de madera del otro lado del Arno la oscuridad era total y el olfato lo estimulaba un olor de comida podrida y orina que se mezclaba con los vapores del estiércol amontonado delante de las viviendas de cuantos lo comercializaban.
Al menos, a lo largo de aquellos callejones olvidados, era poco probable que nos tropezáramos con una de las rondas que patrullaban la ciudad en las horas del toque de queda.
A pesar de que carecía de letrero, no fue difícil localizar la taberna, pues una lámpara y las idas y venidas de gente delante de su puerta la destacaban como un faro en el mar de la calle dormida.
Francesco me empujó a un lado apenas antes de que, desde una ventana encima de nosotros, alguien volcase en la calle el contenido de un orinal.
—¿Estás segura de que quieres entrar?
La mirada que le dirigí hablaba claro. Él sacudió levemente la cabeza sin rebatir. Luego se ajustó la capa tomada en préstamo a Domenico, se puso la capucha y empujó la puerta.
Entre aquellas paredes ennegrecidas por el humo, con el fuego encendido en la chimenea, el calor era difícil de soportar y el aire se sentía irrespirable por un olor que combinaba carne a la parrilla, vino peleón y sudor.
Una multitud ruidosa y heterogénea de parroquianos de todas las edades estaba sentada sobre los taburetes, las mesas, los barriles adosados a los muros y hasta sobre la paja que cubría el suelo.
A nuestra izquierda se jugaba una furibunda partida de dados que parecía a punto de degenerar en riña.
Poco más adelante cuatro mujeres, cuyos senos parecían explotar en el escote, llenaban las jarras de un grupo de clientes con grandes garrafas de metal mientras los entretenían de las maneras más diversas.
Entretanto un perro famélico, que había ganado la mesa a la caza de sobras, estaba ocupado lamiendo toda la superficie.
Una muchacha poco más que adolescente, con un vestido granate, se alzó de las rodillas de un hombre bajo y corpulento y, mientras éste mantenía aún una mano debajo de su falda, ella se ajustó con malicia la flor que llevaba entre el pelo y me guiñó un ojo.
Al acercarse a la barra, Francesco tropezó con la pierna de un comensal, que le dio una patada molesto.
—¡Eh, mira por dónde vas, maldito cojo! —gritó el hombre mientras escupía al suelo, bastante lejos de la escupidera de estaño.
Francesco murmuró alguna palabra de excusa y se caló aún más la capucha sobre el rostro. Lo alcancé deprisa y, enronqueciendo la voz, pedí al tabernero dos vasos de vino.
—¿Seguro que no prefiere uno de leche? —replicó él con una risa estridente. Al levantar la vista me encontré con una especie de gigante con el cabello crespo, apoyado con ambas manos en la superficie de madera, que le llegaba por debajo de la ingle.
Ignorando su provocación, saqué de la bolsa cuatro florines de plata, que dejé caer sobre la barra. Él los hizo desaparecer con la velocidad de un prestidigitador mientras en sus ojos bovinos peleaban la avidez y el estupor.
—No está mal por dos vasos de...
—Busco a un amigo —lo interrumpí. Al contraer el labio superior, el hombre mostró buena parte de sus encías sobre los incisivos.
—Compañía tenemos toda la que queráis, de los dos sexos —dijo en voz baja, secándose con el pulgar y el índice las comisuras de la boca carnosa—. Aquí los guardias nocturnos no vienen, estad tranquilos... ¿Cuánto estáis dispuestos a gastar?
Enderecé la espalda para darme importancia.
—Creo que me ha entendido mal. El amigo que estoy buscando ha estado aquí hace algunas horas. Alto, cabello castaño ondulado, llevaba una túnica azul con el borde dorado. Debería recordar a alguien como él.
Desde debajo de la capucha sentí sobre mí los ojos de Francesco, con toda su desaprobación.
También yo me daba cuenta de que descubrir las cartas de aquel modo no era una jugada muy estratégica, pero sí el camino más rápido para saber si Piero había pasado por allí.
La máscara de la sospecha, que de inmediato contrajo el rostro del tabernero, me indicó que debía de ser así.
—Aquí entra mucha gente —respondió apresurado—. En todo caso, aunque su amigo hubiera estado aquí, como puede ver, ya se ha ido.
Una mesa se volcó con estruendo y algunos alaridos furibundos cubrieron nuestras palabras.
Al darme la vuelta, de pronto vi que uno de los jugadores de dados había sacado una navaja y apuntaba a la garganta de otro, acusándolo de hacer trampas.
Sin pensárselo dos veces el tabernero se abalanzó sobre ellos y, aferrando el brazo que sostenía el cuchillo, lo retorció detrás de la espalda del hombre y lo siguió haciendo incluso después de que el arma cayera al suelo.
Por el ruido a madera seca que se oyó y el grito desesperado de aquel tipo, comprendí que debía de habérselo roto.
Mientras la trifulca era rápidamente reprimida, la muchacha con la flor entre el pelo se me acercó y, rozándome la oreja con los labios, susurró:
—Me acuerdo de tu amigo. Ven arriba conmigo y te lo cuento todo.
Hablando de ese modo me metió una mano entre los muslos. Yo me aparté de inmediato.
—De acuerdo.
Luego me incliné hacia Francesco.
—Creo que la muchacha sabe algo. Voy con ella. Tú sal del local, vuelve al puente Carraia y quédate en la otra orilla. Trata de pasar desapercibido y espérame allí. Te alcanzaré en cuanto pueda.
—Ni lo sueñes —dijo él—. Estás loca. Te estás metiendo en un mar de problemas.
Mi mirada lo dejó helado.
—No es momento de discutir. Haz lo que te digo y vete enseguida de aquí, antes de que ese coloso vuelva a ocuparse de nosotros.
Francesco apretó los labios con manifiesto disgusto, pero entendió que tenía razón y se apresuró hacia la salida. Antes de que el tabernero regresara, me dejé coger de la mano por la muchacha y la seguí hacia una escalera.
En la planta superior una entrada en arco llevaba a una especie de largo corredor. Era un ambiente refinado, completamente distinto al de la taberna, con las paredes cubiertas de frescos de exquisita calidad que representaban escenas licenciosas en ambientaciones exóticas.