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Al recordar el diálogo que escuché en el palacio Médici, aquellas últimas palabras me sugirieron que las sospechas de Cosme sobre el hallazgo del manuscrito eran fundadas y que Piero podía ser precisamente uno de los mensajeros enviados por Besarión con la clave necesaria para descifrar el mapa.
Sólo la falsa carta de Domenico debía de haberlo obligado a desviarse de su misión atrayéndolo a Florencia donde había quedado atrapado cuando los acontecimientos se precipitaron.
Sin embargo, cualquiera que fuese esa clave, quien había puesto la casa patas arriba no había conseguido encontrarla.
Hubiera querido preguntarle más, pero habría sido inútil.
Así que dejé correr la cuestión y me decidí a abordar el discurso que habíamos eludido hasta aquel momento.
Cogí de las manos de Piero su camisa y le aseguré que me encargaría de volver a coserla; luego lo miré directamente a los ojos.
—Aún no hemos hablado de lo que ha ocurrido hoy. Y no sé en qué medida debo sentirme culpable de la muerte a la que hemos asistido. ¿Tiene idea de lo que ha llevado a ese hombre a semejante acto?
Piero vaciló antes de responder.
—Por desgracia, no. Y, si lo hubiera comprendido antes, él estaría aún vivo y nosotros sabríamos mucho más.
—¿Está convencido de que tiene algo que ver con el asunto del camarlengo?
—Más que convencido. Por su reacción al oírme nombrar la cabaña de la Gora di Ognissanti, me hice a la idea de que era precisamente él quien gestionaba el tráfico de seres humanos destinado a satisfacer los apetitos de los frailes.
Y también estoy convencido de que aquella alcoba no estaba reservada sólo a los huéspedes del convento.
Con la complicidad de algún religioso complaciente, entre otros, quizá aquel con el que nos encontramos, nuestro hombre debió de haber montado un floreciente negocio, del que, sin duda, muchos se aprovechaban.
Sobre todo, religiosos, o en cualquier caso personas que por diversos motivos no podían correr el riesgo de ser vistos cerca de un prostíbulo.
Ha constatado también usted que allá la discreción es absoluta.
Ni siquiera los guardianes nocturnos, que no tienen consideración por nada y por nadie para dar caza a los sodomitas, se atreverían a violar las propiedades de tan pía institución.
La imagen de aquel pajar sucio me volvió de pronto a la mente.
—¿Usted piensa que también el camarlengo, por tanto...?
—¿Cómo se explica, de otro modo, su presencia allí? Sólo puede ser que llegara por su cuenta a la cabaña, como probablemente había hecho muchas otras veces. Pero esa noche estaba esperándolo su asesino.
Una repentina tensión me estremeció.
—¿Piensa que se trata del Emperador? Eso explicaría las palabras de Ganimede y también su miedo.
Pero ¿por qué desfigurar el cadáver con aquel símbolo?
Uno de sus símbolos, Piero. Si es cierto que la misma mano asesinó también al banquero...
, significa que es el artífice del diabólico plan para incriminar a Domenico y también es quien os atrajo con esa falsa carta.
Pero ¿quién es ese hombre? ¿Y, sobre todo, qué tiene que ver con usted?
Piero me quitó de la mano la paja que estaba intentando meter en el colchón y me invitó a sentarme en lo que quedaba de cama.
—Si supiera responder a todo lo que me está preguntando, no estaríamos hablando aquí.
Pero ahora escúcheme. Todavía no he respondido a lo que me ha preguntado.
Quería saber si tengo idea de qué llevó a ese hombre a arrojarse al vacío y ya le he dicho que sí.
También a la primera pregunta que me ha hecho, sobre nuestra responsabilidad en la muerte, debo responder afirmativamente, al menos por cuanto me concierne a mí.
Poco antes de que usted me alcanzara en la balconada, expuse mis acusaciones a aquel desgraciado, más o menos como se las he explicado hace poco a usted.
Para vencer su resistencia, añadí que la magistratura estaba al corriente de todo y que los guardias ya habían rodeado el edificio.
Por supuesto, en la cárcel pensarían cómo sacarle la información necesaria para incriminar a su amo, el hombre que se hace llamar Emperador.
Con sólo oírlo mencionar, su actitud altiva se disolvió de golpe y lo vi vacilar.
Intuyendo el motivo, decidí insistir. Le aconsejé colaborar; si después de una noche de torturas todos acaban por ceder, tanto daba hacerlo entonces.
Después de todo, ¿qué tenía que perder? Él empalideció, pero yo seguí.
Y precisamente cuando estaba llegando usted, confiando en que la aguadora le hubiera dicho la verdad, cité la taberna del Halcón Blanco.
Añadí que en pocas horas los guardias lo llevarían allí para identificar y arrestar al Emperador.
Paró, como si no hubiera ya nada que añadir.
—¿Y luego? —lo apremié.
—El resto lo sabe.
Lo miré con extrañeza y doblemente alterada. En parte porque el pánico que había visto en el rostro de la aguadora habría debido ponerme sobre aviso, en parte porque tenía la clara impresión de estar delante de un precipicio.
Que fuera un extremo sentimiento de lealtad o, simplemente, el terror a la venganza lo que hizo que aquel hombre prefiriera la muerte a la perspectiva de verse obligado a traicionar a su amo era indiferente.
En todo caso, el personaje con el que nos habíamos topado era una figura de contornos peligrosamente inquietantes.
La idea de que pudiera de veras ser él el oscuro manipulador de todo el asunto me aterrorizaba y deseé estar equivocada.
La voz de Piero me devolvió a la realidad.
—Ahora sólo nos queda ir a la taberna del Halcón Blanco y tratar de descubrir algo más sobre su propietario.